La Inmaculada Concepción en los Padres de la Iglesia: Parte I


Por Anwar Tapias Lakatt

El dogma de la Inmaculada Concepción nos enseña que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano[1]. Esta enseñanza es rechazada por grupos no católicos, que cuestionan la falta de bases en la Escritura y el “silencio” o “rechazo” de los Padres de la Iglesia al respecto, creyendo erróneamente que la Iglesia se inventó esta doctrina en 1854, cuando fue promulgado el Dogma.

En este artículo vamos a ir colocando las citas a favir desde los primeros siglos, para entender cómo se fue dando la comprensión de los Padres de la Iglesia al respecto. Vamos a ir siglo a siglo colocando algunas referencias de los Padres de la Iglesia sobre este desarrollo. Todas las citas aquí colocadas han sido verificadas en las fuentes originales. Existen otras citas de padres como San Efrén, Orígenes, San Jacobo de Sarug o San Juan Damasceno que no pudimos validar de la fuente original pero que testimonian que ellos también creían en la santidad original de María.

 

SIGLO II

En el siglo II encontramos una primera alusión en San Justino Martir. San Justino es el primero que empieza a ver un paralelo entre Eva y María. Lo llamativo de este paralelo, es que no es algo nuevo, pues ya el Evangelista San Juan

San Justino Mártir en el siglo II escribe:

Si por medio de la Virgen Cristo se hizo hombre, es porque el plan divino establece que por el mismo camino en que comenzó la desobediencia de la serpiente se encontrara también la solución. En realidad, Eva era virgen e incorrupta cuando acogió en su seno la palabra que le dirigió la serpiente y dio a luz la desobediencia y la muerte, por el contrario la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le anunció la buena nueva (evangelizoménou) de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra, de manera que el ser santo nacido de ella sería Hijo de Dios (Lc 1,35). Ella respondió: Hágase en mi según tu palabra (Lc 1,38)". (Diálogo con Trifón, 100)

Vemos que San Justino en el siglo II resalta que Eva era virgen e incorrupta cuando acoge la palabra de desobediencia. Luego menciona el momento cuando María la acoge. En ese paralelo podemos notar la intención descriptiva del santo.


Posteriormente, en el siglo III, San Ireneo mantiene esa línea:

El Señor vino y se manifestó en una verdadera condición humana que lo sostenía, siendo a su vez ésta su humanidad sostenida por Él, y, mediante la obediencia en el árbol de la cruz, llevó a cabo la expiación de la desobediencia cometida en otro árbol, al mismo tiempo que liquidaba las consecuencias de aquella seducción con la que había sido vilmente engañada la virgen Eva, ya destinada a un hombre, gracias a la verdad que el Ángel evangelizó a la Virgen María, prometida también a un hombre. Pues de la misma manera que Eva, seducida por las palabras del diablo, se apartó de Dios, desobedeciendo su mandato, así María fue evangelizada por las palabras del Ángel, para llevar a Dios en su seno, gracias a la obediencia a su palabra. Y si aquélla se dejó seducir para desobedecer a Dios, ésta se dejó persuadir a obedecerle, con lo que la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva. (Ad. haer. III, 22, 4)

San Ireneo mantiene el paralelo entre Eva y María, pero es evidente que el paralelo será el estado de ambas al momento de acoger el mensaje que recibían, Eva el del mal y María el del bien. No hay una enseñanza aquí directa de la Inmaculada Concepción, pero sí una reflexión sobre la condición de María frente a Eva.

 

SIGLO III

San Cipriano de Cartago que escribió lo siguiente:

“Tampoco hizo justicia, que como vaso de elección debía ser abierta a las faltas comunes; exaltada sobre otros, ella participó de su naturaleza, no de su pecado

En latín: "Nec sustinebat justitia, ut illud vas electionis communibus lassaretur injuriis; quoniam plurimum a cæteris differens, natura communicabat, non culpa[2]

 

SIGLO IV

San Agustín en el siglo IV escribe también a favor de la pureza de María, aunque en otros textos da a entender lo contrario. Sobre los textos a favor encontramos:

Después menciona a los que "no sólo no pecaron, sino que vivieron en la justicia según los libros divinos, como Abel, Enoc, Melquisedec, Abrahán, Isaac, Jacob, Jesús Nave, Finées, Samuel, Natán, Elías, José, Elíseo, Maqueas, Daniel, Ananias, Azarias, Misael, Ezequiel, Mardoqueo, Simeón, José, esposo de la Virgen María; Juan". Añade también algunas mujeres, como Débora, Ana, madre de Samuel; Judit, Ester, Ana, hija de Fanuel; Isabel y la misma madre de nuestro Señor y Salvador, de la que dice: "La piedad exige que la confesemos exenta de pecado". Exceptuando, pues, a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión (porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno); exceptuando, digo, a esta Virgen[3]

