¿Las maldiciones generacionales son doctrina católica?



Por Daniel Maldonado

En los últimos tiempos hemos oído hablar mucho sobre las llamadas “maldiciones ancestrales”, “ataduras intergeneracionales” y otros nombres similares. Según esta doctrina, el hombre además de heredar el pecado original de Adán, hereda a la vez las tendencias pecaminosas de sus antepasados. Es decir, si al abuelo de una persona le gustaba el trago y las apuestas, es probable que a usted también le guste el trago y los juegos de azar. Sería entonces consecuencia lógica de todo este razonar, que la sangre de Cristo fue derramada por los pecados de cada persona, pero que ha de darse un paso adicional para quitar la trasgresión que hayan heredado de sus antecesores, lo que conduce a la necesidad de algún elaborado procedimiento que involucraría una investigación y confesión (usualmente abierta) de los pecados propios y de sus antecesores hasta donde fueran conocidos y la realización de algún oficio de oración y liberación u exorcismo para clausurar el efecto de esas supuestas maldiciones.

Esta doctrina es común encontrarla en los grupos de oración, generalmente asociados a la Renovación Carismática, donde supuestamente hay laicos que poseen el “don de sanación intergeneracional” e inclusive sacerdotes que hacen misas de “sanación intergeneracional” para librar a la gente de una mala racha que los persigue inexplicablemente. El fundamento que utilizan estos grupos para justificar esto es un pasaje del libro del Éxodo: “porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34, 14).

El problema de la interpretación de este texto es que en los días de Moisés un hombre podía vivir y ver su descendencia hasta la cuarta generación, aun si está fue castigada por Dios. En el Nuevo Testamento hay un pasaje donde Jesús sana a un ciego y les pregunta si este ciego pecó o fueron sus padres. Pero Jesús les enseña que ninguna de estas dos es la causa, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. (Juan 9:1-3). Una creencia muy arraigada en el judaísmo es la de culpar a otros por la propia desgracia.

Pero de donde surge esta doctrina?

Esta doctrina es el resultado de un libro escrito por un médico llamado Kenneth McAll, titulado “Sanando el árbol genealógico”. Cabe señalar que el señor McAll ni siquiera es católico! Según McAll algunas enfermedades incurables son en realidad producto de las acciones de los antepasados que afectan a toda la descendencia. Cabe decir que para sorpresa del autor del artículo; muchos argumentos usados en los grupos de oración para justificar las maldiciones generacionales también se hallan en los grupos de la Nueva Era, sobre todo en lo que respecta a las llamadas “constelaciones familiares”.

 

Es compatible la creencia de las maldiciones generacionales con la doctrina de la Iglesia?

No existe absolutamente nada que sostenga desde el Magisterio de la Iglesia esta doctrina. Inclusive nos atrevemos a decir que esta creencia no es nada más que una “fórmula mágica” que entreviera los ritos litúrgicos de la Iglesia como son la Santa Misa y el sacramento de la confesión para dar credibilidad a la misma. De esta manera, las “maldiciones generacionales” rechazan la doctrina de la Iglesia respecto al bautismo y la confesión. Déjennos explicarnos por qué. Cuando se realiza el sacramento del Bautismo de un niño, el sacerdote pronuncia dos plegarias de exorcismo. Mientras se reza la primera plegaria, luego de la lectura del Evangelio, el sacerdote ordena a cualquier espíritu inmundo que puedan estar presentes, ordenándoles que se vayan de la persona que va ser bautizada. Esto es para purificar el cuerpo físico del creyente. En la segunda oración se llama Effeta (que significa “ábrete”). Luego, el sacerdote tocar los oídos y la boca del niño con su dedo pulgar. Luego el sacerdote dice “El Señor, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

La enseñanza milenaria de la Iglesia señala que una vez que un niño alcanza el uso de razón (entre los 7 u 8 años), cada niño es nueva creación y poseen además un estado inmaculado. Si este niño recién bautizado muere antes de hacer uso de razón, irá directamente al Cielo, por su estado inmaculado.

Si creemos que las maldiciones ancestrales son verdaderas, entonces debemos rechazar el bautismo como lo administró siempre la Iglesia. Sobre todo, en los exorcismos que se realizan durante el bautismo. No se puede creer en los efectos de las aguas regeneradoras del bautismo y al mismo tiempo en las maldiciones de los antepasados, ya que estas doctrinas se oponen entre sí. También deberíamos rechazar el sacramento de la confesión, ya que el hombre no posee libre albedrío. Si una persona atormentada por los pecados de sus ancestros no puede hacerse responsable de sus actos, porque “el diablo lo mandó hacer”, entonces el sacramento se vuelve ineficaz, ya que la persona no tiene control sobre sus acciones, por lo tanto las maldiciones ancestrales le arrebatan su voluntad.

