Corredentora


Corredentora con Cristo

Podemos hablar propiamente, pues, de la corredención de la Virgen de Nazaret . La identificación con su Hijo abarca desde el principio todo el plan de salvación. Y fue iuxta crucem lesu, junto a la Cruz de Jesús, donde con particular intensidad ejerció su misión corredentora. Allí, no sin designio divino, se mantuvo erguida, sin protesta, con un dolor como no puede haber otro, «sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado» . «Una fue la voluntad de Cristo y de María; ambos ofrecían a Dios un mismo holocausto: María con sangre en el corazón; Cristo, con sangre en la carne» . Sufre más que si padeciera mil muertes; muchísimo más que si fuera Ella la que estuviera enclavada. Se asocia de manera plena al sacrificio redentor del Hijo mediante «el sacrificio de su corazón de madre» . Estaba, afirma León XIII, «muriendo con El en su corazón, atravesada por la espada del dolor» . Ella padece con Cristo: ―con-padece‖ en la plena identificación mística. «¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso - como una espada afilada - que traspasaba su Corazón puro» .

¿Por qué aceptó sin protesta aquella tortura? «Movida por un inmenso amor a nosotros, ofreció Ella misma a su Hijo a la divina justicia para recibirnos como hijos» . Por nosotros muere Jesús y por nosotros sufre María. Ella que engendró a Dios y le dio a luz gozosamente, sufrió un parto dolorosísimo para convertirse en Madre nuestra, para colaborar con su Hijo en hacernos hijos de Dios y para hacernos también - por designio divino - hijos suyos. La contemplación de esta verdad conmueve a un corazón humano por duro que esté.

La Virgen une a la Pasión de Cristo su Compasión: a la Sangre de su Hijo, une sus lágrimas de Madre. Ella también «sacrifica, merece, redime» . Satisface, de un modo subordinado y dependiente, la pena merecida por los pecados de todos los hombres que han sido, son y serán; y merece por su sacrificio las gracias de la Redención. Aunque el mérito de María sea diverso al mérito del Señor, Ella nos ha merecido lo mismo que nos ha merecido Cristo: no sólo la aplicación o distribución de las gracias, sino las mismas gracias, por la supereminente santidad que poseía y por la tan perfecta com-pasión sufrida en la cumbre del Calvario. A su modo, mereció todas las gracias, excepto la primera que recibió, merecida sólo por Cristo. «Lo inmenso de su caridad, la dignidad de sus actos satisfactorios, la magnitud de su dolor, nos revela toda la excelencia de su satisfacción. A quien nos objetase que a una satisfacción por sí misma suficiente, más aún, de infinito valor - como es la de Cristo -, no se puede añadir otra satisfacción, responderemos que la satisfacción de María no se añade a la de Cristo para aumentar el valor infinito de ésta, sino para que se cumpla la ordenación divina, que lo ha dispuesto así libremente para la Redención del género humano» , es decir, por las mismas razones por las que convenía la existencia de «la Mujer», Nueva Eva, papartícipe de la capitalidad de la Humanidad redimida por Cristo.

Nos parecen acertadas, las palabras de Hurth: «El Señor Jesús, hizo que su Madre, que estaba de pie junto a la Cruz, tomara parte en el acto mismo de su sacrificio; incluyó la voluntad de Ella dentro de la suya propia, y así hizo que su Madre, dentro de la voluntad de El, tomara parte en la obra de la Redención. Fue el Hijo, no la Madre, quien realizó esta obra, pero incluyendo dentro de su propia voluntad la voluntad de su Madre»

