Las 5 prerrogativas del corazón de María según San Juan Eudes


Cinco prerrogativas del Corazón corporal de nuestra Madre admirable que la hacen digna de veneración de los ángeles y de los hombres

La primera consiste en que es el principio de la vida de esta Madre divina. Es principio de todas las funciones de su vida corporal y sensible, vida del todo santa en sí misma y en sus usos. De la vida de aquella que dio nacimiento al Hijo de Dios; de la vida de la Reina del cielo y de la tierra; de la vida de la mujer por quien Dios dio la vida a todos los hijos de Adán, sumidos en el abismo de la muerte eterna; de vida tan noble, digna y santa, la más preciosa a los ojos de Dios que todas las vidas de los hombres y de los ángeles.

La segunda prerrogativa de esta santo Corazón es que preparó y dio la sangre virginal de la que el sagrado cuerpo del Hombre-Dios fue formado en las entrañas de su preciosa Madre. Observa, por favor, que no digo que Nuestro Señor Jesús haya sido formado, al encarnarse, en el Corazón de su Madre. Es un error mencionado por el cardenal Cayetano, como surgido en su tiempo, y que fue muy pronto condenado y sofocado como perniciosa herejía, directamente contraria a las palabras del ángel: Concebirás en tu vientre (Lc 1, 31). Esta opinión destruía la divina maternidad de nuestra Reina pues si ella no hubiera concebido al Hijo de Dios en su vientre virginal no sería verdaderamente su Madre. Lo que afirmo es que su Corazón preparó y proporcionó la sangre de que fue formado su cuerpo.

Así lo piensan varios conocidos doctores al decir que inicialmente la bienaventurada Virgen se turbó y fue sobrecogida de temor por las alabanzas pronunciadas por el ángel al saludarla. La sangre, como de ordinario sucede en estas ocasiones, afluyó de inmediato abundante al Corazón para fortalecerla. En seguida, san Gabriel la tranquilizó diciéndole las maravillas que Dios quería hacer en ella. Su Corazón se llenó entones de tanta alegría, que abriéndose y dilatándose como hermosa rosa, brotó sangre que corrió a sus benditas entrañas de las que el Espíritu Santo se sirvió para formar el sagrado cuerpo del Salvador y la unió con la sangre virginal de esas mismas entrañas, apta para el cumplimiento del misterio de la encarnación.

Para mejor inteligencia de esto observa, en primer lugar, que los santos Padres, incluso del sexto Concilio general de Constantinopla, aseguran que la materia que la bienaventurada Virgen dio para formar un cuerpo al Verbo eterno fue su purísima sangre.
En segundo lugar, varios excelente doctores afirman hoy, al tratar de la filosofía del cuerpo humano, fundados en Aristóteles, que el corazón es el primer origen de la sangre, y basados en varias razones y experiencias, defienden que se origina primeramente en el corazón; que hay dos concavidades, con pequeños orificios por donde pasa para comunicarse a las demás partes del cuerpo. Sé muy bien que otros doctores, antiguos y modernos, afirman que es el hígado el primer principio de la sangre. Sea lo que sea sobre el lugar de la primera producción de la sangre, todos están de acuerdo en que toda la sangre del cuerpo humano pasa por el corazón, que en él recibe su perfección, que no tiene ningún uso y no es apta para el alimento del cuerpo ni para la generación y la conservación de la vida, ni para ninguna otra función, sino después de haber recibido su última perfección en el corazón.
Siendo esto así, puede decirse: o que la purísima sangre de la que el cuerpo adorable de Jesús fue formado en el sagrado vientre de María salió directa e inmediatamente del Corazón maternal de esta divina Virgen en el momento mismo que el Hijo de Dios se encarnó en ella; o que, si no salió de inmediato, que se originó en él y que este Corazón virginal es la primera fuente; o que, si no tomó origen allí, que, al menos, pasó por él y allí recibió las calidades y las disposiciones necesarias y adecuadas para que fuera utilizado en la generación inefable y en el nacimiento admirable de un Niño-Dios, en la beatas entrañas de una Madre de Dios.

