MARIA MODELO PARA LA MUJER

MARÍA, MODELO PARA LA MUJER


María, que en hebreo quiere decir "Señora" o según otros, "Mar profundo de Tristeza", es la mujer con la cual se abre la promesa en la antigua alianza (Gen. 3:15) y con la cual cierra Simeón la antigua profecía (Lc. 2, 25-35). Es la Mujer que ha tenido un mayor contacto con la Santísima Trinidad en la historia. El Padre la selecciona entre todas las mujeres, El Espíritu Santo engendró un hijo en sus entrañas y la segunda persona tomó carne y sangre en su vientre. Si por Eva entró el pecado en el mundo, por la Virgen María entró la Salvación.[2]


I. Las mujeres de hoy en su problemática y en su referencia a María


La compleja cuestión femenina, que desde hace ya más de un siglo representa uno de los puntos cruciales e inquietantes del panorama socio-cultural de nuestra civilización es también punto de referencia obligado en la consideración de la mujer en relación con María. Después de siglos enteros durante los cuales la Virgen ha representado de hecho el modelo femenino, desde que las contestaciones y las reivindicaciones características de los movimientos feministas han adquirido tonos y medidas que han hecho inevitable su aparición histórica, esa identificación se ha resquebrajado y ha hecho crisis, hasta aparecer hoy del todo absurda. [1]

II. Actitudes respecto a la mujer y respecto a María a lo largo de la historia de la iglesia

Las relaciones entre la consideración de María y el modelo femenino predominante en cada época han sido inevitables, aun sin poder establecer con precisión en qué medida ha ocurrido. María, en efecto, representaba y representa para la iglesia mucho más que una mujer, y en el modo en que ha sido vista en los diversos períodos históricos entran sobre todo motivos teológicos. Efectivamente, fueron cuestiones cristológicas las que llevaron a las primeras definiciones dogmáticas concernientes a María. Así, el concilio de Éfeso, que la proclama madre de Dios, pretendía con ello poner el acento en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre frente a la herejía docetista. Y en cuanto madre de Dios, se la consideraba perfectamente santa: de ahí la raíz de la fe en su inmaculada concepción, cuya fiesta se celebraba ya en el s. VII en oriente, y desde el s. IX también en occidente. En los primeros siglos, María era considerada sobre todo en relación a Cristo. Se la invoca como mediadora hacia la mitad del s. IV, y desde el tiempo de Anselmo de Aosta es decir, en el s. XII, es llamada comúnmente madre nuestra. En el período patrístico María es juzgada no tanto en sus características personales cuanto como tipo de la humanidad que acoge la acción del Espíritu con actitud esponsal: no tanto modelo femenino cuanto modelo del creyente. Sólo cuando en la iglesia se radicaliza la relación jerarquía-fieles, disminuyendo en los últimos la conciencia de ser parte viva de la iglesia, se difunde la veneración a María madre nuestra. También la pérdida del sentido comunitario de la iglesia y una liturgia que, al acentuar el carácter sacral de los ritos y de los celebrantes, alejaba de ellos al pueblo fiel, contribuyeron a difundir una oración más individualista, en la cual la Virgen era interlocutora con funciones de mediadora; interesa menos la función que tuvo en el plano de la salvación, y más su actual función en el cielo en cuanto es capaz de obtener gracias para el que la invoca.

Honrar a la madre de Dios, rezarla con gran confianza e imitar sus virtudes se convierten en los ejes del culto mariano. Para Grignion de Momtfort (principios del s. XVIII), al cual se debe uno de los elogios más apasionados de María, la esencia de la devoción mariana consiste en la transformación de sí mismo en Cristo por medio de María. Todas las acciones del fiel se realizan por medio de María, con María y en María pero para llegar a Cristo y unirse a él. [1]



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III. Antropología de la mujer y mariología

La revolución más reciente en el campo teológico, y consiguientemente en el catequístico, consiste en destacar la importancia de la dimensión antropológica. Un discurso sobre Dios que no tenga en cuenta al destinatario del mismo, o sea, a la persona humana, sería vano y engañoso. Fidelidad a Dios y fidelidad al hombre son los criterios fundamentales de una catequesis renovada. Esto vale plenamente para la mariología. Incluso, como observa una carta pastoral de los obispos de Estados Unidos sobre la Virgen, la devoción mariana adquiere hoy una particular importancia en cuanto está en juego la humanidad misma de Cristo, "porque se corre el riesgo de espiritualizar a Cristo resucitado hasta el punto de olvidar su humanidad... Católicos y protestantes sufren hoy idéntica tentación: la de reducir las verdades centrales de la fe a puras abstracciones; y las abstracciones no tienen necesidad de una madre".