Las palabras «Ahí tienes a tu madre» y «Mujer, ahí tienes a tu hijo» - dice J. Ratzinger comentando Redemptoris Mater - han fecundado desde siempre la reflexión de los intérpretes sobre el cometido especial de María en la Iglesia y para la Iglesia; con razón son el centro de toda meditación mariológica. El Santo Padre [Juan Pablo II] las entiende como el testamento de Cristo pronunciado desde la cruz. Allí, en el interior del misterio pascual, María es entregada al ser humano como madre. Aparece una nueva maternidad de María que es fruto del nuevo amor madurado a los pies de la cruz (n°. 23). Queda así visible la «dimensión mariana en la vida de los discípulos de Cristo... no sólo de Juan... sino de todo discípulo de Cristo, de todo cristiano». «La maternidad de María, que se convierte en la herencia del hombre, es un regalo que Cristo hace personalmente a cada ser humano» (n°. 45). El Santo Padre da aquí una explicación muy sutil de la palabra con la que el evangelio cierra la escena: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,27). Ésta es la traducción a la que estamos habituados; pero la profundidad del acontecimiento sólo se pone de manifiesto cuando traducimos de forma totalmente literal. Entonces el texto dice: él la acogió dentro de lo suyo. Para el Santo Padre, esto significa una relación absolutamente personal entre el discípulo -todo discípulo- y María, un dejar entrar a María hasta lo más íntimo de la propia vida intelectual y espiritual, un entregarse a su existencia femenina y materna, un confiarse recíproco que se convierte continuamente en camino para el nacimiento de Cristo, que realiza en el hombre la configuración con Cristo.

«Corredentora» sobre los «corredentores» con Cristo

Más que San Pablo y que todos los santos, de manera esencialmente superior, hemos dicho, María «complementa» en su carne y más aún en su alma lo que, por providencia divina, faltaba (ea quae desunt) a la Pasión de Cristo. El valor redentor de lo que Ella aporta es enorme, porque María no es simplemente una persona entre muchas. Es la Madre inmaculada del Hijo de Dios y por su singular corredención es Madre espiritual de cada hombre redimido y Madre de la Iglesia. Por eso, la cooperación mediadora de María, su corredención, «tiene un carácter específicamente maternal. Y la llevará a cabo lo mismo en la línea ascendente (cooperación maternal corredentora) que en la línea descendente (cooperación maternal de intercesora ante Dios y de distribuidora de todas las gracias) .

Advirtamos: no solo intercesora. El lugar de María en la obra de la salvación no es de simple acompañamiento, ni de mera intercesión ante el Hijo por los hijos, aunque sea éste el aspecto que muchos tratados subrayan y sitúan sobre los demás. No es justo reducir la actividad de María a la intercesión, aunque se afirme con indiscutible acierto que es la Omnipotencia suplicante. La Virgen interviene en la obra de Cristo - sin el cual Ella sería nada - de un modo intimísimo, a lo largo y a lo ancho de toda la obra salvífica; y de un modo tan íntimo y mucho más, aunque de manera opuesta, que como intervino Eva en la consumación del pecado original. Si Eva estuvo inmersa del todo en el primer pecado, María estuvo inmersa del todo en Cristo y bajo El desde el primer instante de su Concepción Inmaculada.

Cuando Dios dijo proféticamente a la serpiente (el Maligno): «Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, que te aplastará la cabeza», está situando junto al futuro Vencedor de Satanás a la Mujer, y esta Mujer, en concreto, es María. Dios, hemos dicho, pensó en la eternidad a María como «unum» con Cristo Cabeza de la Humanidad redimida. Satanás se sirvió de la mujer para arrastrar a Adán y a sus hijos al abismo del pecado y de la perdición. Dios se servirá de una mujer -«La Mujer»- para realizar las maravillas de la Encarnación y de la Redención por medio de Cristo, Verbo encarnado en el seno de María. Así, dice Pietro Parente, Dios da la vuelta a la trama de Satanás con sublime ironía.


