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Clases de Repaso de Sagradas Escrituras Parte 2

5. EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

 

 

Comenzamos ahora el repaso de las obras de los tres evangelistas. El esquema será muy semejante. Como en los restantes temas, el objetivo no es agotar lo que se dice sobre los evangelistas, sino proporcionar conocimientos que ayuden a una mejor lectura  de los evangelios.

 

1. Se tratará primero de las cuestiones relativas al Autor, la fecha y el lugar de composición. Ya que esta es una cuestión normalmente conocida, en este apartado se verán las afirmaciones que vienen recogidas en los manuales, o en las Introducciones a la Biblia traducida y anotada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, y a continuación se tratarán las cuestiones objeto de discusión científica.

2. Después se tratará de lo que podría denominarse Características literarias y teológicas del Evangelio en cuestión. Se unen las características literarias con las teológicas porque al tratar de las primeras no se aborda la cuestión de si el evangelista tiene un buen o un mal griego, sino la manera que tiene de exponer las acciones y las palabras de Jesús, que tiene mucho que ver con lo que el evangelista quiere enseñar. En ese sentido, estos temas ofrecen también una manera de entender el evangelio.

3.En tercer lugar trataremos de la Estructura del evangelio en cuestión. Con ello se intenta comprender el lugar de cada pasaje en el evangelio, y, en consecuencia, en relación con el resto de los pasajes del evangelio. Obviamente, lo ideal sería tratar cada uno de los pasajes, pero esto es imposible en el espacio reservado a las clases. El esquema general del evangelio puede al menos proporcionar el marco de lectura.

4.Finalmente, se tratará de los Contenidos principales del evangelio. Sobre todo, qué enseña sobre Jesús. Pero, unido a esto, cada evangelista tiene unos motivos que subraya especialmente. Tenerlos presentes es también una manera efectiva de leer el evangelio

Autor, fecha y lugar de composición

1. Autor tiempo y lugar de composición

     Al abordar la cuestión de los autores de los evangelios, hay que notar dos precisiones importantes:

El primer evangelio, como los otros tres, es anónimo en su materialidad. En ningún lugar del texto, aparece la firma de Mateo. Ahora bien, en los manuscritos ―papiros y códices―, Mateo, como los demás evangelios, viene siempre precedido por la inscripción «Evangelio según Mateo». El título, que era necesario cuando menos para archivar los textos, indica dos cosas:

a) El texto está vinculado su origen, y con él a la autoridad de su autor, que es la autoridad apostólica. No debe olvidarse que estamos en una comunidad autoritativa. Ésa autoridad no la tiene cualquiera. Los evangelios proceden de los apóstoles o de los discípulos de los apóstoles.

b) La expresión «... según Mateo», o según Marcos, etc., contrasta con el título que se daba a las obras en la época, con el genitivo de origen. Parece pues que hace referencia a aquella idea tan repetida en la primera cristiandad de que el Evangelio es sólo uno, el Evangelio de Jesucristo (Mc 1,1). Al decir «según san Mateo», se quiere decir el Evangelio testimoniado por San Mateo.

Tras esta apreciación, comenzamos:

Autor

Antiguos testimonios escritos, aseguran que San Mateo fue el primero que puso por escrito el Evangelio de Jesucristo. Del siglo II es el testimonio de Papías, obispo de Hierápolis, que dice:

«Mateo dispuso los discursos [acerca] del Señor en la lengua de los hebreos, y cada uno los interpretó como pudo»[1].

No se ha conservado ninguna copia ni ninguna descripción de este texto del que habla Papías, por lo que no sabemos si la lengua a la que se refiere es el hebreo o el arameo. Tampoco sabemos si los discursos a los que alude se refieren a todo el Evangelio o únicamente a las palabras del Señor. En cambio, muy pronto se usó como texto autoritativo y canónico el griego.

