Introducción a la vida devota


FILOTEA

Primera parte de la Introducción a la vida devota

Autor: San Francisco de Sales


CAPÍTULO I: DESCRIPCIÓN DE LA VERDADERA DEVOCIÓN

Tú aspiras a la devoción, queridísima Filotea, porque eres cristiana y sabes que es una virtud sumamente agradable a la divina Majestad; mas, como sea que las pequeñas faltas que se cometen al comienzo de una empresa crecen infinitamente en el decurso de la misma y son casi irreparables al fin, es menester, ante todo, que sepas en qué consiste la virtud de la devoción, porque, no existiendo más que una verdadera y siendo muchas las falsas y vanas, si no conocieses cuál es aquélla, podrías engañarte y seguir alguna devoción impertinente y supersticiosa.

Aurelio pintaba el rostro de todas las imágenes que hacía según el aire y el aspecto de las mujeres que amaba, y cada uno pinta la devoción según su pasión y fantasía. El que es aficionado al ayuno se tendrá por muy devoto si puede ayunar, aunque su corazón esté lleno de rencor, y -mientras no se atreverá, por sobriedad, a mojar su lengua en el vino y ni siquiera en el agua-, no vacilará en sumergirla en la sangre del prójimo por la maledicencia y la calumnia. Otro creerá que es devoto porque reza una gran cantidad de oraciones todos los días, aunque después se desate su lengua en palabras insolentes, arrogantes e injuriosas contra sus familiares y vecinos. Otro sacará con gran presteza la limosna de su bolsa para darla a los pobres, pero no sabrá sacar dulzura de su corazón para perdonar a sus enemigos. Otro perdonará a sus enemigos, pero no pagará sus deudas, si no le obliga a ello, a viva fuerza, la justicia. Todos estos son tenidos vulgarmente por devotos y, no obstante, no lo son en manera alguna. Las gentes de Saúl buscaban a David en su casa; Micol metió una estatua en la cama, cubrióla con las vestiduras de David y les hizo creer que era el mismo David que yacía enfermo. Así muchas personas se cubren con ciertas acciones exteriores propias de la devoción, y el mundo cree que son devotas y espirituales de verdad, pero, en realidad, no son más que estatuas y apariencias de devoción.

La viva y verdadera devoción, ¡oh Filotea!, presupone el amor de Dios; mas no un amor cualquiera, porque, cuando el amor divino embellece a nuestras almas, se llama gracia, la cual nos hace agradables a su divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar bien, se llama caridad; pero, cuando llega a un tal grado de perfección, que no sólo nos hace obrar bien, sino además, con cuidado, frecuencia y prontitud, entonces se llama devoción. Las avestruces nunca vuelan; las gallinas vuelan, pero raras veces, despacio, muy bajo y con pesadez; mas las águilas, las palomas y las golondrinas vuelan con frecuencia veloces y muy altas. De la misma manera, los pecadores no vuelan hacia Dios por las buenas acciones, pero son terrenos y rastreros; las personas buenas, pero que todavía no han alcanzado la devoción, vuelan hacia Dios por las buenas oraciones, pero poco, lenta y pesadamente; las personas devotas vuelan hacia Dios, con frecuencia con prontitud y por las alturas. En una palabra, la devoción no es más que una agilidad y una viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente, y, así como corresponde a la caridad el hacernos cumplir general y universalmente todos los mandamientos de Dios, corresponde también a la devoción hacer que los cumplamos con ánimo pronto y resuelto. Por esta causa, el que no guarda todos los mandamientos de Dios, no puede ser tenido por bueno ni devoto, porque, para ser bueno es menester tener caridad y, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud.

Y, puesto que la devoción consiste en cierto grado de excelente caridad, no sólo nos hace prontos, activos y diligentes, en la observancia de todos los mandamientos de Dios, sino además, nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas. Porque, así como un hombre que está convaleciente anda tan sólo el camino que le es necesario, pero lenta y pesadamente, de la misma manera, el pecador recién curado de sus iniquidades, anda lo que Dios manda, pero despacio y con fatiga, hasta que alcanza la devoción, ya que entonces, como un hombre lleno de salud, no sólo anda sino que corre y salta «por los caminos de los mandamientos de Dios», y, además, pasa y corre por las sendas de los consejos y de las celestiales inspiraciones. Finalmente, la caridad y la devoción sólo se diferencian entre sí como la llama y el fuego; pues siendo la caridad un fuego espiritual, cuando está bien encendida se llama devoción, de manera que la devoción nada añade al fuego de la caridad, fuera de la llama que hace a la caridad pronta, activa y diligente no sólo en la observancia de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos y de las inspiraciones celestiales.


 CAPÍTULO II

PROPIEDAD Y EXCELENCIA DE LA DEVOCIÓN

Los que desalentaban a los israelitas, para que no fueran a la tierra de promisión, les decían que era una tierra que «devoraba a sus habitantes», es decir que su ambiente era tan dañino, que era imposible vivir allí mucho tiempo y que sus moradores eran gentes tan monstruosas, que se comían a los demás hombres como a las langostas. Así el mundo, mi querida Filotea, difama tanto cuanto puede a la devoción, pintando a las personas devotas con aire sombrío, triste y melancólico, y diciendo que la devoción comunica humores displicentes e insoportables. Mas, así como Josué y Caleb aseguraban que no sólo era buena y bella la tierra prometida, sino también que su posesión había de ser dulce y agradable, de la misma manera el Espíritu Santo, por boca de todos los santos y Nuestro Señor por la suya propia, nos aseguran que la vida devota es una vida dulce, feliz y amable.

El mundo ve que los devotos ayunan, oran, sufren las injurias, cuidan a los enfermos, dominan su cólera, refrenan y ahogan sus pasiones, se privan de los placeres sensuales y practican éstas y otras clases de obras que de suyo y en su propia substancia y calidad, son ásperas y rigurosas. Mas el mundo no ve la devoción interior y cordial, que hace que todas estas acciones sean agradables, suaves y fáciles. Contemplad las abejas sobre el tomillo: encuentran en él un jugo muy amargo, pero, al chuparlo, lo convierten en miel, porque ésta es su propiedad. ¡Oh mundanos!, las almas devotas encuentran, es cierto, mucha amargura en sus ejercicios de mortificación, pero, con sólo practicarlos, los convierten en dulzura y suavidad. El fuego, las llamas, las ruedas y las espadas parecían flores y perfumes a los mártires, porque eran devotos; y, si la devoción puede endulzar los más crueles tormentos y la misma muerte ¿que no hará con los actos de virtud?

El azúcar endulza los frutos verdes y hace que no sean desagradables ni dañosos los excesivamente maduros. Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa.

Contempla la escala de Jacob, que es una viva imagen de la vida devota: los dos largueros por entre los cuales se sube y que sostienen

los escalones, representan la oración, que nos obtiene el amor de Dios y los sacramentos que lo confieren; los escalones no son otra cosa que los diversos grados de caridad, por los cuales se va de virtud en virtud, ya sea descendiendo, por la acción, a socorrer y a sostener al pobre, ya sea subiendo, por la contemplación, a la unión amorosa con Dios. 

Te ruego ahora que contemples quiénes están en la escala; son hombres, con corazón de ángeles, o ángeles con cuerpo humano; no son jóvenes, pero lo parecen, porque están llenos de vigor y de agilidad espiritual; tienen alas, para volar, y se lanzan hacia Dios, por la santa oración, mas también tienen pies, para andar entre los hombres, en santa y amigable conversación. Sus rostros aparecen bellos y alegres, porque todo lo reciben con dulzura y suavidad; sus piernas, sus brazos y sus cabezas están enteramente al descubierto, porque sus pensamientos, sus afectos y sus actos no tienden a otra cosa que a complacer. Lo restante de su cuerpo está vestido, pero con elegante y ligero ropaje, porque es cierto que usan del mundo y de sus cosas, pero de una manera pura y sincera, tomando estrictamente lo que exige su condición.

Créeme, amada Filotea, la devoción es la dulzura de las dulzuras y la reina de las virtudes, porque es la perfección de la caridad. Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles.

 


CAPÍTULO III

QUE LA DEVOCIÓN ES CONVENIENTE A TODA CLASE DE VOCACIONES Y PROFESIONES

En la creación, manda Dios a las plantas que lleven sus frutos, cada una según su especie; de la misma manera que a los cristianos, plantas vivas de la Iglesia, les manda que produzcan frutos de devoción, cada uno según su condición y estado. De diferente manera han de practicar la devoción el noble y el artesano, el criado y el príncipe, la viuda, la soltera y la casada; y no solamente esto, sino que es menester acomodar la práctica de la devoción a las fuerzas, a los quehaceres y a las obligaciones de cada persona en particular. Dime, Filotea, ¿sería cosa puesta en razón que el obispo quisiera vivir en la soledad, como los cartujos? Y si los casados nada quisieran allegar, como los capuchinos, y el artesano estuviese todo el día en la iglesia, como los religiosos, y el religioso tratase continuamente con toda clase de personas por el bien del prójimo, como lo hace el obispo, ¿no sería esta devoción ridícula, desordenada e insufrible? Sin embargo, este desorden es demasiado frecuente, y el mundo que no discierne o no quiere discernir, entre la devoción y la indiscreción de los que se imaginan ser devotos, murmura y censura la devoción, la cual es enteramente inocente de estos desórdenes.

No, Filotea, la devoción nada echa a perder, cuando es verdadera; al contrario, todo lo perfecciona, y, cuando es contraria a la vocación de alguno, es, sin la menor duda, falsa. La abeja, dice Aristóteles, saca su miel de las flores sin dañarlas y las deja frescas y enteras, según las encontró; mas la verdadera devoción todavía hace más, porque no sólo no causa perjuicio a vocación ni negocio alguno, sino, antes bien, los adorna y embellece. Las piedras preciosas, introducidas en la miel, se vuelven más relucientes, cada una según su propio color; así también cada uno de nosotros se hace más agradable a Dios en su vocación, cuando la acomoda a la devoción: el gobierno de la familia se hace más amoroso; el amor del marido y de la mujer, más sincero; el servicio del príncipe, más fiel; y todas las ocupaciones, más suaves y amables.

Es un error, y aun una herejía, querer desterrar la vida devota de las compañías de los soldados, del taller de los obreros, de la corte de los príncipes y del hogar de los casados. Es cierto, Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y propia de los religiosos, no puede ser ejercitada en aquellas vocaciones; pero también lo es que, además de estas tres clases de devoción, existen muchas otras, muy a propósito para perfeccionar a los que viven en el siglo. Abrahán, Isaac, Jacob, David, Job, Tobías, Sara, Rebeca y Judit nos dan en ello testimonio en el Antig
uo Testamento, y, en cuanto al Nuevo, San José, Lidia y San Crispín fueron perfectamente devotos en sus talleres; las santas Ana, Marta, Mónica, Aquila, Priscila, en sus casas; Cornelio, San Sebastián, San Mauricio, entre las armas, y Constantino, Santa Helena, San Luis, el bienaventurado Amadeo y San Eduardo, en sus reinos. Más aún: ha llegado a acontecer que muchos han perdido la perfección en la soledad, con todo y ser tan apta para alcanzarla, y otros la han conservado en medio de la multitud, que parece ser tan poco favorable. Lot, dice San Gregorio, que fue tan casto en la ciudad, se mancilló en la soledad. Dondequiera que nos encontremos, podemos y debemos aspirar a la perfección.



CAPÍTULO IV
DE LA NECESIDAD DE UN DIRECTOR PARA ENTRAR Y AVANZAR EN LA DEVOCIÓN

Cuando el joven Tobías recibió el encargo de ir a Rages, dijo: «Yo no sé el camino». «Ve, pues -replicó su padre-, y busca algún hombre que te guíe». Lo mismo te digo yo, mi Filotea:¿Quieres emprender con seguridad el camino de la devoción? Busca un hombre que te guíe y acompañe. Esta es la advertencia de las advertencias. «Por más que busques -dice el devoto Juan de Avila-, jamás encontrarás tan seguramente la voluntad de Dios como por el camino de esta humilde obediencia, tan recomendada y practicada por todos los antiguos devotos».

La bienaventurada madre Teresa, al ver que doña Catalina de Cardona hacía grandes penitencias, deseó mucho imitarla en esto, contra el parecer de su confesor, que se lo prohibía y al cual estaba tentada de desobedecer en este punto, y Dios le dijo: «Hija mía, tienes un camino recto y seguro. ¿Ves la penitencia que ella hace? Pues bien, yo hago más caso de tu obediencia». Por su parte, gustaba tanto de esta virtud, que, además de la obediencia que debía a sus superiores, hizo un voto especial de obedecer a un excelente varón, y se obligó a seguir su dirección y guía, de lo que quedó infinitamente consolada; cosa que, después de ella, han hecho muchas almas buenas, las cuales, para mejorar sujetarse a Dios, han sometido su voluntad a la de sus siervos, lo que Santa Catalina de Sena alaba en gran manera en sus Diálogos. La devota princesa Santa Isabel se sujetó, con extremada obediencia, al doctor maestro Conrado, y uno de los avisos que el gran San Luis dio a su hijo, antes de morir, fue éste: «Confiésate con frecuencia, elige un confesor idóneo, que pueda enseñarte con seguridad las cosas que te son necesarias».

«El amigo fiel, dice la Sagrada Escritura, es una excelente protección; el que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel es una medicina de vida y de inmortalidad; los que temen a Dios la encuentran». Estas divinas palabras se refieren, principalmente, a la inmortalidad, para alcanzar la cual es menester, ante todo poseer este amigo fiel que guíe nuestras acciones con sus avisos y consejos, y nos guarde, por este medio, de las asechanzas y engaños del maligno. Este amigo será, para nosotros, como un tesoro de sabiduría en nuestras aflicciones, tristezas y caídas; medicamento, que aliviará y consolará nuestros corazones, en las dolencias del espíritu; nos librará del mal y procurará nuestro mayor bien, y, si alguna vez caemos en enfermeda
d, impedirá que sea mortal y nos sacará de ella.

Mas, ¿quién encontrará este amigo? Responde el Sabio: «Los que temen a Dios»; es decir, los humildes, que sienten grandes deseos de avanzar en la vida espiritual. Pues, si es para ti cosa de tanta monta, ¡oh Filotea!, caminar junto a un buen guía, durante este santo viaje hacia la devoción, pide a Dios, con gran insistencia, que te procure uno según su corazón, y no dudes; porque, aunque fuere menester enviarte un ángel del cielo, como lo hizo con el joven Tobías, te dará uno bueno y fiel.

Ahora bien, este amigo ha de ser siempre para ti un ángel, es decir, cuando lo hayas encontrado, no lo consideres como un simple hombre, y no confíes en él ni en su saber humano sino en Dios, el cual te favorecerá y te hablará por medio de este hombre, en cuyo corazón y en cuyos labios pondrá lo que fuere necesario para tu bien. Debes, pues, escucharle como a un ángel, que desciende del cielo para conducirte a él.

Háblale con el corazón abierto, con toda sinceridad y fidelidad, y manifiéstale claramente lo bueno y lo malo, sin fingimiento ni disimulación, y, por este medio, el bien será examinado, y quedará más asegurado, y el mal será remediado y corregido; te sentirás aliviada y regulada en los consuelos. Ten, pues, en él una gran confianza y, a la vez, una santa reverencia, de suerte que la reverencia no disminuya la confianza, y la confianza no impida la reverencia. Confía en él, con el respeto de una hija para con su padre, y respétalo con la confianza de un hijo para con su madre: en una palabra, esta amistad ha de ser fuerte y dulce, toda ella santa, toda sagrada, toda divina, toda espiritual.

Y, para esto, escoge uno entre mil, dice Ávila, y añado yo: entre diez mil, porque son muchos menos de lo que parece los capaces de desempeñar bien este oficio. Ha de estar lleno de caridad, de ciencia, de prudencia: si le falta una sola de estas tres cualidades, es muy grande el peligro. Pero, te lo repito de nuevo, pídelo a Dios, y, una vez lo hayas alcanzado, sé constante, no busques otros, sino camina con sencillez, humildad y confianza, y tendrás un viaje feliz.



CAPÍTULO V
QUE ES MENESTER COMENZAR POR LA PURIFICACIÓN DEL ALMA

«Las flores,dice el sagrado Esposo, aparecen en nuestra tierra; el tiempo de podar y cortar ha llegado». ¿Qué son las flores de nuestros corazones, ¡oh Filotea!, sino los buenos deseos?

Ahora bien, en cuanto aparecen, es menester poner la mano a la segura, para cortar, en nuestra conciencia, todas las obras muertas y superfluas. La doncella extranjera, para casarse con un israelita, había de quitarse los vestidos de cautiva, cortarse las uñas y rasurar los cabellos: y el alma que aspira al honor de ser esposa del Hijo de Dios debe «despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo», dejando el pecado, cortando de raíz toda clase de estorbos, que apartan del amor del Señor. El comienzo de nuestra santidad consiste en purgar los malos humores del pecado.

San Pablo quedó enteramente purificado, en un instante, y lo mismo le acaeció a Santa Catalina de Génova, a Santa Magdalena, a Santa Pelagia y a algunos otros santos; pero esta clase de purificación es absolutamente milagrosa y extraordinaria, en el orden de la gracia, como la resurrección de los muertos lo es en el orden de la naturaleza, por lo que no hemos de pretenderla. La purificación y la curación ordinaria, así de los cuerpos como de las almas, no se hace sino poco a poco, paso a paso, por grados, de adelanto en adelanto, con dificultad y con tiempo. Los ángeles de la escala de Jacob tienen alas, pero no vuelan, sino que suben y bajan ordenadamente de grada en grada. El alma que se remonta del pecado a la devoción, es comparada a la aurora, la cual, cuando aparece, no disipa en un instante, las tinieblas, sino lentamente. Dice un aforismo que cuanto menos precipitada es la curación, es tanto más segura: las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen a caballo y al galope, pero se van a pie y al paso.

Conviene, pues, ¡oh Filotea!, que seas animosa y paciente en esta empresa. ¡Ah! qué pena da ver a ciertas almas que, al sentirse todavía sujetas a muchas imperfecciones, después de haberse ejercitado en la devoción, se turban y desalientan y se dejan casi vencer por la tentación de abandonarlo todo y de volver atrás. Mas, por el contrario, ¿no es también un peligro para las almas, el que, por una tentación opuesta, lleguen a creer, el primer día, que ya están purificadas de sus imperfecciones y, teniéndose por perfectas, echen a volar sin alas?

¡Oh Filotea, es demasiado grande el peligro de caer, para desasirse tan pronto de las manos del médico! ¡Ah!, «no os levantéis antes de que llegue la luz -dice el profeta-; levantaos después de haber descansado»; y él mismo, después de haber practicado este consejo y de haberse lavado y purificado, pide a Dios que le lave y purifique de nuevo.

El ejercicio de la purificación del alma no puede ni debe acabarse sino con la vida. No nos turbemos, pues, por nuestras imperfecciones, porque nuestra perfección consiste precisamente en combatirlas, y no podremos combatirlas sin verlas, ni vencerlas sin encontrarlas. Nuestra victoria no estriba en no sentirlas, sino en no consentir en ellas, y no es, en manera alguna, consentir el sentirse por ellas acosado. Es muy provechoso, para el ejercicio de la humildad, que, alguna vez, seamos heridos en este combate espiritual; sin embargo, nunca somos vencidos, sino cuando perdemos la vida o el valor. Ahora bien, las imperfecciones y los pecados no pueden arrebatarnos la vida espiritual, pues ésta sólo se pierde por el pecado grave; importa, pues, que no nos desalienten: «Líbrame, Señor -decía David-, de la cobardía y del desaliento». Es, para nosotros, una condición ventajosa, en esta guerra, saber que siempre seremos vencedores, con tal que queramos combatir.



CAPÍTULO VI
DE LA PRIMERA PURIFICACIÓN, QUE ES LA DE LOS PECADOS MORTALES

La primera purificación que se requiere es la del pecado mortal; el medio para lograrla es el sacramento de la Penitencia. Busca el confesor más digno que te sea posible; toma en tus manos algunos de los libritos que se han escrito para ayudar a las conciencias a confesarse bien, como Granada, Bruno, Arias, Auger; léelos con atención, y advierte punto por punto, en qué has pecado, desde que llegaste al uso de la razón hasta la hora presente; si no te fías de la memoria, escribe lo que hubieres notado.

Después de haber repasado y amontonado, de esta manera, los pecados de tu conciencia, detéstalos y échalos lejos de ti, por una contrición y un pesar tan grande como pueda soportarlo tu corazón, considerando estas cuatro cosas: que, por el pecado, has perdido la gracia de Dios, has perdido el derecho a la gloria, has aceptado las penas del infierno y has renunciado al amor eterno de Dios.

Ya entiendes, Filotea, que me refiero a una confesión general de toda la vida, la cual, si bien reconozco que no siempre es absolutamente necesaria, con todo considero que te será sumamente útil en los comienzos; por lo mismo, te la aconsejo con gran encarecimiento.

Acontece, con harta frecuencia, que las confesiones ordinarias de las personas que llevan una vida común y vulgar están llenas de grandes defectos, porque, muchas veces, la preparación es deficiente o nula, y falta la contrición exigida; al contrario, suele acudirse a la confesión con una voluntad tácita de volver a caer en pecado y sin la resolución de evitar las ocasiones y de poner los medios necesarios para la enmienda de la vida; en todos estos casos, la confesión general es necesaria para la tranquilidad del alma.

Pero, además, de esto, la confesión general nos conduce al conocimiento de nosotros mismos, provoca en nosotros una saludable confusión por nuestra vida pasada, nos hace admirar la misericordia de Dios, que nos ha aguardado con tanta paciencia; sosiega nuestros corazones, alivia nuestros espíritus, excita en nosotros buenos propósitos, da ocasión a nuestro padre espiritual para que nos haga las advertencias que mejor cuadran con nuestra condición, y nos abre el corazón, para que nos manifestemos con toda confianza, en las confesiones siguientes.

Tratando, pues, ahora, de una renovación general de nuestro corazón y de una conversión total de nuestra alma a Dios, para emprender la vida devota, me parece, ¡oh Filotea!, que tengo razón, si te aconsejo esta confesión general.



CAPÍTULO VII
DE LA SEGUNDA PURIFICACIÓN, QUE ES LA DEL AFECTO AL PECADO

Todos los israelitas salieron de Egipto, pero no todos partieron de corazón, por lo cual, cuando estaban en medio del desierto, muchos de ellos echaban de menos las cebollas y los manjares de aquella tierra. De la misma manera, hay penitentes que salen, en efecto, del pecado, pero no todos dejan la afición a él; es decir, proponen no pecar más, pero con cierta mala gana de privarse y abstenerse de los deleites pecaminosos; su corazón renuncia al pecado y se aleja de él, mas no por ello deja de volver, de vez en 
cuando, la cabeza hacia aquel lado, como la volvió la mujer de Lot hacia Sodoma. Se abstienen del pecado, como los enfermos de la fruta, que no comen de ella porque el médico les amenaza con la muerte sí no saben privarse; pero se inquietan, hablan de ella y de la posibilidad de comer; quieren, a lo menos, olfatearla y tienen por dichosos a los que la pueden gustar.

También estos débiles y cobardes penitentes se abstienen, por algún tiempo, del pecado, pero a regañadientes; quisieran poder pecar sin condenarse, hablan con afecto y gusto del pecado, y consideran felices a los que lo cometen. Un hombre decidido a vengarse cambiará de resolución en la confesión, pero enseguida se le verá entre los amigos, complaciéndose en hablar de su querella, diciendo que, si no hubiese sido por el temor de Dios hubiera hecho esto o aquello y que el artículo de la ley divina que nos manda perdonar, es difícil; que ojalá fuese permitido vengarse.

¡Ah! ¿quién no ve que este Pobre hombre, si bien está libre del pecado, continúa encadenado por el afecto al mismo, y que, hallándose fuera de Egipto, con el cuerpo, está todavía allí, con el deseo, y suspira por los ajos y las cebollas que allí solía comer? Tal hace también la mujer que habiendo detestado sus perversos amores, gusta todavía de ser festejada y cortejada. ¡Ah! ¡Qué peligro más grande no corren estas personas! ¡Oh Filotea! puesto que quieres emprender la vida devota, es necesario no sólo que dejes el pecado, sino que purifíquese enteramente tu corazón de todos los afectos que de él dimanan, porque, aparte del peligro de reincidir, estas desdichadas aficiones debilitarían continuamente tu espíritu y lo gravarían de tal suerte, que no podría hacer las buenas obras con aquella prontitud, celo y frecuencia que constituyen la esencia de la devoción.

Las almas que, habiendo salido del pecado, tienen todavía estos afectos y estas debilidades, se parecen, a mi modo de ver, a las doncellas de pálido color, cuyas acciones sin estar ellas enfermas son todas enfermizas; comen sin gusto, duermen sin reposo, ríen sin gozo, y andan a rastras, en vez de caminar. De la misma manera hacen estas almas el bien, con una dejadez espiritual tan grande, que quita toda la gracia a sus buenos ejercicios, que son pocos en número y de muy reducida eficacia.



CAPÍTULO VIII
DE COMO SE HA DE HACER ESTA SEGUNDA PURIFICACIÓN

El primer motivo para llegar a esta segunda purificación es el vivo y fuerte conocimiento del gran mal que nos acarrea el pecado, conocimiento que excita en nosotros una profunda y vehemente contrición; pues, así como la contrición, con tal que sea verdadera, por pequeña que sea, sobre todo si se junta a la virtud de los sacramentos, nos purifica suficientemente del pecado, asimismo, cuando es grande y vehemente, nos purifica de todos los afectos que del pecado se derivan. Un odio o un rencor flojo y débil nos hace antipática la persona odiada y nos induce a evitar su compañía; mas, cuando el odio es mortal y violento, no sólo huimos de la persona aborrecida, sino que nos disgusta, y no podemos sufrir el trato de sus compañeros, amigos y parientes y su imagen y todo cuanto a ella se refiere. 
Así, cuando el penitente odia el pecado, movido de una ligera, aunque verdadera contrición, resuelve sinceramente no volver más a pecar; pero cuando el aborrecimiento es fruto de una contrición vigorosa y potente, no sólo detesta el pecado, sino todos los afectos, relaciones y caminos que a él conducen. Conviene, pues, Filotea, que acrecentemos nuestra contrición y nuestro arrepentimiento, a fin de que llegue a extenderse hasta las más insignificantes manifestaciones del pecado. Magdalena, en su conversión, de tal manera perdió el gusto por el pecado y por los placeres que en él había hallado, que jamás Pensó en ellos; y David no sólo aborreció el pecado, sino también todos sus caminos y senderos: en esto consiste la renovación del alma, que el mismo profeta compara con la renovación del águila.

Ahora bien, para llegar a este conocimiento y contrición, es necesario que te ejercites en las siguientes meditaciones, las cuales, bien practicadas, desarraigarán de tu corazón, mediante la gracia de Dios, el pecado y las principales aficiones al mismo; precisamente con este fin las he compuesto. Las harás por el orden indicado, y solamente una cada día, por la mañana, a ser posible, porque es el tiempo más a propósito para todas las actividades del espíritu, e irás rumiándola durante todo el día. Y, si todavía no estás acostumbrada a meditar, atiende a lo que diremos en la segunda parte.






CAPÍTULO IX
Meditación 1ª : DE LA CREACIÓN

PREPARACIÓN. 1. Ponte en la presencia de Dios.    -2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.

1. Considera que sólo hace algunos años que no estabas en el mundo y que tu ser era una verdadera nada. ¿Dónde estábamos, ¡oh alma mía!, en aquel tiempo? El mundo era ya de larga duración, y de nosotros todavía no se tenía noticia.

2. Dios te ha hecho salir de esta nada, para hacer de ti lo que eres, sin que te hubiese menester, únicamente por su bondad.

3. Considera el ser que Dios te ha dado; el primer ser del mundo visible capaz de vivir eternamente y de unirse perfectamente a la divina Majestad.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Humíllate profundamente delante de Dios y dile de corazón con el salmista: «¡Oh Señor!, soy una verdadera nada delante de Ti. Y, ¿ cómo te has acordado de mí para crearme?» ¡Ah!, alma mía, tú estabas sumida en el abismo de esta antigua nada, y todavía estarías allí, si Dios no te hubiese sacado de ella; y ¿qué harías en esta nada?

2. Da las gracias a Dios. ¡Oh mi grande y buen Creador, cuánto te debo, pues me has sacado de la nada, para hacer de mí lo que soy por tu misericordia! ¿Qué podré hacer jamás para bendecir tu santo Nombre y agradecer tus inmensas bondades?

3. Confúndete. Pero, ¡oh Creador mío!, en lugar de unirme a Ti por el amor y sirviéndote, me he rebelado con mis desordenadas aficiones y me he separado y alejado de Ti para juntarme con el pecado, dejando de honrar a tu bondad, como si no fueses mi Creador.

4. Humíllate delante de Dios. «Has de saber, alma mía, que el Señor es tu Dios; Él es quien te ha hecho» y no tú. ¡Oh Dios mío!, soy obra de tus manos.

5. No quiero, en adelante, complacerme más en mí misma, ya que, por mi parte, nada soy. ¿ De qué te glorias, ¡oh! polvo y ceniza? 0 mejor dicho, ¿de qué te ensalzas, ¡oh¡ verdadero nada? Para humillarme, quiero hacer tal o cual cosa, soportar este o aquel desprecio. Deseo cambiar de vida, seguir, en adelante, a mi Creador,

y honrarme con la condición del ser que Él me ha dado, empleándola toda en obedecer a su voluntad, por los medios que me serán enseñados, acerca de los cuales preguntaré a mi padre espiritual.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios. «Bendice, ¡ oh alma mía!, a tu Dios y que todas mis entrañas alaben su santo Nombre», porque su bondad me ha sacado de la nada y su misericordia me ha creado.
2. Hazle ofrenda. ¡Oh Dios mío!, te ofrezco el ser que me has dado, con todo mi corazón; te lo dedico y te lo consagro.
3. Ruega. ¡Oh Dios mío!, robustéceme en estos afectos y en estas resoluciones; ¡oh Virgen Santísima!, recomiéndalas a la misericordia de tu Hijo, con todos aquellos por quienes tengo obligación de rogar, etc.

Padrenuestro, Avemaría.

Al salir de la oración, paseando un poco, haz un pequeño ramillete con las consideraciones que hubieres hecho, para olerlo durante todo el día.




CAPÍTULO X
Meditación 2ª : DEL FIN PARA EL CUAL HEMOS SIDO CREADOS

PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios.
2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.
1. Dios no te ha puesto en el mundo porque necesite de ti, pues le eres bien inútil, sino únicamente para ejercitar en ti su bondad, dándote su gracia y su gloria. Y, así, te ha dado la inteligencia para conocerle, la memoria para que te acuerdes de Él, la voluntad para amarle, la imaginación para representarte sus beneficios, los ojos para admirar las maravillas de sus obras, la lengua para alabarle, y así de las demás facultades.
2. Habiendo sido creada y puesta en este mundo con este intento, todas las acciones que le sean contrarias han de ser rechazadas y evitadas, y las que en manera alguna sirvan para este fin, han de ser despreciadas como vanas y superfluas.

3. Considera la desdicha del mundo, que no piensa en esto, sino que vive como si creyese que no ha sidocreado para otra cosa que para edificar casas, plantar árboles, atesorar riquezas y bromear.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.

1. Confúndete echando en cara a tu alma su miseria, la cual ha sido hasta ahora tan grande, que ni siquiera ha pensado en todo esto. ¡Ah!, dirás, ¿en qué pensaba, ¡oh Dios mío!, cuando no pensaba en Ti? ¿De qué me acordaba, cuando me olvidaba de Ti? ¿Qué amaba cuando no te amaba a Ti? ¡Ah! había de alimentarme de la verdad y me hartaba de vanidades, y era esclava del mundo, siendo así que ha sido hecho para servirme.

2. Detesta la vida pasada. Pensamientos vanos, cavilaciones inútiles, renuncio a vosotros: recuerdos detestables y frívolos, os detesto-, amistades infieles y desleales, servicios perdidos y miserables, correspondencias ingratas, enfadosas complacencias, os desecho.

