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Gozo y renovación



1. ¡Ea!, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el universo. Los gentiles, con sumo respeto y ofreciendo dones según las posibilidades de cada cual, celebran los natalicios de los dioses, que con fingidos relatos extraviaban las inteligencias y ocultaban la verdad, y asimismo festejaban los cumpleaños de los reyes, a pesar de que todos estos personajes perjudicaban la vida de los hombres. Nosotros, en cambio, tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre Eva se ha transformado en gozo. Esta, en efecto, escuchó la sentencia divina que dice: Parirás los hijos con dolor (Gn 3, 16). A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, oh llena de gracia (Lc 1, 28). A Eva se refieren las palabras que dicen: Hacia tu marido irá tu apetencia, mientras que a María se le dice: El Señor es contigo.

¿Qué otra cosa ofreceremos a la Madre del Verbo, a no ser nuestra palabra¡ Alégrese toda la creación y festeje el sacratísimo alumbramiento de santa Ana, la cual ha proporcionado al mundo un valiosísimo e inalienable tesoro. De este modo el Creador, sirviéndose de la condición humana, ha renovado y perfeccionado toda la naturaleza. El hombre, en efecto, participa de la materia y del espíritu y es el lazo de unión entre todos los seres creados, visibles e invisibles, y, al unirse con la naturaleza humana el Verbo de Dios, que es el origen de todas las cosas, se ha obtenido la vinculación de todo lo creado con su Creador. Celebremos, pues, que haya cesado la humana esterilidad y que haya finalizado la carencia de bienes que padecíamos.

 

Triunfo de la gracia

2. ¿Por qué razón la Virgen Madre ha nacido de una madre estéril? Porque era preciso que a lo único que es nuevo bajo el sol (Cf. Ecl 1, 9) y a lo que constituye la principal maravilla de todas se le abriese camino con unos acontecimientos maravillosos, y que poco a poco se fuese avanzando desde las cosas pequeñas a las más grandes. Y existe todavía un motivo más excelso y sublime; la naturaleza, en efecto, ha sido superada por la gracia y, sintiéndose atemorizada, no ha querido en modo alguno iniciar la marcha. Por eso, cuando la Virgen y Madre de Dios iba a ser concebida por Ana, la naturaleza no se atrevió a iniciar la producción del germen de la gracia y por esta razón permaneció estéril hasta que la gracia hizo que germinara el fruto. Era necesario ciertamente que naciera como primogénita aquella que había de dar a luz al primogénito de toda la creación, en el cual subsisten todas las cosas (Cf. Col 1, 15 y 17).

¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustees, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador. ¡Oh felices entrañas de Joaquín, de las que provinouna descendencia absolutamente sin mancha! ¡Oh seno glorioso de Ana, en el que poco a poco fue creciendo y desarrollándose una niña completamente pura y, después que estuvo formada, fue dada a luz! ¡Oh vientre dichoso que albergó un cielo viviente más vasto que los amplísimos espacios celestes! ¡Oh feliz era, que contuvo el montón del trigo que da la vida, tal como el mismo Cristo lo manifestó, diciendo: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda él solo (Jn 12, 24)! ¡Oh dichosos pechos que amamantaron a la que nutrió a Aquel que alimenta el mundo entero! ¡Oh maravilla de maravillas y prodigio de prodigios! Era preciso que la inefable y misericordiosa encarnación de Dios fuera precedida de unos hechos tan portentosos.

¿Cómo podré yo proseguir? La mente se halla fuera de sí; el temor y el amor me invaden conjuntamente. El corazón palpita con fuerza y la lengua se me traba. No soy capaz de soportar tanta alegría; me enajenan estas maravillas; estoy transportado de gozo. ¡Que el amor salga vencedor y retroceda el temor; que resuene la cítara del Espíritu Santo: Alégrense los cielos, regocíjese la tierra (Sal 96 (95), 11)!