La atribución a Mateo, el recaudador, de este primer evangelio recorre todos los documentos antiguos. Encuentra, además, una cierta confirmación en mismo Evangelio, pues es el único que recoge el nombre de Mateo para designar al publicano a quien llama el Señor en los inicios de la vida pública (Mt 9,9-12) y que coincide con el Mateo que se nombra en las listas de los doce (Mt 10,1-14; cfr Mc 3,13-19; Lc 6,12-16; Hch 1,13). San Lucas dice que se llamaba Leví, y San Marcos, Leví el de Alfeo (Lc 5,27; Mc 2,14).

Destinatarios y lugar de composición

En el texto de San Mateo se descubren muchos rasgos que hacen pensar que sus destinatarios son judíos que han abrazado la fe cristiana:

Abundan, por ejemplo, expresiones de cuño palestinense que sólo usa este evangelio: «reino de los cielos», «Padre celestial», «ciudad santa», «casa de Israel», «la carne y la sangre», «atar y desatar», etc.

Además, el autor alude, mucho más que los otros sinópticos, a costumbres judías: la ofrenda sobre el altar, el comportamiento de los sacerdotes en sábado, el uso de las filacterias[2], etc.

Todo el texto está permeado de citas explícitas del Antiguo Testamento en las que se muestra cómo en Jesús se cumplen las Escrituras, es decir, las promesas de Dios al pueblo de Israel (en su relato se pueden encontrar hasta 150 alusiones a esos textos, de las que 50 —frente a las 23 que recogen cada uno de los otros dos sinópticos— contienen citas explícitas de los libros sagrados). Además el autor del Evangelio se sirve de modos de interpretar la Escritura propios de los escribas de Israel: la gematría ―uso de los números para significar― en la genealogía, el uso de la pasiva divina para evitar pronunciar el nombre de Dios, etc.

Finalmente, Mateo más que nadie, recoge las palabras del Señor en las que se explican las relaciones de la Antigua con la Nueva Ley. Unas frases las resumen:

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla» (Mt 5,17-18)

Todo esto, y muchos más ejemplos que podrían aducirse, hace pensar que los destinatarios primeros del evangelio son cristianos procedentes del judaísmo, para quienes las enseñanzas de la Ley siguen vigentes, aunque entendidas a la luz de la Nueva Ley de Cristo.

Lugar de composición

Aunque todos los evangelios tienen un horizonte universal, la crítica siempre ha pensado que el lugar de composición del primer evangelio fue Antioquía de Siria, aquella ciudad tan nombrada en los Hechos de los Apóstoles, famosa por su vigor evangelizador. Apoyarían esta hipótesis el hecho de la Didaché y las cartas de San Ignacio de Antioquía ―documentos situados a finales del siglo I provenientes de Antioquía― citan las palabras del Señor con las mismas fórmulas que se recogen en Mateo.

Fecha de composición. Complementos a lo dicho hasta ahora

Las afirmaciones que hemos dicho hasta ahora son verdaderas y válidas. Sin embargo, un examen más detenido del texto del Evangelio y de las circunstancias históricas en las que nació nos invitan a matizarlas.

Sobre los destinatarios. Los Hechos de los Apóstoles muestran que la iglesia de Antioquía no sólo estaba compuesta por judíos que habían abrazado la nueva fe, sino por gentiles convertidos al cristianismo. En efecto, el evangelio no supone sólo una misión a los judíos, sino universal: por ejemplo, cuando dice que los cristianos son la sal de la tierra o la luz del mundo, o en el mandato final de hacer discípulos a todos los pueblos. Por eso, es más lógico suponer que la comunidad a la que se dirige Mateo es mixta, formada por cristianos judíos y gentiles. A unos y a otros se les enseña el valor de la Ley en relación con Cristo: a los que provienen de la gentilidad para que la respeten y a los que provienen de judaísmo para que la cumplan en relación con la vida nueva en Jesucristo.

Sobre la fecha de composición. Se ha dicho antes que Mateo usa expresiones de cuño palestinense, que alude a costumbres de los judíos de la época del Señor, y que Papías dijo que Mateo escribió su evangelio en la lengua de los hebreos. Sin embargo, el griego del Evangelio de Mateo es bueno, evita vulgarismos y busca una buena expresión: nada hace pensar, por tanto, que estemos ante una traducción más o menos servil de un texto hebreo. Es más, a la vista del texto evangélico, la entera afirmación de Papías ―«Mateo dispuso los discursos [acerca] del Señor en la lengua de los hebreos, y cada uno los interpretó como pudo»― se puede discutir, porque Mateo, como enseguida se verá, es un prodigio de claridad a la hora de proponer la doctrina, y esto no se hace muy compatible con la afirmación «cada uno los interpretó como pudo». Además, parece como si San Mateo conociera el evangelio de Marcos, y allí donde pudiera interpretarse mal un pasaje de San Marcos él lo explicara con más precisión.