3. Conviértete a Dios. Tú, Dios mío y Salvador mío, serás, en adelante, el único objeto de mis pensamientos; jamás aplicaré mi atención a pensamientos que te sean desagradables: mi memoria, durante todos los días de mi existencia, estará llena de la grandeza de tu bondad, tan dulcemente ejercida en mi vida; Tú serás las delicias de mi corazón y la suavidad de mis afectos.; ¡Ah, sí! ; aborreceré para siempre tales y tales bagatelas y diversiones a las cuales me entregaba, y a los ejercicios vanos, en los cuales empleaba mis días, y a tales afectos, que cautivaban mi corazón, y, para lograrlo, emplearé tales y tales remedios.

CONCLUSIÓN.

1. Da gracias a Dios que te ha creado para un fin tan excelente. Tú, Señor, me has hecho para Ti, para que goce eternamente de la inmensidad de tu gloria: ¿Cuándo llegaré a ser digna de ello y cuándo te bendeciré como es debido?
2. Ofrecimiento. Te ofrezco, ¡oh mi amado Creador!, todos estos mismos afectos y resoluciones, con toda mi alma y con todo mi corazón.
3. Pide. Te ruego, ¡oh Dios mío!, que te sean agradables mis anhelos y mis propósitos, y que concedas tu santa bendición a mi alma, para que pueda cumplirlos, por los méritos de la sangre de tu Hijo, derramada en la Cruz, etc.

Padrenuestro, etc.
Haz el ramillete de devoción.




CAPÍTULO XI
Meditación 3ª : DE LOS BENEFICIOS DE DIOS


PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios.-
2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES
1. Considera las gracias corporales que Dios te ha concedido: este cuerpo, estas facilidades para sustentarlo, esta salud, estas satisfacciones lícitas, estos amigos, estos auxilios. Mas considera esto, comparándote con tantas otras personas que valen más que tú, las cuales se ven privadas de estos beneficios: unas son contrahechas, otras mutiladas, otras caree-en de salud; otras son objeto de oprobios, de desprecios y de deshonra; otras están abatidas por la pobreza; y Dios no ha querido que tú fueses tan desgraciada.

2. Considera los dones del espíritu: cuantas personas hay, en el mundo, imbéciles, furiosas, insensatas; ¿y por qué no eres tú una de tantas? Porque Dios te ha favorecido. ¡Cuántos han sido criados groseramente y' en la mayor ignorancia, y la Providencia divina ha hecho que tú fueses educada con urbanidad y con decoro!

3. Considera las gracias espirituales: ¡Oh Filotea!, tú eres hija de la Iglesia; Dios te ha enseñado a conocerle, desde tu juventud. ¿Cuántas veces te ha dado sus sacramentos? ¿Cuántas veces te ha ayudado, con inspiraciones, luces interiores y reprensiones, para tu enmienda? ¿Cuántas veces te ha perdonado tus faltas?

¿Cuántas veces te ha librado de las ocasiones de perderte, a que te habías expuesto? Y estos años pasados ¿no te han ofrecido una oportunidad y una facilidad para avanzar en el bien de tu alma? Examina en sus pormenores, cuán suave y generoso ha sido Dios contigo.

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 
1. Admira la bondad de Dios.¡ Oh! ¡qué bueno es Dios para conmigo! ¡Qué bueno es! y tu Corazón, ¡oh Señor!, ¡cuán rico es en misericordia y cuán generoso en bondad! Cantemos eternamente, ¡oh alma!, la multitud de mercedes que nos ha otorgado.

2. Admira tu ingratitud. Mas, ¿quién soy yo, ¡oh Señor!, para que hayas pensado en mí? ¡Oh, cuán grande es mi indignidad! ¡Ah! yo he pisoteado tus beneficios, he deshonrado tus gracias, convirtiéndolas en objeto de abuso y de menosprecio de tu soberana bondad; he opuesto el abismo de mi ingratitud al abismo de tu gracia y de tu favor.

3. Excítate a agrade cimiento. Arriba, pues ¡oh corazón mío! ; no quieras ser infiel, ingrato y desleal con este gran bienhechor. Y ¿cómo mi alma no estará, de hoy en adelante, sometida a Dios, que ha obrado, en mí y para mí, tantas gracias y tantas maravillas?

4. ¡ Ah, por lo tanto, oh Filotea!, aparta tu corazón de tales y tales placeres; procura tenerlo sujeto al servicio de Dios, que tanto ha hecho por ti; dedica tu alma a conocerle y reconocerle más y más, practicando los ejercicios que para ello se requieren, y emplea cuidadosamente los auxilios que, para salvarte y amar a Dios, posee la Iglesia. Sí, frecuentaré la oración, los sacramentos; escucharé la divina palabra y pondré en práctica las inspiraciones y los consejos.

CONCLUSIÓN. 
1. Da gracias a Dios por el conocimiento que te ha dado de tus deberes y por todos los beneficios que hasta ahora has recibido.
2. Ofrécele tu corazón con todas tus resoluciones.
3. Pídele que te dé fuerzas, para practicarlas fielmente, por los méritos de la muerte de su Hijo: implora la intercesión de la Virgen y de los santos.



CAPÍTULO XII
Meditación 4ª: DE LOS PECADOS


PREPARACIÓN.
1. Ponte en la presencia de Dios. 
2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES.
1. Piensa en el tiempo que hace comenzaste a pecar y mira como, desde entonces, has ido multiplicando los pecados en tu corazón, y como, todos los días, has añadido otros nuevos contra Dios, contra ti mismo, contra el prójimo, de obra, de palabra, de deseo, de pensamiento.

2. Considera tus malas inclinaciones y las muchas veces que has ido en pos de ellas. Estos dos puntos te enseñarán que el número de tus culpas es mayor que el de los cabellos de tu cabeza, tan grande como el de las arenas del mar.3. Considera aparte el pecado de ingratitud para con Dios, pecado general que abarca todos los demás y los hace infinitamente más enormes.

Mira cuántos beneficios te ha hecho Dios y cómo has abusado de todos ellos contra el Dador; singularmente, cuántas inspiraciones despreciadas, cuántas mociones saludables inutilizadas. Y más aún, ¿cuántas veces has recibido los sacramentos y con qué fruto? ¿Qué se han hecho las preciosas joyas con que tu amado esposo te había adornado? Todo ha quedado sepultado bajo tus iniquidades. ¿Con qué preparación los has recibido? Piensa en esta ingratitud, a saber, que, habiendo corrido tanto Dios en pos de ti para salvarte, siempre has huido tú de Él para perderte.

AFECTOS Y RESOLUCIONES.
1. Confúndete en tu miseria. ¡Oh Dios mío!, ¿cómo me atrevo a comparecer ante tus ojos? ¡Ah!, yo no soy más que una apostema del mundo y un albañal. de ingratitud y de iniquidad. ¿Es posible que haya sido tan desleal, que no haya dejado de viciar, violar y manchar uno solo de mis sentidos, una sola de las potencias de mi alma, y que, ni un solo día de mi vida haya transcurrido sin producir tan malos efectos? ¿Es de esta manera como había de corresponder a los beneficios de mi Creador y a la sangre de mi Redentor?

2. Pide perdón y arrójate a los pies del Señor, como un hijo pródigo, como una Magdalena, como una esposa que ha profanado el tálamo nupcial con toda clase de adulterios. ¡Oh Señor!, misericordia para esta pobre pecadora. ¡Ay de mí! ¡Oh fuente viva de compasión, ten piedad de esta miserable!

3. Propón vivir mejor. ¡Oh Señor! jamás, mediante tu gracia, me entregaré al pecado. ¡Ay de mí!, demasiado lo he querido. Lo detesto y me abrazo a Ti, ¡Oh Padre de misericordia!; quiero vivir y morir en Ti.

4. Para borrar los pecados pasados, me acusaré de ellos valerosamente y no dejaré de confesar uno solo.

5. Haré todo cuanto pueda, para arrancar enteramente las malas raíces de mi corazón, particularmente tales y tales, que son especialmente enojosas.

6. Y para lograrlo, echaré mano de los medios que me aconsejen, y jamás creeré haber hecho lo bastante para reparar tan grandes faltas.

CONCLUSIÓN.
1. Da gracias a Dios, que te ha esperado hasta la hora presente y te ha comunicado tan buenos afectos.
2. Ofrécele tu corazón, para llevarlos a la práctica.
3. Pide que te robustezca, etc.




CAPÍTULO XIII
Meditación 5ª: DE LA MUERTE

PREPARACIÓN.
1. Ponte en la presencia de Dios.
2. Pídele su gracia.
3. Imagínate que estás gravemente enferma, en el lecho de muerte, sin ninguna esperanza de escapar de ella.

CONSIDERACIONES. 1. Considera la incertidumbre del día de tu muerte. ¡Oh alma mía!, un día saldrás de este cuerpo. ¿ Cuándo será? ¿ Será en invierno o en verano? ¿En la ciudad o en el campo? ¿De día o de noche? ¿De repente o advirtiéndolo? ¿ De enfermedad o de accidente? ¿Con tiempo para confesarte o no? ¿Serás asistida por tu confesor o padre espiritual? ¡Ah! de todo esto no sabemos absolutamente nada; únicamente es cierto que moriremos y siempre mucho antes de lo que creemos.

2. Considera que entonces el mundo se acabará para ti; para ti ya habrá dejado de existir, se trastornará de arriba abajo delante de tus ojos.
 Sí, porque entonces los placeres, las vanidades, los goces mundanos, los vanos afectos nos parecerán fantasmas y niebla. ¡Ah desdicha da!, ¿por qué bagatelas y quimeras he ofendido a mi Dios? Entonces verás que hemos dejado a Dios por la nada. Al contrario, la devoción y las buenas obras te parecerán entonces deseables y dulces. Y, ¿por qué no he seguido por este tan bello y agradable camino? Entonces los pecados, que parecían tan pequeños, parecerán grandes montañas, y tu devoción muy exigua.

3. Considera las angustiosas despedidas con que tu alma abandonará a este feliz mundo: dirá adiós a las riquezas, a las vanidades y a las vanas compañías, a los placeres, a los pasatiempos, a los amigos y a los vecinos, a los padres, a los hijos, al marido, a la mujer, en una palabra, a todas las criaturas; y, finalmente, a su cuerpo, al que dejará pálido, desfigurado, descompuesto, 
repugnante y mal oliente.

4. Considera con qué prisas sacarán fuera el cuerpo y lo sepultarán, y que, una vez hecho esto, el mundo ya no pensará más en ti, ni se acordará más, como tú tampoco has pensado mucho en los otros. Dios le dé el descanso eterno, dirán, y aquí se acabará todo. ¡Oh muerte, cuán digna eres de meditación; cuán implacable eres ¡

5. Considera que, al salir del cuerpo, el alma emprende su camino, hacia la derecha o hacia la izquierda. ¡Ah! ¿Hacia dónde irá la tuya? ¿Qué camino emprenderá? No otro que el que haya comenzado a seguir en este mundo.

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 
1. Ruega a Dios y arrójate en sus brazos. ¡Ah, Señor!, recíbeme bajo tu protección, en aquel día espantoso; haz que esta hora sea para mí dichosa y favorable, y que todas las demás de mi vida sean tristes y estén llenas de aflicción.

2. Desprecia al mundo. Puesto que no sé la hora en que tendré que dejarte, joh mundo!, no quiero aficionarme a ti. ¡Oh mis queridos amigos!, mis queridos compañeros, permitidme que sólo os ame con una amistad santa que pueda durar eternamente. Porque ¿a qué vendría unirme con vosotros con lazos que se han de dejar y romper?

3. Quiero Prepararme para esta hora y tomar las necesarias precauciones para dar felizmente este paso; quiero asegurar el estado de mi conciencia, haciendo todo lo que esté a mi alcance, y quiero poner remedio a éstos y a aquellos defectos.

CONCLUSIÓN. Da gracias a Dios por estos propósitos que te ha inspirado; ofrécelos a su divina Majestad; pídele de nuevo que te conceda una muerte feliz, por los méritos de la muerte de su Hijo.
Padrenuestro, etc.

Haz un ramillete de mirra.



CAPÍTULO XIV
Meditación 6ª: DEL JUICIO

PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios. 
2. Pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES. 
1. Finalmente, después de transcurrido el tiempo señalado por Dios a la duración del mundo y después de una serie de señales y presagios horribles, que harán temblar a los hombres de espanto y de terror, el fuego, que caerá como un diluvio, abrasará y reducirá a cenizas toda la faz de la tierra, sin que ninguna de las cosas que vernos sobre ella llegue a escapar.

2. Después de este diluvio de llamas y rayos, todos los hombres saldrán del seno de la tierra, excepción hecha de los que ya hubieren resucitado, y, a la voz de¡ Arcángel, comparecerán en el valle de Josafat. ¡Mas, ay, con qué diferencia! Porque los unos estarán allí con sus cuerpos gloriosos y resplandecientes y los otros con los cuerpos feos y espantosos.

3. Considera la majestad, con la cual el soberano Juez aparecerá, rodeado de todos los ángeles y santos, teniendo delante su cruz, más reluciente que el sol, enseña de gracia para los buenos y de rigor para los malos.

4. Este soberano Juez, por terrible mandato suyo, que será enseguida ejecutado, separará a los buenos de los malos, poniendo a los unos a su derecha y a los otros a su izquierda; separación eterna, después de la cual los dos bandos no se encontrarán jamás.

5. Hecha la separación y abiertos los libros de las conciencias, quedará puesta de manifiesto, con toda claridad, la malicia de los malos y el desprecio de que habrán hecho objeto a Dios; y, por otra parte, la penitencia de los buenos y los efectos de la gracia de Dios que, en vida, habrán recibido y nada quedará oculto. ¡ Oh Dios, qué confusión para los unos y qué consuelo para los otros!

6. Considera la última sentencia de los malos. «Id malditos al fuego eterno, preparado para el diablo y sus compañeros». Pondera estas palabras tan graves. «Id», les dice. Es una palabra de abandono eterno, con que Dios deja a estos desgraciados y los aleja para siempre de su faz. Les llama « malditos ». ¡ Oh alma mía, qué maldición! Maldición general, que abarca todos los males; maldición irrevocable, que comprende todos los tiempos y toda la eternidad. Y añade «al fuego eterno». Mira, ¡oh corazón mío! esta gran eternidad. ¡Oh eterna eternidad de las penas, qué espantosa eres!


7. Considera la sentencia contraria de los buenos: «Venid», dice el Juez. ¡Ah!, es la agradable palabra de salvación, por la que Dios nos atrae hacia sí y nos recibe en el seno de su bondad; «benditos de mi Padre»: ¡oh hermosa bendición, que encierra todas las bendiciones! «tomad posesión del reino que tenéis preparado desde la creación del mundo». ¡Oh, Dios mío, qué gracia, porque este reino jamás tendrá fin!

AFECTOS Y RESOLUCIONES.
1. Tiembla, ¡oh alma mía!, ante este recuerdo. ¿Quién podrá, ¡oh Dios mío!, darme seguridad para aquel día, en el cual temblarán de pavor las columnas del firmamento?

2. Detesta tus pecados, pues sólo ellos pueden perderte en aquel día temible.

3. ¡Ah!, quiero juzgarme a mí mismo ahora, para no ser juzgado después. Quiero examinar mi conciencia y condenarme, acusarme y corregirme, para que el Juez no me condene e aquel día terrible: me confesaré y haré caso de los avisos necesarios, etc.

CONCLUSIÓN. 
1. Da gracias a Dios, que te ha dado los medios de asegurarte para aquel día, y tiempo para hacer penitencia.
2. Ofrécele tu corazón para hacerla.
3. Pídele que te dé su gracia para llevarla a la práctica.

Padrenuestro, etc.
Haz el ramillete espiritual.




CAPÍTULO XV

Meditación 7ª : DEL INFIERNO


PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios.-
2. Humíllate y pídele su auxilio.
3. Imagínate que estás en una ciudad envuelta en tinieblas, abrasada de azufre y pez pestilente, llena de ciudadanos que no pueden salir de ella
.

CONSIDERACIONES. 
1. Los condenados están dentro del abismo infernal como en una ciudad infortunada, en la cual padecen tormentos indecibles, en todos sus sentidos y en todos sus miembros, pues, por haberlos empleado en pecar, han de padecer en ellos las penas debidas al pecado: los ojos, en castigo de sus ilícitas y perniciosas miradas, tendrán que soportar la horrible visión de los demonios y del infierno; los oídos, por haberse complacido en malas conversaciones, no oirán sino llantos, lamentos de desesperación y así todos los demás sentidos.

2. Además de todos estos tormentos, todavía hay otro mayor, que es la privación y la pérdida de la gloria de Dios, que jamás podrán contemplar. Si a Absalón, la privación de la amable faz de su padre le pareció más intolerable que el mismo destierro, ¡oh Dios mío, qué pesar, el verse privado para siempre de la visión de tu dulce y suave rostro!

3. Considera, sobre todo, la eternidad de las llamas, que, por sí sola hace intolerable el infierno. ¡ Ah!, si un mosquito en la oreja, si el calor de una ligera fiebre es causa de que nos parezca larga y pesada una noche corta, ¡cuán espantosa será la noche de la eternidad, en medio de tantos tormentos! De esta eternidad nace la desesperación eterna, las blasfemias y la rabia infinita.

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 
1. Espanta a tu alma con estas palabras de Job: «Ah, alma mía, ¿podrías vivir eternamente en estos ardores eternos y en este fuego devorador?» ¿Quieres dejar a Dios para siempre?

2. Confiesa que los has merecido y ¡cuántas veces! Pero, de ahora en adelante, quiero andar por la senda contraria; ¿ por qué he de descender a este abismo?

3. Haré, pues, estos y aquellos esfuerzos para evitar el pecado, que es la única cosa que puedo darme la muerte eterna.

Da gracias, ofrece, ruega.



CAPÍTULO XV
Meditación 8ª: EL PARAÍSO

PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios.-
2. Haz la invocación.

CONSIDERACIONES. 
1. imagina una hermosa noche muy serena, y piensa cuán agradable es ver el cielo tachonado de esta multitud y variedad de estrellas. Ahora añade esta belleza a la de un buen día, de suerte que la claridad del sol no impida la clara visión de la luna y de las estrellas, y considera que esta hermosura nada es, comparada con la excelencia del cielo. ¡Ah! ¡Qué deseable y amable es este lugar y qué preciosa esta ciudad!

2. Considera la nobleza, la distinción y la multitud de los ciudadanos y habitantes de esta bienaventurada mansión; estos millones y millones de ángeles, de querubines y de serafines; este ejército de mártires, de confesores, de vírgenes, de santas mujeres; la multitud es innumerable. ¡Oh! ¡qué dichosa es esta compañía! El menor de todos es más bello que todo el mundo, ¿qué será verlos a todos? Mas, i olí Dios mío qué felices son! cantan, sin cesar, el dulce himno del amor eterno; siempre gozan de una perpetua alegría; se comunican, los unos a los otros, consuelos indecibles y viven en el contento de una dichosa e indisoluble compañía.

3. Considera, finalmente, la suerte que tienen de gozar de Dios, que les recompensa eternamente con su amable mirada, con la que infunde en sus corazones un abismo de delicias. ¡Qué dicha estar siempre unido a su primer principio! Son como aves felices, que andan volando y cantan eternamente por los aires de la divinidad, que las envuelven por todas partes con goces increíbles; allí, todos, a cual mejor, y sin envidias, cantan las alabanzas del Creador. Seas para siempre bendito, ¡oh dulce y soberano Creador y Salvador nuestro!, porque eres tan bueno y porque nos comunicas tan generosamente tu gloria. Y, recíprocamente, Dios bendice, con bendiciones perpetuas, a todos los santos: «Sed para siempre benditas, les dice, mis amadas criaturas, porque me habéis servido y me alabáis eternamente con tan grande amor y valentía».

AFECTOS Y RESOLUCIONES. 
1 Admira y alaba esta patria celestial. ¡Oh! ¡Qué hermosa eres, mi amada Jerusalén, y qué dichosos son tus adoradores!

2. Echa en cara a tu corazón el poco valor que ha tenido hasta el presente y el haberse desviado del camino que conduce a esta mansión gloriosa. ¿ Por qué me he alejado tanto de mi suprema felicidad? i Ah, miserable de mí! Por estos placeres tan enojosos y vacíos, he renunciado mil veces a estas eternas e infinitas delicias. ¿ Qué espíritu me ha inducido a despreciar bienes tan deseables, a trueque de unos deseos tan vanos y despreciables?

3. Aspira, sin embargo, con ardor a esta morada de delicias. ¡Oh, mi bueno y soberano Señor puesto que os habéis complacido en enderezar mis pasos por vuestros caminos, jamás volveré atrás. Vayamos, mi querida alma, hacia este reposo infinito, caminemos hacia esta bendita tierra que nos ha sido prometida. ¿Qué hacemos en este Egipto?

4. Me privaré, pues, de aquellas cosas que me aparten o me retrasen en este camino.

5. Practicaré tales o cuales cosas, que puedan conducirme a él.

Da las gracias, ofrece, ruega.



CAPÍTULO XVII
Meditación 9ª : A MANERA DE ELECCIÓN DEL PARAÍSO

PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios.  
2. Humíllate en su presencia y pídele que te ilumine.

CONSIDERACIONES. Imagina que te encuentras en campo raso, sola con tu buen ángel, como el jovencito Tobías cuando iba a Rages, y que te hace ver: arriba el cielo, con todos los goces representados en la meditación del paraíso, que acabas de hacer, y, abajo, el infierno, con todos los tormentos descritos en su correspondiente meditación, arrodíllate delante de tu ángel:

1. Considera que es una gran verdad el que tú te encuentras entre el cielo y el infierno, y que uno y otro están abiertos para recibirte, según la elección que hubieres hecho.

2. Considera que la elección del uno o del otro, hecha en este mundo, durará eternamente.

3. Aunque ambos están abiertos para recibirte, según la elección que hicieres, es cierto que Dios, que está presto a darte o el uno por su misericordia o el otro por su justicia, desea, empero, con deseo no igualado, que escojas el paraíso; y tu ángel bueno te impele a ello, con todo su poder, ofreciéndote, de parte de Dios, mil gracias y mil auxilios, para ayudarte a subir.

4. Jesucristo, desde lo alto del cielo, te mira con bondad y te invita amorosamente: «Ven, ¡oh alma querida!, al descanso eterno: entre los brazos de mi bondad, que te ha preparado delicias inmortales, en la abundancia de su amor». Contempla, con los ojos del alma, a la Santísima Virgen, que te llama maternalmente: «Ánimo, hija mía, no desprecies los deseos de mi Hijo, ni tantos suspiros que yo hago por ti, anhelando con Él, tu salvación eterna». Mira los santos que te exhortan y un millón de almas que te invitan suavemente, y que otra cosa no desean que ver tu corazón unido al suyo, para alabar a Dios eternamente, y que te aseguran que el camino del cielo no es tan escabroso como el mundo lo presenta: «Seas esforzada, querida amiga, te dicen ellas; el que considere bien el camino de la devoción, por el cual nosotros hemos trepado, verá que hemos alcanzado estas delicias mediante otras delicias incomparablemente más suaves que las del mundo».

ELECCIÓN. 
1. ¡Oh infierno!, te detesto ahora y eternamente; detesto tus tormentos y tus penas; detesto tu infortunada y desdichada eternidad, y, sobre todo, las eternas blasfemias y maldiciones que vomitas continuamente contra Dios. Y, volviendo mi alma y nú corazón hacia ti, ¡oh hermoso paraíso, oh gloria eterna, felicidad perdurable!, escojo irrevocablemente y para siempre mi morada y mi estancia dentro de tus bellas y sagradas mansiones, y en tus santos y deseables tabernáculos. Bendigo, ¡oh Dios mío!, tu misericordia y acepto el ofrecimiento que de ella te plazca hacerme. ¡Oh Jesús, Salvador mío!, acepto tu amor eterno y la adquisición, que para mí has hecho, de un lugar en esta bienaventurada Jerusalén, más que para otra cosa, para amarte y bendecirte eternamente,

2. Acepta los favores que la Virgen y los santos te hacen; promételes que te encaminarás hacia ellos; da la mano a tu buen ángel, para que te conduzca; alienta a tu alma para esta elección.



CAPÍTULO XVIII
Meditación l0ª : A MANERA DE ELECCIÓN QUE
EL ALMA HACE DE LA VIDA DEVOTA

PREPARACIÓN. 
1. Ponte en la presencia de Dios---
2. Humíllate en su presencia y pide su auxilio.

CONSIDERACIONES. 1. Imagínate que te encuentras otra vez a campo raso, sola con tu ángel bueno, y, al lado izquierdo, mira al diablo sentado sobre un gran trono muy encumbrado, rodeado de muchos espíritus infernales y de una gran muchedumbre de mundanos, que, con la cabeza descubierta, le rinden acatamiento, unos por un pecado y otros por otro. Mira la actitud de estos desdichados cortesanos de tan abominable rey, y verás cómo unos están furiosos de rabia, de envidia y de cólera; otros se matan mutuamente; otros andan demacrados, tristes y llenos de angustia, en busca de las riquezas; otros entregados a la vanidad, sin ninguna clase de goce, que no sea inútil o vano; otros envilecidos, perdidos y corrompidos en sus brutales afectos. Considera cómo todos viven sin reposo, sin orden, sin continencia; cómo se desprecian los unos a los otros y cómo no se aman sino con fingida apariencia. Finalmente verás una desdichada nación, tiranizada por este rey maldito, que te hará compasión.

2. A la derecha, contempla a Cristo crucificado, que, con un amor cordial, ruega por estos pobres endiablados, para que salgan de esta tiranía, y que los llama a sí, rodeado de un gran ejército de devotos, juntamente con sus ángeles.
Contempla la belleza de este reino de devoción. ¡Qué hermoso es ver este cortejo de vírgenes, de hombres y mujeres más blancos que los lirios; esta asamblea de viudas aureoladas de una santa mortificación y humildad! Mira esa hilera de personas casadas que viven tan dulcemente, unidas por un mutuo respeto que no puede existir sino merced a una gran caridad. Ve cómo estos devotos saben hermanar los cuidados exteriores de su casa con los de la vida interior, el amor al marido con el amor al Esposo Celestial. Míralos en todas partes, y siempre los verás con un porte santo, dulce, amable, escuchando a Nuestro Señor al que quieren introducir dentro de su corazón. Se alegran, pero con una alegría graciosa, amorosa y bien ordenada; se aman los unos a los otros, pero con un amor sagrado y enteramente puro. Los que, en este pueblo devoto, están afligidos, no se atormentan excesivamente y no pierden la paz. En una palabra: contempla los ojos del Salvador que los consuela, y repara cómo todos juntos suspiran por Él.

3. Hasta ahora has dejado a Satanás, con su triste y desgraciado séquito, gracias a los buenos afectos que has concebido, pero, a pesar de ello, todavía no has llegado al Rey Jesús, ni te has juntado a la compañía santa y feliz de los devotos, sino que has fluctuado siempre entre uno y otro.
4. La Santísima Virgen, con San José, San Luis, Santa Mónica y otros cien mil, que forman en el escuadrón de los que han vivido en medio del mundo, te invitan y te alientan.
5. El Rey crucificado te llama por tu propio nombre: «Ven, mi bien amada, ven, que quiero coronarte. »

ELECCIÓN. 
1. ¡ Oh mundo, oh legión abominable! ; no, jamás me verás bajo tu bandera; por siempre jamás he dejado tus locuras y tus vanidades. Rey de orgullo, rey de desdicha, espíritu infernal, renuncio a ti y a tus vanas pompas y te detesto con todas tus obras.

2. Y, al convertirme a Ti, dulce Jesús mío, Rey de bienaventuranza y de gloria eterna, te abrazo, con todas las fuerzas de mi alma, te adoro con todo mi corazón, te elijo, ahora y para siempre, por mí Rey, y, con inviolable fidelidad, te rindo homenaje irrevocable; me someto a la obediencia de tus santas leyes y mandamientos.

3. ¡Oh Virgen santa, amada Señora mía!, te elijo por mí guía, me pongo bajo tu enseña, te ofrezco un particular respeto y una reverencia especial. ¡Oh mi santo ángel!, preséntame a esta sagrada asamblea; no me dejes hasta que llegue a esta dichosa compañía, con la cual digo y diré, por siempre jamás, en testimonio de mi elección: «Viva Jesús, viva Jesús».







CAPÍTULO XIX
COMO SE HA DE HACER LA CONFESIÓN GENERAL

He aquí, pues, amada Filotea, las meditaciones que se requieren para nuestro objeto. Una vez hechas, ve, con espíritu de humildad, a hacer tu confesión general; pero te ruego que no te dejes perturbar por ninguna aprensión. 
El escorpión, que nos ha herido, es venenoso cuando nos pica, pero, una vez reducido a aceite, es un remedio contra su propia picadura. Sólo cuando lo cometemos, es vergonzoso el pecado, pero, al convertirse en confesión y en penitencia, es honroso y saludable.

La confesión y la contrición son tan bellas y de tan buen olor, que borran la fealdad y disipan el hedor del pecado. Simón el leproso dijo que Magdalena era pecadora, pero Nuestro Señor dijo que no, y ya no habló de otra cosa sino de los perfumes que derramó y de la grandeza de su amor.

Si somos humildes, Filotea, nuestro pecado nos desagradará infinitamente, porque es ofensa de Dios; pero la acusación de nuestro pecado nos será dulce y amable, porque Dios es honrado en ella: decir al médico lo que nos molesta es, en cierta manera, un alivio.

Cuando llegues a la presencia de tu padre espiritual, imagínate que te encuentras en la montaña del Calvario, a los pies de Jesucristo crucificado, destilando por todas partes su preciosísima sangre, para lavar tus iniquidades; porque, aunque no sea la propia sangre del Salvador, es, empero, el mérito de su sangre derramada el que rocía abundantemente a los penitentes, alrededor de los confesionarios. Abre, pues, bien tu corazón, para que salgan de él los pecados, por la confesión, porque, conforme vayan saliendo, entrarán en él los méritos de la pasión divina para llenarlo de bendiciones.

Pero dilo todo sencilla e ingenuamente, tranquilizando de una vez tu conciencia. Y, hecho esto, escucha los avisos y lo que ordene el siervo de Dios, y di de todo corazón: «Habla, Señor, que tu sierva escucha». Sí, Fílotea, es Dios a quien escuchas, pues Él ha dicho a sus representantes: «El que a vosotros oye, a Mí me oye». Toma después, en tu mano, la siguiente promesa, que es el remate de toda tu contrición y que has de haber meditado y considerado antes; léela atentamente y con todo el sentimiento que te sea posible.







CAPÍTULO XX
PROMESA AUTÉNTICA PARA GRABAR EN EL ALMA LA RESOLUCIÓN DE SERVIR A DIOS Y CONCLUIR LOS ACTOS DE PENITENCIA

Yo, la que suscribe, puesta y constituida en la presencia de Dios eterno y de toda la corte celestial, después de haber considerado la inmensa misericordia de su divina bondad para conmigo, indignísima y miserable criatura que ella ha sacado de la nada, conservado, sostenido, librado de tantos peligros y enriquecido de mercedes, y, sobre todo, después de haber considerado esta incomparable dulzura y clemencia, con que el bondadosísimo Dios me ha soportado en mis iniquidades, tan frecuente y tan amablemente inspirada, invitándome a la enmienda, y con la que me ha aguardado tan pacientemente para que hiciera penitencia y me arrepintiese hasta este año de mi vida, a pesar de todas mis ingratitudes, deslealtades e infidelidades, con que, difiriendo mi conversión y despreciando sus gracias le he ofendido tan desvergonzadamente después de haber considerado que, el día de mi santo bautismo, fui tan feliz y santamente consagrada y dedicada a Dios, por ser hija suya, y, que, contra la profesión que entonces se hizo en mi nombre, tantas y tantas veces, de una manera tan detestable y desgraciada, he profanado y violado mi alma, empleándola y ocupándola contra la divina Majestad; finalmente, volviendo ahora en mí, postrada de corazón y espíritu ante el trono de la justicia divina, me reconozco, acuso y confieso por legítimamente culpable y convicta del crimen de lesa majestad divina, y culpable también de la muerte y pasión de Jesucristo, a causa de los pecados que he cometido, por los cuales Él murió y padeció el tormento de la cruz, por lo que soy merecedora de ser eternamente perdida y condenada.