Corredentora universal

El consorcio de María con Cristo es pleno y explícito desde el fiat. Entendida en toda su amplitud, la Maternidad divina impone y justifica de raíz el principio de una participación - íntima, intensa, omniabarcante - de María en la entera vida y misión del Verbo encarnado. De suyo, esta asociación inserta a María en toda la historia de la redención y santificación. Juan Pablo II enseña que la presencia activa - con y bajo Cristo - de la Virgen María, abarca todos los tiempos, toda la historia salvífica desde el comienzo hasta el fin, porque está en «todos los advientos de Dios». La acción y la presencia de María en la obra de la santificación recorre todo lo largo del gran río de la historia humana: «en todo el recorrido hay acción y presencia Mariana (...) Abarca todo el ―cauce‖ de la historia» pero también «todo el ―ancho‖ del río que desemboca en la vida eterna». Por eso Juan Pablo II dice que María también está presente en la historia tanto de un modo «longitudinal» como «transversal»: «¡En su seno el Verbo se hizo carne!». Y la Encarnación es el acontecimiento clave de la historia que alcanza desde Adán al último de los mortales. María es ―unum‖ con Cristo en todos los momentos y fases de la Redención. Si Eva está presente, en cierto modo activa, en la sangre y en los huesos de todos los mortales, María está, desde el fiat, mucho más activamente presente en la vida de todos los vivientes.

Es Dios quien lo dispuso así. No se trata, ni remotamente, de que María se anteponga a Cristo. El misterio ha de ser contemplado precisamente desde la cara inversa. Es la centralidad de Cristo lasuprema razón de que María esté presente en todo lo que se refiere a nuestro trato con él. En efecto, estamos viendo que, si Cristo es Cabeza de la Iglesia, lo es inseparablemente de María como Madre.

Cristo ha venido a reconducir todas las cosas a su origen, el Padre Dios. En términos de San Pablo ha venido a recapitular todo lo que, por el pecado de Adán había perdido la cabeza y con ella, la interconexión, la solidaridad, el orden, la belleza y, en cierto sentido, la verdad y la bondad. El universo se encontraba acéfalo, o, lo que es quizá peor, con una cabeza enajenada por el pecado, incapaz de orientar y dirigir el todo hacia su fin final en Dios Uno y Trino. Era menester ―encabezar‖, ―recapitular‖, ―reinstaurar‖ el orden, la verdad, la bondad, la belleza originales y llevarlo todo a plenitud. Cuando el Verbo se hace carne, la humanidad y el universo entero vuelven a tener cabeza, nada menos que la humanidad del Verbo humanado, Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, que nos revela nuestro propio misterio, nuestro origen en el Amor del Padre y nuestro fin final en el mismo Amor de Dios Trino. A la vez, Dios mismo se hace camino: Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Cristo es la Cabeza indiscutible y única por derecho propio. En este sentido es único literalmente hablando: es el único Mediador, como afirma San Pablo y en estas páginas se reitera más de una vez. Pero ha querido tener junto a sí, estrechamente unida, asociada en su quehacer redentor y santificador, a la Mujer. Y la Mujer ha sido María, su Madre. Ella es miembro del Cuerpo (Místico) de Cristo, la Iglesia; pero no uno más, es un miembro no sólo excelente, sino eminente, sobrepasa en perfección y gracia a todos, se encuentra a la vez en el Cuerpo (la Iglesia) y por encima, trascendiendo el Cuerpo (la Iglesia). Por un milagroso acontecimiento biológico «María ha llegado a ser (…) la ‗madre-nodriza‘ del Hijo del hombre», pero por gracia ha llegado a ser «también la ‗compañera singularmente generosa‘ del Mesías y Redentor.»

Si Adán era cabeza de la humanidad, también lo era Eva y sin Eva no era nada. Cristo es el Verbo hecho carne, pero si a la vez se constituye en «nuevo Adán», busquemos a la «nueva Eva», que ha de haber. Es lo que hicieron los más antiguos Padres de la Iglesia y la encontraron enseguida. La «nueva Eva» es la Virgen María, Madre de Jesús.