En cambio, tener bien firme la fe en la humanidad de Cristo significa convencerse al mismo tiempo de la importancia que tiene para la teología y para la vida de fe conocer al hombre y a la mujer también en su concreción histórica. Por eso no hay que devaluar la afirmación central de la llamada teología feminista: esto es, que la teología occidental la desconoce en absoluto por estar formulada desde una perspectiva exclusivamente masculina, no hallándose por tanto en condiciones de reflejar la realidad de Dios en la realidad de todos los seres humanos. La mujer ha permanecido hasta ahora excluida del área de la reflexión teológica y cuando ésta la ha tomado como objeto de estudio, se han dado a menudo definiciones y prescripciones insatisfactorias para las mujeres de hoy, objeto de las críticas despiadadas del feminismo. De esas críticas recogemos cuanto puede servir de estímulo para caminar hacia adelante: p. ej., el toque de atención contra el uso de una antropología de cuño filosófico, que procede por definiciones abstractas. Se recogen al mismo tiempo las exigencias positivas de la sensibilidad actual de la mujer, p. ej., el deseo de coparticipar en la historia y en la cultura, pero sin que otros definan previamente modalidades y límites, la crítica de un cierto modo estático y absolutizante de considerar la naturaleza humana, basando en esa visión la rigidez de los roles y funciones asignados a la mujer; la desmitificación de tales funciones naturales, no para demolerlas o rechazarlas en bloque, sino para descubrir de forma autónoma su significado más auténtico. Y en el ámbito religioso, la exigencia de superar una imagen de Dios marcadamente masculina a nivel de símbolo. La mariología ha tenido también ciertamente una función de reequilibrio de tal perspectiva, que, por lo demás, hoy es corregido también mediante una consideración profunda de la Escritura, donde Dios se presenta a menudo con las características de ternura, dulzura y misericordia consideradas habitualmente como propiamente femeninas. Pero redescubrir y corregir la perspectiva de un Dios exclusivamente padre significa al mismo tiempo ayudar al hombre (varón) a aceptar los componentes femeninos del propio ser y a comprender que las características veneradas en María se proponen a toda la iglesia.

La insistencia de la teología feminista en la necesidad de resolver este aspecto del problema puede parecer, especialmente en algunas de sus formulaciones, una exageración sectaria. Pero también es cierto que no se trata de una cuestión exclusivamente lingüística, puesto que una imagen simbólica (p. ej., Dios padre) es plasmada por el que la recibe y al mismo tiempo plasma los modelos de vida de la gente, asumiendo así una función sexista. El renovado interés por la mariología puede representar un importante elemento de evolución del concepto que la iglesia tiene de la mujer, siempre que no nos limitemos a afirmaciones que pueden sonar solo como compensatorias. Es decir, no basta afirmar, p. ej., que "María es el modelo de toda mujer verdaderamente libre", si luego en otros planos se define esta auténtica libertad de la mujer basándose en prioridades de funciones establecidas de una vez por todas. Un discurso verdaderamente liberador respecto a la mujer tropieza aún demasiado frecuentemente con el temor a lo nuevo, a lo arriesgado, a lo que pone en discusión antiguas certezas masculinas y femeninas. A este respecto, uno de los puntos más estimulantes del cap. Vlll de LG es el que afirma: "Así avanzó también la santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz"; y que en el cenáculo el día de pentecostés "también María imploraba en sus oraciones el don del Espíritu, que en la anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra" (LC 58 y 59). Así pues, la virtud de la fe no aparece en María vinculada a la seguridad proporcionada por fórmulas preconstituidas, sino que implica el riesgo de lo posible, el valor de aceptar todas las potencialidades del hoy proyectado hacia el futuro. La cuestión femenina interpela hoy a la humanidad en esta dirección: la figura de María podría proporcionar elementos beneficiosos de reflexión y de aliento en tal sentido.