Mas, volviéndome hacia el trono de la misericordia infinita de este mismo Dios eterno, después de haber detestado con todo mi corazón y con todas mis fuerzas las iniquidades de mi vida pasada, pido y suplico humildemente gracia, perdón y misericordia y la completa absolución de mis crímenes, en virtud de la muerte y pasión de este mismo Señor y Redentor de mi alma, sobre la cual apoyada, como sobre el único fundamento de mi esperanza, confieso otra vez y renuevo la sagrada profesión de fidelidad hecha a Dios, en el bautismo, y renuncio al demonio, al mundo y a la carne, detesto sus perversas sugestiones, vanidades y concupiscencias, por todo el tiempo de mi vida presente y por toda la eternidad.

 Y, convirtiéndome a mi Dios, bondadoso y compasivo, deseo, propongo y resuelvo irrevocablemente servirle y amarle, ahora y siempre, dándole, para este fin, dedicándole y consagrándole mi espíritu con todas sus facultades, mi alma con todas sus potencias, mi corazón con todos sus afectos, mi cuerpo con todos sus sentidos; prometiendo no abusar jamás de ninguna parte de mi ser contra su divina voluntad y soberana Majestad, a la cual me sacrifico e inmolo en espíritu, para serle, en adelante, siempre leal, obediente y fiel criatura, sin retractarme ni arrepentirme jamás de ello. Mas, ¡ay de mi, si, por sugestión del enemigo o por cualquier debilidad humana, llegase a contravenir, en alguna cosa, esta mi resolución y consagración, prometo desde ahora y propongo, confiado en la gracia del Espíritu Santo, levantarme, en cuanto me dé cuenta de ello, y convertirme de nuevo, sin retrasos ni dilaciones.

Esta es mi voluntad, mi intención y mi resolución inviolable e irrevocable, la cual confieso y confirmo sin reserva ni excepción, en la misma sagrada presencia de mi Dios y a la vista de la Iglesia militante, mi madre, que oye esta declaración en la persona del que, como ministro de Dios, me escucha en este acto.

Que sea de tu agrado, ¡oh mi eterno Dios, todo poderoso y todo bondad, Padre, Hijo y Espíritu Santo!, consolidar en mí esta resolución y aceptar este mi sacrificio cordial e interior, en olor de suavidad, y así como te has complacido en darme la inspiración y la voluntad de realizarlo, dame también la fuerza y la gracia necesaria para llevarlo a término. ¡Oh, Dios mío!, tú eres mi Dios, Dios de mi corazón, Dios de mi alma, Dios de mi espíritu; así te reconozco y adoro ahora y por toda la eternidad. Viva Jesús.





CAPÍTULO XXI
CONCLUSIÓN PARA ESTA PRIMERA PURIFICACIÓN

Hecha esta promesa, está atenta y abre los oídos de tu corazón para escuchar, en espíritu, las palabras de tu absolución, que el mismo Salvador de tu alma, sentado en el solio de su misericordia, pronunciará, desde lo alto de los cielos, en presencia de todos los ángeles y santos, al mismo tiempo que, en su nombre, te absolverá el sacerdote acá en la tierra. Entonces, toda esta asamblea de bienaventurados, gozosos de tu felicidad, cantará el himno espiritual de incomparable alegría, y todas darán el beso de paz y de amistad a tu corazón, que habrá vuelto a la gracia y quedará santificado.

¡Oh Dios! Filotea, he aquí un contrato admirable, por el cual celebras una feliz alianza con su divina Majestad, pues dándote a Él, le ganas, y te ganas a ti misma para la vida eterna. Sólo falta que tomes la pluma en tu mano y firmes de corazón el acta de tus promesas, y que, después, vayas al altar, donde Dios, a su vez, firmará y sellará tu absolución y la promesa que te hará de darte su paraíso, poniéndose Él mismo, por medio de su sacramento, como un timbre y un sagrado sello sobre tu corazón renovado.. De esta manera, bien me lo parece, ¡oh Filotea!, tu alma quedará purificada del pecado y de todo afecto pecaminoso.

Pero, como que estos afectos renacen fácilmente en el alma, a causa de nuestra debilidad y de nuestra concupiscencia, la cual puede quedar adormecida, pero no puede morir en este mundo, te daré algunos avisos, que sí los practicas bien, te preservarán, en el porvenir, del pecado mortal y de todos sus afectos, para que jamás pueda éste entrar en tu corazón. Y, como que los mismos avisos sirven también para una purificación más perfecta, antes de dártelos, quiero decir cuatro palabras acerca de esta más absoluta pureza, a la cual quiero conducirte.







CAPÍTULO XXII

QUE ES NECESARIO PURIFICARSE DEL AFECTO AL PECADO VENIAL

Conforme se va haciendo de día, vemos con mayor claridad, en el espejo, las manchas y la suciedad de nuestro rostro; de la misma manera, según la luz interior del Espíritu Santo ilumina nuestras conciencias, vemos más clara y distintamente los pecados, las inclinaciones y las imperfecciones que pueden impedir en nosotros la verdadera devoción; y la misma luz que nos ayuda a ver nuestras manchas y defectos, enciende en nosotros el deseo de lavarnos y purificarnos.
Descubrirás, pues, ¡oh amada Filotea¡, que además de los pecados mortales y del afecto a los mismos, de todo lo cual ya estás purificada por los ejercicios anteriormente indicados, tienes todavía en tu alma muchas inclinaciones y mucho afecto a los pecados veniales. No digo que descubrirás pecados veniales, sino que descubrirás inclinaciones y afecto a los pecados veniales; y una cosa es muy diferente de la otra, porque nosotros no podemos estar siempre enteramente puros de pecados veniales ni perseverar mucho tiempo en esta pureza, pero podemos muy bien estar libres de todo afecto al pecado venial. Ciertamente, una cosa es mentir una o dos veces, para bromear y en cosas de poca importancia, y otra cosa es complacerse en la mentira y tener afición a esta clase de pecados.Y digo ahora que es menester purgar el alma de todo afecto al pecado venial, es decir, que no conviene alimentar voluntariamente la voluntad de continuar y de perseverar en ninguna especie de pecado venial, porque sería una insensatez demasiado grande querer, con pleno conocimiento, guardar en nuestra conciencia una cosa tan desagradable a Dios como lo es la voluntad de querer desagradarle. El pecado venial, por pequeño que sea, desagrada a Dios, pero no hasta el extremo de que, por su causa, quiera condenarnos y perdernos. Y, si el pecado venial le desagrada, la voluntad y el afecto que tenemos al pecado venial no es otra cosa que una resolución de querer desagradar a la divina Majestad. ¿Es posible que una alma bien nacida no sólo quiera desagradar a Dios, sino también complacerse en desagradarle? 
Estos afectos, Filotea, son directamente contrarios a la devoción, como el afecto al pecado mortal es contrario a la caridad: debilitan las fuerzas del espíritu, impiden las consolaciones divinas, abren la puerta a las tentaciones, y, aunque no matan al alma, la ponen muy enferma. «Las moscas que mueren en él, dice el Sabio, hacen que se pierda la suavidad del ungüento», con lo que quiere decir que las moscas, cuando apenas se posan sobre el ungüento de modo que comen de él de paso, no contaminan sino lo que cogen, y se conserva bien lo restante; pero, cuando mueren dentro del ungüento le roban su valor y lo echan a perder. Asimismo los pecados veniales; si se detienen poco tiempo en una alma devota no le causan mucho mal; pero, si estos mismos pecados establecen su morada en el alma, por el afecto que en ellos se pone, hacen que pierda la suavidad del ungüento, es decir, la santa devoción.

Las arañas no matan a las abejas, sino que echan a perder y corrompen la miel y embrollan con sus telas los panales de suerte que las abejas no pueden trabajar, pero esto ocurre cuando las arañas se establecen allí. De la misma manera, el pecado venial no mata a nuestra alma; infecta, no obstante, la devoción, y enreda de tal manera, con malos hábitos y malas inclinaciones, las potencias del alma, que no puede ésta ejercitar con presteza la caridad, en la cual consiste la esencia de la devoción; pero esto se entiende de cuando el pecado venial habita en nuestra conciencia por el afecto que le tenemos. No es nada, Filotea, decir. alguna mentirilla, descomponerse un poco en las palabras, en las acciones, en las miradas, en los vestidos, en ataviarse, en los juegos, en los bailes, siempre que, al momento de entrar en nuestra alma estas arañas espirituales, las rechacemos y las echemos fuera, como lo hacen las abejas con las arañas corporales. Pero, si permitimos que se detengan en nuestros corazones, y no sólo esto, sino que nos gusta retenerlas y multiplicarlas, pronto veremos perdida nuestra miel y el panal de nuestra conciencia apestado y deshecho. Pero repito: ¿qué apariencias de sano juicio mostraría una alma generosa, si se gozara desagradando a Dios, si gustase de causarle molestia e intentase querer aquello que sabe que le es enojoso?



CAPÍTULO XXIII

QUE HEMOS DE PURIFICARNOS DEL AFECTO A 

LAS COSAS INÚTILES Y PELIGROSAS
Los juegos, los bailes, los festines, las pompas, las comedias no son esencialmente cosas malas, sino indiferentes, y pueden ejecutarse bien o mal; pero siempre son peligrosas, y aficionarse a ellas todavía lo es más. Por lo tanto, Filotea, aunque sea lícito jugar, bailar, adornarse, asistir a representaciones honestas y a banquetes, si alguien llega a aficionarse a ello, es cosa contraria a la devoción y, en gran manera, peligrosa. No está el mal en hacerlo, sino en aficionarse. Es un mal sembrar de afectos inútiles y vanos la tierra de nuestro corazón, pues ocupan el lugar de las buenas impresiones e impiden que la savia de nuestra alma sea empleada por las buenas inclinaciones.
Así, los antiguos nazarenos no sólo se privaban de todo lo que podía embriagar, sino también de los racimos y del agraz; no porque los racimos y el agraz embriaguen, sino porque, comiendo agraz, hay peligro de excitar el deseo de comer racimos y de provocar la afición a beber mosto o vino. Ahora bien, no digo yo que no podamos usar de estas cosas peligrosas; advierto, empero, que nunca podemos aficionarnos a ellas sin que se resienta la devoción. Los ciervos, cuando conocen que están demasiado gruesos, huyen y se retiran a sus escondrijos, pues saben que su grasa les pesa tanto, que les impediría correr, si se viesen atacados: el corazón del hombre cargado de estos afectos inútiles, superfluos y peligrosos, no puede, ciertamente correr con prontitud, ligereza y facilidad hacia su Dios, que es el verdadero término de la devoción. Los niños corren y se cansan detrás de las mariposas; a nadie parece mal, porque son niños. Pero, ¿no es cosa ridícula y muy lamentable ver cómo hombres hechos se aficionan e impacientan por bagatelas tan indignas, como lo son las cosas que acabo de enumerar, las cuales, además de ser inútiles, nos ponen en peligro de desarreglarnos y desordenarnos, cuando vamos en pos de ellas? Por esta razón, amada Filotea, te digo que es menester purificarse de estas aficiones, y, aunque los actos no sean siempre contrarios a la devoción, las aficiones, empero, le son siempre nocivas.







CAPÍTULO XXIV

QUE HEMOS DE PURIFICARNOS DE LAS MALAS INCLINACIONES

Tenemos también, Filotea, ciertas inclinaciones naturales, las cuales, porque no tienen su origen en nuestros pecados particulares, no son propiamente pecado, ni mortal ni venial, pero se llaman imperfecciones, y sus actos se llaman efectos o faltas. Por ejemplo, Santa Paula según refiere San Jerónimo, tenía una gran inclinación a la tristeza y a la melancolía, hasta el extremo de que, cuando murieron sus hijos y su esposo, estuvo a punto de morir de pena. Esto era una imperfección, pero no un pecado, pues ocurría contra su deseo y voluntad. Hay personas que son naturalmente ligeras, otras ásperas, otras contrarias a aceptar fácilmente el parecer de los demás, otras propensas a la indignación, otras a la cólera, otras al amor, y, por decirlo en breves palabras, son pocas las personas en las cuales no se pueda echar de ver alguna imperfección. Ahora bien, aunque estas imperfecciones sean propias y como connaturales a cada uno de nosotros, no obstante, con el ejercicio y afición contraria, pueden corregirse y moderarse, y aun puede el alma purificarse y librarse totalmente de ellas. Y esto es, Filotea, lo que debes hacer. Se ha encontrado la manera de endulzar los almendros amargos, haciendo un corte al pie del tronco, para que salga la savia. ¿ Por qué no hemos de poder nosotros hacer salir de nuestro interior las inclinaciones perversas, para llegar a ser mejores? No existe ningún natural tan bueno que no pueda malearse con los hábitos viciosos; tampoco hay un natural tan rebelde que, con la gracia de Dios, ante todo, y después con trabajo y diligencia, no pueda ser domado y superado. Ahora, pues, voy a darte los avisos y proponerte los ejercicios, con los cuales purificarás tu alma de las aficiones y de todo afecto a los pecados veniales, y, de esta manera, asegurarás más y más tu conciencia contra todo pecado mortal. Dios te conceda la gracia de practicarlos bien.






SEGUNDA PARTE DE LA INTRODUCCIÓN
Diferentes avisos para elevación del alma a Dios,
mediante la oración y los sacramentos



CAPITULO I
DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN

1. La oración al llevar nuestro entendimiento hacia las claridades de la luz divina y al inflamar nuestra voluntad en el fuego del amor celestial, purifica nuestro entendimiento de sus ignorancias, y nuestra voluntad de sus depravados afectos; es el agua de bendición que, con su riego, hace reverdecer y florecer las plantas de nuestros buenos deseos, lava nuestras almas de sus imperfecciones y apaga en nuestros corazones la sed de las pasiones.

2. Pero, de un modo particular, te aconsejo la oración mental afectuosa, especialmente la que versa sobre la vida y pasión de
Nuestro Señor. Contemplándole con frecuencia, en la meditación, toda tu alma se llenará de Él; aprenderás su manera de conducirse, y tus acciones se conformarán con el modelo de las suyas. Él es la luz del mundo; es, pues, en Él, por Él y para Él que hemos de ser ilustrados e iluminados; es el árbol del deseo, a cuya sombra nos hemos de rehacer; es la fuente viva de Jacob, donde nos hemos de purificar de todas nuestras fealdades. Finalmente, los niños, a fuerza de escuchar a sus madres y de balbucir con ellas, aprenden a hablar su lenguaje; así nosotros, permaneciendo cerca del Salvador, por la meditación, y observando sus palabras, sus actos y sus afectos, aprenderemos, con su gracia, a hablar, obrar y a querer como Él.

Conviene que nos detengamos aquí Filotea, y, créeme, no podemos ir a Dios Padre sino por esta puerta. Pues así como el cristal de un espejo no podría detener nuestra imagen si no tuviese detrás de sí una capa de estaño o de plomo, de la misma manera, la Divinidad no podría ser bien contemplada por nosotros, en este mundo, si no se hubiese unido a la sagrada Humanidad del Salvador, cuya vida y muerte son el objeto más proporcionado, apetecible, delicioso y provechoso, que podemos escoger para nuestras meditaciones ordinarias. No en vano es llamado, el Salvador, pan bajado del cielo; porque, así como el pan se ha de comer con toda clase de manjares, de la misma manera el Salvador ha de ser meditado, considerado y buscado en todas nuestras acciones y oraciones. Muchos autores, para facilitar la meditación, han distribuido su vida y su muerte en diversos puntos: los que te aconsejo de un modo particular son San Buenaventura, Bellintani, Bruno, Capilia, Granada y La Puente.

3. Emplea, en la oración, una hora cada día, antes de comer; pero, si es posible, mejor será hacerlas a primeras horas de la mañana, porque, con el descanso de la noche, tendrás el espíritu menos fatigado y más expedito. No emplees más de una hora, si el padre espiritual no te dice expresamente otra cosa.

4. Si puedes practicar este ejercicio en la iglesia, y tienes allí bastante quietud para ello, te será cosa fácil y cómoda, porque nadie, ni el padre, ni la madre, ni el esposo, ni la esposa, ni cualquier otro, podrán impedirte que estés una hora en la iglesia; en cambio, estando a merced de otros, no podrás, en tu casa, tener una hora tan libre.

5. Comienza toda clase de oraciones, ya sean mentales ya vocales, poniéndote en la presencia de Dios, y cumple esta regla, sin excepción, y verás, en poco tiempo, el provecho que sacarás de ella.

6. Si quieres creerme, di el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo en latín; pero, al mismo tiempo, aplícate a entender, en tu lengua, las palabras que contiene, para que, mientras las rezas en el lenguaje común de la Iglesia, puedas, al mismo tiempo, saborear el admirable y delicioso sentido de estas oraciones, que es menester decir fijando el pensamiento y excitando el afecto sobre el significado de las mismas, y no de corrida, para poder rezar más, sino procurando decir lo que digas, de corazón, pues un solo Padrenuestro dicho con sentimiento vale más que muchos rezados de prisa y con precipitación.

7. El Rosario es una manera muy útil de orar, con tal que se rece cual conviene. Para hacerlo así, procura tener algún librito de los que enseñan la manera de rezarlo. Es también muy provechoso rezar las letanías de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los santos, y todas las otras preces vocales, que se encuentran en los manuales y Horas aprobadas, pero ten bien entendido que, si posees el don de la oración mental, para ésta ha de ser el primer lugar; de manera que, si después de ésta, ya sea por tus ocupaciones, ya por cualquier otro motivo, no puedes hacer la oración vocal, no te inquietes por ello y conténtate con decir simplemente, antes o después de la meditación, la oración dominical, la salutación angélica o el símbolo de los apóstoles.

8. Si mientras haces la oración vocal, sientes el corazón inclinado y movido a la oración interior o mental, no te niegues a entrar en ella, sino deja que ande tu espíritu con suavidad, y no te preocupe el no haber terminado las oraciones vocales que te habías propuesto rezar, pues la mental que habrás hecho en su lugar, es más agradable a Dios y más útil a tu alma. Exceptúo el oficio eclesiástico, si estuvieses obligado a rezarlo, pues, en este caso, hay que cumplir con la obligación.

9. En el caso de transcurrir toda la mañana, sin haber practicado este santo ejercicio de la oración mental, debido a las muchas ocupaciones o a cualquiera otra causa (lo cual, en lo posible, es menester procurar que no ocurra), repara esta falta por la tarde, pero mucho después de la comida, porque si hicieres la oración en seguida y antes de que estuviese bastante adelantada la digestión, te invadiría un fuerte sopor, con detrimento de tu salud. Y, si no puedes hacerlo en todo el día, conviene que repares esta pérdida, multiplicando las oraciones jaculatorias, leyendo algún libro espiritual, haciendo alguna penitencia que impida la repetición de esta falta, y con la firme resolución de volver a tu santa costumbre el día siguiente.



CAPÍTULO II

BREVE MÉTODO PARA MEDITAR, Y PRIMERAMENTE DE LA PRESENCIA DE DIOS, PRIMER PUNTO DE LA PREPARACIÓN

Tal vez no sabes, Filotea, cómo se ha de hacer la oración mental, porque es una cosa que, en nuestros tiempos, son, por desgracia, muy pocos los que la saben. Por esta razón, te presento un método sencillo y breve, confiando en que, con la lectura de muchos y muy buenos libros que se han escrito acerca de esta materia, y, sobre todo, por la práctica, serás más ampliamente instruida. Te indico, en primer lugar, la preparación, que consiste en dos puntos, el primero de los cuales es ponerte en la presencia de Dios, y el segundo, invocar su auxilio. Ahora bien, para ponerte en la presencia de Dios, te propongo cuatro importantes medios, de los cuales podrás servirte en los comienzos.

El primero consiste en formarse una idea viva y completa de la presencia de Dios, es decir, pensar que Dios está en todas partes, y que no hay lugar ni cosa en este mundo donde no esté con su real presencia; de manera que, así como los pájaros, por dondequiera que vuelan, siempre encuentran aire, así también nosotros, dondequiera que estemos o vayamos, siempre encontramos a Dios. Todos conocemos esta verdad, pero no todos la consideramos con atención. Los ciegos, que no ven al rey, cuando está delante de ellos no dejan de tomar una actitud respetuosa si alguien les advierte su presencia; pero, a pesar de ello, es cierto que, no viéndole, fácilmente se olvidan de que está presente y aflojan en el respeto y reverencia. ¡Ay, FiIotea! Nosotros no vemos a Dios presente, y, aunque la fe nos lo dice, no viéndole con los ojos, nos olvidamos con frecuencia de Él y nos portamos como si estuviese muy lejos de nosotros; pues, aunque sabemos que está presente en todas las cosas, como quiera que no pensamos en Él, equivale a no saberlo. Por esta causa, es menester que, antes de la oración, procuremos que en nuestra alma se actúe, reflexionando y considerando esta presencia de Dios. Este fue el pensamiento de David, cuando exclamó: «Si subo al cielo, ¡oh Dios mío!, allí estás Tú; si desciendo a los infiernos, allí te encuentro»; y, en este sentido, hemos de tomar las palabras de Jacob, el cual, al ver la sagrada escalera, dijo: «¡Oh! ¡Qué terrible es este lugar! Verdaderamente, Dios está aquí y yo no lo sabía». Al querer, pues, hacer oración, has de decir de todo corazón a tu corazón: « ¡Oh corazón mío, oh corazón mío! Realmente, Dios está aquí».

El segundo medio para ponerse en esta sagrada presencia, es pensar que no solamente Dios está presente en el lugar donde te encuentras, sino que está muy particularmente en tu corazón y en el fondo de tu espíritu, al cual vivifica y anima con su presencia, y es allí el corazón de tu corazón y el alma de tu alma; porque, así como el alma, infundida en el cuerpo, se encuentra presente en todas las partes del mismo, pero reside en el corazón con una especial permanencia, así también Dios, que está presente en todas las cosas, mora, de una manera especial, en nuestro espíritu, por lo cual decía David: «Dios de mi corazón», y San Pablo escribía que «nosotros vivimos, nos movemos y estamos en Dios». Al considerar, pues, esta verdad, excitarás en tu corazón una gran reverencia para con Dios, que está en él íntimamente presente.

El tercer medio es considerar que nuestro Salvador, en su humanidad, mira desde el cielo todas las personas del mundo, especialmente los cristianos que son sus hijos, y todavía de un modo más particular, a los que están en oración, cuyas acciones y movimientos contempla. Y esto no es una simple imaginación, sino una verdadera realidad, pues aunque no le veamos, es cierto que Él nos mira, desde arriba. Así le vio San Esteban, durante su martirio. Podemos, pues, decir muy bien con la Esposa de los Cantares: «Vedle detrás de la pared, mirando por las ventanas, a través de las celosías».

El cuarto medio consiste en servirse de la simple imaginación, representándonos al Salvador, en su humanidad sagrada, como si estuviese junto a nosotros, tal como solemos representarnos nuestros amigos, cuando decimos: me parece que estoy viendo a tal persona, que hace esto y aquello; diría que la veo, y así por el estilo. Pero si el Santísimo Sacramento estuviese presente en el altar, entonces esta presencia será real y no puramente imaginaria, porque las especies y las apariencias del pan serían tan sólo como un velo, detrás del cual Nuestro Señor realmente presente, nos vería y contemplaría, aunque nosotros no le viésemos en su propia forma.

Emplearás, pues, uno de estos cuatro medios para poner tu alma en la presencia de Dios antes de la oración, y no es menester que uses a la vez de todos ellos, sino ora uno, ora otro, y aun sencilla y libremente.



CAPITULO III

DE LA INVOCACION, SEGUNDO PUNTO DE LA PREPARACION

La invocación se hace de esta manera: al sentirse tu alma en la presencia de Dios, se postra con extremada reverencia, reconociéndose indignísima de estar delante de una tan soberana Majestad, y reconociendo, no obstante, que esta misma bondad así lo quiere, le pide la gracia de servirla y adorarla en esta meditación. Si te parece podrás emplear algunas palabras breves y fervorosas, como lo son éstas de David: «Oh Dios mío, no me apartes de delante de tu faz y no me quites tu santo Espíritu. Ilumina tu rostro sobre tu sierva, y meditaré tus maravillas. Dame inteligencia y consideraré tu ley, y la guardaré en mi corazón. Yo soy tu sierva; dame el espíritu». También te será provechoso invocar a tu Ángel de la Guarda y a los santos personajes que entran en el misterio que meditas: como, en el de la muerte del Señor, podrás invocar a la Madre de Dios, a San Juan, a la Magdalena y al buen ladrón, para que te sean comunicados los sentimientos y emociones interiores que ellos recibieron, y en la meditación de tu muerte, podrás invocar al Ángel de la Guarda, que estará allí presente, para que te inspire las consideraciones oportunas, y así en los demás misterios.







CAPÍTULO IV

DE LA PROPOSICIÓN DEL MISTERIO, TERCER PUNTO DE LA PREPARACIÓN

Después de estos dos puntos ordinarios de la meditación, sigue el tercero, que es común a toda clase de meditaciones; es el que unos llaman composición de lugar, y otros lección interior, y no consiste en otra cosa que en proponer a la imaginación el cuerpo del misterio que se quiere meditar, como si realmente y de hecho ocurriese en nuestra presencia. Por ejemplo, si quieres considerar a Nuestro Señor en la cruz, te imaginarás que estás en el monte Calvario y que ves todo lo que se hizo y se dijo el día de la pasión, o bien te imaginarás el lugar de la crucifixión tal como lo describen los evangelistas. Lo mismo digo acerca de la muerte, según ya lo he indicado en la meditación correspondiente, como también acerca del infierno y de todos los misterios semejantes, en los cuales se trata de cosas visibles y sensibles: porque, en cuanto a los demás misterios, tales como la grandeza de Dios, la excelencia de las virtudes, el fin para el cual hemos sido creados, que son cosas invisibles, no es posible servirse de esta clase de imaginaciones. Es cierto que se puede echar mano de cualesquiera semejanzas o comparaciones, para ayudar a la meditación; pero esto es muy difícil de encontrar, y no quiero tratar contigo de estas cosas sino de una manera muy sencilla, de suerte que tu espíritu no se vea forzado a hacer invenciones. '

Ahora bien, por medio de estas imaginaciones, concentramos nuestro espíritu en los misterios que queremos meditar, para que no ande divagando de acá para allá, de la misma manera que enjaulamos un pájaro o sujetamos el halcón con un cordel, para tenerlo sujeto en la mano. Dirá, no obstante, alguno, que es mejor usar el simple pensamiento de la f e o una simple aprensión puramente mental y espiritual en la representación de estos misterios, o bien considerar que las cosas ocurren en tu espíritu; pero esto es demasiado sutil para los que comienzan, y, hasta que Dios no te lleve más arriba, te aconsejo, Filotea, que permanezcas en el humilde valle que te muestro.



CAPÍTULO V

DE LAS CONSIDERACIONES, SEGUNDA PARTE DE LA MEDITACION


Después. del acto de la imaginación, sigue el acto del entendimiento, que llamamos meditación, la cual no es otra cosa que una o varias consideraciones hechas con el fin de mover los afectos hacia Dios y las cosas divinas: y, en esto, la meditación se separa del estudio y de los demás pensamientos y consideraciones, las cuales no se hacen para alcanzar la virtud o el amor de Dios, sino para otros fines e intenciones: para saber, o disponerse para escribir o disputar. Teniendo, pues, como he dicho, tu espíritu concentrado dentro del círculo de la materia que quieres meditar-por medio de la imaginación si el objeto es sensible, o por la sencilla proposición, si no es sensible-, comenzarás a hacer consideraciones sobre el mismo, de las cuales encontrarás ejemplos prácticos en las meditaciones que te he propuesto. Y, si tu espíritu encuentra suficiente gusto, luz y fruto en una de las consideraciones, te detendrás en ella, sin pasar adelante, haciendo como las abejas, que no dejan la flor, mientras encuentran en ella miel que chupar. Pero, si en alguna de las consideraciones, después de haber ahondado un poco, no te encuentras a tu sabor, pasarás a otra; pero, en esta labor anda despacio y con simplicidad, sin apresurarte.






CAPÍTULO VI

DE LOS AFECTOS Y PROPÓSITOS, TERCERA PARTE DE LA MEDITACION


La meditación produce buenos movimientos en la voluntad o parte afectiva de nuestra alma, como amor de Dios y del prójimo, deseo del paraíso y de la gloria, celo de la salvación de las almas, imitación de la vida de Nuestro Señor, compasión, admiración, gozo, temor de no ser grato a Dios, del juicio, del infierno, odio al pecado, confianza en la bondad y misericordia de Dios, confusión por nuestra mala vida pasada: y en estos afectos, nuestro espíritu se ha de expansionar y extender, en la medida de lo posible. Y, si, en esto, quieres ser ayudada, torna el primer volumen de las Meditaciones de Dom Andrés Capilia, y lee el prefacio, donde enseña la manera de explayar los afectos. Lo mismo encontrarás más extensamente explicado, en el Tratado de la Oración del Padre Arias.

No obstante, Filotea, no te has de detener tanto en estos afectos generales, que no los conviertas en resoluciones especiales y particulares, para corregirte y enmendarte, Por ejemplo, la primera palabra que Nuestro Señor dijo en la cruz producirá seguramente en tu alma un buen deseo de imitarle, es decir, de perdonar a los enemigos y de amarles. Pues bien, te digo que esto es muy poca cosa, si no añades un propósito especial de esta manera: en adelante no me enojaré por las palabras injuriosas que aquél o aquélla, el vecino o la vecina, mi criado o la criada, dicen contra mí, ni tampoco por tales o cuales desprecios, de que me ha hecho objeto éste o aquél; al contrario, diré tal o cual cosa, para ganarlos o suavizarlos, y así de los demás afectos. Por este medio, Filotea, corregirás tus faltas en poco tiempo, mientras que, con solos los afectos, lo conseguirías tarde y con dificultad.




CAPÍTULO VII
DE LA CONCLUSIÓN Y RAMILLETE ESPIRITUAL


Finalmente, la meditación se ha de acabar con tres cosas, que se han de hacer con toda la humildad posible. La primera es la acción de gracias a Dios por los afectos y propósitos que nos ha inspirado, y por su bondad y misericordia, que hemos descubierto en el misterio meditado. La segunda es el acto de ofrecimiento, por el cual ofrecemos a Dios su misma bondad y 
misericordia, la muerte, la sangre, la
s virtudes de su Hijo, y, a la vez nuestros afectos y resoluciones. La tercera es la súplica, por la cual pedimos a Dios, con insistencia, que nos comunique las gracias y las virtudes de su Hijo y otorgue su bendición a nuestros afectos y propósitos, para que podamos fielmente ponerlos en práctica. Después hemos de pedir por la Iglesia, por nuestros pastores, parientes, amigos y por los demás, recurriendo, para este fin, a la intercesión de la Madre de Dio
s, de los ángeles y de los santos. Finalmente, ya he hecho notar que conviene decir elPadrenuestro y el Avemaría, que es la plegaria general y necesaria de todos los fieles.

A todo esto he añadido que hay que hacer un pequeño ramillete de devoción. He aquí lo que quiero decir: los que han paseado por un hermoso jardín no salen de él satisfechos, si no se llevan cuatro o cinco flores, para olerlas y tenerlas consigo durante todo el día. Por la meditación, hemos de escoger uno, dos o tres puntos, los que más nos hayan gustado y los que sean más a propósito para nuestro aprovechamiento, para recordarlos durante todo el día y olerlos espiritualmente. Y este ramillete se hace en el mismo lugar donde hemos meditado, sin movernos, o bien paseando solos durante un rato.



