El sermón de las siete palabras




Por Anwar Tapias Lakatt

Desde la Cruz, Cristo habló siete veces, meditemos en su Palabra para adentrarnos en el misterio de la fe.

Estas siete palabras fueron recopiladas y analizadas en el siglo XII por un monje cisterciense, Arnaud de Bonneval. Luego San Roberto Berlarmino impuso su difusión y práctica al escribir un tratado sobre las siete palabras. A partir de ahí, se ha vuelto una meditación propia de la Iglesia para el Viernes Santo.


Las palabras fueron:


1. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34)
Aun desde la Cruz, Cristo nos invita a perdonar a lo extremo. Desde ahí, muestra que su ofrecimiento es voluntario, toma el lugar nuestro y asume sobre sí el peso de nuestros pecados, Su perdón y amor se desborda sobremanera en la Cruz del Calvario.
Nos invita hoy a pedir perdón al Señor porque con nuestros pecados crucificamos al Señor.


2. En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23,43)
Luego del perdón, está el ofrecimiento, Cristo desde la Cruz nos ofrece la salvación, nos promete estar con él, si morimos con él, si reconocemos que solo en él podemos encontrar el camino al Padre. El ladrón en la Cruz se reconoce pecador y confía en la misericordia de Dios. También nosotros acojamos esa promesa con amor, entrega y arrepentimiento sincero.


3. Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre (Jn. 19, 26-27)
María se ha quedado al pie de la Cruz, no lo ha abandonado como casi todos sus discípulos. El camino a la gloria merece el acompañamiento de la Madre. Cristo nos la entrega con amor, nos pide acogerla en nuestra casa y nuestra vida. La misión de María continúa y ahora, como sus hijos espirituales, tomemosla como Madre, y sintamos su amor y protección que nos lleva a su Hijo.


4. ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34; Mt. 27, 46)
Cristo en la Cruz experimenta lo que el hombre experimenta en su vida diaria. En ese momento clama en nombre de todos los que sufren en el mundo. Cristo recoge nuestro dolor, nuestro clamor por las injurias y sufrimientos. No estamos solos, Cristo en la Cruz clama al Padre, su amor desborda todo dolor y desde allí, en las palabras del salmo 22, se presenta como el justo que espera en Dios. No desfallezcamos, confiemos.


5. “¡Tengo sed!” (Jn 19, 28)
Estas palabras de Jesús evocan salmos (21 y 68). Desde la Cruz, Cristo tiene sed, y esto es para cumplir la Escritura. Tiene sed de cumplir la la voluntad de Dios. A veces parece amargo porque al mundo no le gusta lo que Dios pide. El cristiano siente amargo por el rechazo del mundo, pero aun así, deseamos beber la copa del Señor. Esa sed no se sacia en los placeres sino en la obediencia de la voluntad divina.


6. Todo está cumplido (Jn. 19, 30) 
Cristo no abandonó su misión, llegó hasta el final. La Cruz no es una derrota sino el cumplimiento máximo de la obediencia. Nos dio una muestra de lo que es el amor auténtico. ¿Hasta dónde llegaríamos por obedecer al Señor? ¿Hasta la Cruz? Esta palabra es una muestra de que el mal no podrá truncar jamás la voluntad divina. Dios está por encima del mal y nos invita a cumplir el llamado a la santidad que tenemos,


7. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc. 23, 46)
Cristo encomienda su vida a quien lo ha enviado. Toda su misión ha sido cumplida, y es hora de volver al Padre. Desde la Cruz, Cristo nos muestra que nuestro fin último es en Dios. Que esta vida es pasajera, y que la muerte sólo es un paso más para acoger la eternidad que Dios nos ha ofrecido. Que esta vida sea un medio para alcanzar la eternidad, y no un fin en sí mismo, que lejos de acercarnos pudiera apartarnos del camino que Cristo abrió para nosotros.


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