virgen del rosario

Virgen del Rosario
 
  • La Virgen María entrega el Rosario a Santo Domingo Ignacio Ruiz de la Iglesia (1640-1703).
  • Óleo sobre lienzo.
  • Medidas: 156 x 112 m.
  • Firmado en el ángulo inferior bajo: "Pictor Regis", pintado después de 1689. Parroquia de Santa Rosa de Lima, Venta de Baños (Palencia).[3]
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    Martirologio Romano: Memoria de la santísima Virgen María del Rosario. En este día se pide la ayuda de la santa Madre de Dios por medio del Rosario o corona mariana, meditando los misterios de Cristo bajo la guía de aquélla que estuvo especialmente unida a la encarnación, pasión y resurrección del Hijo de Dios.
     
     
    Su fiesta fue instituida por el Papa san Pío V el 7 de Octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la Batalla naval de Lepanto (1571), atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del rosario. La celebración de este día es una invitación para todos a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios. [2]

     
    Cuenta la leyenda que la Virgen se apareció en 1208 a Santo Domingo de Guzmán en una capilla del monasterio de Prouilhe (Francia) con un rosario en las manos, le enseñó a rezarlo y le dijo que lo predicara entre los hombres; además, le ofreció diferentes promesas referentes al rosario. El santo se lo enseñó a los soldados liderados por su amigo Simón IV de Montfort antes de la Batalla de Muret, cuya victoria se atribuyó a la Virgen. Por ello, Montfort erigió la primera capilla dedicada a la imagen.

    En el siglo XV su devoción había decaído, por lo que nuevamente la imagen se apareció al beato Alano de la Rupe, le pidió que la reviviera, que recogiera en un libro todos los milagros llevados a cabo por el rosario y le recordó las promesas que siglos atrás dio a Santo Domingo.

    El rezo del Santo Rosario es una de las devociones más firmemente arraigada en el pueblo cristiano. Popularizó y extendió esta devoción el papa san Pío V en el día aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la batalla de Lepanto (1571), victoria atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del Rosario. Más hoy la Iglesia no nos invita tanto a rememorar un suceso lejano cuanto a descubrir la importancia de María dentro del misterio de la salvación y a saludarla como Madre de Dios, repitiendo sin cesar: Ave María. La celebración de este día es una invitación a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.[1]
     
     

    Historia del Rosario

    Desde el principio de la Iglesia, los cristianos rezan los salmos como lo hacen los judíos.
    Mas tarde, en muchos de los monasterios se rezan los 150 salmos cada día. Los laicos devotos no podían rezar tanto pero querían según sus posibilidades imitar a los monjes. Ya en el siglo IX había en Irlanda la costumbre de hacer nudos en un cordel para contar, en vez de los salmos, las Ave Marias. Los misioneros de Irlanda mas tarde propagaron la costumbre en Europa y hubieron varios desarrollos con el tiempo

     

    Santo Domingo busca las ovejas perdidas

     

    La Madre de Dios, en persona, le enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

    Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albingense. Esta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal. El bueno creó todo lo espiritual. El malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albingenses, todo lo material es malo. El cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios.

    También negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios. Se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años los Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito. También habían factores políticos envueltos.

    Domingo trabajó por años en medio de estos desventurados. Por medio de su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos. Pero, muy a menudo, por temor a ser ridiculizados y a pasar trabajos, los convertidos se daban por vencidos. Domingo dio inicio a una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas. Su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Fue en esta capilla en donde Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada.

    La Virgen acude en ayuda de Santo Domingo de Guzmán

    La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

    Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito por que muchos albingenses volvieron a la fe católica.

    Lamentablemente la situación entre albingences y cristianos estaba además vinculada con la política, lo cual hizo que la cosa llegase a la guerra. Simón de Montfort, el dirigente del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.[2]


     
    La pintura forma parte de un pequeño retablo neoclásico de la nave derecha de la iglesia. Presenta una composición piramidal entre los dos protagonistas, y centrada en ella la figura del Niño, equilibrada con el juego de líneas diagonales compensadas. La línea más marcada se visualiza en las cabezas de la Virgen, el Niño y Santo Domingo. Colabora en esta misma dirección los brazos derechos de la Madre y Do-mingo, que se unen mediante la donación del rosario. Las diagonales cruzadas se acentúan en los cuer­pos de los angelillos que arrojan flores, los bancos de nubes y el brazo izquierdo del Santo. En la cús­pide de la pirámide se encuentra la Virgen sentada, que se recorta sobre el celaje celeste. El escalón del primer plano, destaca la horizontalidad de la base, lo mismo que el pavimento en penumbra. Sobre el peldaño se adivina una pilastra arquitectónica para indicar el lugar sagrado donde se realiza la es­cena. Toda la fuerza expresiva se concentra en las tres figuras, sobre todo en la postura ascensional de Santo Domingo, con devota inclinación de todo su cuerpo. Sobre el regazo de la Madre se halla el Ni­ño Jesús, que parece flotar en el aire. Las miradas de ambos se entrecruzan, con elegantes gestos. La incidencia de la luz oblicua refuerza la caída descendente y su diálogo gestual. Los tres ostentan aure­olas en forma de nebulosa con un punto de resplandor en su eje, detalle iconográfico propio de los pintores de la Escuela Madrileña. Por el fondo celeste surcan ángeles, con azucena y corona de rosas, juntamente con diversa cabezas de angelillos que rodean la escena. Contrasta cromáticamente el cli­ma luminoso de la parte alta, con las tonalidades oscuras de la zona baja. Donde termina el escalón, emplaza al perro con la tea encendida, iluminando la esfera simbólica del mundo.[3] 
     
     
     

    Vídeo de YouTube

     

     
     
    Preparado Por:
    Cesar Parra
     
     
     
    Biografía:
     
     
      
     
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