La Contemplación Eucarística

La Contemplación Eucarística:

Reflexiones sobre Jesucristo como Revelación Escatológica de Dios.

La Escatología tiene que ver con los últimos tiempos, lo que está por venir y también con lo que ya acontece. Es el “ya, pero todavía no”. Esa plenitud en Cristo que nos ha sido dada pero que aún no se manifiesta completa y plenamente. Dios lo dio todo, lo Reveló todo; con Cristo se Revela todo de Dios, con El nos ha sido dada la última Revelación pero aún no podemos ver su manifestación plena hasta la Parusía, es decir, hasta que Jesucristo vuelva en Gloria y Majestad. El lo dice en el evangelio, en Juan 6, 38-40: “porque no bajé del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que no pierda a ninguno de los que me confió, sino que los resucite en el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que contempla al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.”.

Jesucristo es el Pan de vida eterna y es la Plenitud pero aún no se nos manifiesta en toda su magnificencia, en toda su Gloria, debemos contemplarlo con los ojos y la certeza de la fe, con la esperanza y el amor porque si le contemplamos aquí en esta vida terrena, si gastamos horas de nuestro tiempo en estar con El, cuando llegue el fin de nuestra vida, entonces tendremos una buena muerte, una gran confianza en la Misericordia de Dios en el momento del juicio particular y del juicio final, podremos morir lanzándonos en los brazos del Padre ya que él nos resucitará en el último día porque hemos comido el Pan que da la vida eterna, hemos contemplado a su Hijo y hemos estado bajo la mirada amorosa de El que nos ha llenado de gracia y que nos ha capacitado para ser sus discípulos, a pesar de nuestra insignificancia; no seremos desconocidos para El, nos reconocerá, nos resucitará y viviremos eternamente mirándole sentado a la derecha del Padre en su eterno esplendor y Gloria, en su presencia llena de amor,  tendremos participación plena de ese amor y de esa Gloria, que como dice Pablo en Rom 8, 17: ”si compartimos su pasión, compartiremos su Gloria”  y en Rom 8,24-25: ”Porque en esperanza estamos salvos; que la esperanza que se ve, ya no es esperanza. Porque lo que uno ve, ¿cómo esperarlo?; pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos.”. Tal es nuestra esperanza, llena de fe, a pesar de la ceguera del hoy confiamos en la luz del mañana.

Según el Padre Raniero Cantalamessa, la contemplación Eucarística, no es otra cosa que: “la gracia o el don de saber establecer un contacto de corazón a corazón con Jesús, presente realmente en la Hostia y, a través de Él, elevarse hasta el Padre en el Espíritu Santo”. Todo esto, en silencio. Un silencio tanto exterior como interior. “El silencio - dice el Padre Cantalamessa - es el esposo de la contemplación que la custodia, tal como José custodiaba a María”. Y continúa diciéndonos:”contemplar a Jesucristo en la Eucaristía, es establecerse intuitivamente en la realidad divina y gozar de su presencia, gozar de la Verdad encontrada que es Cristo, es una mirada afectiva sobre Dios”.

La contemplación cristiana no está dirigida a la nada (como en otras religiones orientales, particularmente en el budismo), porque está dirigida a la persona de Cristo. Son siempre, dos miradas que se encuentran, aunque a veces la nuestra baje los ojos, la de Dios no.

A veces se reduce a darle tan sólo la alegría de contemplarnos, ya que siendo indignos pecadores, somos el motivo y fruto de su pasión y por nosotros dio su vida. El nos mira y esa mirada nos abre grandes posibilidades de llegar a ser como Dios nos pensó antes de nacer, de que se realice su sueño en nosotros, una aventura de un Dios loco de amor que nos transforma por la epifanía de su mirada, tal como la madre contempla al hijo mientras lo amamanta y eso le permite al niño crecer y desarrollarse, así mismo, El, nos nutre con sus rayos de amor y de gracia para cambiar nuestra agua en vino, para cambiar nuestro corazón.

Según el Padre Cantalamessa, la contemplación Eucarística también se puede dar en tiempos de profunda aridez ya que se le puede dar a ésta un gran sentido, renunciando a nuestra satisfacción que proviene del fervor para hacerle feliz a El, tal como las palabras de Charles de Foucauld: … “Tu felicidad, Jesús, me basta”…Jesús tiene a su disposición la eternidad para hacernos felices a nosotros; nosotros no tenemos más que éste momento para hacerle feliz a El.

Contemplando a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar, realizamos la profecía pronunciada en el momento de la muerte de Jesús en la cruz y que muestra que se estaban cumpliendo las escrituras: “mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37), aún más, la contemplación es en sí misma una profecía ya que es una anticipación de lo que haremos por toda la eternidad en la Jerusalén celestial; es la actividad más escatológica y profética que se puede realizar en la Iglesia. Al final de los tiempos, no habrá más inmolación del Cordero ni banquete en el que se coma su carne; cesarán la consagración y también la comunión, pero nunca se acabará la contemplación del Cordero inmolado por cada uno de nosotros. Esto es lo que hacen todos los ángeles y santos en el cielo (Ap 5,8ss).  

Cuando cantamos salmos y cánticos nos incorporamos al coro de ángeles y santos que desde siempre y para siempre cantan alabanza a Dios y al igual que ellos, cuando estamos frente al Tabernáculo, contemplando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar, nos postramos en adoración junto a esa Iglesia Triunfante que en una eterna prosternación, adora hasta el fin de los tiempos; ellos delante y nosotros detrás del Altar; ellos en la visión beatífica y nosotros en la fe.

Sibylle Hecker Neira

Concepción, Enero de 2011

                                                                                                                                                                                     

Bibliografía:

E. Nacar y A. Colunga: Sagrada Biblia. Editorial Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, quincuagésima cuarta edición (1999)

P. Raniero Cantalamessa: La Eucaristía: nuestra santificación.  

 

                                                                                                              

 

 

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