 

Dones celestiales sobre la tierra

3. Hoy se abren las puertas de la esterilidad y emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De ella y por medio de ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo (Hb 1, 6) corporalmente (Col 2, 9), según nos lo dice Pablo, conocedor de grandes misterios (2 Co 12, 4). Hoy, de la raíz de Jesé ha salido un retoño del que brotará para el mundo una flor que posee la sustancia divina (Is 11, 1).

Aquel que antiguamente, sacándolo de entre las aguas, elevó y afianzó el firmamento, hoy, sirviéndose de la naturaleza terrena, ha preparado un cielo sobre la tierra. Y este cielo es en verdad mucho más divino y maravilloso que el otro, pues Aquel que en el sobredicho cielo colocó el astro solar, se alza desde este nuevo cielo como Sol de justicia. Hay en Él dos naturalezas, por más que los acéfalos (monofisitas) desvaríen; hay una sola persona, por más que los nestorianos se enfurezcan. La eterna que existe y es engendrada de la luz eterna desde antes de los siglos, El que es inmaterial e incorpóreo, asume de aquella mujer escogida una naturaleza corpórea y aparece en el mundo como el esposo que sale del tálamo, y, siendo Dios y habiéndose hecho hombre terrenal, animoso como un gigante se dispone a recorrer los caminos de nuestra naturaleza (Sal 19 (18), 6), a encaminarse entre dolores hacia la muerte, a encadenar al fuerte y apoderarse de sus bienes (Cf. Mt 12, 29), que son el género humano, y a conducir la oveja errante hacia el cielo (Cf. Mt 18, 12).

Hoy el hijo de carpitero (Mt 13, 55), el artífice de todas las cosas, el Verbo divino por medio del cual todo fue creado, el brazo poderoso del Altísimo, mediante la acción del Espíritu y con su propio dedo o poder, como quien se sirve de una hacha como herramienta, actuó sobre la naturaleza embotada y se preparó una escalera viviente, cuya base se apoya sobre la tierra, mientras que su extremidad llega hasta el mismo cielo. Sobre ella reposa Dios. Jacob la contempló en imagen durante su visión (Cf. Gn 28, 12). Sirviéndose de ella Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la tierra y convivió con los hombres (Bar 3, 38).

Estas cosas representan su descenso, con condescendiente humildad, su ciudadanía terrena, su conocimiento otorgado a quienes habitan en la tierra (Cf. Col 1, 10). La escalera espiritual, que es la Virgen, se apoya sobre la tierra porque ella ha nacido en la tierra, pero su cabecera toca el cielo. La cabeza, en efecto, de toda mujer es el varón; pero, puesto que ella no ha conocido varón (Cf. Lc 1, 34), Dios Padre viene a ser cabeza para ella y, con la intervención del Espíritu Santo, le envía, a modo de divina semilla espiritual, su propio Hijo y Verbo, fuerza que lo domina todo. Por benévola decisión del Padre, el Verbo se ha hecho carne para siempre y ha habitado entre nosotros, no a consecuencia de una unión natural, sino mediante la Virgen María y el Espíritu Santo. La unión de Dios con los hombres se ha realizado por obra del Espíritu Santo.

El que pueda entender, que entienda (Mt 18, 12). El que tenga oídos para oír, que oiga (Lc 8, 8). Alejémonos de las cosas materiales. La divinidad es inmutable, oh hombres. Aquel que desde un principio ha engendrado al Hijo, según su naturaleza, sin mutación alguna, ha obrado del mismo modo en la generación realizada para la salvación del hombre. Así lo atestigua David, progenitor divino, cuando dice: El Señor me ha dicho: tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2, 7). La palabra hoy no puede referirse a la generación eterna, porque esta se realiza fuera del tiempo.

 

María Madre de Dios

4. Hoy ha sido construida la puerta oriental por la que entrará y saldrá Cristo (Cf. Ez 44, 3) y permanecerá cerrada esta puerta en la que está Cristo, puerta de las ovejas (Jn 10, 7) y cuyo nombre es oriente (Za 6, 12), por medio del cual hemos tenido acceso al Padre (Cf. Ef 2, 18), principio y origen de la luz.