En uno de los debates de San Agustín con Juliano, Juliano acusa a San Agustín que con su explicación del pecado original:

“Tú entregas a María al diablo por razón del nacimiento»es decir, si afirmas que el pecado original se trasmite por generación natural, María fue súbdita del diablo, porque de esta manera descendió y de este modo fue concebida por sus padres”

Juliano consideraba que la doctrina del pecado original transmitido de forma natural también incluiría a la Virgen María, algo que escandaliza a Juliano. San Agustín en su réplica aclara bien la postura:

Al acusarme de patrocinar el error de los maniqueos, imitas la conducta de Joviniano. Este afirma, sí, la virginidad de María en su concepción, pero niega su virginidad en el parto. Como si decir que Cristo nació de una virgen pura y sin mancha fuera creer, con los maniqueos, que Cristo era un fantasma[4]

Hay una cita muy utilizada para afirmar que San Agustín enseñaba que la Virgen murió por el pecado de Adán. Es el salmo 35 en la Enciclopedia Católica, en el que en latín expone:

Maria ex Adam mortua propter peccatum, Adam mortuus propter peccatum, caro Domini ex Maria mortua est propter delenda peccata[5].

La cita no ha sido analizada mucho porque al parecer los protestantes la presentaban como del salmo 34 como debe ser, pero que al constatarla así no se encontraba, pero sí existe la cita. Citando a Pedro Gual podemos decir que Erasmo en sus obras la trae así:

María, oriunda de Adán, muerta por el pecado de Adán, Adán muerto por el pecado, y la carne del Señor, tomada de María fue muerta para borrar los pecados

Explicando el sentido de la cita, termina Gual afirmando que la muerte de María no se da por el pecado original transmitido a ella, sino al pecado de Adán[6]. Incluso, el mismo autor cuestiona si podrían encontrar otra cita que logre insinuar que María murió por culpa del pecado original transmitido a ella.

Otro autor que explica el término “carne de pecado” es Dom Gueranguer, quien explica:

Si ciertos autores de la antigüedad llamaron la carne de María, carne de pecado, todavía es fácil justificar esta expresión en efecto, la carne transmitida a María por sus padres, aunque no hubiera contraído en ella la mancha común, no es por ello menos originariamente la carne de pecado que el Mediador venía a santificar[7].

San Ambrosio en el mismo siglo IV también enseñó:

Levantadme no de Sara, sino de María, la Virgen no únicamente incorrupta sino la Virgen a quien la gracia ha hecho intacta, libre de cualquier mancha de pecado[8]. El texto en latín es: Suscipe me non ex Sarra, sed ex Maria, ut incorrupta sit virgo, sed Virgo per gratiam ab omni integra labe peccati

También tenemos a San Atanasio, que nos enseña:

Pero él tomó un cuerpo de nuestra especie, y no sólo esto, sino de una virgen sin mancha ni óxido, sin saber que un hombre, un cuerpo limpio y puro, y muy en verdad sin concurso de hombre.[9]

 

SIGLO V

En el siglo V fue San Fulgencio de Ruspe, discípulo de San Agustín también expresó en su sermón XXXVI:

“Cuando el Angel le dice a María: Dios te Salve, le patentiza que su salutación es celestial: y cuando le añade: llena de gracia le manifiesta que íntegramente fue excluída la ira de la primera sentencia[10].

En latín:

Cum dicit. Ave, salutalionem il i coelesterm exhibuit. Cum dixit: Gratia plena, ostendit ex integro iram exclusam primae sentenciae, et plenae (alias plenam) benedicitionis gratiam restituiam.

 

San Proclo es otro santo del siglo V que nos deja una bella enseñanza:

Él salió de ella sin ningún defecto, y le hizo para sí mismo sin ninguna mancha[11]. En latín: Quam enin citra omnem sui labem formaverat, ex ea nulla contracta macula processit

 

Teodoreto de Ancira, en el mismo siglo V escribe:

En lugar de Eva, un instrumento de muerte, se elige una virgen, más agradable a Dios y llena de su gracia, como un instrumento de vida. Una Virgen incluida en el sexo de la mujer, pero sin compartir en la culpa de la mujer. Una virgen inocente; inmaculada; libre de toda culpa; impecable; sin mancha; santa en el espíritu y el cuerpo; el lirio entre las espinas[12].

