Mensaje del grupo CFF para esta Cuaresma


Por Jaime Velázquez


Nuestro éxodo personal

Hoy ha iniciado la Cuaresma 2012. De nuevo se verán aglutinamientos en pescaderías y restaurantes de mariscos por toda la ciudad. La época de “no-carne” ha iniciado. A comprar atún enlatado y tostadas.


Y desafortunadamente, ese es el mayor sentir de un pueblo que hoy debería iniciar su éxodo personal en la búsqueda de la santidad. La Cuaresma es algo más que una simple y sencilla temporada religiosa donde los viernes no se come carne. Es algo más que una simple espera de las vacaciones de semana santa. Es algo más que el tiempo de programar una salida a la playa.


Regresando miles de años atrás, fueron 40 los años que el pueblo de Israel transitó por el desierto en búsqueda de la Tierra Prometida, fueron 40 años de acompañamiento divino en esos peregrinos que al pasar de los años conocieron la Ley Divina, comprendieron el sentido profético de sus líderes y comprendieron el valor de la prueba (Deut 8,2).


¿Por qué cité ese versículo en específico y no otros tantos que nos hablan de los 40 años en el desierto del pueblo de Israel? Pues bien, analicémoslo:



Deut 8,2 Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz y no de guardar sus mandamientos.

 

 Solo al desgarrar palabra por palabra es que podremos vernos reflejados en esta imponente y reveladora cita bíblica.

 

 ACUÉRDATE
Pues eso… ¡acuérdate!

Es tan fácil olvidar a Dios que lo hacemos a cada rato. Cada vez que pecamos es “olvidarnos” de Dios, hacerlo a un lado, despreciar su mandato y su gloria. Por eso es que el profeta nos insiste en recordar que estamos hechos por Dios y para Dios. Olvidarnos de Dios no es una opción, es la muerte verdadera.

Al acordarnos de Dios constantemente nos alivia en el peso del yugo  y la carga (Mt 11,30) y así inundamos el corazón con la esperanza y la certeza de que Dios nos acompaña en cada paso de esta travesía llamada “vida”. Tener a Dios en el corazón y en la mente a cada momento es tener una vida de oración plena, pues solo así, reconociendo su compañía permanente, es que dialogamos más con Él, pero sobre todo, permitimos que Él Mismo nos hable a nuestro corazón.

 

TE AFLIGIÓ

Suena contradictorio, ¿no se supone que Dios me ama y no me desea ningún mal?, ¿qué clase de Dios es este que aflige a quienes ama? Esa pregunta ha causado la mayoría de las apostasías humanas, pues el sufrimiento es inherente a la naturaleza, y pareciera que es un mandato de Dios el que suframos.

Pero no es así, el sufrimiento nace de la naturaleza caída del ser humana y cómo ésta ha contagiado a la creación entera. La Pena y la Culpa del pecado han recaído en el hombre y por el hombre y solo bajo la Gracia Santificante es que nos libramos de la culpa, pero no nos libramos de la pena (Santo Tomás, Suma teológica - Parte IIIa - Cuestión 69, art 2). La pena es el castigo justo a los pecados del hombre, por tanto, necesaria en el acto de la purificación. Así como un árbol es podado para que rinda más fruto, así mismo es “podada” nuestra propia soberbia con el sufrimiento, a fin de que demos mejores frutos. No podemos considerar al hombre ajeno de la pena y del sufrimiento pues entonces nunca seríamos dignos de la redención de Cristo. ¿Cómo unirnos a Aquel que ha sufrido por nosotros si no es a través de nuestro propio dolor y enmienda? Por eso decía el P. José Luis Martín Descalzo : “Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención”(El misterio del dolor).

Las aflicciones, los dolores, las penas, tanto espirituales como físicas son pruebas y enmiendas permitidas por Dios para que nos unamos a su propio sufrimiento. Si no sufrimos, no podemos configurarnos en verdaderos “Cristos”.

Por ese motivo es que el Señor permite o tolera el dolor humano, porque así como el fuego moldea, el dolor nos robustece en la fortaleza de las virtudes. El dolor nos convierte en sacrificios agradables a Dios, nos permite inmolarnos a nosotros mismos (1 Pedro 2,20), y cumplir así con nuestra misión de “sacerdotes”. Ofreciéndonos a nosotros mismos, con alegrías y tristezas, con dicha y dolor, es decir, ofreciéndonos completos.

 

 

TE PUSO A PRUEBA

¿Acaso la prueba no son aflicciones mismas? No, no lo son.

La verdadera prueba apenas empieza, y el sufrimiento es solo ese contexto de justicia en el que el hombre debe afrontar la verdadera prueba. ¿Cuál es, entonces, la verdadera prueba? El amor.

 Dios no te juzgará por cuánto hayas sufrido, sino por cuánto has amado a pesar de tus penas, dolores y aflicciones (Rom 8,25) La verdadera prueba es la fidelidad en el amor de Dios, es convertirnos en verdaderos imitadores de Cristo, quien por amor a nosotros sufrió la Pasión y Muerte en la Cruz.

 Nuestro Señor Jesucristo, clavado en la cruz, oró por el mundo, derramando sangre y agua, signos visibles de su Divina Misericordia, y es esa misma prueba la que afrontaremos nosotros en esta vida, en este caminar por el desierto.

Configurémonos con Cristo y, así como María Santísima, que permaneció obediente hasta el último momento, sufriendo el martirio de su Hijo, afrontemos esta vida con la esperanza de la Resurrección. Esa es la prueba, el dolor es solo el desierto por el que debemos transitar para llegar a la Tierra Prometida, la Gloria Eterna.



Y eso es la Cuaresma, es este tiempo de conversión, oración y sufrimiento que nos permita llegar con Cristo a su calvario y ser glorificado en su Resurrección. El Papa Benedicto XVI en su mensaje de Cuaresma de esta año 2012 no invita a “reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad.” (3 de Noviembre 2011)

 Los cuarenta días de Cuaresma son esa analogía al de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida. Los cuarenta días son ese tiempo Litúrgico que nos invita a la vivencia de la Pascua, es ese tiempo que el católico debe afrontar en su preparación personal para afrontar la vida de la FE en un mundo que parece más enemistado día a día con Dios y sus mandatos. Es nuestro tiempo personal y universal de preparación.

 La cuaresma inicia el Miércoles de Ceniza, que simboliza la actitud de arrepentimiento y purificación de tiempos inmemorables. La ceniza nos ofrece dos mensajes muy bellos. El primero, es que somos polvo y nuevamente seremos reducidos a polvo. Recordándonos que somos obra creada por Dios y nuestro destino es regresar a nuestro origen.

El segundo mensaje es el símbolo de purificación, de penitencia, pues la ceniza es la prueba sensible de que algo ha sido abrasado por las llamas, y así mismo pedimos ser tocados por Dios mismo, el Fuego Abrasador (Lc 12,49)

No puedo terminar este pequeño artículo, sin ofrecerles las palabras del Beato Juan Pablo II en su mensaje de Cuaresma del año 2001

 

¿Cómo acoger la llamada a la conversión que Jesús nos dirige también en esta Cuaresma? ¿Cómo llevar a cabo un serio cambio de vida? Es necesario, ante todo, abrir el corazón a los conmovedores mensajes de la liturgia. El periodo que prepara la Pascua representa un providencial don del Señor y una preciosa posibilidad de acercarse a Él, entrando en uno mismo y poniéndose a la escucha de sus sugerencias interiores. (Beato Juan Pablo II, 2001)

 

Vivamos esta Cuaresma con la intensidad del amor.

 DLB

 

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