Hoy han soplado las brisas anunciadoras del gozo universal. Alégrense en lo alto los cielos, exulte la tierra y agítese el mar de este mundo (Sal 96 (95), 11), pues ha nacido una concha que, al recibir el rayo de luz de la divinidad, concebirá y dará a luz una preciosísima perla, que es Cristo, el Rey de la gloria (Cf. Sal 24 (23), 7-10), que naciendo de ella y revistiéndose con la púrpura de la carne, habitará entre los cautivos (Cf. Is 61, 1) y proclamará su liberación (Cf. Lc 4, 18).

Exulte la naturaleza, porque nace la cordera mediante la cual el Pastor revestirá a la oveja y rasgará las túnicas de la antigua mortalidad. Dancen y canten a coro las vírgenes, porque nace la Virgen que, según lo anunciado por Isaías, concebirá y dará a luz a un hijo, cuyo nombre será Emmanuel, que significa: Dios con nosotros (Is 7, 17; Mt 1, 23). Sépanlo, oh nestorianos, abjuren su error: Dios está con nosotros, no un hombre o un embajador, sino que es el Señor en persona quien vendrá y nos salvará (Cf. Is 63, 9).

Bendito el que viene. El Señor es Dios y nos ha iluminado (Sal 118 (117), 26-27). Celebremos festivamente el nacimiento de la Madre de Dios. Alégrate, oh Ana, estéril que no habías dado a luz, rompe en gritos de júbilo tú que no habías experimentado los dolores de parto (Is 54, 1). Gózate, oh Joaquín, pues por medio de tu hija un niño nos ha nacido y nos ha sido dado, el cual se llamará Ángel del gran consejo, o sea, de la salvación universal, Dios fuerte (Is 9, 5).

Que Nestorio se llene de confusión y guarde silencio. El niño es Dios, ¿cómo no será, pues, Madre de Dios la que le ha dado a luz? "Si alguno no confiesa que la santa Virgen es Madre de Dios, se separa de la divinidad" (San Gregorio Nacianceno, Carta 101, a Cledonio, PG 37, 180). Esta afirmación no es mía; yo propongo esta sacrosanta doctrina como una herencia recibida del santo Padre Gregorio el Teólogo.

 

 

Joya de Virginidad

5. ¡Oh Joaquín y Ana, pareja bienaventurada y en verdad irreprochable! Por el fruto de sus entrañas son reconocidos, de acuerdo con lo que en cierta ocasión dijo el Señor: Por sus frutos los conocerán (Mt 7, 16). Ustedes han llevado una vida agradable a Dios y digna de aquella de quien han sido padres. Habiendo vivido con pureza y santidad, han producido la joya de la virginidad, o sea, aquella que fue virgen antes del parto, virgen en el parto y virgen después del parto, aquella que es virgen por excelencia y virgen para siempre, la que es virgen perpetua en el espíritu, en el alma y en el cuerpo.

Era preciso, en efecto, que de la castidad brotara la virginidad y que de esta naciera corporalmente la luz única y unigénita, por benévola disposición de Aquel que, siendo incorpóreo, engendra al que no engendra sino que es siempre engendrado y cuya peculiaridad personal consiste en ser engendrado.

¡Oh qué grandes maravillas y qué felices encuentros se realizan a raíz del nacimiento de esta niña! Tales son: el haber nacido de una madre estéril, el que una virgen dé a luz, la unión de la divinidad y la humanidad, del padecimiento y la impasibilidad, de la vida y la muerte, de tal modo que en todas las cosas triunfe la fuerza de aquello que es más excelente. ¡Y todo esto, oh Señor, es para mi salvación! Me has amado de tal manera, que has realizadotodo esto, no por medio de un ángel ni de alguna otra creatura, sino que tú mismo, asó como llevaste a cabo la primera creación, también has realizado la regeneración. Por eso salto de gozo y pongo de manifiesto mi alegría. Regreso a la fuente de las maravillas y, como arrastrado por un torrente de felicidad, hago vibrar de nuevo la cítara del Espíritu y entono un himno sagrado en honor de la natividad de María.