CAPÍTULO VIII
ALGUNOS AVISOS ÚTILES SOBRE LA MEDITACIÓN

Conviene, sobre todo, Fílotea, que, al salir de la meditación conserves las resoluciones y los propósitos que hubieres hecho para practicarlos con diligencia durante el día. Este es el gran fruto de la meditación, sin el cual, ésta es, con frecuencia, no sólo inútil sino perjudicial, porque las virtudes meditadas y no practicadas hinchan y envalentonan el espíritu, pues nos hacen creer que somos en realidad, lo que hemos resuelto ser, lo cual es, ciertamente, verdad cuando las resoluciones son vivas y sólidas; pero no lo son, sino que, al contrario, son vanas y peligrosas, cuando no se practican. Conviene, pues, por todos los medios, esforzarse en practicarlas y buscar las ocasiones de ello, grandes o pequeñas. Por ejemplo, si he resuelto ganar con la dulzura a los que me han ofendido, procuraré, durante el día, encontrarlos, para saludarlos con amabilidad, y, si no puedo encontrarlos, hablaré bien de ellos y los encomendaré a Dios.
Al salir de esta oración afectiva, has de tener cuidado de no sacudir tu corazón, para que no derrame el bálsamo que la oración ha vertido en él; quiero decir que hay que guardar, por espacio de algún tiempo, el silencio y transportar suavemente el corazón, de la oración a las ocupaciones, conservando, todo el tiempo que sea posible, el sentimiento y los afectos concebidos. El hombre que recibe en un recipiente de hermosa porcelana un licor de mucho precio, para llevarlo a su casa, anda con mucho tiento, sin mirar a los lados, sino que ora mira enfrente, para no tropezar contra alguna piedra, ora el recipiente, para evitar que se derrame. Lo mismo has de hacer tú, al salir de la meditación: no te distraigas enseguida, sino mira sencillamente delante de ti, pero, si encuentras alguno, con el cual hayas de hablar o al que hayas de escuchar, hazlo, pues no queda otro remedio, pero de manera que tengas siempre la mirada puesta en tu corazón, para que el licor de la santa oración no se derrame más de lo que sea imprescindible.
También conviene que te acostumbres a saber pasar de la oración a toda clase de acciones, que tu oficio o profesión, justa y legítimamente, requieran, por más que parezcan muy ajenas a los afectos que hemos concebido en la oración. Por ejemplo: un abogado ha de saber pasar de la oración a los pleitos; un comerciante, al tráfico; la mujer casada, a las obligaciones de su estado y a las ocupaciones del hogar, con tanta dulzura y tranquilidad, que no, por ello, se turbe su espíritu, pues ambas cosas son según la voluntad de Dios y en ambas hay que pensar con espíritu de humildad y devoción.
Te ocurrirá, alguna vez, que, inmediatamente después de la preparación, tu afecto se sentirá en seguida movido hacia Dios. Entonces, Filotea, conviene darle rienda suelta, sin empeñarte en querer seguir el método que te he dado; porque, si bien, por lo regular, la consideración ha de preceder a los afectos y a las resoluciones, cuando, empero, el Espíritu Santo te da los afectos antes de la consideración, no has de detenerte en ésta quieras o no, pues su fin no es otro que mover los afectos. En una palabra, siempre que se despierten en ti los afectos, debes admitirlos y hacerles lugar, ya sea antes ya después de todas las consideraciones. Y, aunque yo he puesto los afectos después de todas las consideraciones, lo he hecho únicamente para distinguir bien las diferentes partes de la oración; por otra parte, es una regla general que nunca hay que cohibir los afectos, sino que es menester dejar que se expansionen los que se presentan. Digo esto no sólo con respecto a los demás afectos, sino también con respecto a la acción de gracias, al ofrecimiento ya la plegaria, que pueden hacerse entre las consideraciones, y que no se han de contener más que los otros afectos, si bien, después, al terminar la meditación, conviene repetirlos y continuarlos. Pero, en cuanto a las resoluciones es menester hacerlas después de los afectos y al fin de toda la meditación, antes de la conclusión, pues, como quiera que las resoluciones traen a nuestra imaginación objetos concretos y de orden familiar, nos pondrían en el peligro de distraernos, si se hiciesen en medio de los afectos.
Entre los afectos y las resoluciones, es bueno emplear el coloquio, y hablar ora a Dios, ora a los ángeles, ora a las personas que aparecen en los misterios, a los santos y a sí mismo, al propio corazón, a los pecadores, como vemos que lo hizo David en los Salmos, y otros santos, en sus meditaciones y oraciones.


CAPÍTULO IX

DE LAS SEQUEDADES QUE NOS VIENEN EN LA MEDITACIÓN

Filotea, si te acontece que no encuentras gusto ni consuelo en la meditación, te conjuro que no te turbes, sino que, antes bien, abras la puerta a las oraciones vocales: quéjate de ti misma a Nuestro Señor; confiesa tu indignidad, pídele que te ayude, besa su imagen, si la tienes en la mano, dile estas palabras de Jacob: «No, Señor, no te dejaré, si antes no me das tu bendición»; o las de la Cananea: «Sí, Señor, soy un perro.. pero los perros comen las migajas de la mesa de sus dueños». Otra vez, toma un libro en la mano y léelo con atención, hasta que tu espíritu se despierte y vuelva en sí: estimula, alguna vez tu corazón mediante alguna actitud o movimiento de devoc
ión exterior, como postrarte en tierra, juntar las manos sobre el pecho, abrazar el crucifijo: todo ello si estás en algún lugar a solas.
Y, si después de todo esto, todavía no te sientes consolada, por grande que sea tu sequedad, no te aflijas, sino sigue en devota actitud, delante de Dios. ¡Cuántos cortesanos hay, que van cien veces al año a la cámara de su príncipe, sin ninguna esperanza de hablarle, únicamente para ser vistos y rendirle homenaje! De esta manera, amada Filotea, hemos de ir a la oración, pura y simplemente para cumplir con nuestro deber y dar testimonio de nuestra fidelidad. Y, si la divina Majestad se digna hablarnos y conversar con nosotros con sus santas inspiraciones y consuelos interiores, esto será ciertamente, para nosotros, un gran honor y motivo de gran gozo, pero, si no quiere hacernos esta gracia, sino que quiere dejarnos allí, sin decirnos palabra, como si no nos viese o no estuviésemos en su presencia, no nos hemos de retirar, sino, que al contrario, hemos de permanecer allí, delante de esta soberana bondad, en actitud devota y tranquila; y entonces, infaliblemente, Él se complacerá en nuestra paciencia y tendrá en cuenta nuestra asiduidad y perseverancia, y, otra vez, cuando volvamos a su presencia, nos hará mercedes y conversará con nosotros con sus consolaciones, haciéndonos ver la amenidad de la santa oración. Pero, si no lo hace, estemos, empero, contentos, Filotea, pues harto honor es estar cerca de Él y en su presencia.




CAPÍTULO X

LA ORACIÓN DE LA MAÑANA


Además de esta oración mental perfecta y ordenada y de las demás oraciones vocales que has de rezar una vez al día, hay otras cinco clases de oraciones más breves, que son como efectos y renuevos de la otra oración más completa; de las cuales la primera es la que se hace por la mañana, como una preparación general para todas las obras del día. Las harás de esta manera:

1. Da gracias y adora profundamente a Dios por la merced que te ha hecho de haberte conservado durante la noche anterior; y, si hubieses cometido algún pecado, le pedirás perdón.

2. Considera que el presente día se te ha dado para que, durante el mismo puedas ganar el día venidero de la eternidad, y haz el firme propósito de emplearlo con esta intención.

3. Prevé qué ocupaciones, qué tratos y qué ocasiones puedes encontrar, en este día de servir a Dios, y qué tentaciones de ofenderle pueden sobrevenir, a causa de la ira, de la vanidad o de cualquier otro desorden; y, con una santa resolución, prepárate para emplear bien los recursos que se te ofrezcan de servir a Dios y de progresar en el camino de la devoción; y, al contrario, disponte bien para evitar, combatir o vencer lo que pueda presentarse contrario a tu salvación y a la gloria de Dios. Y no basta hacer esta resolución, sino que es menester preparar la manera de ejecutarla. Por ejemplo, si preveo que tendré que tratar alguna cosa con una persona apasionada o irascible, no sólo propondré no dejarme llevar hasta el trance de ofenderla, sino que procuraré tener preparadas palabras de amabilidad para prevenirla, o procuraré que esté presente alguna otra persona, que pueda contenerla. Si preveo que podré visitar un enfermo, dispondré la hora y los consuelos pertinentes que he de darle; y así de todas las demás cosas.

4. Hecho esto, humíllate delante de Dios y reconoce que, por ti misma, no podrás hacer nada de lo que has resuelto, ya sea para evitar el mal, ya sea para practicar el bien. Y, como si tuvieses el corazón en las manos, ofrécelo, con todas tus buenas resoluciones, a la divina Majestad y suplícale que lo tome bajo su protección y que lo robustezca, para que salga airoso en su servicio, con estas o semejantes palabras interiores: «Señor, he aquí este pobre y miserable corazón que, por tu bondad, ha concebido muchos y muy buenos deseos. Pero, ¡ay!, es demasiado débil e infeliz para realizar el bien que desea, si no le otorgas tu celestial bendición, la cual, con este fin, yo te pido, ¡oh Padre de bondad!, por los méritos de la pasión de tu Hijo, a cuyo honor consagro este día y el resto de mi vida». Invoca a Nuestra Señora, a tu Ángel de la Guarda y a los Santos, para que te ayuden con su asistencia.

Mas estos actos, si es posible, se han de hacer breve y fervorosamente, antes de salir de la habitación, a fin de que, con este ejercicio, quede ya rociado con las bendiciones de Dios, todo cuanto hagas durante el día. Lo que te ruego, Filotea, es que jamás dejes este ejercicio.
 



CAPÍTULO XI

DE LA ORACIÓN DE LA NOCHE Y DEL EXAMEN DE CONCIENCIA

Así como antes de la comida temporal, haces la comida espiritual, por medio de la meditación, de la misma manera, antes de la cena, has de hacer una breve cena o, al menos, una colación, devota y espiritual. Procura, pues, tener un rato libre antes de la hora de cenar, y, postrado delante de Dios, recogiendo tu espíritu en la presencia de Cristo crucificado (que te representarás con una sencilla consideración o mirada interior), aviva en tu corazón el fuego de la meditación de la mañana, con algunas fervorosas aspiraciones, actos de humildad y amorosos suspiros inspirados en este divino Salvador de tu alma, o bien repitiendo los puntos que más hayas saboreado en dicha meditación, o bien excitándote con alguna otra consideración, como más te plazca.

En cuanto al examen de conciencia, que siempre has de hacer antes de acostarte, todos sabemos cómo se ha de practicar.

1. Demos gracias a Dios por habernos conservado durante el día.

2. Examinemos cómo nos hemos portado en cada hora, y, para hacerlo con mayor facilidad, consideremos dónde, con quiénes y en qué ocupaciones nos hemos empleado.

3. Si descubrimos que hemos hecho alguna obra buena, demos gracias a Dios; si, al contrario, hemos hecho algún mal, de pensamiento, palabra u obra, pidamos perdón a su divina Majestad, con el propósito de confesarnos, en la primera ocasión, y de enmendarnos con diligencia.

4. Después de esto, encomendemos a la Providencia divina nuestro cuerpo, nuestra alma, la Iglesia, los padres, los amigos; pidamos a Nuestra Señora, al Ángel de la Guarda y a los santos, que velen por nosotros, y, con la bendición de Dios, vayamos a tomar el descanso, que Él ha querido que nos sea necesario.

Este ejercicio, lo mismo que el de la mañana, nunca se ha de omitir; porque, con el de la mañana, abres las ventanas de tu alma al Sol de justicia, y, con el de la noche, las cierras a las tinieblas del infierno.



CAPÍTULO XII

EL RETIRO ESPIRITUAL

En este punto, amada Filotea, es donde deseo que sigas mi consejo; porque es aquí donde se encuentra uno de los recursos más seguros para tu aprovechamiento espiritual.


Pon, cuantas veces puedas, durante el día, tu espíritu en la presencia de Dios, por alguna de las cuatro maneras más arriba indicadas; considera lo que hace Dios y lo que haces tú, y verás cómo sus ojos te miran y están perpetuamente fijos en ti, con un amor incomparable. i Oh Dios!, dirás, ¿por qué no te miro yo siempre como Tú me miras a mí? ¿Por qué piensas en mí con tanta frecuencia, y yo pienso tan poco en Ti? ¿ Dónde estamos, alma mía? Nuestra verdadera morada es Dios, y ¿dónde nos encontramos?

Así como los pájaros tienen sus nidos en los árboles, para retirarse a ellos cuando tienen necesidad, y los ciervos sus escondrijos y sus defensas, donde se ocultan y se amparan y donde toman el fresco de la sombra en el verano, de la misma manera, Filotea, nuestros corazones han de escoger, cada día, algún lugar, en la cima del Calvario, en las llagas de Nuestro Señor o en cualquiera otro sitio cercano a Él, donde guarecernos en toda clase de ocasiones, donde rehacernos y recrearnos en medio de las ocupaciones exteriores, y para estar allí, como en una fortaleza, para defendernos contra las tentaciones. Bienaventurada el alma que podrá decir con verdad al Señor: «Tú eres mi casa de refugio, mi firme defensa, mi techo contra la lluvia, mi sombra contra el calor».

Acuérdate, pues, Filotea, de hacer siempre muchos retiros en la soledad de tu corazón, mientras corporalmente te encuentras en medio de las conversaciones y quehaceres, y esta soledad mental no puede ser, en manera alguna, impedida por la multitud de los que nos rodean, porque ellos no están alrededor de tu corazón, sino alrededor de tu cuerpo, de tal manera que tu corazón permanece solo en la presencia de Dios. Es el ejercicio que practicaba David, en medio de sus muchas ocupaciones, según lo afirma en muchos pasajes de sus salmos, como cuando dice: « i Oh Señor!, yo siempre estoy contigo. Veo siempre a mi Dios delante de mí. Levanto mis ojos a Tí, ¡ oh Dios mío!, que habitas en los cielos. Mis ojos siempre están puestos en Dios». Además, las conversaciones no son ordinariamente tan importantes, que no sea posible, de cuando en cuando, apartar de ellas el corazón, para ponerlo en esta divina soledad.

A Santa Catalina de Sena, a quien su padre y su madre habían privado de toda comodidad y ocasión para poder orar y meditar, inspirándole Nuestro Señor que hiciese un pequeño oratorio en su espíritu, al cual pudiese retirarse mentalmente, para entregarse a esta santa soledad espiritual, en medio de las ocupaciones exteriores. Y, desde entonces, cuando el mundo la acometía, no recibía de ello ninguna molestia, porque, como ella misma decía, se encerraba en su celda interior, donde se consolaba con su celestial esposo.

Así, aconsejaba a sus hijos espirituales que edificasen una celda en su corazón y que se retirasen a ella. Encierra, pues, algunas veces tu espíritu en tu corazón, donde, separada de todos, pueda tu alma comunicarse íntimamente con Dios, para decirle con David: «He estado en vela y me he hecho semejante al pelícano del desierto. Estoy como el búho o la lechuza en las hendiduras de la pared o como el ave solitaria en la techumbre». Estas palabras, aparte de su sentido literal (que demuestra cómo este gran rey se tomaba algunas horas para vivir en la soledad y entregarse a la contemplación de las cosas espirituales), nos muestran, en su sentido místico, tres excelentes lugares de retiro y como tres ermitas, donde podamos ejercitar nuestra soledad, a imitación de nuestro Salvador, que, en la cima del Calvario, fue como el pelícano de la soledad, que con su sangre da vida a sus polluelos muertos; en su Natividad en un establo abandonado, fue como el búho en las hendiduras de la pared, lamentando y doliéndose de nuestras culpas y pecados, y, el día de la Ascensión, fue como el ave solitaria que se retira y vuela hacia el cielo que es como el techo del mundo. El bienaventurado EIzeario, conde de Arián, en Provenza, habiendo estado mucho tiempo ausente de su devota y casta Delfina, recibió de ella un propio, que fue a enterarse de su salud, al cual respondió: «Me encuentro muy bien, amada esposa; si quieres verme, búscame en la llaga del costado de nuestro dulce Jesús, pues es allí donde yo habito y allí me encontrarás; en balde me buscarás en otra parte». ¡He aquí un caballero cristiano de verdad!



CAPÍTULO XIII

DE LAS ASPIRACIONES, ORACIONES,

JACULATORIAS Y BUENOS PENSAMIENTOS


Nos retiramos en Dios porque aspiramos a Él, y aspiramos a Él para retirarnos en Él, de manera que la aspiración a Dios y el retiro espiritual son dos cosas que se completan mutuamente y ambas proceden y nacen de los buenos pensamientos. Levanta, pues, con frecuencia el corazón a Dios, Filotea, con breves pero ardientes suspiros de tu alma. Admira su belleza, invoca su auxilio, arrójate, en espíritu, al pie de la cruz, adora su bondad, pregúntale, con frecuencia, sobre tu salvación, ofrécele, mil veces al día, tu alma, fija tus ojos interiores en su dulzura, alárgale la mano, como un niño pequeño a su padre, para que te conduzca, ponlo sobre tu corazón, como un ramo delicioso, plántalo en tu alma, co
mo una bandera, y mueve de mil diversas maneras tu corazón, para entrar en el amor de Dios y excitar en ti una apasionada y tierna estimación a este divino esposo.

Así se hacen las oraciones jaculatorias, que el gran San Agustín, aconseja con tanto encarecimiento a la devota dama Proba. Filotea, nuestro espíritu, entregándose al trato, a la intimidad y a la familiaridad con Dios, quedará todo él perfumado de sus perfecciones; y, ciertamente, este ejercicio no es difícil, porque puede entrelazarse con todos los quehaceres y ocupaciones, sin estorbarlas en manera alguna, porque, ya en el retiro espiritual, ya en estas aspiraciones interiores, no se hacen más que pequeñas y breves digresiones, que, no impiden, sino que ayudan mucho a lograr lo que pretendemos. El caminante que bebe un sorbo de vino, para alegrar su corazón y refrescar su boca, aunque para ello se detiene unos momentos, no interrumpe el viaje, sino que toma fuerzas para llegar más pronto y con más alientos, no deteniéndose sino para andar mejor.

Muchos han reunido varias aspiraciones vocales, que, verdaderamente, son muy útiles; pero, si quieres creerme, no te sujetes a ninguna clase de palabras, sino pronuncia, con el corazón o con los labios, las que el amor te dicte, ya que él te inspirará todas cuantas quieras. Es verdad que hay ciertas palabras que, en este punto, tienen una fuerza especial para satisfacer al corazón-, tales son las aspiraciones tan abundantemente sembradas en los salmos de David, las diversas invocaciones del nombre de Jesús y las expresiones amorosas escritas en el Cantar de los Cantares. Los cánticos espirituales también sirven para este fin, con tal que se canten con atención.

Finalmente, así como los que están enamorados con un amor puramente humano y natural, tienen siempre fijos sus pensamientos en el ser querido, su corazón lleno de afectos para con él, su boca llena de sus alabanzas y, durante su ausencia, no pierden coyuntura de manifestar su amor por cartas, y no encuentran árbol en cuya corteza no graben el nombre del ser amado; de la misma manera, los que aman a Dios no pueden dejar de pensar en Él, suspirar por Él, aspirar a Él, hablar de Él, y querrían, si posible fuese, imprimir sobre el pecho de todas las personas del mundo el santo y sagrado nombre de Jesús. Y a esto les invitan todas las cosas, y no hay criatura que no les anuncie las alabanzas de su amado, y, como dice San Agustín, sacándolo de San Antonio, todo cuanto hay en el mundo les habla un lenguaje mudo, pero muy inteligible, en alabanza de su amor; todas las cosas les inspiran buenos pensamientos, de los cuales nacen, después, muchos movimientos y aspiraciones hacia Dios. He aquí algunos ejemplos.

San Gregorio, obispo de Nacianzo, según refería él mismo a los fieles, mientras paseaba por la playa miraba cómo las olas se extendían sobre la arena y cómo dejaban conchas y caracoles marinos, hierbas pequeñas, ostras y otras parecidas menudencias, que el mar echaba, o, por mejor decir, escupía hacia fuera; después, otras olas volvían a engullir y a coger de nuevo una parte de aquello, mientras que las rocas de aquellos contornos permanecían firmes e inmóviles, por más que las aguas las azotasen fuertemente. Pues bien, acerca de esto tuvo este hermoso pensamiento, a saber, que los débiles, imitando a las conchas, a los caracoles y a las hierbas, ora se dejan llevar de la aflicción, ora de la consolación, hechos juguete de las olas y del vaivén de la fortuna, mientras que las almas fuertes permanecen firmes e inmóviles a toda clase de vientos, y estos pensamientos le hicieron repetir estas aspiraciones de David: « ¡ Oh Señor, sálvame, porque las aguas han entrado hasta mi alma! ¡ Oh Señor, líbrame del abismo de las aguas! Me he hundido hasta lo más profundo del mar y la tempestad me ha sumergido». Y es que entonces estaba afligido por la injusta usurpación que de su obispado había intentado Máximo.

San Fulgencio obispo de Ruspa, encontrándose en una asamblea general de la nobleza romana, a la que Teodorico, rey de los godos, arengaba, al ver el esplendor de tantos magnates, cada uno de los cuales asistía según su categoría, exclamó: « ¡ Oh Dios, qué hermosa debe ser la Jerusalén celestial, si acá abajo aparece tan brillante la Roma terrenal! Y, si, en este mundo, andan en medio de tantos esplendores los amadores de la vanidad, ¡qué gloria debe estar reservada, en el otro mundo, a los contempladores de la verdad!».

Se dice que San Anselmo, arzobispo de Canterbery, cuyo nacimiento ha honrado en gran manera a nuestras montañas, era admirable en esta práctica de los buenos pensamientos. Una liebre acosada por los perros corrió a refugiarse bajo el caballo de este santo prelado, que entonces iba de viaje, como a un refugio que le sugirió el inminente peligro de muerte; y los perros, ladrando alrededor, no se atrevían a violar la inmunidad del lugar, donde su presa se había refugiado; espectáculo verdaderamente extraordinario, que causaba risa a toda la comitiva, mientras el gran Anselmo, llorando y gimiendo, decía: « i Ah!, vosotros reís, pero el pobre animal no ríe; los enemigos del alma, perseguida y extraviada por los senderos tortuosos de toda clase de vicios, la acechaban en el trance de la muerte, para arrebatarla y devorarla, y ella, llena de miedo, busca por todas partes auxilio y refugio, y, si no lo encuentra, sus enemigos se burlan y se ríen». Y, dicho esto, se alejó suspirando.

Constantino el Grande honró a San Antonio, escribiéndole, cosa que dejó admirados a los religiosos que estaban a su alrededor, a los cuales dijo: « ¿ Por qué os admiráis de que un rey escriba a un hombre? Admirad más bien que el Dios eterno haya escrito su ley a los mortales, y más aún que les haya hablado de tú a tú, en la persona de su Hijo».

San Francisco al ver a una oveja sola, en medio de un rebaño de cabras: «Mira -dijo a su compañero-, qué mansa está esta ovejita entre todas las cabras: También Nuestro Señor andaba manso y humilde entre los fariseos». Y, al ver, en otra, ocasión, a un corderito devorado por un cerdo: « i Ah, corderito-exclamó-, cómo me recuerdas al vivo la muerte de mi Salvador!»

Este gran personaje de nuestros tiempos, Francisco de Borja, cuando todavía era duque de Gandía e iba de caza, se entretenía en mil devotos pensamientos: «Me maravillaba -decía después él mismo-, de cómo los halcones vuelven a la mano, se dejan tapar los ojos y atar a la percha, y los hombres son tan rebeldes a la voz de Dios».

El gran San Basilio dice que la rosa entre las espinas sugiere esta reflexión a los hombres: «Lo más agradable de este mundo, ¡oh mortales!, anda mezclado de tristeza; nada hay que sea enteramente puro: el dolor siempre acompaña a la alegría, la viudez al matrimonio, el trabajo a la fertilidad, la ignominia a la gloria, la injuria a los honores, el tedio a las delicias y la enfermedad a la salud. La rosa-dice este personaje-, es una flor, pero me causa una gran tristeza, porque me recuerda el pecado, por el cual la tierra ha sido condenada a producir espinas».

Una alma devota, al ver un riachuelo y al contemplar en él el cielo reflejado con sus estrellas, en una noche serena, decía: « ¡ Oh, Dios mío!, estas mismas estrellas estarán bajo tus pies, cuando me hayas recibido en tus santos tabernáculos; y, así como las estrellas se reflejaban en la tierra, así también los hombres de la tierra están reflejados en el cielo, en la fuente viva de la caridad divina».

Otro, al ver la corriente de un río, exclamaba: «Mi alma jamás tendrá reposo hasta que se haya abismado en el mar de la Divinidad, que es su origen». Y San Francisco, mientras contemplaba un hermoso riachuelo, en cuya orilla se había arrodillado, para orar, fue arrebatado en éxtasis y repetía muchas veces estas palabras: «La gracia de mi Dios se desliza dulce y suavemente como este pequeño riachuelo».

Otro, al ver cómo florecían los árboles, suspiraba: « ¿ Por qué soy yo el único que no florezco en el jardín de la Iglesia?» Otro, al ver los polluelos cobijados bajo su madre: « ¡ Oh Señor! -decía-, guárdanos bajo la sombra de tus alas». Otro, al ver el girasol, preguntaba. «¿Cuándo será, mi Dios, que mi alma seguirá los atractivos de tu bondad?» Y, al contemplar los pensamientos del jardín, hermosos a la vista, pero sin perfume, decía: « ¡ Ah! así son mis pensamientos, hermosos en la forma, pero sin fruto».

He aquí, mi Filotea, cómo se sacan los buenos pensamientos y las santas inspiraciones de ;as cosas que se nos ofrecen, en medio de la variedad de esta vida mortal. Desgraciados los que alejan a las criaturas del Creador, para convertirlas en instrumento de pecado; bienaventurados los que se sirven de ellas para la gloria de su Creador y hacen que su vanidad redunde en honor de la verdad. «Ciertamente -dice San Gregorio Nacianzeno-, me he acostumbrado a referir todas las cosas a mi provecho espiritual». Lee el epitafio que escribió San Jerónimo acerca de Santa Paula, porque es bella cosa ver cómo todo él está lleno de santas inspiraciones y pensamientos que ella hacía en todas las ocasiones.

Pues bien, en este ejercicio del retiro espiritual y de las oraciones jaculatorias estriba la gran obra de la devoción. Este ejercicio puede suplir el defecto de todas las demás oraciones, pero su falta no puede ser reparada por ningún otro medio. Sin él, no se puede practicar bien la vida contemplativa, ni tampoco, cual conviene, la vida activa; sin él, el descanso es ociosidad, y el trabajo, estorbo. Por esta causa te recomiendo muy encarecidamente que lo abraces con todo el corazón, sin apartarte jamás de él.



CAPÍTULO XIV

DE LA SANTA MISA Y CÓMO SE HA DE OÍR

1. Todavía no te he hablado del sol de las prácticas espírituales, que es el santísimo, sagrado y muy excelso sacrificio y sacramento de la Misa, centro de la religión cristiana, corazón de la devoción, alma de la piedad, misterio inefable, que comprende el abismo de la caridad divina, y por el cual Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica magníficamente sus gracias y favores.

2. La oración, hecha en unión de este divino sacrificio, tiene una fuerza indecible, de suerte, Filotea, que, por él, el alma abunda en celestiales favores, porque se apoya en su Amado, el cual la llena tanto de perfumes y suavidades espirituales, que la hace semejante a una columna de humo de leña aromática, de mirra, de incienso y de todas las esencias olorosas, como se dice en el Cantar de los Cantares.

3. Haz, pues, todos los esfuerzos posibles, para asistir todos los días a la santa Misa, con el fin de ofrecer.. con el sacerdote, el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Los ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, siempre están allí presentes, en gran número, para honrar este santo misterio; y nosotros, juntándonos a ellos y con la misma intención, forzosamente hemos de recibir muchas influencias favorables de esta compañía. Los coros de la Iglesia militante, se unen y se juntan con Nuestro Señor, en este divino acto, para cautivar en Él, con Él y por Él, el corazón de Dios Padre, y para hacer enteramente nuestra su misericordia. ¡ Qué dicha para el alma aportar devotamente sus afectos para un bien tan precioso y deseable!

4. Si forzosamente obligada, no puedes asistir a la celebración de este augusto sacrificio, con una presencia real, es menester que, a lo menos' lleves allí tu corazón, para asistir de una manera espiritual. A cualquiera hora de la mañana ve a la iglesia en espíritu, si no puedes ir de otra manera; une tu intención a la de todos los cristianos, y, en el lugar donde te encuentres, haz los mismos actos interiores que harías, si estuvieses realmente presente a la celebración de la santa Misa en alguna iglesia.

5. Ahora bien, para oír, real o mentalmente, la santa Misa, cual conviene: 1.º Desde que llegas, hasta que el sacerdote ha subido al altar, haz la preparación juntamente con él, la cual consiste en ponerte en la presencia de Dios, en reconocer tu indignidad y en pedir perdón por tus pecados,2º Desde que el sacerdote sube al altar hasta el Evangelio, considera la venida y la vida de Nuestro Señor en este mundo, con una sencilla y general consideración. 3º Desde el Evangelio hasta después del Credo, considera la predicación de nuestro Salvador, promete querer vivir y morir en la fe y en la obediencia de su santa palabra y en la unión de la santa Iglesia católica. 4º Desde el Credo hasta el Pater Noster, aplica tu corazón a los misterios de la muerte y pasión de nuestro Redentor, que están actual y esencialmente representados en este sacrificio, el cual, juntamente con el sacerdote y el pueblo, ofrecerás a Dios Padre, por su honor y por tu salvación. 5º Desde el Pater Noster hasta la comunión, esfuérzate en hacer brotar de tu corazón mil deseos, anhelando ardientemente por estar para siempre abrazada y unida a nuestro Salvador con un amor eterno. 6º Desde la comunión hasta el fin, da gracias a su divina Majestad por su pasión y por el amor que te manifiesta en este santo sacrificio, conjurándole por éste, que siempre te sea propicio, lo mismo a ti que a tus padres, a tus amigos y a toda la Iglesia, y, humillándote con todo tu corazón recibe devotamente la bendición divina que Nuestro Señor te da por conducto del celebrante.

Pero, si, durante la Misa, quieres meditar los misterios que hayas escogido para considerar cada día, no será necesario que te distraigas en hacer actos particulares, sino que bastará que, al comienzo, dirijas tu intención a querer adorar a Dios y ofrecerle este sacrificio por el ejercicio de tu meditación u oración, pues en toda meditación se encuentran estos mismos actos o expresa, o tácita o virtualmente.



CAPÍTULO XV

DE OTROS EJERCICIOS PÚBLICOS Y EN COMÚN

 

Además de esto, Filotea, los domingos y días de fiesta, asistirás al oficio de las Horas y de las Vísperas, si puedes buenamente; porque estos días están dedicados a Dios, y han de hacerse más actos en honor y gloria suya, que los demás días. Si así lo hicieres, sentirás mil dulzuras de devoción, como le ocurría a San Agustín, el cual afirma en sus confesiones que, al oír los divinos oficios, en los comienzos de su conversión, se derretía su corazón de suavidad y se arrasaban sus ojos de lágrimas de piedad. Aparte (para decirlo de una vez por todas) de que se siente más consuelo en los ejercicios públicos de la Iglesia, que en los actos particulares, pues Dios ha dispuesto que la comunidad sea preferible a cualesquiera singularidades.

 

Entra de buen grado en las cofradías del lugar donde resides, especialmente en aquellas cuyos ejercicios producen más fruto de edificación; porque, en esto, practicarás una especie de obediencia muy agradable a Dios, pues si bien no está mandado el ingreso en las cofradías, no obstante está muy recomendado por la Iglesia, la cual, para demostrar que es su deseo el que muchos se alisten en ellas, concede indulgencias y otros privilegios a los cofrades. Además, siempre es cosa muy caritativa concurrir y cooperar a los buenos intentos de otros. Y, aunque pueda darse el caso de que alguno haga, en particular, los mismos actos de piedad que, en las cofradías, se hacen en común, y aunque encuentre más gusto en hacerlos privadamente, Dios, empero, es más glorificado en la unión de nuestras buenas obras con las de nuestros hermanos.

