Cuando Santa María Margarita Alacoque venció su repugnacia a comer queso

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¿Has tenido en la vida que hacer algo que te desagrada? Santa María Margarita nos enseña cómo lo logró


Yo tenía hambre insaciable de humillaciones y mortificaciones, aunque la naturaleza sentía hacia ellas irresistible repugnancia... No hablaré más que de una sola que era superior a mis fuerzas (comer queso). Era algo hacia lo cual toda nuestra familia tenía una gran aversión natural de modo que mi hermano exigió al firmar el contrato de mi recepción que no me obligarían jamás (a comer queso), lo que me concedieron sin dificultad, pues eso era algo indiferente. Pero en esto precisamente fue en lo que tuve que ceder, porque me atacaron por todas partes con tal fuerza, que no sabía qué camino tomar; tanto más que me parecía mil veces más fácil sacrificar mi propia vida y, si no hubiera amado la vocación más que mi propia existencia, habría preferido abandonarla antes que resolverme a hacer lo que en eso me pedían. En vano resistía, porque mi soberano quería este sacrificio del cual dependían muchos otros.

Estuve tres días luchando con tanta violencia que daba compasión sobre todo a mi Maestra, en cuya presencia me hacía violencia para cumplir lo que me mandaba, pero después me faltaba el valor y me moría de pena, viendo que no podía vencer mi natural repugnancia y le decía:
¡Miserable de mí, que no me quitaras la vida, antes que permitirme faltar a la obediencia. Al oírlo me rechazó:
- Ve, dice , no eres digna de practicarla, y ahora te prohíbo hacer lo que te »mandaba
Esto me bastó . Desde luego dije : «Es necesario morir o vencer.» . Me fui ante el Santísimo Sacramento, mi ordinario refugio y allí permanecí tres o cuatro horas, llorando y gimiendo para obtener la fuerza de vencerme:
- ¡Ay de mí! ¿me has abandonado, Dios mió? Y bien; ha de haber aún reserva alguna en mi sacrificio, y no ha de ser del todo consumado en perfecto holocausto?
Mas mi Señor, queriendo llevar hasta el extremo la fidelidad de mi amor hacia El, como después me lo ha manifestado, se complacía en ver combatir en su indigna esclava al amor divino contra las repugnancias naturales. Por fin salió victorioso; porque sin otra consolación ni otras armas, que las palabras siguientes:
- Nada ha de negarse al amor, fui a arrojarme de rodillas ante mi Maestra, pidiéndole por piedad me permitiese hacer lo que de mí había deseado. y finalmente lo hice, aunque jamás he sentido tal repugnancia, la cual se renovaba todas las veces que debía hacerlo sin que por eso dejase de hacer lo mismo durante ocho años.

Después de este sacrificio fue cuando se duplicaron todas las gracias y favores de mi Soberano.

(Autobiografía, Cáp. III)
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