En otras palabras, una persona en estas circunstancias no puede hacer uso del bautismo y de la confesión, ya que no puede huir de esas maldiciones. Y eso no es doctrina católica.

La Sagrada Escritura niega la doctrina de las maldiciones generacionales.
Jeremías 31:29-30 "En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera".
Ezequiel 18: 2-4 y en adelante ¿Qué queréis decir al usar este proverbio acerca de la tierra de Israel, que dice: "Los padres comen las uvas agrias, pero los dientes de los hijos tienen la dentera? Vivo yo--declara el Señor DIOS-- que no volveréis a usar más este proverbio en Israel. He aquí, todas las almas son mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo mías son.
El alma que peque, ésa morirá.

El doctor angélico, Santo Tomás de Aquino también plantea esta cuestión: “Mas, si uno lo considera atentamente, (verá) que es imposible que se transmitan por generación algunos pecados de los antepasados próximos o también del primer padre, exceptuado el pecado primero.” (Summa Theologiae, I-IIae, q81, a2)

Ya que es imposible heredar los pecados de los antepasados, que es lo que heredamos entonces? Santo Tomás de Aquino prosigue: “Por el pecado del primer hombre se perdió la santidad original. Por este motivo todas las fuerzas del alma quedaron en cierto modo destituidas de su orden propio, por el que naturalmente se inclinan a la virtud; y esta destitución se llama herida de la naturaleza («vulneratio naturæ»)”.
“En cuanto que la inteligencia se ve destituida de su orden a la verdad, tenemos la herida de ignorancia («vulnus
ignorantiæ»).
“En cuanto que la voluntad se ve destituida de su orden al bien, tenemos la herida de malicia («vulnus malitiæ»).
“En cuanto que la fortaleza se ve destituida de su orden a las cosas arduas, tenemos la herida de debilidad («vulnus
infirmitatis»).
“En cuanto que la concupiscencia se ve destituida de su orden a lo deleitable regulado por la razón, tenemos la
herida de concupiscencia («vulnus concupiscentiæ»)”. (Ia IIæ, 85, 3) 15

San Juan confirma esta verdad en su primera epístola: “Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne,
concupiscencia de los ojos, orgullo de la vida” (I Jn. 2 16).
Estas cuatro heridas afectan a nuestras cuatro virtudes cardinales, provocando así en nosotros un desorden continuo. La herida más devastadora parece ser la de ignorancia o ceguera, es decir, el desconocimiento de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, porque en este conocimiento reside la Vida eterna: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el solo Dios verdadero, y a quien Tú enviaste, Jesucristo” (Jn. 17 3). Entonces, lo que se confunden por maldiciones ancestrales, son en realidad fruto de la ignorancia sobre las consecuencias del pecado original y la herida que está nuestra naturaleza, que siempre tiende a pecar.

En este punto, el lector se preguntará como esto puede ser posible, si lo oyó en el grupo de oración y por lo tanto debe ser verdad. Sepa el amable lector que si las maldiciones generacionales fueran verdaderas, la iglesia las hubiera enseñado siempre. Pero ese no es el caso. También podrán argumentar que el Espíritu Santo sigue inspirando a la Iglesia y por lo tanto ha revelado esta doctrina nueva. Eso no es nada más que falta de fe. Se demoró el Espíritu Santo en revelarnos sobre las maldiciones generacionales durante dos mil años? Esto por supuesto no es doctrina católica. Todo lo que debemos saber lo recibimos mediante la revelación pública que no es otra cosa que las enseñanzas de los apóstoles. Y los apóstoles, ni el mismo Jesucristo enseñaron tal cosa. Esta revelación pública se terminó con la muerte del último apóstol, San Juan, el discípulo amado del Señor. El Catecismo nos enseña que no hay doctrinas nuevas, ya que “no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo" (CIC, 66).

Pero el lector se sentirá inquieto y podrá argumentar que hay sacerdotes que se dedican a promover esta doctrina y que inclusive han escrito libros sobre el tema. Muchos alegando haber escuchado esto de “boca de los demonios” en los exorcismos. A ellos, no les queda de otra más que obedecer a lo que la Iglesia ha enseñado sobre la materia, teniendo por guía a los padres y doctores de todos los siglos. San Ignacio de Loyola, en el libro de los Ejercicios Espirituales dice lo siguiente en sus reglas para sentir con la Iglesia:

“Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica.”

Entonces, a quien el lector va a creer? A los laicos y sacerdotes desorientados (no decimos que lo hacen con mala intención, ya que ellos no son teólogos y no se las saben todas, pero su deber es conocer todas estas cosas para no ser engañados) que promueven estas creencias o a las palabras de Jesucristo en la Sagrada Escritura y salidas de la boca de la Santa Iglesia? La decisión es suya.

 

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