 

Lo mismo digo de toda clase de preces y devociones públicas, a las cuales, en la medida de lo posible, hemos de aportar nuestro buen ejemplo, para la edificación del prójimo, y nuestro celo por la gloria de Dios y por las intenciones de la comunidad. 



CAPITULO XVI 

QUE SE DEBE HONRAR E INVOCAR A LOS SANTOS



Pues Dios frecuentemente nos envia sus inspiraciones por medio de sus Angeles, debido es que por ellos le enviemos nosotros con frecuencia nuestros suspiros: y pues hacen también el mismo oficio de inspirarnos y suspirar por nosotros las almas santas de los difuntos que habitan el paraiso juntamente con los Angeles, y son semejantes é iguales á ellos, como dice Jesucristo, juntemos nuestros corazones, Filotea, con estos espíritus celestiales y almas bienaventuradas: y así como los ruiseñores, cuando son polluelos, aprenden á cantar de los que ya son grandes, así nosotros, por el trato espiritual que hemos de tener con los Santos, aprenderemos á orar y cantar con mayor perfeccion las divinas alabanzas: por eso decia David45Cantaré Salmos en tu loor, Dios mio, en presencia de los Angeles.


Honra, reverencia y respeta con especial amor á la sagrada y gloriosa Virgen María, porque es madre de nuestro Padre soberano, y por consiguiente nuestra gran madre. Recurramos, pues, á ella, y como hijuelos suyos echémonos en su regazo en todo tiempo y ocurrencia con firmísimo confianza: invoquemos á esta dulce madre, imploremos su amor maternal, procuremos imitar sus virtudes, y tengamos un afecto verdaderamente filial para con esta Señora.
Procura tener trato familiar con los ángeles, mirándolos muy á menudo invisiblemente presentes á todas las acciones de tu vida, pero especialmente has de amar y reverenciar al custodio de la diócesis en que vives, á los de las personas con quienes tratas, y sobre todo al tuyo. Házles continuas súplicas, alábalos con frecuencia, y valte de su auxilio y socorro en todas tus necesidades espirituales y temporales, para que ellos cooperen á tus intenciones.

El gran Pedro Fabro, primer sacerdote, primer predicador, primer lector de teología de la santa Compañía del nombre de Jesus, y primer compañero del B. Ignacio, fundador de ella, viniendo una vez de Alemania, en donde habia hecho grandes servicios á la gloria de nuestro Señor, y pasando por esta diócesis, patria suya, contó que habiendo atravesado muchos lugares de herejes, en ellos había recibido grandes consuelos, saludando, al llegar a cada una de las parroquias, a los ángeles protectores de ellas, los cuales sensiblemente se le habían mostrado propicios, ya defendiéndole de las emboscadas de los herejes, ya llenando a muchas almas de dulzura y docilidad para recibir la doctrina de salvacion. Decíia esto con tanto encarecimiento, que una señorita, que entonces siendo muy joven, lo oyó de su boca, cuatro años ha, esto es, al cabo de mas de sesenta lo refería llena de ternura. Gran consuelo tuve yo el año pasado en consagrar un Altar en el mismo puesto en que Dios ordenó que naciese este bienaventurado varon en un pueblecito de nuestras mas elevadas montañas llamado Villaret.

Elige algunos Santos en particular, cuyas vidas te pueden servir de consuelo y de modelo, y ten especial confianza en su intercesion. El de tu nombre ya va por supuesto, porque te fue dado en el Bautismo.


CAPITULO XVII

COMO SE HA DE ESCUCHAR Y ENTENDER LA PALABRA DE DIOS

Seas devota de la palabra de Dios. Tanto si la escuchas en las conversaciones familiares con tus amigos espirituales, como si la escuchas en el sermón, hazlo siempre con atención y reverencia; saca de ella provecho, y no permitas que caiga en tierra, sino recíbela en tu corazón, como un bálsamo precioso, a imitación de la Santísima Virgen, que guardaba cuidadosamente en el suyo todas las palabras que se decían en alabanza de su Hijo. Y recuerda que Nuestro Señor recoge las palabras que nosotros le dirigimos en nuestras plegarias, a proporción de como nosotros recogemos las que Él nos dice por medio de la predicación.

Ten siempre cerca de ti, algún libro de devoción, como lo son los de San Buenaventura, Gerson, Dionisio, Cartusiano, Luis de Blois, Granada, Estella, Arias, Pinelli, La Puente, Ávila, el Combate espiritual, las Confesiones de San Agustín, las cartas de San Jerónimo, y otros semejantes; y cada día lee un fragmento, con gran devoción, como si leyeses cartas enviadas a ti por los santos, desde el cielo, para enseñarte el camino y alentarte a llegar a él.


Lee también las historias y las vidas de los santos, en las cuales, como en un espejo, contemplarás la imagen de la vida cristiana, y ajusta sus actos a tu aprovechamiento, según tu profesión. Porque, aunque muchos actos de los santos no son absolutamente imitables por los que viven en medio del mundo, todos, empero, pueden ser seguidos de cerca o de lejos. La soledad de San Pablo, primer ermitaño, puede ser imitada en tus retiros espirituales o reales, de los cuales hablaremos y hemos tratado más arriba; la extremada pobreza de San Francisco puede ser imitada mediante las prácticas de pobreza que indicaremos después, y así de las demás virtudes. Es verdad que hay ciertas historias que dan más luz que otras, para la dirección de nuestra conducta, como la vida de Santa Teresa de Jesús, la cual es admirable en este aspecto; las vidas de los primeros jesuitas, la de San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán; la de San Luis, la de San Bernardo, las Crónicas de San Francisco, y otras semejantes. Otras hay, en las cuales se encuentra más materia de admiración que de imitación, como la de Santa María Egipciaca, la de San Simeón Estilita, las de las dos santas Catalinas, de Sena y de Génova, de Santa Agueda, y otras por el estilo, que no dejan, no obstante, de producir, en general, un grato gusto de santo amor de Dios. 



CAPÍTULO XVIII

COMO SE HAN DE RECIBIR LAS INSPIRACIONES

 

Entendemos por inspiraciones todos los atractivos, movimientos, reconvenciones y remordimientos interiores, luces y conocimientos que recibimos de Dios, el cual previene nuestro corazón con sus bendiciones, con cuidado y amor paternal, para despertarnos, excitarnos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a los buenos propósitos, en una palabra, a todo lo que nos encamina hacia nuestro bien eterno. Es lo que el Esposo entiende por llamar a la puerta y hablar al corazón de la Esposa, despertarla cuando duerme, llamarla y reclamarla cuando está ausente, invitarla a gustar la miel y a coger las manzanas y las flores de su jardín y a cantar y hacer resonar su dulce voz en sus oídos.

Para ajustar perfectamente un casamiento, se requieren tres actos de parte de la doncella que quiere casarse: porque, primeramente, se le propone el partido; en segundo lugar acepta la propuesta, y finalmente, consiente. Asimismo, Dios, cuando quiere hacer en nosotros, por nosotros y con nosotros un acto de gran caridad, primero nos lo propone por medio de sus inspiraciones; después nosotros lo aceptamos, y, por último, consentimos en él; porque, así como para descender hasta el pecado, hay que pasar por tres grados; la tentación, la delectación y el consentimiento, de la misma manera, hay tres para subir hasta la virtud: la inspiración, que es contraria a la tentación; la delectación en la inspiración, que es contraria al deleite en la tentación, y el consentimiento en la inspiración, que es contrario al consentimiento en la tentación.Aunque la inspiración se prolongase durante todo el tiempo de nuestra vida no seríamos, sin embargo, agradables a Dios, si no nos deleitásemos en ella; al contrario: su divina Majestad ::>e ofendería, como se ofendió contra los israelitas, con los cuales, como Él mismo nos lo dice, estuvo por espacio de cuarenta años exhortándoles a que se convirtiesen, sin que jamás hubiesen querido saber nada de ello, por lo que juró, en su ira, que no entrarían en el lugar de su reposo. Así, el galán que hubiese estado, durante mucho tiempo, haciendo la corte a una doncella, quedaría después muy ofendido, si ella no quisiera saber nada del casamiento.

 

El placer que encontramos en las inspiraciones nos acerca mucho a la gloria de Dios, con lo que ya comenzamos a ser agradables a la divina Majestad, pues, aunque esta complacencia no sea un verdadero consentimiento, es una cierta disposición. Y, si es muy buena señal y cosa muy útil complacerse en oír la palabra de Dios, que es como una inspiración interior, es también cosa buena y agradable a Dios complacerse en la inspiración interior; ésta es aquella complacencia de la cual habla la Esposa, cuando dice: «Mi alma se ha derretido de gozo, cuando ha hallado a mi muy amado». Así, el galán está muy contento de la damisela a quien sirve, cuando ve que es correspondido y que ella se complace en su servicio. 

Finalmente, es el consentimiento el que perfecciona el acto virtuoso, porque, si estando inspirados y habiéndonos complacido en la inspiración, no obstante negamos a Dios el consentimiento, somos en gran manera desagradecidos y hacemos gran agravio a su divina Majestad, pues entonces parece que es mayor el desprecio. Esto es lo que ocurrió a la Esposa, pues, aunque la voz del amado estremeció su corazón de santa alegría, no obstante no le abrió la puerta, sino que se excusó con un frívolo pretexto, lo cual dio lugar a que el Esposo se indignase justamente y, pasando de largo, la dejase. Así el galán, que, después de haber suspirado mucho por una joven y de haberle prestado agradables servicios, se viese al fin rechazado y despreciado, tendría muchos más motivos de disgusto que si su requerimiento no hubiese sido aceptado y correspondido. Resuélvete, pues, Filotea, a aceptar con todo el afecto todas las inspiraciones que a Dios pluguiere enviarte, y, cuando las sientas, recíbelas como mensajeras del Rey celestial, que desea desposarse contigo. Escucha de buen grado sus propuestas; considera el amor con que te las ha inspirado y fomenta la santa inspiración. Consiente, pero con un consentimiento pleno, amoroso y constante, a la santa inspiración, porque, de esta manera, Dios, a quien no puedes obligar, se tendrá por muy obligado a tu afecto. Pero antes de consentir en las inspiraciones de cosas importantes y extraordinarias, aconséjate, para no ser engañada, con tu confesor, a fin de que 61 examine si la inspiración es falsa o verdadera; pues ocurre que el enemigo, cuando ve un alma pronta en dar consentimiento a las inspiraciones, le sugiere, con frecuencia, cosas falsas, para engañarla, lo cual nunca podrá lograr mientras ella obedezca con humildad al director.

Una vez dado el consentimiento, es menester procurar, con mucha diligencia, llevar a la práctica y ejecutar la inspiración, en lo cual consiste la perfección de la verdadera virtud; porque tener el consentimiento en el corazón sin realizarlo, sería lo mismo que plantar una viña sin querer que diese fruto. 

Ahora bien, para ello es muy útil el «ejercicio del cristiano» de la mañana y el retiro espiritual, de que hemos hablado más arriba, pues, de esta manera, nos preparamos para hacer el bien, con una preparación, no sólo general, sino, además, particular. 




CAPITULO XIX

DE LA SANTA CONFESION


Ha dejado nuestro Salvador á su Iglesia el sacramento de la Penitencia y Confesion, para que en él nos lavemos de todas nuestras iniquidades siempre que nos hallemos manchados; y así no consientas, Filotea, que permanezca largo tiempo contaminada con el pecado de tu alma, pues tienes un remedio tan pronto y fácil. La leona que ha estado con el leopardo al instante corre á lavarse, para disipar el hedor que le queda de su contacto, no sea que viniendo el leo se ofenda é irrite: así el alma que ha consentido en la culpa se ha de horrorizar de sí misma, y limpiarse lo mas pronto que pueda, por el respeto que debe tener a los ojos de Dios que le están mirando: á mas de que es gran necesidad estar muertos en el espíritu, teniendo un tan soberano remedio.
Confiésate pues humíllate y devotamente cada ocho dias, y si puedes siempre que hayas de comulgar, aunque no sientas en tu conciencia remordimiento alguno de pecado mortal, pues en la confesión recibirás el perdon de los pecados veniales que confesares, gran fortaleza para evitarlos en adelante, mucha luz para discernirlos bien, y abundante gracia para resarcir todo el daño que te hubieren causado: practicarás al mismo tiempo las virtudes de humildad, obediencia, sencillez y caridad, y en solo este acto de confesarte ejercitarás mas virtudes que en otro alguno.

Ten siempre verdadero dolor de los pecados que te confiesas, por ligeros que sean, y firme propósito de la enmienda para en adelante. Muchos hay que pierden grandes bienes y mucho aprovechamiento espiritual, porque confesándose de los pecados veniales, como por costumbre y cumplimiento, sin pensar enmendarse, permanecen toda la vida cargados de ellos; y así si te confiesas de haber mentido, aunque sea sin perjuicio, o de haber dicho alguna palabra descompuesta, o de haber juzgado con algun esceso, arrepiéntete y haz propósito firme de la enmienda, porque es abuso confesarte de cualquiera especie de pecado, sea mortal o sea venial, sin querer purificarse de él, puesto que la confesión se ha instituido para esto.

No te acuses solamente con aquellas fórmulas superfluas, que muchos dicen por costumbre: yo no he amado á Dios tanto como debia, no he orado con la devoción que debiera, no he amado á mi prójimo como debiera amarle, no he recibido los santos sacramentos con la reverencia que es debida y otras semejantes. La razón es, porque diciendo esto, no dices nada en particular, que pueda manifestar al confesor el estado de tu conciencia, pues cuantos hombres hay en la tierra y cuantos santos están en el cielo pudieran decir lo mismo si se confesasen. Examina qué motivo particular tienes de acusarte de estas cosas, y cuando le hayas conocido, acúsate sencilla y claramente de aquella falta que has cometido. Pongo por ejemplo, te acusas de no haber amado al prójimo como debías, quizá será porque habiendo visto algun pobre muy necesitado, y pudiendo tú fácilmente socorrerle y consolarle, no tuviste cuenta de ejecutarlo: pues bien, acúsate de esta particularidad y dí: habiendo visto un pobre necesitado, no lo he socorrido como podía por negligencia, ó por dureza de corazon, ó por desprecio, segun de lo que conozcas haber nacido esta falta. Del mismo modo, no te acuses de no haber orado a Dios con tanta devocion como debias, sino de haber tenido distracciones voluntarias, ó no haber buscado lugar y tiempo oportuno, o no haber estado en postura conveniente para tener atencion, segun conocieres haber faltado, sin hablar en la confesión con esa generalidad, que ni ata ni desata.
Has de expresar tambien si te has detenido largo tiempo en el mar, pues la prolongacion del tiempo de ordinario acrecienta mucho la culpa, porque hay gran diferencia entre una vanidad pasajera que aya ocupado el espíritu por espacio de un cuarto de hora, y otra en que el corazón se mantuvo sumergido uno, dos ó tres dias. En suma, es menester decir el hecho, el motivo y la duracion de las culpas; pues aunque por lo común no hay obligación de explicar tan puntualmente los pecados veniales, y en rigor no estamos obligados á confesarlos, con todo, los que quieren purificar bien sus almas para llegar mejor á la devocion santa, deben ser muy cuidadosos en manifestar claramente al médico espiritual la enfermedad, de que buscan el remedio, por pequeña que sea.

En la acusación de los pecados veniales, no digas solamente el hecho, sino tambien el motivo que te ha inducido a cometerlos. Pongo por ejemplo, no te contentes con decir: he mentido sin perjuicio de nadie, dí tambien si ha sido por vanagloria, para alabarte o excusarte, o por alegría vana ó por no ceder de tu opinión: si has pecado en el juego, esplica si fué por deseo de ganar, ó por el placer de la conversación: y así de los demas.

Ten cuenta con ciertos pecados que de ordinario, sin que se eche de ver, viven y reinan en la conciencia; y confiésalos para purificarte de ellos. A este efecto convendrá que leas con cuidado los capítulos 6, 27, 28, 29, 35 y 36 de la tercera parte, y el capitulo 8 de la cuarta. No andes mudando de confesor con poca causa, sino continúa con el que hayas escogido, y dale cuenta de tu conciencia los días señalados para ello, diciéndole con claridad y franqueza los pecados que hayas cometido: y de tiempo en tiempo como de mes a mes, ó de dos en dos meses, le dirás tambien el estado de tus inclinaciones, aunque en ellas no haya pecado, como por ejemplo, si te has visto atormentada de la tristeza ó del disgusto, si eres llevada de la alegría o del deseo de adquirir bienes temporales, y otras semejantes inclinaciones.

No omitas pues nada de cuanto convenga para declarar bien la calidad de la ofensa, como es el motivo porque te encolerizaste, ó porque permite que alguno permaneciese en el vicio. Pongo por ejemplo, una chanza ligera, si me la dice uno que me desagrada, quizá será bastante para irritarme, entendiéndola en mal sentido, y tal vez hubiera echado a buena parte otra espresion mucho mas picante, dicha por alguno que me cayese en gracia: pues en este caso he de espresar, que me dejé llevar de la cólera hasta decir palabras descompuestas contra una persona, cuyas expresiones tomé en mal sentido, no por la calidad de las palabras, sino porque me enfadaba el que las decía: y aun si fuere necesario, para declarar mejor el hecho, espresar las palabras, pienso que será acertado el decirlas; porque acusándose con esta franqueza, no solo se manifiestan los pecados cometidos, sino también las malas inclinaciones, costumbres, hábitos y otras raíces de la culpa, y con esto el padre espiritual adquiere un conocimiento mas completo del corazon y de los remedios propios para curarle: pero sin embargo siempre es menester cuidado con no manifestar, en cuanto sea posible, el sujeto que ha tenido parte en la culpa.


CAPÍTULO  XX

                                                                                                            DE LA COMUNIÓN FRECUENTE

 

Se  cuenta de Mitrídates, rey del Ponto, que, habiendo  inventado el «mitrídato», de tal manera  reforzó con él su cuerpo, que como hubiese  intentado más tarde suicidarse, para no caer en la  servidumbre de los romanos, nunca pudo lograrlo. El Salvador  ha instituido el augustísimo sacramento de la  Eucaristía, que contiene realmente su carne y su  sangre, para que quien le coma viva eternamente; por esta  causa, el que usa de él con frecuencia y con  devoción, de tal manera robustece la salud y la vida  de su alma, que es casi imposible que sea envenenado por  ninguna clase de malos efectos. Es imposible alimentarse de  esta carne y vivir con afectos de muerte. Porque, así  como los hombres del paraíso terrenal podían  no morir, por la fuerza de aquel fruto de vida que Dios  había puesto allí, de la misma manera pueden  no morir espiritualmente, por la virtud de este sacramento  de vida. Si los frutos más tiernos y más  sujetos a la corrupción, como las cerezas, los  albaricoques y las fresas, fácilmente se conservan  todo el año confitados con azúcar y con miel,  no es de maravillar que nuestros corazones, aunque flacos y  miserables, sean preservados de la corrupción del  pecado, cuando están azucarados y dulcificados con la  carne y la sangre del Rijo de Dios. ¡Oh Filotea! los  cristianos que serán condenados no sabrán  qué responder, cuando el imparcial Juez les haga ver  que, por su culpa, han muerto espiritualmente, siendo  así que era una cosa muy sencilla conservar IP vida y  la salud, con sólo comer su Cuerpo, que Él les  había dado con este fin: «Miserables -les  dirá-, ¿por qué habéis muerto,  habiéndoos mandado comer del fruto y del manjar de  vida?»

 

 «En  cuanto a recibir la comunión eucarística todos  los días, ni lo alabo ni la repruebo; en cuanto a  comulgar a lo menos todos los domingos, lo aconsejo y  exhorto a todos a que lo hagan, con tal que el alma  esté libre de todo afecto al pecado». Así habla San Agustín, por lo cual no alabo ni vitupero  absolutamente el que se comulgue diariamente, sino que lo  dejo a la discreción del padre espiritual de cada  uno, ya que, siendo menester las disposiciones debidas para  la comunión frecuente, no es posible dar un consejo  general; y, como que estas disposiciones pueden encontrarse  en muchas almas, no sería acertado aconsejar de una  manera absoluta el alejamiento y la abstención de la  comunión diaria, pues es una cuestión que se  ha de resolver teniendo en cuenta el estado interior de cada  uno en particular. Sería imprudente aconsejar a todos  indistintamente esta práctica; pero seria igualmente  imprudente censurar a los que la siguen, sobre todo si obran  aconsejados por algún digno director. Fue muy  graciosa le respuesta de Santa Catalina de Sena, a la cual,  mientras hablaba de la comunión frecuente, le opusieron que San Agustín no alababa ni vituperaba el  comulgar cada día: «Pues bien-replicó  ella-, puesto que San Agustín no lo reprueba, os  ruego que tampoco lo reprobéis vosotros, y esto me  basta».

 

 Filotea,  has visto cómo San Agustín exhorta y aconseja  que no se deje de comulgar cada domingo; hazlo siempre que  te sea posible. Puesto que, como creo, no tienes  ningún afecto al pecado mortal, ni tampoco al pecado  venial, ya estás en la verdadera disposición  que San Agustín exige, y aún en una  disposición más excelente, pues ni siquiera  tienes afecto al pecado; por lo tanto, cuando le parezca  bien a tu padre espiritual, podrás comulgar, con  provecho, más de una vez cada semana.

 

 Es  posible, empero, que sobrevengan algunos impedimentos,. no  precisamente de tu parte, sino de parte de aquellos con quienes convives, impedimentos que, en alguna  ocasión, pueden aconsejar a un. director prudente el  que te diga que no comulgues con tanta frecuencia. Por  ejemplo, si estás sujeto a alguien, y las personas a  las cuales debes obediencia y sujeción están  tan poco instruidas, o están tan pegadas a su  parecer, que se inquietan o enojan al ver que comulgas con  tanta frecuencia, quizás, bien consideradas todas las  cosas será mejor condescender un poco con su  debilidad y comulgar menos. Pero esto únicamente se  entiende del caso en el cual la dificultad no pueda ser  superada de otra manera. Mas, como quiera que esto no se  puede precisar de una manera general, será  conveniente atenerse, en cada caso a lo que diga el padre espiritual. Lo que puedo asegurarte es que no pueden distar  mucho unas de las otras las comuniones de los que quieren  servir devotamente a Dios.

 

 Si  eres prudente, no habrá ni padre, ni esposa, ni  marido, que te impida comulgar frecuentemente; porque el ir  a comulgar no será ningún estorbo para el  cumplimiento de los deberes propios de tu condición;  más aún, como que, comulgando, serás  cada día más dulce y más amable con  ellos y no les negarás ningún servicio, no  habrá por qué temer que se opongan a la  práctica de este ejercicio, que no les  acarreará ninguna molestia, a no ser que obren  movidos por un espíritu en extremo quisquilloso e incomprensivo; en este caso, el director, como ya te lo he  dicho, te aconsejará cierta condescendencia.

 

 Es  conveniente, ahora, decir cuatro palabras a los casados. En  la Ley antigua, no era cosa bien vista que los acreedores exigiesen el pago de las deudas en día festivo, pero  aquella Ley nunca reprobó que los deudores cumpliesen  sus obligaciones y pagasen a los que lo exigían. En  cuanto a los derechos conyugales, si bien es de alabar la  moderación, no es pecado hacer uso de los mismos los  días de comunión, y el pagarlos no sólo  no es reprobable, sino que es justo y meritorio. Así,  pues, nadie que tenga obligación de comulgar se ha de  privar de la comunión a causa de las relaciones  conyugales. En la primitiva Iglesia, los cristianos  comulgaban cada día, aunque estuviesen casados y  tuviesen fruto de bendición; por esto te he dicho que  la comunión frecuente no ocasiona ninguna molestia ni  a los padres, ni a las esposas, ni a los maridos con tal que  el alma que comulga sea prudente y discreta. En cuanto a las  enfermedades corporales, ninguna puede ser legítimo  obstáculo para esta santa participación, a no  ser que provocase con mucha frecuencia el vómito.

Para  comulgar con frecuencia basta con estar libre de pecado  mortal y tener un recto deseo de hacerlo. Siempre, empero,  es mejor que pidas el parecer al padre  espiritual.




CAPÍTULO  XXI

COMO SE HA  DE COMULGAR

 

 

La  noche anterior, comienza a prepararte para la Sagrada  Comunión, con muchas aspiraciones y deseos amorosos,  y acuéstate a la hora conveniente, para que puedas  levantarte temprano. Y, si, durante la noche te despiertas,  llena enseguida tu corazón o tu boca de palabras  olorosas, con las cuales sea tu alma perfumada para recibir  al Esposo, el cual, en vela, mientras tú duermes, se  prepara para traerte mil gracias y favores, si tú,  por tu parte, estás en disposición de  recibirlos. Por la mañana, levántate con gran  alegría, por la bienaventuranza que esperas, y una  vez confesada, ve con gran confianza, mas también con gran humildad, a recibir este pan celestial, que te alimenta  para la inmortalidad. Y, después que hubieres dicho  estas palabras: «Señor, yo no soy digna»,  no muevas más la cabeza ni los labios, ni para rezar  ni para suspirar, sino que, abriendo con suavidad la boca y  levantando lo necesario la cabeza, para que el sacerdote  pueda ver lo que hace, recibe, llena de fe, de esperanza y  de caridad, a Aquel, en el cual, por el cual y para el cual,  crees, esperas y amas. ¡Oh Filotea! imagínate  que, así como la abeja, después de haber  chupado de las flores el rocío del cielo y el  néctar más exquisito de la tierra, y,  después de haberlo convertido en miel, lo lleva a su  panal, de la misma manera, el sacerdote, después de  haber tomado del altar el Salvador del mundo, verdadero Hijo  de Dios, que, como rocío, desciende del cielo, y  verdadero Hijo de la Virgen, que, corno una flor, ha brotado  de la tierra de nuestra humanidad, lo pone, como manjar de  suavidad, en tu boca y en tu corazón. Una vez lo  hayas recibido, mueve tu corazón a rendir homenaje a  este Rey Salvador; habla con Él de tus  interioridades, contémplalo dentro de ti, donde ha  entrado para tu felicidad; finalmente, hazle tan buena  acogida como puedas y pórtate de manera que, en todos  los actos, se conozca que Dios está en ti.

Pero,  cuando no puedas tener el gozo de comulgar realmente en la  santa Misa, comulga, a lo menos, de corazón y en  espíritu, uniéndote, con fervoroso deseo, a  esta carne vivificadora del Salvador.

 
Tu  gran anhelo, en la comunión, ha de ser avanzar,  robustecerte y consolarte en el amor de Dios, ya que por  amor, debes recibir al que, sólo por amor, se da a  ti. No, el Salvador no puede ser considerado en una  acción ni más amorosa ni más tierna que  ésta, en la cual podemos afirmar que se anonada y  convierte en manjar, para penetrar en nuestras almas y  unirse íntimamente al corazón y al cuerpo de  sus fieles. 

 Si  los mundanos te preguntan por qué comulgas con tanta  frecuencia, diles que lo haces para aprender a amar a Dios,  para purificarte de tus imperfecciones, para consolarte en  sus aflicciones, para apoyarte en tus debilidades. Diles que  son dos las clases de personas que han de comulgar con  frecuencia: las perfectas, porque, estando bien dispuestas,  faltarían, si no se acercasen al manantial y a la  fuente de perfección, y las imperfectas, precisamente  para que puedan aspirar a ella; las fuertes, para no  enflaquecer, y las débiles, para robustecerse; las  enfermas, para sanar, y las que gozan de salud, para no caer  enfermas; y tú, como imperfecta, débil y  enferma, tienes necesidad de unirte, con frecuencia, con tu  perfección, con tu fuerza y con tu médico.  Diles que los que no están muy atareados han de  comulgar con frecuencia, porque tienen tiempo para ello, y  que los que tienen mucho trabajo también, porque lo  necesitan, pues los que trabajan mucho y andan cargados de penas, han de tomar manjares sólidos y frecuentes.  Diles que recibes el Santísimo Sacramento para  aprender a recibirlo bien, porque no se hace bien lo que no  se hace con frecuencia.

Filotea,  comulga mucho, tanto cuanto puedas, con el parecer de tu  padre espiritual; y, créeme, las liebres de nuestras montañas, en invierno, se vuelven blancas porque no  ven ni comen más que nieve; y tú, a fuerza de  adorar y comer la belleza, la bondad y la pureza misma, en  este divino Sacramento, llegarás a ser toda hermosa,  toda buena y toda pura.



TERCERA  PARTE DE LA INTRODUCCIÓN

                                        Muchos  avisos sobre el ejercicio de las virtudes

 


 

CAPÍTULO  I

                                             DE LA  ELECCIÓN QUE CONVIENE HACER EN CUANTO AL EJERCICIO DE  LAS VIRTUDES  


 

El  rey de las abejas nunca penetra en los campos si no va  rodeado de su pequeño pueblo, y la caridad nunca  entra en un corazón si no lleva consigo todo el  séquito de las demás virtudes, a las que  ejercita y hace trabajar, como un capitán a sus soldados; pero no las pone en acción ni  súbitamente, ni de la misma manera, ni siempre, ni en  todas partes. El justo es «como el árbol  plantado junto a la corriente de las aguas' que lleva su  fruto a su tiempo», porque la caridad, al rociar una  alma, produce en ella las obras de virtud, y cada una a su  debido tiempo. «La música -dice el Proverbio-,  es inoportuna en un duelo». Muchos padecen de un  defecto, a saber, que cuando emprenden la práctica de  una virtud particular, se obstinan en hacer actos de la  misma en toda clase de ocasiones, y, como aquellos antiguos  filósofos, quieren o siempre reír o siempre llorar; y aun se conducen peor cuando censuran o critican a  los que no practican siempre aquellas mismas virtudes tal  como ellos lo hacen. «Hay que alegrarse con los que  están alegres y llorar con los que lloran», dice  el Apóstol, y «la caridad es paciente,  benigna», generosa, prudente, condescendiente.

Hay,  no obstante, algunas virtudes que tienen un alcance casi  universal, que no han de hacer sus actos aisladamente, sino  que han de derramar sus cualidades sobre los actos de las  demás virtudes. No son muy frecuentes las ocasiones  de practicar la fortaleza, la magnanimidad, la  magnificencia; pero la dulzura, la templanza, la honestidad  y la humildad son unas virtudes que han de informar todas  las acciones de nuestra vida. Hay virtudes más  excelentes que éstas: el uso, empero, de éstas  es más necesario. El azúcar es más  excelente que la sal; pero el uso de la sal es más  frecuente y más general. Por esta causa, es conveniente tener siempre dispuesta una buena  provisión de esas virtudes generales, pues es  menester servirse de ellas casi continuamente.

 

Entre  los ejercicios de las virtudes, hemos de escoger el que  cuadre mejor con nuestro cargo, y no el que es más  conforme a nuestro gusto. Santa Paula sentía mucho  placer en las asperezas de las mortificaciones corporales,  para gozar más fácilmente de las dulzuras  espirituales, pero mayor era el deber de obediencia a sus  superiores, por lo cual reconoce San Jerónimo que era  merecedora de reprensión, porque, contra el parecer  de su obispo, hacía abstinencias inmoderadas. Por el contrario, los apóstoles, encargados de predicar el  Evangelio por todo el mundo y de distribuir el pan del cielo  a las almas, creyeron, muy acertadamente, que habrían  obrado mal si se hubiesen distraído de este santo  ejercicio para practicar la virtud de socorrer a los pobres,  aunque esta virtud sea muy excelente. Cada vocación  tiene necesidad de practicar alguna especial virtud: unas  son las virtudes del prelado, otras las del príncipe,  otras las del soldado, otras las de una mujer casada, otras  las de una viuda; y, aunque todos han de tener todas las  virtudes, no todos, empero, las han de practicar igualmente, sino que cada uno ha de ejercitarse, particularmente, en  aquellas que exige el género de vida a que ha sido  llamado. 