Por esto, los estudiosos suponen que el texto al que se refiere Papías fue un texto en arameo escrito muy pronto, hacia los años 50 ó 60, del que luego se sirvieron San Lucas y el escritor del Evangelio canónico de San Mateo, que lo reprodujo sustancialmente, pero escribiendo directamente en griego. Este Evangelio de San Mateo en griego, inspirado y canónico, se debió de escribir entre los años 80 y 90, también, porque, aunque no lo hayamos mostrado aquí, parece escrito en polémica con la interpretación de la Ley que hacían los judíos que no habían abrazado el cristianismo, una vez que el Templo había sido destruido por los romanos en el año 70[3].

Características literarias y teológicas

Todos los evangelios están dirigidos a creyentes. Todos quieren enseñar quién es Jesús y cuál es el alcance de su doctrina. Cada uno lo hace a su manera. Señalarla, puede ayudar a leer cada evangelio con mayor provecho. Quizás el rasgo más significativo de Mateo, en el que nos vamos a detener, sea el de ser un evangelio que es muchos aspectos es como un catecismo. Es un texto muy didáctico que responde a las preguntas que los cristianos pueden hacerse. Una frase de Juan Pablo II puede ayudarnos a emprender este apartado:

«Los Evangelios que, antes de ser escritos, fueron la expresión de una enseñanza oral transmitida a las comunidades cristianas, tienen más o menos una estructura catequética. ¿No ha sido llamado el relato de San Mateo evangelio del catequista, y el de San Marcos, evangelio del catecúmeno?». Juan Pablo II, Catechesi tradendae, n. 11

Se llama a San Marcos el evangelio del catecúmeno porque su lectura mueve a abrazar la fe cristiana. Se llama San Mateo el evangelio del catequista porque es capaz de explicar esa fe en todos sus extremos. Se ha dicho más de una vez  que el autor del Evangelio es un hombre que se ha aplicado a sí mismo el consejo del Señor recogido en Mt 13,52: «todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas». Es decir, alguien, que teniendo presentes las palabras de Cristo y las palabras de las Escrituras, sabe proponerlas como camino de vida. Veamos cómo. Al final del evangelio, dice el Señor:

«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»

La frase subrayada señala que los apóstoles deben enseñar a guardar las normas mandadas por el Señor. Y eso es lo que hace Mateo con su escrito. Veamos unos ejemplos. Cuando el Señor enseña el Padrenuestro en el Sermón de la Montaña, Mateo lo recoge así:

(1) Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

(2) Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que piensan que por su locuacidad van a ser escuchados. Así pues, no seáis como ellos, porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis.

 

(3) Vosotros, en cambio, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, también en la tierra; danos hoy nuestro pan cotidiano; y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal.

 

(4) Porque si les perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados» (Mt 6,5-15)

¿Cómo es la oración del cristiano? No es ostentosa como la de los fariseos, no está llena de verborrea como la de los gentiles. Es filial sencilla y sincera como el Padrenuestro. Y además, debe ir acompañada de obras que manifiestan esa autenticidad de la sinceridad.

Obviamente, cada aspecto de esta enseñanza se puede enriquecer con otros pasajes del evangelio. Por ejemplo, la enseñanza final del perdón de las ofensas se ilustra con la parábola del mayordomo que debía diez mil talentos a su señor y tras ser perdonado, es incapaz de perdonarle una deuda mínima a un compañero suyo (Mt 18, 22-29), etc. Pero parece claro que si Mateo no ha recogido aquí todo lo necesario para saber cómo rezar, sin duda ha recogido mucho.