En latín:

Pro ea quae ad mortem ministra exstiterat virgo Eva, Deo gratissima ac Dei plena gratia Virgo in vitae obsequium eligitur: virgo muliebri comprehensa sexu, at muliebris exsors nequitiae: virgo innocens, sine macula, omni culpa vacans, intemerata, impolluta, sancta animo et corpore, sicut lilium inter medias spinas germinus.

 

Otro del siglo V es Hesiquio de Jerusalén quien escribió estas bellas palabras:

Levántate Señor, Tú y el arca de tu santidad, es decir la Virgen, la Teotokos. Si Tú eres una Perla, ella es el joyero. Si Tú eres sol, a ella se le llama tu cielo. Tú eres una flor que no se marchita. La Virgen es pues una planta de incorruptibilidad, un paraíso de inmortalidad[13]

En latín: Surge, Domine, in réquiem tnam, tu et arca sanctificationis tuae, quae est haud dubie Virgo Deipara. Si enim tu est gemma, merito illa est arca. Et quia Sol exsistis, necesario Virgo vocabitur coelum. Cum sis flos inmarcesibilis, profecto Virgo erit planta incorruptionis, et paradisus inmortalitatis.


Siguiendo en el siglo V, San Máximo de Turín nos enseña:

“María fue una casa apropiado para Cristo, no a causa de la disposición de su cuerpo, pero sí a causa de la gracia original[14]

En latín: “Idoneum plane Maria Christo habitaculum non pro habitu corporis, sed pro gratia originali”

 

Siglo VI

El siglo VI también nos deja bellos testimonios.

San Anastasios por ejemplo nos dice:

“El Verbo, que en el principio era Dios, queriendo hacerse hombre, puesto que el hombre no podía ser salvado de otra manera, descendió a un seno virginal, exento de toda corrupción, pues María era una virgen casta de cuerpo y espíritu[15]

En latín:

Verbum enim quod in principio erat Deus, cum vellet fieri homo, quia non posset homo aliter salvus fieri, ingressum est in uterum virginalem et omnis corruptionis expertem: erat enim virgo casta spiritu et corpore.

 

Siglo VII

Tenemos a San Sofronio:

La santa, la radiante Virgen, que en la sabiduría divina, libre de toda mancha, de cuerpo, y alma[16].

Maria sanctae praeclaraeque, quae Dei sunt sapientis, ab omnie contagione liberate, et corporis et anime

Y se podría seguir pero consideramos que con estas citas son suficientes para mostrar la firme creencia de los Padres de la Iglesia, en la pureza original de María.

 

En una próxima entrega explicaremos las citas de los Padres que pueden dar lugar a suponer faltas en María o que fue purificada.



[1] Papa Pio IX. Ineffabilis Deus, 18.

[2] San Cipriano, citado en Summa Aurea de laudibus Beatissimae Virginis Mariae. Joannes Bourassé. Pág. 383

[3] San Agustín, De la naturaleza y la gracia, 42.

[4] San Agustín, Réplica a Juliano. Libro 1

[5] San Agustín, Explicación al Salmo 35, 14

[6] GUAL, Pedro. Triunfo del Catolicismo en la definición dogmática del augusto misterio de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. Imprenta de José María Masías, 1859. Pág. 276.

[7] http://www.domgueranger.net/memoire-sur-la-question-de-limmaculee-conception-1850/

[8] San Ambrosio, PG 15, 1521, 30. In psalm CXVIII Expositio, Sermón XXII.

[9] San Atanasio. En la encarnación de la Palabra. 8 http://www.newadvent.org/fathers/2802.htm

[10] San Fulgencio de Ruspe, Sermo XXXVI. De laudibus Mariae ex partu Salvatoris.

[11] San Proclo. Oratio I. Laudatio in sanctissiman Dei genitricem Mariam, PG 65. 683B

[12]  San Teodoreto de Ancyra. Homilia VI. In S. Deiparam et in nativitatem domini. PG 77, 1427A

[13] San Hesiquio de Jerusalén. Sermón V. Ejusdem de cadem, PG 93, 1464D

[14] San Máximo de Turín. Homilía V, PL 57, 235D

[15] San Anastasio. Oratio III. De incarnatione, PL 87, 1338A

[16] San Sofronio. Epistola synodica ad Sergium. PG 87, 3160D

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