Siendo la primera de estas tres hipótesis la más rica para el divino Corazón de nuestra gloriosa Reina y, estando apoyada en la autoridad de varios grandes doctores, la prefiero gustosamente a las otras; pero de la manera como lo explica Carthagena diciendo que el Espíritu Santo, habiendo tomado una pequeña cantidad de la purísima sangre de la bienaventurada Virgen, que brotó o que estaba todavía en el interior de su santísimo Corazón, y habiéndola unido a la sangre virginal de sus benditas entrañas, apropiada para la realización del misterio de la encarnación, se sirvió de ella para la formación del cuerpo adorable del Niño-Dios.

Todo lo que se ve en el orden de la naturaleza no es más que una sombra y un bosquejo de lo que pasa en el orden de la gracia. Así encuentro una pequeña maravilla en el mundo de lo visible y natural que en algún modo nos representa este gran milagro del mundo invisible y sobrenatural de que trato. Según el príncipe de la filosofía natural, y de otros autores, hay un pájaro maravilloso en Arabia, llamado por algunos ormomegia o ormontella, conocido como avis regia, “ave real”, que no produce sus polluelos a la manera común de las demás aves sino de forma extraordinaria. Su corazón envía una porción de su sangre a la parte del cuerpo donde los demás pájaros forman sus huevos. Allí, por el calor natural y en virtud de los rayos del sol, concibe y produce otro pajarito real.
¿No te parece, querido lector, que ese prodigioso pájaro es una graciosa figura de la Madre del Rey de reyes? Se llama pájaro real, y en esta Princesa del Cielo nada hay que no sea real. La ormomegia concibe su fruto de manera virginal, así como María es Virgen y Madre al tiempo. La ormontella forma su polluelo con sangre de su corazón, así la Reina de los ángeles produce al Monarca del universo con la purísima sangre de su Corazón. Esa ave real concibe sus polluelos por virtud del sol, y la Reina de las vírgenes produce por virtud del Espíritu Santo un Hijo que es el Padre de su Madre.
Oh Jesús, Hijo de María, oh Dios de mi corazón, el amor incomprensible de tu Padre eterno te hizo salir del seno de tu Padre para venir al seno de tu Madre y al seno de nuestras almas. Por virtud del amor personal, el Espíritu Santo, fuiste formado en las entrañas virginales. Convenía por consiguiente, Dios de amor, que la materia de que fue formado tu cuerpo santo, fuera tomada del Corazón, inflamado en caridad de la Madre de amor, para que fueras en verdad el fruto del vientre y del corazón de tu Madre como eres el fruto del seno de tu Padre, bendito sea él por siempre, alabado y glorificado contigo y con el Espíritu Santo.

La tercera prerrogativa del Corazón corporal de la bienaventurada Virgen radica en que ella es el principio de la vida humana y sensible del Niño Jesús, mientras habitó en las dichosas entrañas de María. Mientras el niño está en el vientre de su madre el corazón de la madre es la fuente de la vida del hijo y también de su propia vida. La vida del niño depende de la vida misma de la madre. Oh Corazón regio de la Madre de amor, de ti el Rey de los vivientes y de los muertos quiso que su vida dependiera de él por espacio de nueve meses. Oh Corazón incomparable que no tuviste sino una misma vida con el que es la vida del Padre eterno y la fuente de toda vida. Oh Corazón admirable, eres el principio de dos vidas nobles y preciosas: principio de la vida santísima de la Madre de Dios y principio de la vida humanamente divina y divinamente humana del Hombre-Dios.

No solo este Corazón maravilloso fue el principio de la vida de Jesús, durante los nueves meses que permaneció en el vientre virginal, sino que aún más contribuyó, durante varios años, a la conservación de esta vida tan digna e importante, pues por su calor natural, formó y produjo en los sagrados senos de la Virgen Madre la purísima leche de la que este Hijo se nutrió.