Lo que quería significar aquí es que tener esto presente ―que el evangelio muchas veces es como un catecismo― nos ayuda a entender mejor a San Mateo cuando lo leemos. A este propósito, basta con ir al capítulo 18, lo que se denomina discurso eclesiástico, discurso de la vida de la Iglesia, y encontramos un elenco. Por ejemplo:

¿Cómo comportarse en la Iglesia con los más débiles, con los menos instruidos? Y contesta con las sentencias sobre el escándalo (Mt 18,1-11)

¿Cómo comportarse con el hermano que flojea y se puede perder? Y contesta con la parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14). De paso se puede advertir que ésta parábola en San Lucas (15,4-7) significa a la humanidad pecadora salvada por Jesucristo.

¿Cómo comportarse con el que falla de manera reincidente? Y contesta con la enseñanza de la corrección fraterna (Mt 18,15-17).

Y ¿hasta cuándo hay que perdonar? Y contesta que siempre porque tenemos que considerar cuándo nos ha perdonado Dios a nosotros (Mt 18,21-35)

De este capítulo he dejado voluntariamente de lado una sentencia del Señor:

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo (Mt 18,18)

Las palabras son muy semejantes a las que Jesús le dirige a Pedro tras la confesión en Cesarea de Filipo:

Todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16,19)

Parece pues claro que la frase contesta al poder que el Señor le ha dado a sus ministros en la Iglesia. Ahora bien, cuando el evangelista narra que Jesús perdona los pecados y la cura al paralítico de Cafarnaún, añade un comentario a final:

Al ver esto, la gente se atemorizó y glorificó a Dios por haber dado tal potestad a los hombres (Mt 9,18)

A tenor de lo visto, este comentario de Mateo sirve también como explicación de lo anterior. Es posible que Dios dé a los hombres la potestad de perdonar los pecados. La tenía Jesús y Jesús se la ha dado a sus ministros en la Iglesia.

Se podrían aducir otros muchos ejemplos. He señalado algunos, pero el lector puede hacer la experiencia y leer el evangelio de Mateo para prender, descubriendo en la forma de narrar los pasajes una manera de rezar, de enseñar, de ejercer el ministerio, etc.

San Mateo tiene otras formas de enseñar. Por ejemplo, los estudiosos han hecho notar que en las frases de las Bienaventuranzas, o en el Padrenuestro, etc., las expresiones de San Lucas son más fáciles de retrotraducir al arameo. En cambio, las de San Mateo, tienen más sonoridad en las palabras, mayor ritmo poético. Así las frases del Señor sean tal vez más fáciles de retener en la memoria y acuden con más espontaneidad a los labios.

Sin embargo, quería detenerme en dos detalles más de esta enseñanza contenida en el primer evangelio: en la presencia de grandes discursos y en el modo de narrar los milagros.

A veces se ha llamado a Mateo El evangelio de los discursos del Señor. Recoge extensos discursos de Jesucristo. Algunos recogen invectivas y controversias con los fariseos y los escribas (Mt 23,13-36; 12,25-45), pero cinco de ellos se cierran con una expresión semejante a ésta: «y sucedió que cuando Jesús acabó de dar estas instrucciones...» (Mt 7,28; 11,1; 13,53; 19,1; 26,1). Pero, si nos fijamos bien, estos discursos versan sobre:

Mt 5,1-7,29: Sermón de la montaña. Es, como decía San Agustín «Perfecte vitae christianae modus», el modo perfecto de vida cristiana. Describe con precisión cómo debe comportarse el cristiano para que su justicia sea mayor que la de escribas y fariseos.

Mt 10, 1-42: El de la misión dirigido a los doce apóstoles. Si nos fijamos en el contenido del discurso no sólo se refiere a aquella misión de los doce a Israel (habla por ejemplo de que los discípulos serán llevados ante gobernadores y reyes, etc.), sino que se refiere a la misión apostólica de la Iglesia. Es un protocolo de cómo realizar la proclamación del mensaje de Cristo.