 

 

 

Figuras y símbolos

6. ¡Oh castísima pareja de tórtolas racionales, Joaquín y Ana! Ustedes, observando la castidad que prescribe la ley natural, han sido agraciados con unos dones que están muy por encima de la naturaleza, ya que han puesto en el mundo aquella que, sin obra de varón, fue Madre de Dios. Ustedes, llevando una vida humana, piadosa y santa, tuvieron una hija superior a los ángeles y que ahora es Señora de los ángeles.

¡Oh niña preciosísima y llena de dulzura! ¡Oh lirio entre espinas (Cf. Ct 2, 1-2), procreado de la nobilísima y regia estirpe de David! Por medio de ti la dignidad real se ha acrecentado con la del sacerdocio (*). Por ti la ley ha sido transformada y se ha manifestado el espíritu que antes estaba oculto debajo de la letra, pasando la dignidad sacerdotal de la tribu de Leví al linaje de David. ¡Oh rosa, que salida de entre las espinas de los judíos (Cf. Hb 7, 12), has esparcido por todas partes el buen olor de la divinidad! ¡Oh hija de Adán y Madre de Dios! ¡Bienaventurados sean las entrañas y el vientre de donde saliste; bienaventurados los brazos que te sostuvieron y los labios que se gozaron dándote castos besos, o sea, los de tus padres únicamente, de tal modo que siempre guardaras perfecta virginidad!

Hoy se ha iniciado la salvación del mundo. Ensalce al Señor toda la tierra. Canten, alégrense y entonen salmos. Levanten su voz, levántenla, no teman, porque hoy nos ha nacido en la santa Probática (**), la Madre de Dios, de la cual quiso nacer el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Salten de júbilo, montañas (Cf. Sal 114 (113-A), 4), seres de naturaleza racional que anhelan las cumbres de la contemplación espiritual. Ha surgido esplendoroso el monte del Señor, que supera todos los collados y todos los montes, o sea, que está por encima de los ángeles y de los hombres y del que se ha dignado desprenderse corporalmente, sin intervención de mano de hombre, la piedra angular Cristo, que es una sola persona y que une lo que está separado: la divinidad y la humanidad, los ángeles y los hombres, los gentiles y el Israel según la carne, que se unifican en el Israel según el espíritu (Cf. Dn 2, 34 y 45; 1 Co 10, 18).

Monte de Dios, monte fértil, monte cuajado, monte fecundo, monte en el que Dios se ha dignado habitar (Sal 68 (67), 16-17). Los carros de Duios son miles y miles (Sal 68 (67), 18) y en ellos van quienes resplandecen por la gracia divina, o sea, los querubines y serafines. Cumbre más santa que el Sinaí, cubierta no por el humo, ni por las tinieblas, ni por la tempestad, ni por el fuego pavoroso, sino por el rayo luminoso del Santísimo Espíritu. En el Sinaía el Verbo de Dios escribió la ley sobre tablas de piedra, siendo el Espíritu como el dedo con el que se realizó esta inscripción. En esta otra cumbre, que es la Virgen, el Verbo, por obra del Espíritu Santo y mediante la sangre de ella, se encarnó y se ofreció a nuestra naturaleza como remedio eficacísimo de salvación. Allí hubo el maná , aquí está aquel que proporciona la dulzura al maná.

El insigne tabernáculo que Moisés fabricó en el desierto con materiales preciosísimos y de gran variedad, y en la tienda del padre Abraham que fue anterior, presten homenaje a este tabernáculo espiritual y viviente de Dios, pues este no albergó solamente el poder de Dios , sino a la persona del Hijo de Dios, sustancialmente presente. El arca totalmente revestida de oro, la vasija de oro que contenía el maná, el candelabro, la mesa y todos los antiguos enseres del culto, reconozcan que no son comparables con la Virgen. Estas cosas fueron objeto de veneración por ser figuras de ella y como unas sombras de la realidad que simbolizaban.

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