Introducción a la Historia de la Iglesia



Por: Anwar Tapias Lakatt

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Cristo su cabeza (Col 1, 18; Ef 1, 22). Al mismo tiempo, la Iglesia y Cristo forman uno solo, el Cristo Total (Christus Totus)[1], por lo que no podríamos decir que seguimos a Cristo cabeza pero no a su Cuerpo, ya que Dios la quiso vincular a su plan de salvación:

“Ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse(Hch 2, 47)

De esta forma, conocer sobre la Iglesia es conocer sobre Cristo. El presente módulo busca que como católicos aprendamos del actuar de Dios en su Iglesia a través de los siglos. Hay una promesa de parte de Jesucristo, de estar con la Iglesia todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 19). Es por tanto de esta promesa de donde brota el gozo de saber que el Señor nos acompaña y que guía los caminos de la Iglesia. El Concilio Vaticano II nos ilustra unas bellas palabras para este caminar de la Iglesia:

La Iglesia «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» anunciando la cruz del Señor hasta que venga (cf. 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos.[2]

Sabemos que Cristo tiene dos naturalezas: una divina y una humana. La teología ha sostenido que también en la Iglesia podemos ver esas dos dimensiones, dejando claridad sobre las distinciones en cada una. En su dimensión espiritual, la Iglesia es infalible e impecable, su fe no puede desviarse, sus sacramentos no pueden dejar de santificar[3]. Pero también vemos otra dimensión: la humana, porque Dios ha querido confiar su Iglesia a hombres, que conservan su libre albedrío y por ende de limitaciones humanas que deberemos tener en cuenta a la hora de estudiar la Iglesia a través de los siglos. Y en esta dimensión humana hay cabida para encontrar incomprensiones, retrasos en adaptarse en algunos contextos, falta de información o abusos y excesos. Esto por tanto no debe asustarnos a la hora de abordar las vivencias históricas de la Iglesia, más sí ayudarnos a entender que Dios la sostiene muy a pesar de las limitaciones humanas, y que el Espíritu Santo la vivifica para sacarla adelante incluso en los momentos más difíciles.

 

El Papa Francisco en una audiencia general[4] dijo unas palabras que nos van a ayudar a comprender mejor las dos dimensiones de la Iglesia:

Para comprender la relación en la Iglesia, la  relación entre su realidad visible y aquella espiritual, no hay otro camino que mirar a Cristo, del cual la Iglesia constituye el cuerpo y del cual ella es generada, en un acto de infinito amor. También en Cristo, en efecto, en virtud del misterio de la Encarnación, reconocemos una naturaleza humana y una naturaleza divina, unidas en la misma persona en modo admirable e indisoluble. Esto vale en modo análogo también para la Iglesia. Y como en Cristo la naturaleza humana secunda plenamente aquella divina y se pone a su servicio, en función del cumplimiento de la salvación, así sucede en la Iglesia, por su realidad visible, con respecto a aquella espiritual. Por lo tanto, también la Iglesia es un misterio en el cual lo que no se ve es más importante de lo que se ve y puede ser reconocido sólo con los ojos de la fe.

En el caso de la Iglesia, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿cómo puede la realidad visible ponerse al servicio de aquella espiritual? Una vez más, podemos comprenderlo mirando a Cristo: Cristo es el modelo, es el modelo de la Iglesia porque la Iglesia es su Cuerpo. Es el modelo de todos los cristianos, de todos nosotros. Cuando se mira a Cristo no nos equivocamos. En el Evangelio de Lucas se cuenta cómo Jesús, de vuelta en Nazaret,  - hemos oído esto - donde había crecido, entró en la sinagoga y leyó, refiriéndose a sí mismo, el pasaje del profeta Isaías, donde está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracias del Señor”.

La actitud que debemos tomar en este módulo es la de quien se interesa por conocer la historia de su familia, sus orígenes, ancestros, el cómo llegaron a vivir en tal ciudad, cómo enfrentaron tal dificultad o como salieron adelante y lograron triunfar. La Iglesia es eso, nuestra familia espiritual, en donde Cristo administra su gracia y predica a todos los hombres el mensaje de Salvación, es esa columna de la verdad de la que habló San Pablo:

“Por si me atraso. Así sabrás cómo comportarte en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad. (1 Tim 3, 15)

Conviene antes de abordar el estudio de la historia de la Iglesia, lo concerniente a las cuatro características de la Iglesia de Cristo: una, santa, católica y apostólica. A través del módulo veremos cómo estas cuatro características la hacen única. Citando nuevamente la Lumen Gentiun:

Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Jn 21,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18 ss), y la erigió perpetuamente como columna y fundamento de la verdad (cf.1 Tm 3,15). Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica. (LG I, 8)

 

Las cuatro características de la Iglesia son importantes de estudiar.

