Consagrarse a María

Autor: Padre Angel Peña, O.A.R.

Consagrarse a María significa ponernos en sus manos, a su servicio y disposición. Y Ella nos guiará hacia Jesús.

Consagrarnos a Ella significa dejarse llevar sin condiciones, sabiendo que Ella conoce mejor el camino y que podemos dormir tranquilos en sus brazos de madre. Consagrarse a María significa vivir permanentemente en su Inmaculado Corazón, dentro del Corazón divino de Jesús. Es dejar que Ella actúe por medio de nosotros. Es como prestarle nuestra lengua para que hable por nosotros y nuestro corazón para que ame a los demás por nuestro medio. En una palabra, es vivir en unión total con María para que podamos llegar a decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí por medio de María. Por eso, un consagrado a María debe confiar plenamente en Ella y dejarse llevar por Ella sin condiciones.

Todos sabemos que el lema del escudo del Papa Juan Pablo II era Totus tuus (todo tuyo); palabras colocadas debajo del anagrama de María. Él aprendió a consagrarse a María en los escritos de san Luis María Grignion de Montfort. Este santo propone, como el camino más rápido para llegar a la santidad y como un secreto para los más esforzados, el consagrarse a María como esclavos, es decir, entregarnos totalmente a Ella, para que por medio de Ella seamos totalmente de Jesús.

Esta doctrina de la esclavitud mariana, que a algunos parece un poco trasnochada, no lo está, porque entregarnos y consagrarnos a María, siempre será el mejor medio para vivir enteramente con Jesús, en Jesús y para Jesús. Decía el Papa Juan pablo II: El acto de consagración en la situación de esclavitud indica una dependencia singular y una confianza sin límites. En este sentido, la esclavitud, la no libertad, expresa la plenitud de la libertad, de la misma manera que el Evangelio habla de la necesidad de perder la vida para encontrarla en su plenitud .

Esta doctrina de la consagración total a María, es una doctrina tan elevada y maravillosa que el diablo no quería que se publicara. Cuando san Luis María Grignion de Montfort escribió su libro Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, profetizó, inspirado por Dios, que el demonio haría todo lo posible para destruir este escrito. Dice así:
Preveo claramente que muchas bestias rugientes llegan furiosas a destrozar con sus diabólicos dientes este humilde escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o sepultar al menos estas líneas en las tinieblas o en el silencio de un cofre a fin de que no sea publicado. Atacarán incluso a quienes lo lean y pongan en práctica .

Eso fue precisamente lo que sucedió en la realidad, pues el manuscrito quedó escondido en un cofre durante los días difíciles de la Revolución francesa. Un misionero lo encontró en 1842. Pero faltaban unas 96 páginas al comienzo y no se sabe cuántas al final. Sin embargo, la providencia de Dios quiso que se conservara lo esencial de la obra, donde se habla de la esclavitud mariana para gloria de Dios y santificación de las almas.

Por eso, nosotros podríamos suscribir las palabras de este gran santo que dice: Todos los días, del uno al otro confín de la tierra, en lo más alto del cielo y en lo más profundo de los abismos, todo pregona y exalta a la admirable María... Toda la tierra está llena de su gloria, particularmente entre los cristianos, que la han escogido por tutela y patrona de varias naciones, provincias, diócesis y ciudades. ¡Cuántas catedrales no se hallan consagradas bajo su advocación! No hay iglesia sin un altar en su honor, ni comarca ni región donde no se dé culto a alguna de sus imágenes milagrosas, donde se cura toda suerte de enfermedades y se obtiene toda clase de bienes... Es, por tanto, justo y necesario repetir con los santos: “María no ha sido aún alabada, ensalzada, honrada y servida como se debe. Merece aún mejores alabanzas, respeto, amor y servicio” .

El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría particular para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora poco amada y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De modo que, si el conocimiento y el reinado de Jesucristo debe extenderse en el mundo, como ciertamente sucederá, esto sucederá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen. Quien lo trajo al mundo la primera vez, lo hará resplandecer también en la segunda .

Este gran santo recomienda, para asimilar y vivir cada día más intensamente nuestra consagración, repetir continuamente: Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es. Es importante repetir ésta u otra fórmula de consagración diariamente para asimilarla más y más cada día, pues llegar a ser totalmente de María y de Jesús es un proceso de toda la vida.

Veamos algunas fórmulas de consagración más conocidas:

Oh, María, Madre mía, yo me consagro del todo a Vos y en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón, en una palabra, todo mi ser y ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guardadme y defendedme como a cosa y posesión vuestra. Amén.

¡Oh Señora y Madre mía!
Con filial cariño vengo
a ofrecerte en este día
cuanto soy y cuanto tengo.
Mi boca para cantarte,
mi voz para bendecirte,
mi corazón para amarte,
mi vida para servirte.
Acepta, Madre, este don,
que te ofrenda mi cariño,
y guárdame como a un niño
cerca de tu Corazón.
Que nunca sea traidor
al amor que hoy me enajena
y que desprecie sin pena
los halagos de otro amor.
Que, aunque el dolor me taladre
y haga de mí un crucifijo,
que yo sepa ser tu hijo
y sienta que eres mi Madre.
En la dicha, en la aflicción,
en la pena, en la alegría,
¡mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía!

Ahora bien, no solamente podemos consagrarnos nosotros personalmente a María. También es muy importante que consagremos a nuestros seres más queridos y a otras personas o sus trabajos y cosas importantes. Consagrarlos es como ponerlos bajo el manto de María para que Ella los cuide y proteja con una especial protección. Por eso, es muy hermoso, cuando las madres consagran a su hijos al nacer. A este respecto, dice san Juan Bosco:

Cuando fui al Seminario a estudiar, mi santa madre me llamó y me dijo muy emocionada: Cuando tú naciste, yo te consagré a la Virgen. Cuando por primera vez fuiste a estudiar, te recomendé mucho que fueras muy devoto de Nuestra Señora y que escogieras tus amigos entre sus más fieles devotos. Ahora te vuelvo a recomendar que seas cada vez más devoto de María. Si llegas a ser sacerdote, recomienda y propaga siempre y en todas partes la devoción a la Virgen. Mi mamá estaba conmovida y yo lloraba. Le respondí:

- Mamá, yo te agradezco tus buenos consejos y te prometo que los cumpliré y los guardaré en mi memoria como un tesoro durante toda la vida.

Ser de María para ser de Jesús.
Pertenecer a María para pertenecer a Jesús.
Amar a María, para amar a Jesús.
¡A Jesús por María!


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