Entre  las virtudes que no afectan a nuestros deberes particulares,  hemos de preferir las más excelentes a las más  vistosas. Los cometas nos parecen, por lo regular, mayores  que las estrellas, y, aparentemente, lo son; no obstante, ni  en grandeza ni en calidad pueden compararse con ellas; nos  parecen mayores únicamente porque están  más cerca de nosotros, y en un medio más  denso, comparado con el de las estrellas. De la misma  manera, hay ciertas virtudes que, por estar más cerca  de nosotros, porque son sensibles, y por decirlo así,  materiales, son muy apreciadas y siempre preferidas por el  vulgo, el cual tiene en más la limosna material que  la espiritual, el cilicio, el ayuno, el despojo, la  disciplina y las mortificaciones del cuerpo, que la dulzura,  la benignidad, la molestia y otras mortificaciones del  corazón, que, no obstante, son mucho más  excelentes. Escoge, pues, Filotea, las virtudes mejores y no  las más apreciadas; las más excelentes y no  las más vistosas, las más buenas y no las de  más relumbrón.

 

Es  muy útil que cada uno elija un ejercicio particular  de alguna virtud, no para olvidar las demás, sino  para tener el espíritu más ajustadamente  ordenado y ocupado. Una hermosa doncella, más  resplandeciente que el sol, regiamente adornada y embellecida y coronada de olivo, se apareció a San  Juan, obispo de Alejandría, y le dijo: «Yo soy  la hija del gran rey; si tú puedes tenerme por amiga,  te conduciré a su presencia». Entendió el  santo cue era la misericordia con los pobres lo que Dios le  recomendaba, y, en adelante, se consagró totalmente  al ejercicio de esta virtud, por lo que, en todas partes, se  le llamaba San Juan el Limosnero. Eulogio Alejandrino,  deseando hacer algún particular servicio a Dios, y no  sintiéndose bastante fuerte ni para emprender la vida  solitaria, ni para ponerse bajo la obediencia de otro,  cogió en su casa a un pobre todo él lleno de  lepra y deshecho, para ejercitar la caridad y la  mortificación, y para practicarlo más  dignamente, hizo voto de honrarle, tratarle y servirle como  un criado a su amo y señor. Tentados el leproso y  Eulogio de separarse el uno del otro, consultaron al gran  San Antonio, el cual les dijo: «Guardaos, hijos  míos, de separaros, porque teniendo ambos muy cerca vuestro fin, si el ángel no os encuentra juntos,  correréis gran peligro de perder vuestras  coronas».

 

El  rey San Luis visitaba, como por voto, los hospitales, y  servía a los enfermos con sus propias manos. San  Francisco amaba, sobre todo, la pobreza, a la que llamaba su  dama; Santo Domingo se entregó a la  predicación, de la cual tomó el nombre su Orden. A San Gregorio el Grande le gustaba tratar con  delicadeza a los peregrinos, a ejemplo del gran  Abralián, y, como éste hospedó al Rey  de la gloria, bajo la forma de un peregrino. Tobías  practicaba la caridad enterrando a los difuntos; santa Isabel, a pesar de ser tan gran princesa, amaba mucho la  propia abyección; Santa Catalina de Génova  habiendo quedado viuda, se consagró al servicio del  hospital. Cuenta Casiano que una devota doncella, que  deseaba ser ejercitada en la virtud de la paciencia,  acudió a San Atanasio, el cual, para complacerla, le  envió una pobre viuda malhumorada, irascible, quejumbrosa e insoportable, la cual, regañando  siempre a esta devota joven, le dio ocasión de  practicar dignamente la dulzura y la condescendencia.

Así,  entre los siervos de Dios, unos se consagran al servicio de  los enfermos, otros a socorrer a los pobres, otros a  enseñar la doctrina cristiana a los niños,  otros a guiar a las almas perdidas y extraviadas, otros a  cuidar de las iglesias y a adornar los altares, y otros a  fomentar la concordia y la paz entre los hombres. Imitan, en  esto, a los bordadores, los cuales, sobre diversos fondos,  combinan, con hermosa variedad, las sedas, el oro y la plata  para hacer toda clase de flores; así, estas almas  piadosas que emprenden algún ejercicio particular de  devoción, se sirven de él, como de un fondo,  para su bordado espiritual, sobre el cual practican la  variedad de todas las demás virtudes, y tienen, de  esta manera, sus acciones y afectos muy unidos y ordenados,  porque los relacionan con su ejercicio principal, y  así hacen que sea más hermosa su alma, con su vistoso tejido de oro ataviada, y con todas las filigranas  bien bordada.

 

Cuando  somos combatidos por algún vicio, es preciso, en la  medida de lo posible, emprender la práctica de la  virtud contraria, haciendo que todas las demás  cooperen, pues así venceremos a nuestro enemigo y no  dejaremos de avanzar en todas las virtudes.

Si  me siento combatido por el orgullo o por la ira, será  menester que, en todas las cosas, me incline y me doblegue  del lado de la humildad y de la mansedumbre, y que, hacia  este fin, enderece los demás ejercicios de la  oración, de los sacramentos, de la prudencia, de la  constancia, de la sobriedad. Porque así como los  jabalíes para afilar sus defensas, las frotan y  afirman con los demás dientes, los cuales, a su vez,  quedan con ello muy finos y cortantes, así el hombre  virtuoso, después de haber cometido la empresa de  perfeccionarse en la virtud que le es más necesaria  para su defensa, la ha de pulir y limar con el ejercicio de  las demás virtudes, las cuales, a la vez afilan  aquélla, se hacen ellas mismas más excelentes  y perfectas, como le ocurrió a Job, que, al  practicar, de un modo especial, la paciencia, contra las  tentaciones que le acometieron, se hizo santo y virtuoso en  toda suerte de virtudes. Y aún ha ocurrido que, como  dice San Gregorío Nacianceno, por un solo acto de  virtud, practicado con perfección, una persona ha  llegado a la cumbre de la santidad, y pone como ejemplo  Rahab, el cual, por haber practicado de una manera perfecta  la hospitalidad, llegó a una gloria suprema; pero  esto se entiende de cuando el acto se hace de una manera  excelente, con gran fervor y caridad.


CAPÍTULO  II

CONTINUACIÓN DEL MISMO RAZONAMIENTO SOBRE LA ELECCIÓN DE LAS VIRTUDES

Dice muy bien San Agustín que los que comienzan a ejercitarse
en la devoción cometen ciertas faltas, que, si atendemos al rigor de las leyes de la perfección, han de ser castigadas, pero que, no obstante, son loables por el buen presagio que revelan de una futura excelencia en la piedad, para la cual incluso sirven de disposición. Aquel servil y vulgar temor que engendran los excesivos escrúpulos en las almas recién salidas del camino del pecado, es una virtud recomendable en los que comienzan, y augurio seguro de una futura pureza de conciencia; pero este mismo temor sería vituperable en los que están muy adelantados, en cuyo corazón ha de reinar el amor, que, poco a poco, aleja esta clase de temor servil.

San Bernardo era, al principio, muy riguroso y muy áspero con los que se acogían a su dirección, a los cuales decía, sin preámbulos, que habían de dejar el cuerpo e ir a él solamente con el espíritu. Cuando oía sus confesiones, reprendía con una severidad extraordinaria toda suerte de faltas, por pequeñas que fuesen, y de tal manera movía a los pobres principiantes hacia la perfección, que, a fuerza de empujarlos, más bien los alejaba de ella; porque perdían el ánimo y el aliento al sentirse con tanta violencia arrastrados por una subida tan alta y tan empinada. Como ves, Filotea, era el celo ardentísimo de una perfecta pureza lo que inducía a aquel gran santo a seguir este método, y aquel celo era una gran virtud, pero virtud que no dejaba de ser reprensible. Por esto, el mismo Dios, por medio de una sagrada aparición, le corrigió, y derramó sobre su alma un espíritu dulce, suave, amable y delicado, merced al cual, fue todo otro, se acusó de haber sido tan exigente y severo, y llegó a ser tan afable y condescendiente con cada uno, que se hizo «todo» a todos para ganarlos a todos.

San Jerónimo, después de haber referido que Santa Paula, su amada hija espiritual, era, no sólo excesiva, sino pertinaz en sus mortificaciones, de suerte que no quería someterse a la orden en contra que su obispo, San Epifanio, le había dado en este punto, y que, además de esto, de tal manera se dejaba dominar por la tristeza, cuando moría alguno de los suyos, que siempre estaba en peligro de muerte, añade: «Dirán que, en lugar de escribir las alabanzas de esta santa, escribo las censuras y vituperios. Pongo por testigo a Jesús, a quien ella ha servido, y al cual yo quiero servir, que no miento, ni por exceso ni por defecto, sino que escribo ingenuamente lo que ella es, como un cristiano debe escribir de una cristiana, es decir, que escribo la historia, y no un panegírico, y que sus vicios son las virtudes de los demás». Quiere decir que las imperfecciones y los defectos de Santa Paula, serían virtudes en un alma menos perfecta, como, en efecto, hay actos que son considerados como imperfecciones en los que son perfectos, los cuales actos serían tenidos como grandes perfecciones en los que son imperfectos. Es muy buena señal, en un enfermo, la hinchazón de las piernas durante su convalecencia, porque ella revela que la naturaleza, al ser reforzada, elimina los malos humores, que en ella están de más; pero esta misma señal sería mala, en quien no estuviese enfermo, porque denotarla que la naturaleza no tiene la fuerza suficiente para hacer desaparecer y resolver los humores. Filotea, hemos de tener buen concepto de aquellos que practican las virtudes, aunque sea con imperfecciones, pues los mismos santos las practicaron, con frecuencia, de esta manera; pero, en cuanto a nosotros, hemos de tener cuidado de practicarlas, no sólo con fidelidad, sino también con prudencia, y, con este objeto, hemos de observar con todo rigor la advertencia del Sabio: «no estribes en tu propia prudencia», sino en la de aquellos que Dios nos ha dado por directores.

Hay muchas cosas que se toman por virtudes y que no lo son en manera alguna. Acerca de ellas quiero decirte cuatro palabras: tales son los éxtasis, los arrobamientos, las insensibilidades, las uniones deificadas, las elevaciones, las transformaciones y otras perfecciones por el estilo, de que tratan algunos libros, los cuales ofrecen elevar al alma hasta la contemplación puramente intelectual, a la aplicación esencial del espíritu y a la vida supereminente. Pues bien, Filotea, estas perfecciones no son virtudes, sino más bien recompensas que Dios otorga por las virtudes, o, mejor aún, una muestra de los goces de la vida futura, que alguna vez se concede a los hombres, para hacerles desear su total posesión, que sólo se encuentra en el cielo. Por lo mismo, no hay que aspirar a estas gracias, pues no son, en manera alguna, necesarias para servir bien y amar a Dios, lo cual ha de ser nuestro único anhelo. Además, con mucha frecuencia, son gracias que no podemos alcanzar con nuestro esfuerzo y trabajo, ya que más bien son pasiones que acciones, que podemos recibir, pero no producir en nosotros. Añado que no nos hemos de proponer otra cosa que llegar a ser personas de bien, devotas, hombres piadosos, mujeres piadosas; en esto, pues, hemos de trabajar; y si Dios quiere elevarnos a estas perfecciones angélicas, también seremos buenos ángeles; pero, entretanto, ejercitémonos sencilla, humilde y devotamente en las pequeñas virtudes, cuya adquisición ha propuesto Nuestro Señor a nuestro esfuerzo y trabajo; como la paciencia, la bondad, la mortificación del corazón, la humildad, la obediencia, la pobreza, la castidad, la amabilidad con el prójimo, el sufrir sus imperfecciones, la diligencia, el santo fervor.

Dejemos, pues, de buen grado, las sublimidades a las almas muy encumbradas: nosotros no merecemos un lugar tan alto en el servicio de Dios; dichosos seremos, si le servimos en la cocina, en la despensa, de lacayos, de mozos de cuerda, de camareros; es cosa de su incumbencia, si le parece bien llamarnos a su cámara y a su consejo privado. Sí, Filotea, porque este Rey de la gloria, no recompensa a sus servidores según la dignidad del cargo que ocupan, sino según el amor y la humildad con que los desempeñan. Saúl, mientras iba en busca de los asnos de su padre, encontró el reino de Israel; Rebeca, mientras daba de beber a los camellos de Abrahán, llegó a ser esposa de su hijo; Rut, cogiendo espigas, detrás de los segadores de Booz, y recostándose a sus pies, fue llamada a su lado y fue hecha esposa suya. Ciertamente, las pretensiones muy elevadas de cosas extraordinarias están, en gran manera, expuestas a ilusiones, engaños y falsedades, y ocurre algunas veces que los que se imaginan ser ángeles, no son ni siquiera hombres de bien, y que, en realidad, hay más grandeza en las palabras y en los términos que emplean, que en el sentimiento y en las obras. No obstante, nada hemos de despreciar ni censurar temerariamente, sino que, sin dejar de bendecir a Dios por el encumbramiento de los demás, permanezcamos humildemente en nuestro camino, más bajo, pero más seguro, menos excelente, pero más de acuerdo con nuestra insuficiencia y pequeñez, y, si perseveramos humilde y fielmente en él, Dios nos levantará a grandezas más sublimes.

  CAPÍTULO III
DE LA PACIENCIA
«Es menester que tengáis paciencia, para que, cumpliendo la voluntad,, de Dios, alcancéis su promesa», dice el Apóstol. Sí, porque, como había dicho el Salvador, «en vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas». Este es el gran bien del hombre, Filotea: poseer su alma; y, conforme es más perfecta nuestra paciencia, más perfectamente también poseemos nuestras almas. Recuerda, con frecuencia, que Nuestro Señor nos ha salvado sufriendo y aguantando, y que, así mismo, nosotros hemos de conseguir nuestra salvación con los sufrimientos y aflicciones, aguantando las injurias, contradicciones y penas, con toda la suavidad que nos sea posible.

No limites tu paciencia a tal o cual clase de injurias y de aflicciones, sino extiéndela universalmente a todas las que Dios te envíe o permita que te sobrevengan. Algunos hay que sólo quieren sufrir las tribulaciones que son honrosas, como, por ejemplo, ser heridos o caer prisioneros en la guerra, ser maltratados a causa de su fe, empobrecerse por algún pleito después de haberlo ganado; mas éstos no aman la tribulación, sino la honra que acarrea. El verdadero paciente y siervo de Dios, de la misma manera sufre las tribulaciones vinculadas a la ignominia, que las honrosas. Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, no es sino dulzura para un hombre de carácter; pero ser reprendido, acusado y maltratado por las personas de bien, por los amigos, por los padres, he aquí donde está el mérito. Es más digna de estima la mansedumbre con que San Carlos Borromeo soportó, durante mucho tiempo, las públicas reprensiones que un gran pecador, de una Orden extremadamente reformada, lanzaba contra él desde los púlpitos, que la paciencia con que toleró los ataques de todos los demás. Porque, así como las picaduras de abejas escuecen más que las de las moscas, así el daño que recibimos de las personas buenas y la contradicción de que éstas nos hacen objeto, son más insoportables que las de los demás, y ocurre, con frecuencia, que dos hombres de bien, llenos de buena intención, con motivo de diversidad de opiniones, se causan mutuamente grandes contradicciones y persecuciones.

Seas paciente, no sólo en lo más grande y principal de las aflicciones que te sobrevengan, sino también en lo accesorio y accidental que de ellas se deriva. Muchos querrían soportar algún mal, pero sin sentir la molestia. «Poco me importaría, dice uno, haberme empobrecido, si no fuese porque esto me privará de servir a mis amigos, de educar a mis hijos y de vivir de una manera honrosa, según quisiera». Y otro dirá: «Yo no me apuraría, si no fuese porque el mundo creerá que esto ha ocurrido por mi culpa». Otro fácilmente se conformaría con paciencia, que hablasen mal de él, con tal que nadie creyese al calumniador. Otros quisieran sufrir algunas molestias del mal, pero no todas; no se impacientan, dicen, porque están enfermos, sino porque no tienen recursos para hacerse cuidar, o bien por las molestias que causan a los que les rodean. Mas yo digo, Filotea, que hay que tener paciencia, no sólo para estar enfermo, sino también para tener la enfermedad que Dios quiere, donde quiere, entre las personas que quiere y con las incomodidades que quiere, y así de todas las otras tribulaciones.

Cuando te sobrevenga algún mal, procura combatirlo, según la voluntad de Dios, porque obrar de otra manera sería tentar a su divina Majestad; pero, después, espera con entera resignación el resultado que Dios permita. Si Él quiere que los remedios venzan al mal, le darás las gracias con humildad; pero, si le place que el mal sea más fuerte que los remedios, bendícelo también con paciencia. Soy del parecer de San Gregorio: si eres acusada justamente, por alguna culpa que hayas cometido, humíllate mucho, reconócete merecedora de la acusación que contra ti se ha hecho. Si la acusación es falsa, excúsate con dulzura, negando que seas culpable, porque te obliga a ello la reverencia a la verdad y la edificación del prójimo; pero, si después de tu verdadera y legítima excusa, persiste la acusación, no te perturbes en manera alguna, ni te esfuerces en hacer aceptar tus razones, porque, una vez hayas cumplido tu deber con la verdad, has de cumplirlo con la humildad.

Quéjate tan poco como puedas de las injurias que te hagan, porque es cosa cierta que, ordinariamente, el que suele quejarse peca, porque el amor propio siempre exagera las injurias; pero, sobre todo, no te lamentes en presencia de personas inclinadas a indignarse y a pensar mal. Y, si fuese conveniente desahogarte con alguien, ya para poner remedio a la ofensa, ya para calmar tu espíritu, hazlo con almas tranquilas y que amen mucho a Dios, porque de otra manera, en lugar de dar descanso a tu corazón, provocarán mayores inquietudes; en lugar de arrancar la espina que te hiere, la clavarán más fuertemente en tu pie.

Muchos, cuando están enfermos, o cuando han sido afligidos o agraviados por alguien, se guardan mucho de quejarse y de mostrarse resentidos, porque les parece (y es cierto) que esto denota evidentemente una gran falta de energía y de generosidad; pero desean, en gran manera, y buscan, con mil rodeos, que todos les compadezcan, que tengan mucha lástima de ellos y que se les considere, no solamente afligidos, sino también pacientes y animosos. Claro está que esto es paciencia, pero es una paciencia falsa, la cual bien considerada, no es más que una muy delicada y muy fina ambición y vanidad: «Estos tienen gloria -dice el Apóstol---, pero no delante de Dios». El verdadero paciente no se queja del mal, ni desea que le compadezcan; habla de él con ingenuidad, verdad y sencillez, sin lamentarse, sin quejarse, sin exagerar, y, si le compadecen, lo tolera pacientemente, a no ser que le compadezcan de un mal que no tiene; porque, entonces, declara modesta-rente que no padece mal, y, si lo tiene, permanece con aire tranquilo entre la verdad y la paciencia, reconociéndolo, pero sin quejarse.

En las contradicciones que sobrevendrán en el ejercicio de la devoción (porque no faltarán), acuérdate de las palabras de Nuestro Señor: «La mujer, cuando está de parto padece grandes angustias; pero, al ver a su hijo nacido, las olvida, porque ha dado un hombre al mundo>. Tú has concebido en tu alma al más digno hijo del mundo, que es Jesucristo. Antes de que se forme del todo, forzosamente sentirás angustias: pero ten valor, porque, una vez pasados estos sufrimientos, te -quedará el gozo eterno de haber dado a luz un tal hombre; Él permanecerá enteramente formado en tu corazón y en tus obras por la imitación de su vida.

Cuando estés enferma, ofrece todos tus dolores, penas, y angustias al servicio de Nuestro Señor, y suplícale que los una a los tormentos que sufrió por ti. Obedece al médico: toma los medicamentos, los alimentos y los otros remedios por amor de Dios y acuérdate de la hiel que tomó por amor nuestro. Desea curarte para servirle; pero no rehúses agravarte para obedecerle, y disponte a morir, si así le place, para alabarle y gozarle. Acuérdate de que las abejas, cuando fabrican la miel, viven y se alimentan de cosas muy amargas y que, de la misma manera, nosotros nunca podemos hacer actos de mayor dulzura y paciencia, ni arreglar mejor la miel de las más excelentes virtudes, que comiendo el pan de amargura y viviendo de angustias. Y, así como la miel extraída de la flor del tomillo, hierba pequeña y amarga, es la mejor de todas, así la virtud, que se ejercita en las amarguras de las más viles, bajas y abyectas tribulaciones, es la más excelente de todas.

Contempla, con frecuencia, con los ojos interiores, a Jesucristo crucificado, despojado, blasfemado, calumniado, abandonado, y, finalmente, saturado de toda clase de angustias, de tristezas y de trabajos, y considera que todos tus sufrimientos, ni en calidad, ni en cantidad, no pueden, en manera alguna, compararse con los suyos, y que jamás padecerás tú por Él cosa alguna, que equivalga a lo que Él ha sufrido por ti. Considera las penas que sufrieron los mártires y las que sufren tantas personas, más graves, sin comparación, que las que a ti te afligen, y di: « ¡ Ah, Señor!, mis trabajos son consuelos y mis penas son rosas, comparadas con las de aquellas personas que viven en una muerte continua, sin socorro, sin asistencia, sin alivio, cargadas de aflicciones infinitamente mayores».

CAPÍTULO IV

DE LA HUMILDAD EXTERIOR

«Pide prestado -dijo Eliseo a una pobre viuda- y toma muchas jarras vacías y llénalas de aceite». Para recibir la gracia de Dios en nuestros corazones, es menester tenerlos vacíos de nuestra propia gloria. El cernícalo, chillando y mirando de prisa las aves, las espanta, por una propiedad y virtud secreta que tiene; por esto las palomas lo aprecian más que a todas las otras aves y viven seguras cerca de él. Así la humildad ahuyenta a Satanás, y, por esto, todos los santos, y, particularmente el Rey de los santos y su Madre, siempre han honrado y amado esta digna virtud más que ninguna otra entre todas las virtudes morales.

Dicen que es vana la gloria que el hombre se da a sí mismo, o porque no está en nosotros, o porque está en nosotros, pero no es nuestra; o porque está en nosotros y es nuestra, pero no merece la pena de que nos gloriemos de ella. La nobleza del linaje, el favor de los magnates, el aura popular, son cosas que no están en nosotros, sino en nuestros antepasados. Algunos se muestran orgullosos y arrogantes, porque cabalgan sobre un bravo corcel, o porque llevan un penacho de plumas en su sombrero, o porque visten lujosamente; mas, ¿quién no ve que esto es una locura? Porque, si en estas cosas hay gloria, ésta pertenece al caballo, al ave o al sastre; y ¿qué mezquindad no supone tomar prestada la estima a un caballo, a unas plumas o a unos adornos? Otros presumen y se contemplan por unos bigotes muy afilados, por una barba bien cortada, por unos cabellos ondulados, porque tienen las manos finas, porque saben bailar, jugar y cantar; pero, ¿no supone mucha pobreza de carácter el querer aumentar el propio valer y acrecentar la propia reputación con cosas tan frívolas y vanas? Otros, por un poco de ciencia que poseen, quieren ser honrados y respetados de todos, como si todos hubiesen de ir a su escuela y tenerlos por maestros; por esto les llaman pedantes. Otros se pavonean, al considerar su hermosura, y creen que todo el mundo les hace la corte. Todo esto es extremadamente vano, necio e impertinente, y la gloria, que estas cosas tan frívolas reportan, se llama vana, estúpida, frívola.

El bien verdadero se conoce como el verdadero bálsamo; el bálsamo se prueba echándolo al agua; si va al fondo y queda debajo, señal es de que es más fino y de más precio. Así, para conocer si un hombre es de verdad prudente, sabio, generoso, noble, se ha de ver si estas virtudes tienden a la humildad, a la modestia y a la sumisión, porque entonces son verdaderos bienes; pero, si sobrenadan y quieren aparecer, serán bienes tanto menos verdaderos, cuanto más aparentes. Las perlas que se forman o se crían en medio de los vientos y del ruido de los truenos sólo tienen la corteza de perlas y están vacías de substancia; así también las virtudes y las buenas cualidades de los hombres, forjadas y alimentadas en el orgullo, en la soberbia y en la vanidad, no tienen sino una apariencia de bien y carecen de substancia, de meollo y de solidez.

Los honores, las categorías y las dignidades son -como el azafrán, que se hace mejor y más abundante, cuanto es más pisoteado. Cuando el hombre se contempla pierde el honor de la belleza; la hermosura, para ser graciosa, ha de ser descuidada; la ciencia nos deshonra, cuando nos hincha y cuando degenera en pedantería. Si somos exigentes en lo que se refiere a las categorías, a las procedencias, a los títulos, además de exponer nuestras cualidades al examen, a la discusión y a la contradicción, las envilecemos y las hacemos despreciables, porque el honor, que es una gran cosa cuando es recibido como un don, degenera cuando es exigido, buscado o mendigado. Cuando el pavo real se hincha, para verse, y levanta sus hermosas plumas, se eriza, y muestra por todas partes lo que tiene de poco honroso; las flores, que plantadas en tierra son bellas, se marchitan si son manoseadas. Y, así como aquellos que huelen la mandrágora de lejos y como de paso, perciben mucha suavidad, pero si la huelen de cerca y durante mucho rato, e adormecen y enferman, así los honores comunican un dulce consuelo al que los huele a distancia y a la ligera, sin entretenerse ni pararse en ello; pero los que se aficionan y se recrean en ellos son en gran manera dignos de censura y vituperio.

El deseo y el amor de la virtud comienza a hacernos virtuosos; pero el deseo y el amor de los honores comienza a hacernos despreciables y vituperables. Los espíritus nobles no se entretienen en estas pequeñeces de lugares, de honores, de reverencias; tienen otras cosas en qué ocuparse; esto es propio de espíritus frívolos. El que puede tener perlas no se carga de conchas, y los que aspiran a la virtud no se desviven por los honores. Claro está que todos pueden permanecer en su categoría y mantenerse en ella, sin faltar a la humildad; pero esto se ha de hacer con descuido y sin exigencias, porque, así como los que vienen del Perú, además de oro y plata traen monos y papagayos, porque son baratos y no pesan mucho en la nave; asimismo los que aspiran a la virtud, han de mantenerse en la categoría y en los honores que les corresponden, con tal, empero, que esto no sea a costa de demasiados cuidados y atenciones, ni nos llene de turbaciones o inquietudes, ni sea causa de disensiones o riñas. No hablo de aquellos cuya dignidad es pública, ni de ciertas circunstancias particulares de las que pueden seguirse notables consecuencias, porque, en esto, es menester que cada uno conserve lo que le pertenece, pero con una prudencia y discreción que esté hermanada con la caridad y la cortesía.

 
CAPÍTULO V

DE LA HUMILDAD MÁS INTERIOR

Pero tú, Filotea, deseas que te conduzca más adelante por el camino de la humildad, pues todo lo que te he dicho es más bien prudencia que humildad; ahora, pues, iremos más allá. Muchos no quieren ni se atreven a pensar y a considerar las gracias que Dios les ha hecho en particular, temerosos de sentir vanagloria y complacencia, en lo cual, ciertamente, se engañan, porque, corno dice el gran Doctor Angélico, el verdadero medio para alcanzar el amor de Dios, es la consideración de sus beneficios; cuanto más los conozcamos, más le amaremos; y como que los beneficios particulares mueven más que los comunes, deben ser considerados con más atención.

A la verdad, nada Puede humillarnos tanto delante de la misericordia de Dios como la consideración de sus beneficios, ni nada puede humillarnos tanto delante de su justicia como la multitud de nuestros pecados. Consideremos lo que Él ha hecho por nosotros y lo que nosotros hemos hecho contra Él, y, así como pensamos minuciosamente en nuestros pecados, pensemos también minuciosamente en sus gracias. No hemos de temer que lo que Dios ha puesto de bueno en nosotros nos hinche, mientras tengamos bien presente esta verdad: que nada de cuanto hay en nosotros es nuestro. ¡Ah, Señor! ¿Dejan los mulos de ser animales pesados y mal olientes, por el hecho de llevar a cuestas los muebles preciosos y perfumados del príncipe? ¿Qué tenemos de bueno, que no hayamos recibido? Y, si lo hemos recibido, ¿por qué nos hemos de ensoberbecer? Al contrario, la consideración viva de las gracias recibidas nos humilla, pues el conocimiento engendra el reconocimiento. Pero, si, al recordar las gracias que Dios nos ha hecho, nos halaga cierta vanidad, el remedio infalible será acudir a la consideración del nuestras ingratitudes, de nuestras imperfecciones, de nuestras miserias. Si meditamos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros, harto veremos que lo que hemos practicado cuando ha estado con nosotros no es según nuestra manera de ser ni de nuestra propia cosecha; mucho nos alegraremos ciertamente de poseerlo, pero no glorificaremos por ello más que a Dios, porque Él es el único autor. Así la Santísima Virgen confiesa que Dios ha hecho en ella cosas grandes, pero lo reconoce únicamente para humillarse y glorificar a Dios:«Mi alma, dice, glorifica al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes».

Decimos muchas veces que no somos nada, que somos la misma miseria y el desecho del mundo, pero mucho nos dolería que alguien hiciese suyas nuestras palabras y anduviese diciendo de nosotros lo que somos. Al contrario, hacemos como quien huye y se esconde, para que vayan en pos de nosotros y nos busquen: fingimos que queremos ser los últimos y que queremos ocupar el postrer lugar en la mesa, pero con el fin de pasar honrosamente al primero. La verdadera humildad no toma el aire de tal y no dice muchas palabras humildes, porque no sólo desea ocultar las otras virtudes, sino también y principalmente desea ocultarse ella misma, y, si le fuese lícito mentir, fingir o escandalizar al prójimo, haría actos de arrogancia y de soberbia, para esconderse y vivir totalmente desconocida y a cubierto.

He aquí, pues, mi consejo, Filotea: o no digamos palabras de humildad, o digámoslas con un verdadero sentimiento interior, de acuerdo con lo que pronunciamos exteriormente; no bajemos nunca nuestros ojos, si no es humillando nuestro corazón; no aparentemos que deseamos ser los últimos, si no lo queremos ser de verdad. Conceptúo tan general esta regla, que no hago ninguna excepción, únicamente añado que, a veces, exige la cortesía que demos la preferencia a aquellos que evidentemente no la tendrían, pero esto no es ni doblez ni falsa humildad, porque entonces el solo ofrecimiento del lugar preferente es un comienzo de honor, y, puesto que no es posible darlo todo entero, no es ningún mal darles su comienzo. Lo mismo digo de algunas palabras de honor o de respeto, que, en rigor, no parecen verdaderas, pero lo son, con tal que el corazón de aquel que las pronuncia tenga intención de honrar y respetar a aquel a quien las dice; porque, aunque ciertas palabras signifiquen con algún exceso lo que decimos, no faltamos, al decirlas, cuando la costumbre lo requiere. Es verdad que, además de esto, quisiera yo que nuestras palabras se ajustasen, en la medida de lo posible, a nuestros afectos, para practicar siempre, en todo, la humildad y el candor del corazón. El hombre humilde preferirá que otro diga de él que es miserable, que no es nada, que no vale nada, a decirlo él de sí mismo; o, a lo menos, cuando sepa que lo dicen, procurará no desvanecerlo, y consentirá en ello de buen grado; porque, puesto que él así lo cree firmemente, está contento de que los demás sean del mismo parecer.