  • Una: porque es reflejo de la Unidad de Dios (Mt 16, 18; Jn 17, 21), y porque corresponde al designio de Cristo de que la Iglesia sea su cuerpo. (1 Cor 12, 13; Col 1, 18)
  • Santa: porque Cristo la santificó para hacerla resplandeciente (Ef 5, 25-27)
  • Católica: porque busca llevar el mensaje de salvación a toda la humanidad, y Cristo está presente siempre en la Iglesia(Mt 28, 20)
  • Apostólica: porque fue edificada por los Apóstoles, transmite el depósito de fe y sigue siendo guiada por sus sucesores (Ef 2, 20)

La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (cf. Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él "santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef 1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap21, 10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14). [CIC 865]

 

Tarea: Leer los numerales 811 al 865 del Catecismo

 

Dios, presente en la historia siempre

Cuando abordamos el estudio de la historia de la Iglesia debemos primeramente tener claro que Dios está presente. La historia de la Iglesia no es por tanto producto del azar o de la simple acción del hombre, donde parece que deja a Dios sin actuar ni intervenir. Como dijo el Papa San Juan Pablo II: Dios no es indiferente ante el bien y el mal; entra misteriosamente en escena en la historia de la humanidad con su juicio que, antes o después, desenmascara el mal, defiende a las víctimas y señala la senda de la justicia[5]

De esta forma, ni aun en los momentos más oscuros o débiles de la Iglesia, ha dejado Dios de intervenir de una manera u otra, y siempre sacando un bien mayor, del mal realizado por el hombre que rechaza la gracia de Dios.

Sin violentar la libertad humana, Dios gobierna los pasos de los pueblos, así como dirige los pasos de los individuos, por aquel dominio absoluto que el Creador tiene sobre sus creaturas y por la necesaria dependencia que liga a estas con su creador[6]

En el estudio de la Historia de la Iglesia, sabemos que si bien Dios tiene conocimiento de todo cuanto ocurre, no podemos pensar que todo lo que hace el hombre es con beneplácito de Dios. El que Dios permita al hombre obrar no es por debilidad, ni porque ese sea su deseo, sino porque respeta la libertad del hombre e incluso podrá sacar siempre un bien mayor de ese mal del hombre. De esta forma cuando abordemos momentos de la historia que podrían escandalizar a más de uno, es bueno saber que Dios siempre estará por encima de las acciones del hombre.

La historia de la Iglesia está inserta en la historia de la Salvación. Esto es importante comprenderlo, porque Dios no es ajeno a los actos del hombre. Conoce de antemano cuanto va a ocurrir. San Juan Pablo II en una audiencia general expresaba unas palabras del Concilio Vaticano I: "Todo lo que Dios ha creado lo conserva y lo dirige con su Providencia extendiéndose de un confín a otro con poder y gobernando con suavidad todas las cosas (cf. Sab 8, 1). Todas las cosas son desnudas y descubiertas ante sus ojos (cf. Heb 4, 13) incluso las que existirán por libre iniciativa de las criaturas" (Const. De Fide, DS 3003)[7]

 

Tarea: Leer 1 Sam 8, 1-22

Responder:

1.      ¿Por qué Dios les da el Rey sino es su designio?

2.      ¿Para qué Dios advierte las consecuencias de tener un rey si no lo van a escuchar?

3.      Leyendo 1 Sam 12,14.20, ¿Cómo comprendemos la Providencia divina?

 

El hombre, libre para el bien y para el mal                     

En el estudio de la Historia de la Iglesia, el hombre no es un ser pasivo que sólo cumple órdenes. El ser humano tiene un papel importante, y es el uso que da a la libertad recibida por Dios. La misma Palabra nos muestra esa libertad dada por Dios:

Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. 
Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella. 
Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra que vas a poseer después de cruzar el Jordán. (Deu 30, 15-18)

Como podemos analizar del texto, Dios guía al hombre, le muestra la senda, lo mueve con su gracia, pero el hombre puede decidir escuchar o no al Señor. La libertad del hombre siempre estará para que el hombre haga uso de ella; si la gracia lo mueve será para un acto bueno pero si el hombre no escucha sufrirá las justas consecuencias de sus actos.

 

Cuando estudiamos que en nombre de Dios se han hecho cosas malas no podemos pensar que ha sido la voluntad de Dios el querer que pase, pero sí podemos afirmar con seguridad, que Dios incluso de ese mal del hombre, es capaz de sacar algo bueno.

El hombre que actúa en la Historia es responsable de sus actos como bien enseña el Catecismo:

La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos (CIC 1734).