Mt 13, 1-52. Discurso de las parábolas. Se trata de las parábolas que versan sobre el Reino de Dios. Pero indican también cómo responder a las diversas situaciones que se van a dar en la vida de la Iglesia. A tener en cuenta que, como señala la parábola del sembrador, no todos los que acogen el mensaje del reino perseveran hasta el final, aunque cuando se acoge y se persevera el fruto es desproporcionado. A no desalentarse porque el reino, la Iglesia, crezca despacio, como la semilla de mostaza; a no preocuparse porque en crecimiento del reino el bien del mensaje, crezca con el mal que el diablo ha sembrado en forma de cizaña, porque Dios juzgará, etc.

Mt 18, 1-35. El llamado discurso eclesiástico, que hemos comentado antes y que contiene enseñanzas sobre el comportamiento de los fieles dentro de la Iglesia.

Mt 24,1-25,46. El discurso escatológico. Recoge las dificultades con los que nos vamos a encontrar en el desarrollo de la Iglesia a través de los siglos: persecuciones y dificultades externas, dificultades internas por el enfriamiento del amor, etc. Pero todo fundado en la esperanza. Cristo no abandona a los suyos: ni ahora, ni al final de los tiempos, cuando juzgue al universo entero. Es un discurso consolador.

Los milagros. En los relatos de milagros, frente a la viveza que encontramos en San Marcos, la narración de San Mateo es estilizada, solemne, evitando detalles pintorescos. Pero eso le sirve para subrayar la misión de Jesús (aspecto cristológico), la fe de quien lo pide ―poniendo en relación estrecha lo que se solicita con lo que se concede―, y el lugar de los discípulos, que representan a la Iglesia. También bajo este aspecto, el Evangelio es un ejemplo de catequesis cristiana. Aunque se tratará de los milagros más adelante, unos textos pueden ejemplificarlo con más claridad:

Mt 15,21-28
Mc 7,24-30

Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio. Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.

Él respondió: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: ¡Señor, ayúdame!

Él le respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

Pero ella dijo: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Entonces Jesús le respondió: ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres —y su hija quedó sana en aquel instante.

 

Se fue de allí y se marchó hacia la región de Tiro y de Sidón. Y habiendo entrado en una casa deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido. Es más, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio.

 

 

Y le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

Ella respondió diciendo: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos.

Y le dijo: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija.

Y al regresar a su casa encontró a la niña echada en la cama y que el demonio había salido.

De una comparación elemental entre los dos textos, se deduce enseguida que San Marcos privilegia el punto de vista del discípulo: la mujer que sale en busca de Jesús, le ruega con insistencia y audacia, y vuelve a casa con su propósito logrado. San Mateo tiene como propios, cuando menos los dos trazos subrayados: en el primero las palabras de Jesús ofrecen una explicación  de su misión como Mesías, y explican al lector la resistencia de Jesús ―que a primera vista nos podría parecer sorprendente― a realizar la curación. Las palabras finales del Señor tienen también su justificación pues palabras semejantes (Mt 8,13, al centurión: «Vete y que se haga conforme has creído»; Mt 8,29, a los ciegos: «Que se haga en vosotros conforme a vuestra fe») aparecen más veces a lo largo del Evangelio. Lo que se pide se concede según la fe del que pide.

 

Mt 8,14-15

Mc 1,29-31

Al llegar Jesús a casa de Pedro,

Enseguida salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan.

vio a la suegra de éste en cama, con fiebre.

La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella.

La tomó de la mano y le desapareció la fiebre; entonces ella se levantó y se puso a servirle

Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles

En San Marcos, el relato presenta las características típicas de la viveza de su narración, al tiempo que llama la atención sobre los discípulos. En San Mateo todo parece dirigido a la catequesis. Desaparecen los detalles anecdóticos, y los discípulos: sólo se presenta a Simón a quien se le denomina con su nombre en la Iglesia, Pedro. La iniciativa es de Jesús que cura a la mujer sin que medie petición. Y la mujer, como también el discípulo en la Iglesia, una vez sanada, sirve a Jesús.

Estructura del Evangelio

Al tratar de la estructura, se busca, sobre todo, poder entender cada pasaje del evangelio, en su contexto más próximo, en el contexto del Evangelio entero, o en el contexto del ministerio de Jesús. Normalmente, el evangelista ha dejado algunas señales de este proyecto que una lectura atenta puede descubrir. En el caso de San Mateo hay dos rasgos significativos de los que partir.