"En el culto a la Virgen merecen también atenta consideración las adquisiciones seguras y comprobadas de las ciencias humanas; esto ayudará efectivamente a eliminar una de las causas de la inquietud en el campo del culto a la Madre del Señor: es decir, la diversidad entre algunas cosas de su contenido y las actuales concepciones antropológicas y la realidad psicosociológica, profundamente cambiada, en que viven y actúan los hombres de nuestro tiempo. Se observa, en efecto, que es difícil encuadrar la imagen de la Virgen, tal como es presentada por cierta literatura devocional, en las condiciones de vida de la sociedad contemporánea y en particular en las condiciones de la mujer...Deriva de ahí para algunos una falta de afecto hacia el culto a la Virgen y una dificultad en tomar a María como modelo, porque los horizontes de su vida - se dice - resultan estrechos con las amplias zonas de actividad en las que el hombre contemporáneo está llamado a actuar. En este sentido,... exhortamos a los teólogos, a los responsables de las comunidades cristianas y a los mismos fieles a dedicar la debida atención a estos problemas" (Marialis cultus 34) [3]




El primer elemento de admirar es la valentía de la Virgen María. La Biblia relata algunos ejemplos, pero de seguro hubo muchos más. Cuando era muy joven, se enfrentó a la posibilidad de ser rechazada y apedreada, al acceder a ser la madre del hijo de Dios demostrando coraje y obediencia a Dios. María no cuestionó la voluntad de Dios y confió. Aún con el honor de ser Madre de Dios, permaneció humilde. A través de los escasos versículos sobre ella que existen en la Biblia, podemos distinguir una mujer de una pureza y una generosidad extraordinaria. Especialmente con la prueba enorme de valentía y aceptación a la voluntad de Dios, al permanecer junto a su hijo Jesús a través de su crucifixión y muerte.

Dios honró a la mujer y distinguiendo el valor extraordinario de la virginidad y de la maternidad biológica, al escoger a una mujer para enviar a su hijo a la Tierra. Y Jesús señaló el valor de la maternidad espiritual de María, al darla desde la cruz como madre a todos nosotros. Los atributos de esta mujer y sus virtudes debemos imitarlas los cristianos, si aspiramos entrar al Cielo.



La Virgen María nos enseña:

  • Confianza en Dios
  • Ejemplo de Madre
  • Ejemplo de Si  por la Vida sin importar los problemas
  • Ejemplo de Familia con Jose
  • Ejemplo de ser Discipulo de Cristo
  • Ejemplo de Pureza
  • ...

!DICHOSO AQUEL QUE AMA A MARIA, PORQUE SERA AMADO PROFUNDAMENTE POR SU HIJO JESUS!

 
 Adhesión completa a la Voluntad de Dios. El hombre nuevo dice a Dios, su Padre: ´He aquí que vengo para hacer tu voluntad´. La mujer nueva responde al ángel: ´Hágase en mí según tu palabra´. Como Jesús, el Hombre nuevo, María, Mujer nueva, tiene como alimento único la Voluntad del Padre. En las penas y en los sufrimientos repite como Jesús en Getsemaní: ´No se haga como yo quiero, sino como quieres Tú´. Y al igual que Jesús puede terminar su peregrinación terrena con las palabras inefables: ´Todo se ha cumplido´. Adhesión a la Voluntad de Dios que surge de la fe y del amor, que lleva el sello de la firmeza y de la constancia, que se realiza por igual en la alegría y en el dolor, que afecta a la mente, al corazón y a las obras.  [7]









Preparado Por:

Cesar Parra
email: cesar@catolicosfirmesensufe.org


Biografía:

[1] http://www.mercaba.org/FICHAS/MAR%C3%8DA/555.htm
[2] http://www.ewtn.com/spanish/preguntas/mar%C3%ADa_apolog%C3%A9tica.htm
[3] http://www.dominicos.org/formacion/reflexion15.HTM
[4] http://espanol.answers.yahoo.com/question/index?qid=20090416152941AAWdN2S
[5] http://www.virgenmariaauxiliadora.com/TemasMaria/MARIA-MARAVILLOSA.php
[6] http://www.marialuzdivina.com/paginas/preguntas/preg01.php
[7] http://es.catholic.net/aprendeaorar/32/143/articulo.php?id=4716

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