El Mundo necesita de grandes Apostoles

Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net
No podemos quedarnos parados contemplando cómo el mundo se muere por falta de un sentido para su vida.
 
El mundo se está muriendo, pero no por el calentamiento global, que está tan de moda. El mundo se está muriendo por no conocer a Dios:

La humanidad, que busca la felicidad en las cosas materiales y, al no encontrarla, cae en un laberinto profundo y sin salida en el que la persona cree valer sólo por lo que tiene y no por lo que es: una criatura amada por Dios.

La juventud, marchita, buscando la felicidad en el sexo, la diversión, el alcohol y la droga, porque nadie le ha señalado el camino correcto.

La familia, tambaleante por los embates del divorcio, la infidelidad, el miedo a los hijos, el egoísmo y la falta de comunicación, porque sus miembros no conocen a Cristo.

La Iglesia, sumamente debilitada y herida por los innumerables miembros que se quedaron con una fe infantil, de catequesis de primera comunión y que al no conocer profundamente a Cristo, la abandonan buscando la felicidad en piedras de cuarzo, en los poderes de la mente o en sectas que ofrecen recompensas terrenales.

Cientos de iglesias vacías porque muchos cristianos han dejado de valorar la presencia de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, porque no hay sacerdotes suficientes para atenderlas, porque los pocos sacerdotes que hay son ancianos o enfermos, porque los laicos no nos hemos dado cuenta de que somos necesarios para que el Cuerpo funcione a la perfección.

Ante esta situación, no podemos quedarnos parados contemplando cómo el mundo se muere por falta de un sentido para su vida. Todos debemos actuar: sacerdotes y laicos; jóvenes y adultos; hombres y mujeres, solteros y casados.

El mundo necesita grandes apóstoles, apóstoles de primera división, del tamaño de san Pablo, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola o santa Teresa de Jesús. Tú puedes, si quieres, ser uno de ellos. La decisión está en ti.

Pero si te da flojera, si lo dejas para más adelante, si no deseas hacerlo, debes tener en cuenta que lo que tú no hagas, nadie lo hará por ti. Eres un miembro insustituible de la Iglesia, pues tienes una misión específica y de ti depende el buen funcionamiento de muchos otros dentro de ella.


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