1. Muchas veces, hasta noventa, introduce las acciones narradas con el adverbio «entonces...», pero sólo tres veces —al comienzo del ministerio público de Jesús, después de la confesión de Pedro, y en la traición de Judas—, utiliza la expresión «desde entonces...»:

Mt 4,17: Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos.

Mt 16,21: Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Mt 26,17: Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces [Judas] buscaba la ocasión propicia para entregárselo.

Parece claro que los tres pasajes señalan con claridad tres tiempos en la actividad de Jesús: el que se desarrolla sobre todo en Galilea donde proclama el reino con hechos y palabras; el que manifiesta a los discípulos su destino y el que desarrolla el drama de su muerte y su gloriosa resurrección.

2. Por otra parte, la lectura del primer evangelio transmite la sensación de que estamos ante un escrito atentamente pensado y construido en él la misma construcción quiere trasmitir una enseñanza. Ya se ha dicho que en el conjunto del libro llama la atención la presencia de cinco discursos del Señor escalonando el relato que se siguen con cinco secciones narrativas en las que se relatan signos mesiánicos de Jesús. Algunos autores ven una evocación de los cinco libros de la Ley, el Pentateuco, en este esquema, pues también el Pentateuco narra las acciones singulares de Dios con su pueblo y los mandamientos que les da. Quizás la imagen sea un poco forzada en algún punto, pero parece claro que esta evocación nos enseña a ver que las sucesivas acciones de Jesús no hay que entenderlas sólo como cumplimiento de las promesas de Dios; también deben verse como el inicio del nuevo pueblo que es la Iglesia y que nace de Jesús.

Contenidos principales

Es claro que la enseñanza primera de todos los evangelios es sobre Jesucristo y sobre su obra. Las acciones y las palabras de Jesús, y de las diversas personas que se acercan a Él, acaban por revelar quién es verdaderamente Jesucristo y el alcance de sus acciones para la salvación de los hombres. Si hubiera que condensar en breves trazos la enseñanza del primer evangelio, podría hacerse en torno a dos nociones: la persona de Jesucristo y la Iglesia fundada por Él. Las dos nociones están en cierta manera relacionadas.

Jesucristo

Jesús, tal como aparece narrado por San Mateo, se caracteriza sobre todo por su majestad, la que intuitivamente percibimos en un mosaico bizantino o en un Pantocrátor de nuestras iglesias medievales. Hombre verdadero, y, al mismo tiempo, verdadero Dios y Señor de todo lo creado. Pero ésta es una imagen visual. En el texto de San Mateo, estas características se expresan mejor con los títulos que se aplican a Jesús.

Jesús es, antes que nada, Hijo de Dios. Desde la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, hasta la fórmula trinitaria del Bautismo al final, San Mateo afirma e insiste en que Jesús es el Hijo de Dios (Mt 1,20; 28,19.): lo declara la voz del cielo en el Bautismo, y en la Transfiguración, y el mismo Jesús de manera directa

Mt 11,25-27: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. 27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo

Ahora bien, es interesante señalar cómo subraya San Mateo esta afirmación. A este respecto, varios puntos son interesantes:

1. Cuando San Mateo narra la vuelta a Nazaret de José, dice:

Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: De Egipto llamé a mi hijo (Mt 2,15)

El hijo al que se refiere el profeta Oseas es Israel. Pero Israel, como hijo de Dios, no cumplió la misión de Dios de justificar a todas las gentes. Es Jesús, el Hijo de Dios, quien cumple la misión que Israel no supo llevar a cabo. Pero es importante notar la dirección del razonamiento. Jesús no es Hijo de Dios porque de Él se prediquen la suma de alusiones del Antiguo Testamento, sino que, como Hijo de Dios que es, realiza las promesas de Dios encomendadas a sus elegidos desde el Antiguo Testamento.