Muchos dicen que dejan la oración mental para los perfectos, porque no son dignos de ella; otros dicen que no se atreven a comulgar con frecuencia, porque no se sienten lo bastante puros; otros añaden que a causa de su miseria y fragilidad, temen deshonrar la devoción si la practican; otros se niegan a emplear sus talentos en el servicio de Dios, porque, según afirman, conocen su flaqueza y tienen miedo de ensoberbecerse si son instrumentos de algún bien, y temen quedarse a obscuras, mientras iluminan a los demás. Todas estas cosas no son sino artificios y una especie de humildad no solamente falsa, sino además, maligna, con la cual pretenden, tácita y sutilmente, desacreditar las cosas de Dios, o, a lo menos, cubrir, con la capa de humildad el amor propio que hay en su parecer, en su carácter y en su indolencia. «Pide al Señor una señal de lo alto de los cielos o de lo profundo del mar», dijo el Profeta al desdichado Acaz, y él respondió: «No la pediré ni tentaré al Señor». *¡Oh, el malvado! Finge una gran reverencia a Dios, y, con el pretexto de humildad, se excusa de aspirar a la gracia, a la cual le invita la divina bondad. Pero, ¿quién no ve que, cuando Dios quiere hacernos mercedes, es orgulloso el rehusarlas?; ¿que los dones de Dios nos obligan a aceptarlos y que la humildad consiste en obedecer y en seguir tan de cerca, como es posible, sus deseos? Pues bien, el deseo de Dios es que seamos perfectos, uniéndonos a Él e imitándole cuanto podamos. El orgulloso que se fía de sí mismo, tiene mucha razón cuando no quiere emprender nada; pero el humilde es tanto más animoso, cuanto más impotente se reconoce, y, cuanto más miserable se considera, tanto más valiente es, porque tiene puesta toda su confianza en Dios, que se complace en hacer resplandecer su omnipotencia en nuestra debilidad y levantar su misericordia sobre el pedestal de nuestra miseria. Conviene, pues, que nos atrevamos humilde y santamente a hacer todo lo que aquellos que dirigen a nuestra alma creen conforme con nuestro aprovechamiento.

Pensar que sabemos lo que ignoramos, es una necedad evidente; querer sentar plaza de sabios, en lo que no conocemos, es una vanidad intolerable; en cuanto a mí, no quisiera hacer el sabio en lo que sé, ni tampoco hacer el ignorante. Cuando la caridad lo exige, se ha de comunicar sinceramente y con dulzura al prójimo, no sólo lo que necesita para su instrucción, sino también lo que le es útil para su consuelo; porque la humildad que esconde y encubre las virtudes, para conservarlas, las hace, no obstante, aparecer, cuando la caridad lo exige, para aumentarlas, engrandecerlas y perfeccionarlas. En esto, se parece a aquel árbol de la isla de Tilos, que, por la noche, oprime y mantiene cerradas sus bellas flores rojas, y no las abre hasta que sale el sol, de manera que los habitantes de aquella región dicen que estas flores duermen de noche. Asimismo, la humildad cubre y oculta todas nuestras virtudes y perfecciones humanas, y nunca las deja entrever, si no es obligada por la caridad, la cual, siendo, como es, una virtud no humana, sino celestial, no moral, sino divina, es el verdadero sol de todas las virtudes, sobre las cuales siempre ha de dominar, por lo que la humildad que daña a la caridad es indudablemente falsa.

Yo no quiero ni hacer el necio ni hacer el sabio, porque si la humildad me impide hacer el sabio, la simplicidad y la sinceridad me impiden hacer el necio; y, si la vanidad es contraria a la humildad, el artificio, la afectación y la ficción son contrarias a la simplicidad y a la sinceridad. Y, si algunos siervos de Dios se han fingido locos, para hacerse más abyectos a los ojos del mundo, es menester admirarles, pero no imitarles, pues ellos han tenido motivos para llegar a estos excesos, los cuales son tan particulares y extraordinarios, que nadie ha de sacar de ello consecuencias para sí. Y, en cuanto a David, si bien danzó y saltó delante del Arca de la Alianza algo más de lo que convenía a su condición, no lo hizo porque quisiera parecer loco, sino que, sencillamente, y sin artificio, hizo aquellos movimientos exteriores, en consonancia con la extraordinaria y desmesurada alegría que sentía en su corazón. Es verdad que, cuando Micol, su esposa, se lo echó en cara, como si fuese una locura, él no se afligió al verse humillado, sino que, perseverando en la ingenua y verdadera demostración de su gozo, dio testimonio de que estaba contento de recibir un poco de oprobio por su Dios. Por lo tanto, te digo que, si por los actos de una verdadera e ingenua devoción, te tienen por vil, abyecta o loca, la humildad hará que te alegres de este feliz oprobio, la causa del cual no serás tú, sino los que te lo infieran.


CAPÍTULO VI

QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN

Voy más lejos, Filotea, y te digo que, en todo y por todo, ames tu propia abyección. Pero me dirás: ¿qué significa esto: ama tu propia abyección? En latín, abyección quiere decir humildad, y humildad quiere decir abyección, de manera que, cuando Nuestra Señora, en su sagrado cántico, dice: «porque el Señor ha visto la humildad de su sierva, todas las generaciones me llamarán bienaventurada », quiere decir que el Señor ha visto de buen grado su abyección, vileza y bajeza, para colmarla de gracias y favores. Con todo hay mucha diferencia entre la virtud de la humildad y la abyección, porque la abyección es la pequeñez, la bajeza y la vileza que hay entre nosotros, sin que nosotros pensemos en ello; pero la virtud de la humildad es el verdadero conocimiento y voluntario reconocimiento de nuestra abyección. Ahora bien, el punto más encumbrado de esta humildad consiste, no sólo en reconocer voluntariamente nuestra abyección, sino en amarla y en complacernos en ella, y no por falta de ánimos y de generosidad, sino para más ensalzar a la divina Majestad y más amar al prójimo en comparación con nosotros mismos. Esta es la cosa a la cual te exhorto, y, para que lo entiendas mejor, sepas que entre los males que padecemos unos son abyectos y otros honrosos. Muchos se conforman con los honrosos, pero nadie quiere acomodarse a los abyectos. He aquí un devoto ermitaño harapiento y tiritando de frío: todos honran su hábito deshecho y compadecen su austeridad; pero si se trata de un pobre obrero, de un pobre joven, de una pobre muchacha, son despreciados, objeto de burla; su pobreza es abyecta. Un religioso recibe resignadamente una áspera reprensión de su superior, o un hijo la recibe de su padre: todo el mundo llamará a esto mortificación, obediencia y prudencia; un caballero o una dama sufrirán lo mismo de parte de otra persona, y, aunque la soporten por amor de Dios, todos les motejarán de cobardía y poquedad de espíritu. Una persona tiene un cáncer en un brazo y otra en la cara: aquélla sólo tiene el mal, pero ésta, además del mal, padece el menosprecio, el desdén y la abyección. Pues bien, te digo ahora que no sólo hemos de apreciar el mal, lo cual se hace con la virtud de la paciencia, sino también la abyección, lo cual se hace con la virtud de la humildad.

También hay virtudes abyectas y virtudes honrosas: la paciencia, la mansedumbre, la simplicidad y la humildad son virtudes que los mundanos tienen por viles y abyectas; al contrario, tienen en mucha estima la prudencia, el valor, la liberalidad. Y, aun entre los actos de una misma virtud, unos son objeto de desprecio y otros de honra: dar limosna y perdonar las injurias son actos de caridad; el primero es honrado por todos, y el segundo despreciable a los ojos del mundo. Un joven noble o una doncella que no se entreguen al desorden de una pandilla desenfrenada en el hablar, en el jugar, en el bailar, en el beber, en el vestir, serán criticados o censurados por los demás y su modestia será calificada de hipocresía o afectación: pues bien, amar esto es amar la propia abyección. He aquí otra manera de amarla: vamos a visitar a los enfermos; si soy enviado al más miserable, esto será para mi un motivo de abyección, según el mundo, y, por esto mismo la amaré; si me envían a visitar a los de categoría, será una abyección según el espíritu, porque en ello no hay tanta virtud ni mérito ' y por lo tanto, amaré esta abyección. El que cae en medio de la calle, además del daño que se hace, es objeto de burla; es menester querer esta abyección. Hay faltas en las cuales no se encuentra otro mal que la abyección; la humildad no nos exige que las cometamos expresamente, pero exige que no nos inquietemos cuando las hayamos cometido: tales son ciertas ligerezas, faltas de educación, descuidos, las cuales hay que evitar, por razones de buena educación y de prudencia, antes de que se cometan; pero una vez cometidas, hay que aceptar la abyección que de ellas proviene, y hay que aceptarla de buen grado, para practicar la santa virtud de la humildad. Más aún: si me he dejado llevar de la ira o de la disolución, hasta decir palabras inconvenientes, que han redundado en ofensa de Dios o del prójimo, me arrepentiré vivamente y estaré afligido de la ofensa, la cual procuraré reparar de la mejor manera que me sea posible; pero no dejaré de aceptar la abyección y el desprecio que de ello me sobrevengan, y, si una cosa pudiese separarse de la otra, rechazaría enérgicamente el pecado y me quedaría humildemente con la abyección.

Pero, aunque amemos la abyección que proviene del mal, es menester que, con recursos apropiados y legítimos, pongamos remedio al mal que la ha causado, sobre todo cuando el mal acarrea consecuencias. Si tengo en el rostro algún mal repugnante, procuraré su curación, pero sin olvidar la abyección que trae consigo. Si he hecho alguna cosa que no of ende a nadie, no me disculparé de ella, porque, aunque esta cosa sea algún defecto, no es permanente, y no podría excusarme de ella sino por la abyección que de la misma procede y esto es lo que la humildad no puede permitir; mas, si, por descuido o por dejadez, he ofendido o escandalizado a alguno, repararé la ofensa con alguna excusa, verdadera, porque el mal es permanente y la caridad obliga a borrarlo. Por lo demás, suele ocurrir, alguna vez, que la caridad exija que pongamos remedio a la abyección, por el bien del prójimo, al cual es necesaria nuestra reputación; mas en este caso, una vez quitada nuestra abyección de los ojos del prójimo para evitar el escándalo, conviene guardarla y ocultarla dentro del corazón, para que se edifique de ello.

Pero tú, Filotea, quieres saber cuáles son las mejores abyecciones. Te digo claramente que las más provechosas al alma y las más agradables a Dios son las que nos vienen al azar o por la condición de nuestra vida, porque éstas no son escogidas por nosotros, sino que se reciben tal como las envía Dios, cuya elección siempre es mejor que la nuestra. Y, si hay que escoger, las más grandes son las mejores, y son más grandes las contrarías a nuestras inclinaciones, con tal que cuadren con nuestra profesión, porque, digámoslo de una vez para siempre, nuestra elección echa a perder y disminuye casi todas nuestras virtudes. ¡Ah! ¿Quién nos hará la gracia de que podamos decir con aquel gran rey: «He preferido ser abyecto en la casa del Señor a habitar en los palacios de los pecadores?». Nadie puede decirlo, amada Filotea, fuera de Aquel que, para ensalzarnos, vivió y murió de manera que fue «el oprobío de los hombres y la abyección de la plebe».

Te he dicho muchas cosas que te parecerán duras cuando las consideres; pero, créeme: cuando las practiques, serán para ti más agradables que el azúcar y la miel.


CAPÍTULO VII

COMO SE HA DE CONSERVAR EL BUEN NOMBRE PRACTICANDO,

A LA VEZ, LA HUMILDAD

La alabanza, el honor y la gloria no se tributan a un hombre por una simple virtud, sino por una virtud excelente. Porque, por la alabanza, queremos persuadir a los demás que aprecien la excelencia de alguien; por el honor, significamos que le apreciamos nosotros mismos, y la gloria, a mi modo de ver, no es otra cosa que cierto resplandor de la reputación, que irradia del conjunto de muchas alabanzas y honores; de manera que las alabanzas y los honores son como las piedras preciosas, de cuyo conjunto Irradia la gloria como un brillo. Ahora bien, la humildad, que no puede sufrir que nosotros nos creamos más encumbrados o que hemos de ser preferidos a los otros, tampoco puede permitir que busquemos la alabanza, el honor y la gloria, que se deben a la sola excelencia. Con todo, la humildad está conforme con la advertencia del Sabio, el cual nos dice que «tengamos cuidado de nuestra fama», porque el buen nombre es la estima, no de excelencia alguna, sino de una simple y común probidad e integridad de vida, cuyo conocimiento en nosotros no impide la humildad como tampoco impide que deseemos la reputación de ello. Es verdad que la humildad despreciaría la buena fama, si la caridad no tuviese necesidad de ella; mas, porque ella es uno de los fundamentos de la sociedad humana, y porque, sin ella, no sólo somos inútiles sino también perjudiciales al público, por este motivo, a causa del escándalo que aquel recibiría, exige la caridad, y la humildad admite, que deseemos y conservemos cuidadosamente la buena fama.

Además, así como las hojas de los árboles, que de suyo no son muy apreciables, no obstante sirven mucho, no sólo para embellecerlos, sino también para conservar los frutos mientras son tiernos; de la misma manera, la buena fama, que, de suyo no es cosa muy deseable, no deja de ser muy útil, no solamente para el ornato de nuestra vida, sino también para la conservación de nuestras virtudes, especialmente de las virtudes todavía tiernas y débiles: la obligación de conservar nuestra reputación y de ser tales cuales se nos reputa, nos obliga a un esfuerzo generoso, a una firme y dulce violencia. Conservemos nuestras virtudes, mi querida Filotea, porque son agradables a Dios, grande y soberano objeto de nuestras acciones; mas, así como los que quieren guardar los frutos no se contentan con confitarlos, sino que los ponen en recipientes propios para la conservación de los mismos, de la misma manera, aunque el amor divino sea el principal conservador de nuestras virtudes, podemos, no obstante, emplear el buen nombre, como muy útil y propicio para dicha conservación.

No es menester, empero, que seamos demasiado celosos, exactos y puntillosos en esta conservación, porque los que son demasiado delicados y sensibles en lo tocante a su reputación, se parecen a los que toman medicamentos para toda clase de pequeñas molestias: éstos, al querer conservar su salud, lo pierden todo, y aquellos, queriendo conservar tan delicadamente la reputación, la pierden completamente, ya que con este desasosiego se vuelven extraños, quejumbrosos, insoportables, y provocan la malicia de los murmuradores.

El disimular y el despreciar la injuria y la calumnia es ordinariamente un remedio mucho más saludable que el resentimiento, la contestación y la venganza: el desprecio esfuma aquellas ofensas; pero el que se enoja, parece que las confiesa. Los cocodrilos no dañan sino a los que los temen, y la maledicencia, únicamente a los que la llevan a mal.

El temor excesivo de perder la fama arguye una gran desconfianza del fundamento de la misma, que es la verdad de una vida buena. Los pueblos que, sobre los grandes ríos, sólo tienen puentes de madera, temen que se los lleve la corriente, al sobrevenir cualquiera inundación; pero los que tienen los puentes de piedra, sólo temen las inundaciones extraordinarias. Asimismo los que tienen una alma sólidamente cristiana desprecian, ordinariamente, los desbordamientos de las lenguas injuriosas; pero los que se sienten débiles, se inquietan por cualquier cosa. Es cierto, Filotea, que el que quiere tener buena reputación delante de todos, la pierde totalmente, y merece perder el honor el que quiere recibirlo de los que están verdaderamente infamados y deshonrados por los vicios.

La reputación es como una señal que da a, conocer donde habita la virtud; la virtud, por lo tanto, ha de ser, en todo y por todo, preferida. Por esto, si alguien te dice: eres un hipócrita, porque practicas la devoción, o bien te tiene por persona apocada, porque has perdonado una injuria, ríete de todo esto. Porque, aparte de que estos juicios los hacen personas necias y estúpidas, aunque hubieses de perder la fama no deberías dejar la virtud ni desviarte de su camino, porque se ha de preferir el fruto a las hojas, es decir el bien interior y espiritual a todos los bienes exteriores. Hemos de ser celosos, pero no idólatras de nuestro buen nombre, y, si no conviene ofender el ojo de los buenos, tampoco hay que desear contentar el de los malos. La barba es un adorno en el rostro del hombre, y los cabellos en la cabeza de la mujer; si se arranca del todo el pelo de la cara y el cabello de la cabeza, difícilmente volverán a aparecer; pero, si tan sólo se corta el cabello y se afeita la barba, pronto el pelo volverá a crecer y saldrá más fuerte y más áspero. De la misma manera, aunque la fama sea cortada, o del todo afeitada, por la lengua de los maldicientes, que, como dice David, «es una navaja afilada», no es menester inquietarse, porque pronto volverá a salir, no sólo tan bella como antes, sino mucho más fuerte. Pero, si nuestros vicios, nuestras felonías, nuestra mala vida, nos quitan la reputación, será difícil que jamás vuelva, porque ha sido arrancada de raíz. Y la raíz de la buena fama es la bondad y la probidad, la cual, mientras permanece en nosotros, puede reproducir siempre el honor que le es debido.

Es menester dejar aquella mala conversación, aquella práctica inútil, aquella amistad frívola, esta loca familiaridad, si esto perjudica a la buena fama, porque vale más ésta que todas cualesquiera vanas complacencias; pero, si, a causa del ejercicio de la piedad, del adelanto en la perfección y de la marcha hacia el bien eterno, murmuran, reprenden o calumnian, dejemos que los mastines ladren contra la luna, porque, si pueden levantar algún concepto desfavorable a nuestra reputación y, de esta manera, cortar a rape los cabellos y la barba de nuestra fama, pronto renacerá ésta, y la navaja de la maledicencia servirá a nuestro honor, como a la viña sirve la podadera, por la cual aquélla crece y ve multiplicados sus frutos.

Tengamos siempre los ojos fijos en Jesucristo crucificado; caminemos en su servicio, con confianza y simplicidad, pero prudente y discretamente: Él será el protector de nuestra reputación, y, si permite, que nos sea arrebatada, será para procurarnos otra mejor o para hacernos avanzar en la santa humildad, una sola onza de la cual vale más que cien libras de honor. Si se nos recrimina injustamente, opongamos tranquilamente la verdad a la calumnia; si ésta persiste, perseveremos nosotros en la humildad; dejando de esta manera nuestra reputación, juntamente con nuestra alma, en manos de Dios, no podremos asegurarla mejor. Sirvamos a Dios «con buena o mala fama» a ejemplo de San Pablo, para que podamos decir con David: « ¡ Oh Dios mío !, por Ti he soportado el oprobio, y la confusión ha cubierto mí faz». Exceptúo, no obstante, ciertos crímenes tan horribles e infames, cuya calumnia nadie debe tolerar, cuando justamente puede disiparse, y también se han de exceptuar ciertas personas de cuya buena reputación depende la edificación de muchos, pues, en estos casos, como enseñan los teólogos, se ha de procurar, con sosiego, la reparación de la injuria recibida.

CAPITULO VIII

DE LA AMABILIDAD PARA CON EL PRÓJIMO

Y DE LOS REMEDIOS CONTRA LA IRA

Él santo Crisma, que, por tradición apostólica, emplea la Iglesia en las confirmaciones y bendiciones, está compuesto de aceite de olivo mezclado con bálsamo, y representa las dos virtudes más apreciadas que resplandecen en la sagrada persona d

e Nuestro Señor, y que Él nos recomendó singularmente, como si, por ellas, nuestro corazón hubiese de estar especialmente consagrado a su servicio y aplicado a su imitación: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón». La humildad nos perfecciona con respecto a Dios, y la amabilidad con respecto al prójimo. El bálsamo, que, como he dicho, queda siempre debajo de todos los demás licores, representa la humildad, y el aceite de oliva, que siempre queda encima, representa la dulzura y la benignidad, que sobrepuja todas las cosas y predomina entre las demás virtudes, como flor que es de la caridad, la cual, según San Bernardo, es perfecta cuando no sólo es paciente, sino también amorosa y benigna. Pero procura , Filotea, que este crisma místico, compuesto de amabilidad y de humildad, esté dentro de tu corazón; porque es uno de los grandes artificios del enemigo ha cer que muchos se complazcan en las palabras y en los modales exteriores de estas dos virtudes, y que, dejando de examinar sus afectos interiores, se imaginen que son humildes y amorosos, sin que lo sean en realidad, lo cual se conoce, porque, a pesar de su ceremoniosa humildad y dulzura dulzura, a la menor palabra molesta que se les diga, a la menor injuria que reciban, se yerguen con una arrogancia sin igual. Se dice que los que han tomado el preservativo, vulgarmente llamado «gracia de San Pablo», no se hinchan, aunque sean mordidos o picados por la víbora, con tal que la «gracia» sea de buena calidad. De la misma manera, cuando la humildad y la dulzura son buenas y verdaderas, nos inmunizan contra la hinchazón y contra el ardor que las injurias suelen provocar en nuestros corazones. Y, si después de haber sido picados o mordidos por los maldicientes o por los enemigos, nos sentimos alterados, hinchados o despechados, señal es de que nuestra humildad y amabilidad no son verdaderas y francas, sino artificiosas y aparentes.

Aquel santo e ilustre patriarca José, cuando envió a sus hermanos de Egipto a la casa de su, padre, sólo les hizo esta advertencia: «No os enojéis por el camino». Lo mismo te digo, Filotea: esta miserable vida no es más que un camino hacia la bienaventuranza; no nos enojemos, pues, los unos con los otros, en este camino; andemos siempre agrupados con nuestros hermanos y compañeros, dulcemente, pacíficamente, amigablemente. Advierte que te digo con toda claridad y sin excepción alguna, que, a ser posible, no te enojes nunca, ni tomes pretexto alguno, sea cual fuere, para abrir la puerta de tu corazón a la ira, porque dice Santiago, sin ambages ni reservas, que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios».

Es menester, ciertamente, oponerse al mal y reprimir los vicios de los que están bajo nuestro cuidado, con constancia y con tesón, pero dulce y suavemente. Nada sosiega tanto al elefante airado como la vista de un corderito, ni nada para con más facilidad el golpe de los cañonazos como la lana. La corrección que procede de la pasión, aunque vaya acompañada de la razón, nunca es tan bien recibida como la que no tiene otro origen que la razón sola; porque el alma racional, por estar naturalmente sujeta a la razón, sólo se sujeta a la pasión por la tiranía, por lo cual, cuando la razón anda acompañada de la pasión, se hace odiosa, pues su justo dominio queda envilecido al asociarse con la tiranía. Los príncipes honran y consuelan infinitamente a los Pueblos cuando los visitan en son de paz, pero cuando llegan al frente de los ejércitos, aunque sea para el bien público, su presencia siempre es desagradable y dañosa, porque, por más que se esfuercen en hacer observar exactamente' la disciplina militar entre los soldados, nunca pueden, empero, evitar algún desorden, por el que los hombres de bien son atropellados. Así, cuando reina la razón y ejecuta serenamente los castigos, las correcciones y las reprensiones, aunque lo haga con rigor y exactitud, todos la aprecian y la aprueban; pero cuando va acompañada de la ira, de la cólera y M enojo, que, como dice San Agustín, son sus soldados, se hace más espantosa que amable, su propio corazón queda siempre pisoteado y maltratado: «Vale más, dice el mismo santo escribiendo a Profuturo, cerrar las puertas a la ira justa y equitativa, que abrírselas, por insignificante que sea, porque, una vez ha entrado, es difícil hacerla salir, ya que entra como pequeño retoño y, en un momento, crece y se convierte en tronco». Si el enojo puede llegar a la noche y el sol se pone sobre nuestra ira (cosa que el Apóstol prohíbe), se convierte en odio, y casi no hay manera de deshacerse de ella, porque se alimenta de mil persuasiones falsas, ya que jamás el hombre airado cree que sea injusta su ira.

Es, pues, mejor esforzarse a saber vivir sin ira que querer emplearla con moderación y prudencia, y, cuando, por imperfección o debilidad, nos vemos sorprendidos por la misma, es preferible rechazarla enseguida a querer pactar con ella, pues  por poco cumplimiento que se le dé, se hace dueña de la plaza, y hace como la serpiente, que, con facilidad, logra meter todo el cuerpo allí donde ha podido meter la cabeza. Pero me dirás: ¿cómo la rechazaré? Es preciso, Filotea, que, al advertir el primer resentimiento, reúnas tus fuerzas con presteza, pero sin brusquedad ni ímpetu, sino dulce y seriamente a la vez; porque, así como en 'los senados y en los parlamentos, meten más ruido los oficiales gritando: « ¡ Silencio! », que aquellos a los cuales quieren hacer callar, de la misma manera, al querer reprimir nuestra ira con impetuosidad, se causa en nuestro corazón más turbación de la que ella hubiera causado, y, entretanto, el corazón, turbado de esta manera, no puede ser dueño de sí mismo.

Después de este suave esfuerzo, practica el consejo que San Agustín, cuando ya era viejo, daba al joven obispo Auxilio: «Haz, le decía, lo que un hombre ha de hacer; que si te ocurre lo que el hombre de Dios dice en el salmo: mi ojo he ha turbado con gran cólera, acudas a Dios y exclames: ¡Señor, ten misericordia de mí, para que extienda su mano y reprima tu enojo». Quiero decir que cuando nos veamos agitados por la cólera, invoquemos el auxilio de Dios, a imitación, de los Apóstoles cuando se vieron en peligro de zozobrar, por el viento y la tempestad, en medio de las olas; pues Él mandará a nuestras pasiones que se calmen, y se seguirá una gran bonanza. Pero te advierto que la oración que se hace contra la ira impetuosa del momento, ha de ser suave y tranquila, jamás violenta; cosa que es menester observar en cualesquiera remedios que se empleen contra este mal. Después, enseguida que te des cuenta de que has cometido un acto de cólera, repara la falta con un acto de dulzura, hecho inmediatamente con respecto a aquella persona contra la cual te hayas irritado. Porque, así como es un excelente remedio contra la mentira, retractarse enseguida, así también es un buen remedio contra la cólera repararla inmediatamente, con un acto de amabilidad; porque, como suele decirse, las heridas se curan con más facilidad cuando están frescas.

Además, cuando te sientas sosegada y libre de cualquier motivo de ira, haz gran provisión de dulzura y de bondad, diciendo todas las palabras y haciendo todas las cosas, grandes y pequeñas, de la manera más suave que te sea posible, recordando que la Esposa, en el Cantar de los Cantares, no sólo tiene la miel en sus labios y en la punta de la lengua, sino también debajo de la lengua, es decir, en el pecho, y no solamente tiene miel, sino también leche, porque además de tener palabras dulces con el prójimo, conviene tener dulce todo el pecho, es decir, todo el interior de nuestra alma. Y es menester tener, no solamente la dulzura de la miel, que es aromática y olorosa, es decir, la suavidad en el trato con los extraños, sino también la dulzura de la leche con los familiares y con los más cercanos a nosotros, contra lo cual faltan en gran manera aquellos que en la calle parecen ángeles, y en casa parecen demonios. 


CAPÍTULO IX

DE LA DULZURA CON NOSOTROS MISMOS

Una de las mejores prácticas de la dulzura, en la cual nos deberíamos ejercitar, es aquella cuyo objeto somos nosotros mismos, de manera que nunca nos enojemos contra nosotros ni, contra nuestras imperfecciones, pues si bien la razón quiere que, cuando cometemos faltas, sintamos descontento y aflicción, conviene, no obstante, que evitemos un descontento agrio, malhumorado, despechado y colérico. En esto cometen una gran falta muchos que, después de haberse encolerizado, se enojan de haberse enojado, se desazonan de haberse desazonado, y sienten despecho de haberlo sentido; porque, por este camino, tienen el corazón amargado y lleno de malestar, y si bien parece que el segundo enfado ha de destruir el primero, lo cierto es que sirve de entrada y de paso a un nuevo enojo, en cuanto la primera ocasión se presente; aparte de que estos disgustos, despechos y asperezas contra sí mismo, tiende hacia el orgullo y no tienen otro origen que el amor propio, el cual se turba y se impacienta al vernos imperfectos.

Por lo tanto, el disgusto por nuestras faltas ha de ser tranquilo, sereno y firme; porque, así como un juez castiga mejor a los malos dictando sus sentencias, según razón y con ánimo tranquilo, que dictándolas con impetuosidad y pasión, pues entonces no castiga las faltas por lo que éstas son, sino por lo que es él mismo; así nosotros nos castigamos mejor con arrepentimientos tranquilos y constantes, que con arrepentimientos violentos, agrios y coléricos, pues los arrepentimientos violentos no son proporcionados a la gravedad de nuestras culpas, sino a nuestras inclinaciones. Por ejemplo, el que ama la castidad se revolverá con mayor amargura contra la más leve falta cometida en esta materia, y, en cambio, se reirá de una grave murmuración en la que hubiere incurrido. Al contrario, el que detesta la maledicencia se atormentará por haber murmurado levemente, y no hará caso de una falta grave contra la castidad, y así de las demás faltas; y ello no es debido a otra cosa sino a que el juicio que forman en su conciencia no es obra de la razón, sino de la pasión.

Créeme, Filotea, así como las reprensiones de un padre, hechas dulce y cordialmente, tienen más eficacia para corregir que los enfados y los enojos; así también, cuando nuestro corazón ha cometido alguna falta, si le reprendemos con advertencias dulces y tranquilas, llenas más de compasión que de pasión contra él, y le animamos a enmendarse, el arrepentimiento que concebirá entrará mucho más adentro y le penetrará mejor que no lo haría un arrepentimiento despechado, airado y tempestuoso.

En cuanto a mí, si, por ejemplo, tuviese en grande estima, el no caer en el vicio de la vanidad, y, no obstante, hubiese caído en una gran falta, no quisiera reprender a mi corazón de esta manera: « ¡Qué miserable y abominable eres, porque después de tantas resoluciones, te has dejado vencer por la vanidad! Muere de vergüenza; no levantes los ojos al cielo, ciego, desvergonzado, traidor y desleal a tu Dios», y otras cosas parecidas, sino que preferiría corregirle de una manera razonable y por el camino de la compasión: «Ánimo, pobre corazón mío. He aquí que hemos caído en el precipicio que tanto habíamos querido evitar. ¡Ah!, levantémonos y salgamos de él para siempre; acudamos a la misericordia de Dios y confiemos en que ella nos ayudará, para ser más resueltos en adelante, y emprendamos el camino de la humildad. ¡Valor! seamos, desde hoy, más vigilantes; Dios nos ayudará y podremos hacer muchas cosas». Y, sobre esta reprensión, quisiera levantar un sólido y firme propósito de no caer más en falta y de emplear los recursos convenientes según los consejos del director.

Pero, si alguno advierte que su corazón no se conmueve con estas suaves correcciones, podrá echar mano de los reproches y de la reprensión dura y severa, para excitarlo a una profunda confusión, con tal que, después de haberlo amonestado y fustigado enérgicamente, acabe aliviándole, conduciendo su pesar y su cólera a una tierna y santa confianza en Dios, a imitación de aquel gran arrepentido, que, al ver a su alma afligida, la alentaba de esta manera: «¿Por qué te entristeces, alma mía, y por qué te conturbas? Espera en Dios, que yo todavía le alabaré como la salud de mí rostro y mi verdadero Díos».

Luego, cuando tu corazón caiga, levántalo con toda suavidad, y humíllate mucho delante de Dios por el conocimiento de tu miseria, sin maravillarte de tu caída, pues no nos ha de sorprender que la enfermedad esté enferma, ni que la debilidad esté débil, ni que la miseria sea miserable. Detesta, pues, con todas tus fuerzas, las ofensas que Dios ha recibido de ti, y, con gran aliento y confianza en su misericordia, emprende de nuevo el camino de la virtud, del que te habías alejado.

CAPÍTULO X

QUE ES MENESTER TRATAR LOS NEGOCIOS CON CUIDADO,

PERO SIN AFÁN NI INQUIETUD

El cuidado y la diligencia que hemos de poner en nuestros asuntos son cosas muy diferentes de la preocupación, de la inquietud y del afán. Los ángeles tienen cuidado de nuestra salvación y nos la procuran con diligencia, mas no por ello sienten inquietud, desasosiego, ni ansia; porque el cuidado y la diligencia son propios de su caridad, pero la inquietud, el desasosiego y el afán serían del todo contrarios a su felicidad, pues el cuidado y la tranquilidad, y la paz del espíritu, pero no el afán, ni la inquietud, ni mucho menos la obsesión. Seas, pues, Filotea, cuidadosa y diligente en todos los asuntos que tuvieres a tu cargo, porque Dios te los ha confiado y quiere que los trates cual conviene; pero, si te es posible, no andes solícita ni ansiosa, es decir, no los emprendas con inquietud, angustia y afán. No te apresures en tu cometido, porque toda precipitación turba la razón y el juicio, y nos impide también hacer las cosas por las cuales nos afanamos.