La Sagrada Escritura proporciona pistas que hoy nos resultan inequívocas 29 y los Padres de la Iglesia presentan a María de modo expreso como «nueva Eva» desde mediados del siglo II (San Justino y San Ireneo). A partir del siglo IV los testimonios se multiplican (San Efrén de Siria, los Padres Capadocios, etc.). En el siglo V, el Concilio de Éfeso favorece el desarrollo de la doctrina sobre la Maternidad espiritual, con Cirilo de Alejandría.

El Magisterio continúa la enseñanza de los Padres. María es la auténtica «Madre de los vivientes»; «la muerte vino por Eva, la vida por María». Eva engendra en dolor y corrupción y María en gozo e incorrupción; Eva engendra hijos en pecado y condenados a muerte y María engendra hijos a la vida de la Gracia y llamados a la resurrección gloriosa. Si Eva ha sido de alguna manera el principio de todo el mal de la humanidad, puede decir San Bernardo, por contraste, que María es el principio de todo bien (Initium totius boni ).

María es la Mujer del capítulo 12 del último libro sagrado, el Apocalipsis de San Juan: la antigua Serpiente - dice proféticamente -, la que seduce a toda la tierra, el Dragón, se lanzó en persecución de la Mujer y marchó a hacer la guerra contra el resto de su descendencia. Ella gritaba en los dolores y las angustias del parto. La continuidad del mensaje es evidente. La Mujer victoriosa vestida de sol y coronada de estrellas ocupa el lugar de la primera Eva. El simbolismo se aplica también a la Iglesia y en las últimas décadas se ha desarrollado la exégesis en este sentido, pero no se ha dejado de afirmar que también esa «Mujer» es María. Sucede que entre María y la Iglesia existe una relación muy peculiar en la que ahora no nos es posible detenernos .

El principio absoluto de la vida, tanto la natural como la sobrenatural, por supuesto, es la Trinidad. Pero la Trinidad otorga a la criatura, en diversos modos y medidas la capacidad de dar (no sólo tener) - en determinadas condiciones, vida natural y vida sobrenatural. En lo tocante a la vida participativa de la vida divina, lo comunica en primer término a la humanidad de Cristo - nuevo Adán, nueva Cabeza, principio de una nueva creación, de una nueva vida - y, por El, a la que es de un modo especialmente íntimo, ―unum‖ con El. María es llamada Mater et Socia Christi. A diferencia de Eva, María es ―unum‖ con el nuevo Adán, Cristo, no como esposa 33, sino fundamentalmente como Madre. Cristo, varón, ha querido, acomodándose a lo más conveniente para la redención de humanidad como un todo, asociar a la Mujer en su obra redentora, de modo que ocupe - con El y bajo El - un lugar íntimo y trascendental en la historia de la Salvación de todo hombre, de toda mujer. En suma, si Eva es «madre de los vivientes» abocados por ella misma a la muerte, María es madre de los vivientes con vida eterna, divina. Madre en un sentido más profundo y valioso que lo es Eva. Madre de verdadera vida sobrenatural; «madre - dirá Lumen gentium - en el orden de la gracia».

Propio de una madre es engendrar, dar vida, transmitir vida, procrear «vivientes». Si María no hiciera esto no sería verdadera Madre nuestra. Pero lo es, porque la vida de la Gracia es vida: es vivir en Cristo y, así, en Dios Trino. Esa vida es engendrada por María.

Podemos concluir por tanto con palabras de san Josemaría Escrivá: «…el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia propone también, a la fe de los cristianos, la doctrina sobre otros privilegios y prerrogativas de Nuestra Señora. La aclama como Corredentora, Mediadora ante el Señor, indisolublemente unida a su Hijo, único Mediador entre Dios y la humanidad. La intervención de María, su corredención real no puede separarse de la Redención de Cristo. Mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, y allí, no sin designio divino, permaneció en pie, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de Madre a su Sacrificio, consintiendo amorosamente a la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado.»



Fuente: Encuentra, Curso de Mariología, sección 6.




Comments