La cuarta prerrogativa de este amabilísimo Corazón es la que se expresa en estas palabras de la santa Esposa a su divino Esposo, o sea de María a Jesús, que su Hijo y su Padre, su Hermano y Esposo juntamente: Nuestro lecho está florido (Cantar 1, 15). Nuestro lecho está cubierto y embalsamado de flores. ¿De qué lecho se trata sino del Corazón purísimo de la santa Virgen en el que el Niño Jesús reposó suavemente?
Privilegio muy ventajoso del discípulo amado de Jesús fue haber reposado una vez en su pecho adorable y haber bebido en él luces y secretos maravillosos. Pero ¡cuántas veces este divino Salvador tomó su descanso en el seno y en el Corazón de su queridísima Madre! ¡Qué abundancia de luces, de gracias y bendiciones este Sol eterno, fuente de luces y gracias, derramó en el Corazón maternal en el que reposó cientos de veces; Corazón en el que jamás hubo impedimentos a la gracia divina; Corazón perfectamente dispuesto siempre a recibirlas; Corazón que él amaba más que a los demás corazones y por el que era más amado que de todos los corazones de los serafines! ¡Qué uniones y comunicaciones, que intercambios, qué fuegos hubo entre esos dos Corazones y esas dos hoguera de amornque el soplo divino del Espíritu Santo inflamaba sin cesar!
Oh Salvador mío, escucho tu voz que dice a toda alma fiel que la grabas como sello en tu corazón (Cantar 8, 6). Fue lo que tu santa Madre hizo excelentemente imprimiendo en su corazón una imagen viviente de tu vida, de tus costumbres y virtudes. Pero no te bastó. Quisiste tú mismo ponerte como sello en su Corazón para cerrarlo a todo lo que no es tuyo y para ser el único soberano y el Señor absoluto. Te imprimiste en ese Corazón maternal de manera digna del amor de tal Hijo al Corazón de tal Madre. Que todos los corazones y todos los espíritus de la tierra y del cielo te amen y bendigan eternamente por los favores sin cuento de que colmaste este Corazón adorable.

La quinta prerrogativa de este divino Corazón consiste en que es el altar santo en el que se celebra grande y continuo sacrificio, muy grato a Dios, de todas las pasiones naturales que anidan en el corazón. Allí reside la parte concupiscible del alma dotada de la fuerza irascible que Dios dio al hombre y a los demás animales para incitarlos y ayudarles a odiar, temer, huir, combatir y destruir todo lo que les es contrario y nocivo; a amar, desear, esperar, apetecer y perseguir lo que les es conveniente y ventajoso. Estas dos partes y estas dos pasiones capitales encierran once que son otros tantos soldados que combaten bajo órdenes de estos dos capitanes, o si prefieres, armas e instrumentos de que se sirven para esos dos fines anotados.
Cinco son de la parte irascible: esperanza, desconfianza, audacia, temor y cólera. Seis del concupiscible: amor, odio, deseo, huida, alegría y tristeza.
A partir del momento en que el hombre se rebeló contra los mandamiento de su Dios, todas sus pasiones se insoburdinaron contra él, y cayeron en tal desorden que en lugar de estar del todo sometidas a la voluntad, reina de todas las facultades del alma, la convirtieron a menudo en su esclava; y en lugar de ser guardianas del corazón, en el cual tienen su morada donde deben reposar y encontrar tranquilidad, de ordinario se tornan en verdugos que lo destrozan y lo llenan de confusión y de guerra.

No pasa así en el Corazón de la Reina de los ángeles. Sus pasiones estaban siempre sumisas a la razón y a la divina Voluntad, la cual reinaba soberanamente en todas las partes de su alma y de su cuerpo.
Así como estas pasiones fueron deificadas en el Corazón divino de Nuestro Señor Jesucristo, fueron también santificadas de manera muy excelente en el santo Corazón de su preciosísima Madre. El fuego sagrado del amor divino que ardía noche y día en la hoguera encendida de este Corazón virginal las purificó, consumió y transformó. Este ardor celestial no tenía objeto distinto de solo Dios hacia el cual se abalanzaba con fuerza e impetuosidad sin igual; esas mismas pasiones estaban siempre dirigidas hacia Dios y solo se empleaban en su servicio, dirigidas únicamente por el movimiento y la guía del amor de Dios, que las poseía, animaba y abrasaba de manera maravillosa, y hacía de ellas continuo y admirable sacrificio a la santísima Trinidad.
Contemplo el purísimo cuerpo de la Madre de Dios como templo sagrado, el más augusto que jamás ha existido en la tierra, después del templo de la humanidad santa de Jesús. Contemplo que su Corazón virginal es el altar santo de este templo. Considero el amor divino como el gran sacerdote que ofrece a Dios sacrificios continuos en este templo y en este altar, sacrificios agradables a su divina Majestad. Contemplo la divina Voluntad que le trae víctimas que sean sacrificadas en ese altar. Entre ellas percibo las once pasiones naturales, muertas por la espada llameante que este gran sacerdote blande en su mano, la espada del divino amor. Esas pasiones son consumidas y transformadas por el fuego celeste que arde en este altar. Son inmoladas a la santísima Trinidad como sacrificio de alabanza, gloria y amor.

