No son los que me dicen Señor, Señor


Por Anwar Tapias Lakatt

Jesús dijo a sus discípulos: 

No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: 'Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?'. Entonces yo les manifestaré: 'Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal'. Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande". Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.

(San Mateo 7,21-29)

 

Hoy el texto nos regala un camino para entrar al Reino de los Cielos. Son 3 etapas que al ir caminándolas, nos indica que vamos en la dirección correcta.

 

1. Escuchar la Palabra de Dios: Esto es lo primero, la Palabra de Dios nos ilumina, nos sostiene, nos da fuerzas para vivir, de un modo distinto al de la Eucaristía, pero sí importante: Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre (DV, 26). Hoy debemos preguntarnos: ¿qué tanto conozco la Palabra de Dios? ¿Me alimento de ella con qué frecuencia? Y muy importante ¿Dónde la escucho? Hoy cualquiera se atreve a eneñar y creer tener autoridad. Por tanto la Palabra de Dios debe ser recibida dentro de la Iglesia, y conforme a la enseñanza de la Iglesia, que es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15). Si queremos caminar en Dios, debemos alimentarnos de su palabra, como dice el salmo: Conservo tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti. (Sal 119, 11)

 

2. Poner en práctica: LLevar la Palabra de Dios a la acción, a ser guía verdadera en nuestro andar es importante y necesario. No podemos quedarnos al nivel de oyentes que dicen: qué bonito habla el Señor, pero es tan difícil que no podré. El Evangelio es fuerte, desacomoda, nos interpela a revisarnos y debemos siempre pedir a Dios la gracia de poder cumplir sus mandatos. Poner en práctica es vivir los valores evangélicos que nos enseña el Señor. En fuerzas humanas no se logra, sino por la gracia del Señor. Recordemos que Dios pone el querer y el hacer (Fil 2, 13). Cristo además nos advierte que no es sólo decir: Señor, Señor, no es con muestras externas solamente de fe, es de una vida coherente, que se aleja del pecado, que pide la fuerza para cambiar, que muestra una conversión lograda por la acción del Espíritu. El Señor lo asemeja a construir sobre roca, y esa roca es Cristo, sobre la que nada puede moverla o dañarla. ¿Sobre qué roca construyo mi fe?

 

3. Dar frutos no es tener carismas: Esta parte es muy importante tenerla clara. Cristo hace ver que no es por tener un carisma se gana el Reino. En muchas partes, se puede notar que quien tiene un carisma que es para el servicio de la Iglesia, piensa que es muestra de que es santo o está agradando a Dios. Los carismas son regalos que el Espíritu Santo da a quien quiere: sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia (LG 12). ¿Qué hago con los carismas recibidos? Realmente sepamos que Cristo no nos va a dar el cielo, por tener algo que fue un regalo. Si bien estamos llamados a dar buen uso de los talentos (Mt 25, 14-30), son los frutos del Espíritu los que mostrarán que estamos llevando una vida de santidad, y por ello debemos cuidar nuestra vida espiritual (Gal 5, 22-26)



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Reflexiones sobre el Evangelio diario

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