De lo anterior se desprende que en algunos casos ese actuar del hombre no ha correspondido con el llamado que tiene, de servir y testimoniar a Dios. Los Papas de la Iglesia han reconocido esto, que sin significar que la Iglesia haya dejado de ser pura y santa, sus hijos sí han pecado y han manchado la blancura del Cuerpo de Cristo. Esto sólo nos confirma que el hombre es responsable de sus actos y dará cuentas a Dios. Veamos algunos ejemplos de perdón pedido por errores de los hijos de la Iglesia a través de la historia:

“Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre”[8] (San Juan Pablo II sobre los errores del pasado)

“También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida”[9]. (Benedicto XVI sobre la pederastia)

“No podemos más que afligirnos frente a los conflictos y la violencia cometida en nombre de la fe, y pido al Señor que nos de la gracia de reconocernos todos pecadores y de sabernos perdonar los unos a los otros[10](Francisco en visita a un templo valdense)

 

Tarea:

1.      ¿Qué pensar del actuar de los hombres en los siguientes pasajes?:

  • Ex 2, 11-12; 2 Sam 11, 1-27

El pasaje de Rom 2, 24 cómo se aplica a los cristianos y no cristianos hoy día?

 

Juzgar la historia en el momento correcto

La Historia atestigua que en cada momento vivido las circunstancias han sido distintas y particulares. En el estudio de la Historia de la Iglesia debemos tener presente que el juicio moral que se emita sobre una época de la historia debe considerar qué se pensaba en esa época respecto a algo. Si bien, lo intrínsecamente malo lo será siempre, puede aminorarse el juicio o culpabilidad frente a un hecho ocurrido. Esto mismo lo expresó San Juan Pablo II al referirse a actos de la Iglesia en el pasado:

“Es cierto que un correcto juicio histórico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento, bajo cuyo influjo muchos pudieron creer de buena fe que un auténtico testimonio de la verdad comportaba la extinción de otras opiniones o al menos su marginación. Muchos motivos convergen con frecuencia en la creación de premisas de intolerancia, alimentando una atmósfera pasional a la que sólo los grandes espíritus verdaderamente libres y llenos de Dios lograban de algún modo substraerse[11].

Hoy el contexto de lo que vive la Iglesia puede ser diferente a lo vivido en otra época. Hoy puede mirarse desde otra perspectiva lo que en un siglo anterior se veía de modo diferente. Desde la misma Sagrada Escritura podemos encontrar situaciones que pudieron ser permisibles en una época anterior pero que con el paso del tiempo ya no lo fue. Por ejemplo que:

·   La esposa estéril le diera la esclava al esposo para tener hijos (Caso Sara y Agar). Hoy sabemos que esto sería pecado de adulterio, pero en la época de Abraham hacía parte de los principales códigos legales de los pueblos de Oriente. ¿Podríamos juzgar ese hecho de la historia con la realidad moral de hoy?

De esta forma, al emprender el estudio de la historia de la Iglesia, sepamos discernir cada acto para emitir un juicio moral conforme al contexto vivido, a las circunstancias y las motivaciones, eso sí, a la luz del Evangelio.

 

Sin ir a extremos

El estudio de la historia de la Iglesia requiere una sensatez y objetividad para evitar posturas extremas. Hay que distinguir entre un juicio histórico basado en los hechos, y un juicio teológico basado en la naturaleza misma de la Iglesia. Muchas veces como católicos podemos ser tan emocionales que no vemos nada malo y todo lo justificamos, o los que están afuera de la Iglesia pueden ser tan irracionales que todo lo ven malo y no resaltan nada bueno. En el equilibrio de estas posturas está la verdadera función de estudiar la historia de la Iglesia. El Magisterio nos exhorta a esto:

Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico[12]

Hoy día, debemos convivir con ataques infundados, sobrecargados de prejuicios como por ejemplo: “la Iglesia mató a millones en Ia Inquisición”, así como también la responsabilidad de las acciones cometidas y que hacen parte de nuestro pasado.

Por último, debemos ante todo recordar que la Iglesia es de Cristo, que es guiada por el Espíritu Santo, y ni siquiera los hijos pecadores podríamos destruir la Iglesia. Es de Dios, es de origen divina y es santa y camina hacia la perfección.



[1] CIC 795 (Catecismo de la Iglesia Católica)

[2] Lumen Gentium I, 8

[3] DANIELOU, Jean. Nueva Historia de la Iglesia. Versión Google books, pág 26.

[4] Audiencia general de Octubre 29 de 2014

[5] Audiencia general del 10 de septiembre de 2003

[6] GONZALEZ, Federico. Historia eclesiástica del Ecuador desde los tiempos de la conquista hasta nuestros días. Versión Google Books, Pág IV.

[7] Audiencia general de 18 de junio de 1986

[8] Carta Apostólica Tertio Millennio Adviente

[9] Santa Misa por la clausura del año sacerdotal 2010

[10] https://www.aciprensa.com/noticias/por-que-el-papa-francisco-pidio-perdon-a-evangelicos-en-turin-35185/

[11] Carta Apostólica Tertio Millennio Adviente

[12] Comisión Teológica Internacional: Memoria y Reconciliación – La Iglesia y las culpas del pasado

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