Todo amor humano es consumido y transformado allí en amor divino, cuyo único objeto es solo Dios.
Todo odio humano y natural hacia las criaturas es destruido y transformado en odio sobrenatural y divino dirigido exclusivamente al pecado y a todo lo que lleva a él.
Toda aversión a cuanto el amor propio, la sensualidad y el orgullo del hombre rechazan como las mortificaciones, las privaciones de comodidades de la vida presente, los desprecios y humillaciones es aniquilada allí y transformada en santa aversión y en huida cuidadosa de toda ocasión de desagradar a Dios, de honores, alabanzas, satisfacciones sensibles y de cuanto puede contentar la ambición, el amor propio y la voluntad propia.
Toda fementida alegría de lo caduco y perecedero y de éxitos conformes a las inclinaciones humanas encuentra allí muerte y se transforma en santa alegría de todo lo que es grato a Dios.
Toda tristeza proveniente de lo que es contrario a la naturaleza y a los sentidos se ahoga y es cambiada en tristeza saludable, nacida de lo que es ofensa a Dios.

Toda esperanza y pretensión de riquezas, placeres y honores terrenos, toda confianza en sí mismo o en lo creado, allí se apaga y se transforma en la sola esperanza de los bienes eternos y en solo confianza en la divina bondad.
Toda desconfianza del poder de Dios, de su bondad, de la verdad de sus palabras y de la fidelidad a sus promesas es aniquilada allí y se cambia en gran desconfianza de sí mismo y de todo lo que no es Dios, como hizo la Virgen fidelísima que no se apoyó nunca en sí misma ni en nada creado sino en el solo poder y misericordia de Dios. Cumplió muy bien la Escritura que dice: Desgraciados los que entregan su corazón al desaliento y a la flojedad, y no se apoyan ni confían en Dios, haciéndose indignos de su protección (Sir 2, 15).
Toda audacia o coraje para emprender proyectos que conciernen al mundo, incluso en cosas buenas, pero sin vocación de Dios, y sin haberlo consultado y no haberse dejado guiar por su espíritu es, destruido allí y convertido en fuerza divina que le hace combatir generosamente y vencer gloriosamente las dificultades y obstáculos que se oponen al cumplimiento de lo que Dios le pide.
El temor a la pobreza, al dolor, al desprecio, a la muerte y otros males temporales que los hombres de carne y hueso suelen temer; y también todo temor de Dios, servil y mercenario, allí es ahogado y se cambia en temor amoroso y filial de desagradarle, incluso en poco, o en dejar de hacer algo para agradarle más.

La cólera e indignación frente a cualquier criatura y por el motivo que sea allí es apagada y se transforma en justísima y divina cólera contra todo pecado y la dispone a convertirse en polvo y a ser sacrificada mil veces para destruir el menor pecado si así lo quisiera Dios.
El amor divino, como sumo sacerdote, sacrifica a la adorabilísima Trinidad en el altar del Corazón de María, todas la pasiones, inclinaciones y sentimientos de amor, de odio, de deseo, de huida o aversión, de alegría, de tristeza, de esperanza, de desconfianza, de audacia, de temor y de cólera.
Este sacrificio se realiza desde el primer instante en que este Corazón santo empezó a palpitar en su pecho virginal, o sea, desde el primer momento de la vida de esta Virgen inmaculada. Y lo hará siempre hasta su último suspiro, cada vez con más amor y santidad. ¡Oh grande y admirable sacrificio, maravillosamente digno del agrado del Dios de los corazones! ¡Oh bienaventurado Corazón de la Madre de amor que sirvió de altar para este divino sacrificio!

¡Corazón bienhadado, nada tuviste ni deseaste que no fuera el que es único digno de amor y deseo! ¡Dichoso Corazón, pusiste tu íntegro gozo y contento en amar y honrar al que es solo capaz de satisfacer el corazón humano; no experimentaste tristeza que no fuera la causada por las ofensas que se hacen contra su divina Majestad!