Cuando Nuestro Señor reprende a Santa Marta, le dice: «Marta, Marta, andas muy solícita y te turbas por muchas cosas». ¿Ves? Si hubiese sido simplemente cuidadosa, no se hubiera perturbado; pero, como que andaba preocupada e inquieta, se precipita y se turba, por lo que Nuestro Señor la reprende. Los ríos que se deslizan suavemente por la llanura, conducen grandes navíos y ricas mercancías, y las lluvias que caen suavemente en los campos, los fecundan y los llenan de hierbas y de mieses; pero los torrentes y los ríos que corren tumultuosamente por la tierra, arruinan sus cercanías y son inútiles para el tráfico, de la misma manera que las lluvias violentas y tempestuosas llevan la desolación a los campos y a las praderas. Jamás trabajo alguno, hecho con impetuosidad y con prisas, ha llegado a feliz término; es menester apresurarse lentamente, como lo dice el viejo adagio: «El que corre, afirmaba Salomón, está en peligro de chocar y tropezar». Siempre obramos de prisa, cuando obramos bien. Los moscardones meten mucho ruido y andan más afanosos que las abejas, pero sólo fabrican cera y no miel. Así los que se afanan con un afán torturador y con una inquietud ruidosa, nunca hacen mucho bien.

Las moscas no nos molestan por su fuerza sino por su multitud. De la misma manera los grandes quehaceres no turban tanto como los pequeños, cuando éstos son muy numerosos. Recibe con paz todo el trabajo que venga sobre ti, y procura atender a él ordenadamente, haciendo unas cosas después de las otras; pero si quieres hacerlas todas a un tiempo y con desorden, tendrás que hacer esfuerzos que fatigarán y agotarán tu espíritu, y, por lo regular, quedarás deshecha por la angustia, y sin ningún provecho.

Y, en todos tus negocios, estriba únicamente en la providencia de Dios, pues sólo por ella tendrán éxito tus designios; trabaja, empero, por tu parte, suavemente, para cooperar con la Providencia, y después, cree que, si confías en Dios, el resultado que obtengas siempre será el más provechoso para ti, ya te parezca bueno, ya malo, según tu particular juicio.

Haz como los niños, que dan una de sus manos a su padre, y, con la otra, cogen fresas o moras junto a los cercados; asimismo, mientras vas reuniendo y manejando los bienes de este mundo con una de tus manos, coge siempre, con la otra, la mano del Padre celestial, y vuélvete de vez en cuando hacia Él, para ver si está contento de tu trabajo o de tus ocupaciones, y, sobre todo, guárdate de soltarle la mano y de sustraerte a su protección, pensando que cogerás y allegarás más, porque, si Él te abandonase, no darías un paso sin caer de bruces en tierra. Quiero decir, Filotea, que cuando estés en medio de las ocupaciones naturales y quehaceres comunes, que no exigen una atención demasiado fuerte ni absorbente, pienses más en Dios que en el trabajo, y, cuando éste sea de tanta importancia que exija toda tu atención para ser bien hecho, fija, de vez en cuando, la vista en Dios, como lo hacen los que navegan por el mar, los cuales, para ir al lugar que desean, miran más al cielo que abajo por donde andan remando. Así Dios trabajará contigo, en ti y por ti, y tu trabajo irá acompañado de consuelo.                             

CAPÍTULO XI

DE LA OBEDIENCIA

Sólo la caridad nos eleva hasta la perfección, pero la obediencia, la castidad y la pobreza son los tres grandes medios para alcanzarla. La obediencia consagra nuestro corazón, la castidad nuestro cuerpo y la pobreza nuestros bienes, al amor y al servicio de Dios; son las tres ramas de la cruz espiritual, pero las tres fundadas en la cuarta, que es la humildad. Nada diré de estas tres virtudes consideradas como objeto del voto solemne, porque esto sólo corresponde a los religiosos, ni tampoco en cuanto son materia del voto simple, porque, aunque el voto confiere muchas gracias y gran mérito a todas las virtudes, no obstante, para que nos hagan perfectos, no se requiere el voto, con tal que se practiquen. Porque, si bien haciendo voto de estas virtudes, sobre todo, si el voto es solemne, llevan al hombre al estado de perfección, con todo, para conducirlo a ésta, basta que sean observadas, pues existe mucha diferencia entre el estado de perfección y la perfección, ya que todos los religiosos y todos los obispos se hallan en este estado, y, no obstante, no todos son perfectos, como harto lo muestra la experiencia. Esforcémonos, pues, Filotea, en practicar estas tres virtudes, cada uno según su vocación, porque, aunque no puedan constituirnos en estado de perfección, nos darán, sin embargo, la perfección misma; todos estamos obligados a la práctica de estas tres virtudes, aunque no todos debamos practicarlas de la misma manera...hay dos clases de obediencia: una obligatoria, y otra voluntaria. En cuanto a la obligatoria, es necesario que obedezcas humildemente a tus superiores eclesiásticos, como al Papa, a los obispos, al párroco y a todos los que de ellos tienen autoridad delegada; has de obedecer también a tus superiores políticos, es decir: a tu príncipe o gobierno y a los magistrados que hayan designado para tu región; finalmente, has de obedecer a tus superiores domésticos, es decir: a tu padre, a tu madre, a tu maestro, a tu maestra. Ahora bien, esta obediencia se llama necesaria, porque nadie puede eximirse del deber de obedecer a dichos superiores, investidos por Dios de autoridad, para mandar y gobernar a cada uno, según el cargo que tienen sobre nosotros. Cumple, pues, sus mandatos, porque esto es necesariamente obligatorio, y, para ser perfecta, sigue también sus consejos y aun sus deseos e inclinaciones, mientras la caridad y la prudencia te lo permitan. Obedece, cuando te mandan alguna cosa agradable, como comer, tener recreación, porque, aunque te parezca que no hay gran virtud en estos casos, sin embargo, sería vicioso desobedecer; obedece en las cosas indiferentes, como en llevar éste o aquél vestido, ir a éste o aquél camino, en cantar o callar, y ésta será ya una obediencia muy recomendable; obedece en cosas difíciles, ásperas y duras, y esto será una obediencia perfecta. Finalmente, obedece con dulzura, sin réplica, pronto y sin dilación, con alegría y sin malhumor; y, sobre todo, obedece amorosamente, por amor a Aquel que, por nuestro amor, «se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz», y el cual, como dice San Bernardo, prefirió perder la vida que la obediencia.

Para aprender a obedecer con facilidad a tus superiores, condesciende de buen grado con tus iguales, cediendo a su parecer en lo que no sea malo, sin ser disputadora ni terca; acomódate suavemente a los deseos de tus inferiores, tanto cuanto la razón te lo permita, sin ejercer sobre ellos tu autoridad de una manera imperiosa, siempre que sean buenos.

Es una equivocación creer que si una persona fuese religiosa obedecería fácilmente, cuando es difícil y rebelde en prestar obediencia a los que Dios ha puesto sobre nosotros.

Llamamos obediencia voluntaria a aquella a la cual nos obligamos por nuestra propia elección y que por nadie nos ha sido impuesta. Nadie escoge voluntariamente a su príncipe o a su obispo, a su padre o a su madre, y, con frecuencia, tampoco al esposo, pero es de libre elección el confesor, el director. Pues bien, tanto si, al escogerlo, se hace voto de obedecerle (como se cuenta de Santa Teresa, la cual, además del voto solemne de obediencia debido al superior de su orden, se obligó, con voto simple, a obedecer al padre Gracián, como si se le obedece sin voto, siempre esta obediencia se llama voluntaria, por razón de su fundamento, que depende de nuestra voluntad y elección.

Es menester obedecer a todos los superiores, pero a cada uno en aquello de lo cual tiene cargo sobre nosotros; de la misma manera que, en lo que concierne a la policía y a las cosas públicas, hay que obedecer a los príncipes; a los prelados, en todo lo que se refiere a la disciplina eclesiástica; en las cosas domésticas, al padre, a la madre, al marido; en el gobierno particular del alma, al director y al confesor particular.

Haz que tu padre espiritual te ordene los actos de piedad que has de practicar, porque así saldrán mejorados y será doble su gracia y su bondad: una, por razón de si mismos, por ser actos piadosos; otra, por razón de la obediencia, que los habrá dispuesto, y por la cual habrán sido hechos. Bienaventurados los obedientes, porque jamás permitirá Dios que se extravíen.

CAPÍTULO XII

DE LA NECESIDAD DE LA CASTIDAD

La castidad es el lirio de las virtudes; ella hace a los hombres iguales a los ángeles; nada es bello sino por la pureza, y la pureza de los hombres es la castidad. La castidad se llama honestidad, y su profesión, honra; también se llama integridad, y su contrario, corrupción; resumiendo, ella tiene la gloria particular de ser la bella y blanca virtud del alma y del cuerpo.

Nunca es lícito permitirse cualquier placer impúdico de nuestro cuerpo, sea cual fuere.

El corazón casto es como la madreperla, que no puede recibir ninguna gota de agua que no baje del cielo.

Por el primer grado de esta virtud, guárdate, Filotea, de admitir ninguna clase de delectación, que esté prohibida y vedada. Por el segundo grado, huye, cuanto te sea posible, de las delectaciones inútiles y superfluas, aunque sean lícitas y estén permitidas. Por el tercero, no pongas afecto en los placeres y deleites.

Las vírgenes necesitan una castidad en extremo simple y delicada, para alejar de su corazón toda suerte de pensamientos curiosos y para despreciar, con desdén absoluto, toda clase de placeres inmundos, los cuales, ciertamente, no merecen ser deseados por los hombres, puesto que los jumentos y los cerdos son más capaces de ellos. Guárdense, pues, mucho, las almas puras, de poner jamás en duda que la castidad es incomparablemente mejor que todo cuanto le es incompatible, porque, como dice San Jerónimo, el enemigo, empuja con violencia a las vírgenes al deseo de probar las delectaciones, representándoselas como infinitamente más agradables y sabrosas de lo que son, cosa que, con frecuencia, las perturba en gran manera, porque, como añade este Santo Padre, creen que es más delicioso lo que desconocen. Porque, así como la mariposa al ver la llama, anda revoloteando curiosamente en torno de ella, para ver si es tan deliciosa como hermosa, y empujada por esta ilusión, no cesa, hasta que perece en la primera prueba, de' mismo modo, los jóvenes, de tal manera se dejan cautivar por la falsa y necia afición al placer de las llamas voluptuosas, que, después de muchos pensamientos curiosos, acaban por perderse y arruinarse en ellas, y, en esto, son más necios que las mariposas, puesto que éstas tienen algún motivo para creer que el fuego es delicioso, porque es tan bello, mientras que ellos, sabiendo que lo que buscan es extremadamente deshonesto, no por ello dejan de tener en más estima la loca y brutal delectación.

Ves, pues, que la castidad es necesaria. «Procurad la paz con todos, dice el Apóstol, y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios». Ahora bien, por la santidad entiende la castidad, como dice San Jerónimo y hace notar San Crisóstomo. No, Filotea, «nadie verá a Dios sin la castidad, nadie habitará en su santo tabernáculo, si, no es limpio de corazón»; y, como dice el mismo Salvador, «los perros y los impúdicos serán ahuyentados», y « bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».                                            

CAPÍTULO XIII

AVISOS PARA CONSERVAR LA CASTIDAD

Seas extremadamente pronta en alejarte de todos los senderos y de todos los incentivos de la impureza, porque este mal obra insensiblemente, Y, de comienzos muy insignificantes, va a parar a grandes catástrofes; siempre es más fácil huir que curarse.

Los cuerpos humanos son corno los vasos de cristal, que no se pueden llevar de manera que f

roten los unos con los otros, sin peligro de que se rompan, y como la fruta, que, por entera y sazonada que esté, se avería, si toca la una con la otra. La misma agua, por fresca que sea dentro de un vaso, no puede conservar la frescura durante mucho tiempo, si es tocada por algún animal de la tierra. No permitas jamás, Filotea, que nadie te toque, ni para bromear ni para acariciarte, porque, aunque, por casualidad, se pudiera conservar la castidad en medio de estas acciones, antes ligeras que maliciosas, no obstante, la frescura y la flor de la castidad reciben de ellas detrimento y pérdida; pero dejarse tocar deshonestamente es la ruina completa de la castidad.

La castidad brota del corazón como de un manantial, pero se refiere al cuerpo como a su materia; por esto se pierde por todos los sentidos del cuerpo y por los pensamientos y deseos del corazón. Es impúdico mirar, oír, hablar, oler, tocar cosas deshonestas, cuando el corazón se entretiene y se complace en ellas. San Pablo dice sin ambajes: «La fornicación ni siquiera se nombre entre nosotros». Las abejas no solamente no quieren tocar las cosas podridas, sino que huyen y aborrecen en extremo toda suerte de malos olores que de ellas emanan. La sagrada Esposa, en el Cantar de los Cantares, tiene las manos que destilan mirra, licor que preserva de la corrupción; sus labios están protegidos por una cinta carmesí, símbolo del pudor en las palabras; sus ojos son de paloma, a causa de su nitidez; sus orejas llevan pendientes de oro, señal de pureza; su nariz está siempre entre los cedros del Líbano, madera incorruptible. Tal ha de ser el alma devota: casta, pura, honesta de manos, de labios, de oídos, de ojos y de todo su cuerpo.

A-este propósito, te repito las palabras que el antiguo padre Juan Casiano refiere como salidas de labios del gran San Basilio, el cual, hablando de sí mismo, dijo un día: «Yo no sé lo que son las mujeres y, no obstante, no soy virgen». Ciertamente, la castidad puede perderse de tantas maneras cuantas son las clases de lascivias y de impurezas, las cuales, según sean grandes o pequeñas, unas debilitan, otras hieren y otras dan muerte al instante. Hay ciertas familiaridades y pasiones indiscretas, frívolas y sensuales, las cuales, propiamente hablando, no violan la castidad y, no obstante, la debilitan, la enflaquecen y empañan su hermosa blancura. Hay otras libertades y pasiones, no sólo indiscretas, sino viciosas; no sólo frívolas, sino deshonestas; no sólo sensuales, sino carnales, y de éstas, la castidad sale, a lo menos, malparada y comprometida. Digo «a lo menos», porque muere y sucumbe del todo, cuando las ligerezas y la lascivia producen en la carne el último efecto del placer voluptuoso, pues entonces la castidad sucumbe más indigna, vi¡ y desgraciadamente que cuando perece por la fornicación, el adulterio o el incesto, porque estas últimas especies de vileza son tan sólo pecado, mientras que las demás, como dice Tertuliano en su libro De pudicitia, son monstruos de iniquidad y de pecado. Ahora bien, Casiano no cree, ni yo tampoco, que San Basilio se refiera a un tal desorden, cuando se acusa de no ser virgen, porque, sin duda, se refiere tan sólo a los malos y voluptuosos pensamientos, los cuales, aunque no hubiesen maculado su cuerpo, podían, no obstante, haber contaminado el corazón, de cuya castidad las almas santas son en extremo celosas,

No trates, en manera alguna, con personas impúdicas, sobre todo si, además, son desvergonzadas, como suelen serlo casi siempre; porque así como los machos cabríos, al lamer los almendros dulces, los convierten en amargos, así también estas almas malolientes y estos corazones infectos no hablan con persona alguna, del mismo o de diferente sexo, a cuyo pudor no causen algún detrimento: tienen el veneno en los ojos y en el aliento, como el basilisco. Al contrario, trata con personas castas y virtuosas; piensa y lee con frecuencia las cosas sagradas, porque «la palabra de Dios es casta» y hace castos a los que se dan a ella, por lo que David la compara con el topacio, piedra preciosa que tiene la propiedad de adormecer el ardor de la concupiscencia.

Procura estar siempre cerca de Jesucristo crucificado, espiritualmente por la meditación, y realmente por la sagrada Comunión, porque, así como los que duermen sobre la hierba llamada agnus-castus, se hacen castos y honestos, de la misma manera, si tu corazón descansa sobre Nuestro Señor, que es el verdadero Cordero casto e inmaculado, verás presto tu alma y tu corazón purificado de toda mancha y lubricidad.       


CAPÍTULO XIV

DE LA POBREZA DE ESPÍRITU PRACTICADA EN MEDIO DE LAS RIQUEZAS

« Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» ; luego, desgraciados los ricos de espíritu, porque de ellos es la desgracia del infierno. Es rico de espíritu aquel que tiene las riquezas en su espíritu o su espíritu en las riquezas; aquel es pobre de espíritu, que no tiene las riquezas en su espíritu ni su espíritu en las riquezas. Los halcones construyen sus nidos en forma de pelota y sólo dejan en ellos una abertura en la parte superior; los dejan en la orilla, junto al mar, y los hacen tan fuertes e impenetrables, que, aunque se los lleven las olas, nunca puede entrar en ellos el agua, sino que siempre flotan, y permanecen en medio del mar, sobre el mar y como señores del mar. Tu corazón, querida Filotea, ha de ser como estos nidos, abierto solamente al cielo e impenetrable a las riquezas y a las cosas perecederas; si posees alguna de estas cosas, guarda tu corazón libre de todo afecto a ellas; haz que siempre se mantenga por encima de todo y que, en medio de las riquezas, permanezca sin riquezas y sea señor de las riquezas. No, no pongas este espíritu celestial en las riquezas de la tierra; haz que se conserve siempre superior, sobre ellas y no debajo de ellas.

Hay mucha diferencia entre poseer venenos y ser envenenados. Así todos los farmacéuticos tienen venenos, para servirse de ellos en diversas ocasiones, pero no, por ello, están envenenados, porque no tienen el veneno en su cuerpo, sino en sus tiendas. De la propia manera puedes tú tener riquezas sin ser emponzoñada por ellas; así ocurrirá si las tienes en tu bolsillo o en tu casa, pero no en tu corazón. Ser rico de hecho y, a la vez, pobre de espíritu, he aquí la gran felicidad del cristiano, porque, de esta manera, goza de las ventajas de la riqueza en este mundo y del mérito de la pobreza en el otro.

¡Ali Filotea! Jamás confesará nadie que es avaro; todos quieren ser tenidos por libres de esta bajeza y vileza del corazón. Unos dan por excusa la pesada carga de los hijos; otros dicen que la prudencia exige allegar recursos; nunca hay bastante, y siempre se descubren necesidades para tener más; aun los más avaros no sólo no confiesan que lo son, pero ni siquiera lo creen en su conciencia; porque la avaricia es una fiebre prodigiosa, que se vuelve más insensible cuanto es más violenta y ardorosa. Moisés vió, que el fuego sagrado quemaba una zarza y no la consumía; el fuego profano de la avaricia quema y devora al avariento, pero no le consume; al contrario, el avaro, en medio de los ardores y calores más excesivos, se gloria de sentir el fresco más agradable del mundo y cree que su sed insaciable es una sed enteramente natural y ligera.

Si durante mucho tiempo, apeteces, con ardor e inquietud, los bienes que no posees, aunque andes diciendo que no los quieres poseer injustamente, no por ello dejas de ser avaro de verdad. El que ardorosamente, durante mucho tiempo y con inquietud, desea beber, aunque sólo quiera beber agua, da pruebas de que tiene calentura.

¡ Filotea ! No sé si es un deseo justo el desear poseer justamente lo que otros justamente poseen; pues parece que, con este deseo, lo que quisiéramos sería acomodarnos mediante la incomodidad del prójimo. Cuando alguno posee un bien justamente, ¿no es más justo que él lo guarde justamente, que desear nosotros poseerlo aunque sea con justicia? ¿Por qué, pues, hacemos recaer nuestros deseos sobre el bien de los demás, para privarles de él? Ciertamente, aunque fuese justo este deseo, no sería caritativo, porque nosotros no quisiéramos que nadie desease, aunque fuese justamente, lo que justamente queremos conservar. Tal fue el pecado de Acab, el cual quiso poseer, sin injusticia, la viña de Nabot, quien, más justamente todavía, deseaba conservarla; la deseó con ardor, durante mucho tiempo, y con afán, con lo cual ofendió a Dios.

Antes de desear los bienes del prójimo, amada Filotea, aguarda que comience a querer desprenderse de ellos, pues entonces su deseo hará que el tuyo no sólo sea justo, sino también conforme a la caridad. Y digo esto, porque deseo que te

preocupes de acrecentar tus bienes y caudales, con tal que lo hagas, no sólo según justicia, sino también con dulzura y caridad.

Si sientes gran afecto a los bienes que posees, si te traen muy atareada y pones en ellos el corazón, esclavizando a ellos tu pensamiento y temiendo perderlos, con un miedo intenso e impaciente, ello es debido a que padeces todavía cierta fiebre; porque los calenturientos suelen beber el agua que les dan con una avidez, con una especie de atención y presteza, que no tienen los que están sanos; no es posible complacerse mucho en una cosa, sin ponerle mucho afecto. Si te acontece que, al perder alguno de tus bienes, sientes que tu corazón queda muy desolado y afligido, créeme, Filotea, ello es debido a que le tenías mucha afición, porque no hay señal mayor del afecto a una cosa perdida que la aflicción causada por su pérdida.

No desees, pues, con un deseo completo y formal el bien que no posees; no introduzcas muy adentro de tu corazón el que ya tienes; no te aflijas por las pérdidas que puedan sobrevenir, y entonces tendrás motivos para creer que, siendo rica de hecho, no lo eres de afecto, sino que eres pobre de espíritu, y, por lo tanto, bienaventurada, porque «tuyo es el reino de los cielos».

CAPÍTULO XV

CÓMO HA DE PRACTICAR LA POBREZA REAL EL QUE ES RICO DE HECHO

El pintor Parrasio pintó al pueblo ateniense de una manera muy ingeniosa, representándolo con un carácter diverso y variable, colérico, injusto, inconstante, cortés, clemente, misericordioso, altivo, glorioso, humilde, valiente y pusilánime y todo esto en un conjunto; pero yo, amada Filotea, quisiera poner juntas en tu corazón la riqueza y la pobreza, un gran cuidado y un gran desprecio de las cosas temporales.

Has de tener mucho más interés del que tienen los mundanos en hacer que tus bienes sean útiles y fructuosos. Dime: los jardineros de los grandes príncipes ¿no son mucho más solícitos y diligentes en cultivar y embellecer los jardines que tienen bajo su cuidado, que si fuesen de su propiedad? ¿Por qué esto? Sin duda, porque consideran aquellos jardines como jardines de príncipes y de reyes, a los cuales desean hacerse gratos por estos servicios. Ahora bien, Filotea, los bienes que tenemos no son nuestros: Dios nos los ha dado y quiere que los hagamos útiles y fructuosos, por lo que le prestamos un servicio agradable cuando tenemos este cuidado.

Pero conviene que sea un cuidado más grande y más sólido que el que tienen los mundanos de sus bienes, porque éstos sólo trabajan por amor de sí mismos, y nosotros hemos de trabajar por amor de Dios; ahora bien, así como el amor de sí mismo es un amor violento, turbulento e inquieto, así también el cuidado que produce está lleno de turbación, de tristeza y de inquietud; y, así como el amor de Dios es dulce, apacible y tranquilo, así la solicitud que de él se deriva, aunque se trate de los bienes de la tierra, es amable, dulce y graciosa. Tengamos, pues, este cuidado amable de la conservación, y aun del aumento, de nuestros bienes temporales, cuando se ofrezca ocasión justa para ello y en cuanto lo exija nuestra condición, ya que Dios quiere que así lo hagamos por su amor.

Pero procura que el amor propio no te engañe, porque, a veces, de tal manera remeda el amor de Dios, que se corre el riesgo de creer que ambos son una misma cosa. Ahora bien, para impedir que te engañe y que este cuidado de los bienes temporales degenere en avaricia, además de lo que te he dicho en el capítulo precedente, es menester practicar con mucha frecuencia la pobreza real y efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios nos haya dado.

Despréndete siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de corazón a los pobres; porque dar de lo que se posee es empobrecerse algún tanto, y, cuanto más des, más pobre serás. Es cierto que Dios te lo devolverá, no sólo en el otro mundo, sino también en éste, porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna; siempre serás pobre de ello. ¡ Oh! ¡Santa y rica pobreza la que nace de la limosna!

Ama a los pobres y a la pobreza, porque, mediante este amor, llegarás a ser verdaderamente pobre, porque, como dice la Escritura, nosotros nos volvemos como las cosas que amamos. El amor hace iguales a los amantes. ¿Quién es débil -dice San Pablo-, que yo no lo sea con él?» Y hubiera podido decir: «¿Quién es pobre, que yo no lo sea con él?» porque el amor le hacía ser como aquellos a quienes amaba. Si, pues, amas a los pobres, serás verdaderamente amante de su pobreza, y pobre como ellos. Ahora bien, si amas a los pobres, has de andar con frecuencia entre ellos; complácete en hablarles; no te desdeñes de que se acerquen a ti en las iglesias, en las calles y en todas partes. Seas con ellos pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero seas rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que eres poseedora de riquezas.

¿Quieres hacer más, Filotea? No te contentes con ser pobre con los pobres, sino procura ser más pobre que los pobres, ¿De qué manera? «El siervo es menos que su señor». Hazte, pues, sierva de los pobres. Sírveles en el lecho cuando están enfermos, con tus propias manos; seas su cocinera a costa tuya; seas su costurera y su lavandera. ¡Oh, Fílotea! este servicio es más glorioso que una realeza.

Nunca he admirado lo bastante el fervor con que este consejo fue practicado por San Luis, uno de los grandes reyes que ha habido en el mundo -gran rey, digo; rey de toda clase de grandezas- Servía con frecuencia a los pobres, a quienes sustentaba, y, casi todos los días, hacía sentar tres a su mesa; con frecuencia comía de sus sobras, con un amor sin igual. Cuando visitaba los hospitales (cosa que hacía muy a menudo), solía servir a los que padecían los males más horribles, como a los leprosos, a los cancerosos y a otros semejantes, y les servía con la cabeza descubierta y de rodillas, respetando, en su persona, al Salvador del mundo, y amándolos con un afecto tan tierno como el de una dulce madre para con su hijo. Santa Isabel, hija del rey de Hungría, estaba ordinariamente entre los pobres ' y, a veces, se complacía en aparecer en medio de sus damas vestida como una mujer pobre, y les decía: «Si fuese pobre, vestiría así». ¡Ah, amada Fílotea! ¡Qué pobres eran este príncipe y esta princesa, en medio de sus riquezas, y que ricos en su pobreza!

«Bienaventurados los que son pobres de esta manera, porque de ellos es el reino de los cielos». «Tenía hambre, y vosotros me disteis de comer; tenía frío, y vosotros me cubristeis; tomad posesión del reino que os ha sido preparado desde la creación del mundo», dirá el Rey de los pobres y Rey de los reyes en su gran juicio.

Nadie hay que, alguna vez, no tenga alguna privación o alguna falta de comodidades. A veces acontece que llega un huésped, al que quisiéramos y deberíamos agasajar, y no hay manera de hacerlo en aquel momento; que tenemos los buenos trajes en otra parte, y nos hacen falta para acudir a donde hay que ir por compromiso; que todos los vinos de la bodega se han echado a perder y están agrios: los únicos que tenemos son malos y recientes; que estamos en el campo, en una mala choza, sin cama ni habitación, ni mesa, ni servicio. Finalmente, por rica que sea una persona, es muy fácil que, con frecuencia, le falte alguna cosa necesaria; ésta es, pues, la manera de ser pobre en las cosas que nos faltan. Filotea, alégrate de estas ocasiones, acéptalas de buen grado y súfrelas gozosamente.

Cuando te sobrevengan contratiempos, que te empobrezcan poco a poco, como tempestades, fuego, inundaciones, esterilidades, hurtos, pleitos, ¡ah!, entonces tienes buena coyuntura para practicar la pobreza, recibiendo con dulzura estas disminuciones de intereses y adaptándote con paciencia y constancia a este empobrecimiento. Esaú se presentó a su padre con las manos cubiertas de pelo, y Jacob hizo lo mismo; mas, como quiera que el pelo que estaba en las manos de Jacob no era de su propia piel, sino de los guantes, se le podía arrancar, sin incomodarle ni martirizarle; por el contrario, como la piel de las manos de Esaú era naturalmente peluda, si le hubiesen querido arrancar el pelo, le hubieran causado dolor; él hubiera gritado y se hubiera enardecido para defenderse. Cuando tenemos nuestros bienes en el corazón, si el mal tiempo, o los ladrones, o algún tramposo nos arrebata una parte de ellos, ¡qué quejas, qué turbaciones, qué impaciencias no sentimos! Pero, cuando nuestros bienes no nos preocupan más de lo que Dios quiere, y no los tenemos en el corazón, si acontece que nos los arrancan ' no perdemos, por ello el juicio ni la tranquilidad. Es la misma diferencia que existe entre las bestias y el hombre en cuanto al vestir: el ropaje de las bestias está adherido a la carne; el de los hombres es tan sólo postizo, y pueden quitárselo o ponérselo, según les plazca.

       CAPÍTULO XVI

MANERA DE PRACTICAR LA POBREZA DE ESPÍRITU

EN MEDIO DE LA POBREZA REAL

Pero, si eres realmente pobre, queridísima Filotea, por Dios, procura serlo también de espíritu; haz de la necesidad virtud, y emplea esta piedra preciosa de la pobreza en lo que ella vale: su brillo no es conocido en este mundo, a pesar de que es extremadamente hermoso y rico.

Ten paciencia, pues andas en buena compañía: Nuestro Señor, Nuestra Señora, los Apóstoles y otros muchos santos y santas que fueron pobres, y aun 'pudiendo ser ricos, menospreciaron el serlo. ¡Cuántos grandes del mundo, viniendo las mayores contradicciones, han ido, con diligencia no igualada, a buscar la santa pobreza en los claustros y en los hospitales! Mucho se han afanado para encontrarla, como lo atestiguan San Alejo, Santa Paula, San Paulino, Santa Ángela y tantos otros. Mas, he aquí Filotea, que la pobreza, más amable contigo, se presenta en tu casa; la has encontrado sin buscarla y sin trabajo; abrázala, pues, como a una amiga muy querida de Jesucristo, que nació, vivió y murió en la pobreza, la cual fue su alimento durante toda su vida.

Tu pobreza, Filotea, tiene dos grandes ventajas, merced á las cuales pueden acrecentarse en gran manera tus méritos. La primera es que no te ha sobrevenido por propia elección, sino por la sola voluntad de Dios, que te ha hecho pobre, sin cooperación alguna por parte de tu voluntad. Ahora bien, lo que recibimos puramente de la voluntad de Dios siempre le es más agradable, con tal que lo aceptemos de corazón y por amor a su voluntad divina: donde hay menos de nuestra parte, hay más de parte de Dios. La simple y pura aceptación de la voluntad de Dios, purifica extraordinariamente el sufrimiento.

La segunda ventaja de esta pobreza es el ser una pobreza verdaderamente pobre. Una pobreza alabada, halagada, socorrida y ayudada, participa de la riqueza; a lo menos no es enteramente pobre; pero una pobreza despreciada, rechazada, vilipendiada y abandonada, es pobre de verdad. Ahora bien, tal suele ser ordinariamente la pobreza de los seglares, porque, puesto que no son pobres por propia elección, sino por necesidad, no se hace gran caso de ella; y, porque se hace poco caso, su pobreza es más pobre que la de los religiosos, aunque ésta tenga, bajo otro concepto, una muy grande excelencia y sea mucho más recomendable, por razón del voto y de la intención por la cual ha sido escogida.

No te quejes, pues, amada Filotea, de tu pobreza, porque sólo nos quejamos de lo que nos desagrada, y si te desagrada la pobreza, no eres pobre de espíritu, sino rica de afecto.

No te desconsueles si no te ves socorrida cual convendría, pues precisamente en esto consiste la excelencia de la pobreza. Querer ser pobre sin ninguna incomodidad, supone una ambición muy grande, porque esto es querer el honor de la pobreza y la comodidad de las riquezas.

No te avergüences de ser pobre ni de pedir limosna por caridad; recibe la que te den, con humildad, y acepta, con dulzura, las repulsas. Acuérdate con frecuencia del viaje de la Santísima Virgen a Egipto, llevando allí a su querido Hijo y de los muchos desprecios, pobreza y miseria que hubo de soportar. Si vives como ella, serás muy rica en medio de tu pobreza.

Preguntas y comentarios sobre este hermoso libro, te esperamos en : 
http://www.facebook.com/topic.php?uid=33846960257&topic=26460

Subpáginas (1): filotea-semanal
Comments