¡Bienaventurado Corazón, solo odiaste, huiste, temiste lo que pudiera menoscabar los intereses de tu Bienamado; solo experimentaste cólera ante todo lo que se opone a su gloria!

¡Corazón dichoso, estuviste cerrado a todas las pretensiones terrenas y egoístas que jamás tuvieron cabida en ti; jamás desconfiaste de Dios y más bien desconfiaste de ti mismo; estuviste armado de firme esperanza en la bondad divina y de santa generosidad, y jamás cediste a las dificultades y obstáculos que el infierno y el mundo levantaron para impedirte avanzar en las vías del amor sagrado; siempre los venciste con invencible fuerza e infatigable constancia!

¡Sean dichosos los corazones de los verdaderos hijos de María, que se esfuerzan por conformarse con el santísimo Corazón de su muy buena Madre! 

¡Afortunados los corazones que son otros tantos altares en los que el amor divino sacrifica de continuo las pasiones, consumándolas en su fuego y transformándolas en las de Jesús y María; ellos hacen que esos corazones sepan amar y odiar, desear y huir, regocijarse y entristecerse, desconfiar de sí mismos y confiarse, ser audaces y temerosos, tener indignación y cólera no como los hombres mundanos y comunes sino a la manera del Hijo de Dios, de la Madre de Dios y sus auténticos hijos! Concédenos, Jesús, esta gracia; te lo suplico por el amabilísimo Corazón de tu digna Madre y por todas las bondades de tu corazón adorable.

Estas son algunas de las prerrogativas maravillosas Del Corazón admirable que palpita en el pecho sagrado de la Madre de Dios. ¿Qué dices al respecto, hermano querido? Te ruego me digas si no es cierto que ya este Corazón corporal y sensible de por sí sería merecedor de todo honor y veneración?

¡Cuánto honor se debe a este Corazón, la parte más noble de su cuerpo virginal, que dio cuerpo al Verbo eterno que será por siempre objeto de las adoraciones de todos los espíritus celeste y bienaventurados!

¡Cuánto honor es debido a este Corazón que dispuso y dio la purísima sangre de la que el cuerpo adorable del Hijo de Dios fue formado en las entrañas de su Madre!

¡Cuánto honor merece este Corazón que es principio de la vida de una Madre de Dios y de un Hombre-Dios!
¡Qué alabanzas deben darse a este Corazón que contribuyó a formar la leche que sirvió para nutrir y conservar la vida del Salvador del mundo!
¡Cuántos honores deben rendirse a este Corazón en el cual un Niño-Dios reposó tantas veces y al que colmó de innumerables favores!
¡Cuánta veneración merece este Corazón que jamás tuvo objeto distinto de su amor, de sus deseos, de sus temores, de sus esperanzas, de sus gozos que no fuera solo Dios; que jamás sintió tristeza sino por lo que desagradaba a Dios; que estuvo lleno de desconfianza de sí mismo y de confianza en Dios y que empleó todas sus aversiones, rechazos, indignaciones y su valor contra todo lo que es ofensa de su divina Majestad!

Finalmente qué veneración merece este Corazón que Dios ama y glorifica más altamente; y que honra y ama a Dios más perfectamente que todos los corazones del cielo y de la tierra!

Ciertamente, si todas las criaturas del universo se cambiaran en otros tantos corazones y lenguas de Serafines, y que todos esos corazones y lenguas se emplearan en celebrar eternamente las alabanzas de este divino Corazón, nunca le darían todo el honor que le es debido.

Oh Corazón incomparable, ¿quién no te admirará? ¿Quién no te rendirá honor? ¡Quién no usará todos los afectos de su corazón para bendecirte, publicar tus perfecciones e invitar a todos los corazones del cielo y de la tierra a cantar sin descanso: que viva el Corazón sagrado de María! ¡Que viva el Corazón regio de la Reina del cielo! ¡Que viva el Rey de los corazones! Que todos los corazones de los hombres y de los ángeles te alaben y glorifiquen eternamente.

El Corazón admirable de la mano de Dios, San Juan Eudes. Capítulo 3, sección V-VI
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