2. Otra manera de afirmar la divinidad de Jesús es con la denominación Enmanuel, «Dios con nosotros». Es el título que tiene el Niño desde su concepción (Mt 1,23); pero una paráfrasis de ese nombre es la que utiliza Jesús para afirmar su presencia en medio de su Iglesia:

Mt 18,20: «Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Si tenemos en cuenta que había un dicho en los tiempos del Señor que decía:

“Si dos se sientan juntos y las palabras entre ellos no son las de la Torá, entonces es una sesión de burladores..., pero si dos se sientan juntos y las palabras entre ellos son las de la Torá, entonces la Shejiná [la presencia divina] está en medio de ellos”. (Rabí Hananiah ben Teradyon, en la Mishnah, Abot 3:2.)

Entonces parece claro que Jesús alude con sus palabras a su dimensión consustancial al Padre. Y lo mismo en el tercer texto, al final del evangelio, en el envío de sus discípulos, el Señor utiliza una glosa de ese nombre para afirmar su presencia en medio de la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Mt 28,20: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Como Dios estaba con Israel en el desierto y con los guías de su pueblo (Moisés, Josué, etc.), así estará Jesús con la Iglesia hasta el fin del mundo. No se puede decir de manera más elocuente, que Jesús es Dios, y que la Iglesia es el Pueblo de Dios.

A la luz de esta verdad esencial, que Jesús es Hijo de Dios, todos los demás títulos mesiánicos, con los que el Antiguo Testamento preanunció al Salvador, adquieren su más profundo sentido: Hijo de David, Rey, Hijo del Hombre, Mesías.

Jesús es el Hijo del hombre. Jesús se llama así a lo largo de su evangelio. Esta denominación para sí mismo no carece de ambigüedad. Hijo del Hombre es, por una parte, un sinónimo de la palabra hombre. Por otra, en la tradición de Israel, inaugurada desde la imagen  de Daniel 7,13-14, designa al personaje trascendente al que Dios le da «imperio honor y reino, y todos los pueblos naciones y lenguas» le sirven, siendo su imperio un «imperio eterno que nunca pasará». Así pues, de esta manera se designa a un hombre verdadero, al mismo tiempo que trascendente. San Mateo, desde la genealogía, señala cómo es posible esto, que Jesús sea verdadero hombre, del linaje de David, y al mismo tiempo de origen divino.

Pero la misión de Jesús, también verdadero hombre, se señala sobre todo en el cumplimiento de su misión como el y Siervo del Señor humilde, profetizado por Isaías, que con sus palabras y sus milagros cumple el designio salvador de Dios sobre los hombres. El motivo por el que Jesús hace milagros, en la explicación de San Mateo, no es la compasión de la muchedumbre, ni la desaparición del dolor, etc. El motivo más radical es su manera de cumplir el designio de Dios trazado en la segunda parte del profeta Isaías. Sirvan de ejemplo estos dos textos

Mt 8,16-17: «Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; expulsó a los espíritus con su palabra y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Mt 12,15-21. «Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Aquí está mi Siervo, a quien elegí, mi amado, en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y en su nombre pondrán su esperanza las naciones»

Pero una de las características del Siervo del Señor es el rechazo por parte de sus congéneres. San Mateo contiene enseñanzas y hechos que iluminan, en su profundidad y dramatismo, el misterio de la reprobación de Jesús, el Mesías prometido, por parte de los dirigentes judíos, que arrastraron tras de sí a buena parte del pueblo. El evangelista va respondiendo de diversas maneras a ese misterio: unas veces, al relatar los episodios de la repulsa de escribas, fariseos y príncipes de los sacerdotes hacia Jesús; también al narrar los sufrimientos de su Pasión hace ver cómo esos acontecimientos de la vida de Cristo no son una frustración del plan divino, sino que estaban previstos y anunciados por los Profetas, y son su cumplimiento[4]. Por eso advierte el Señor que la promesa de Dios se dará a otro pueblo que dé sus frutos[5]. Ese nuevo Pueblo es la Iglesia.

La Iglesia

A San Mateo se le ha llamado el Evangelio «eclesiástico». La razón estriba en varias observaciones: una es que ya el mismo nombre de Iglesia aparece tres veces[6]; otra es que la Iglesia, sin ser nombrada expresamente así, se percibe en el trasfondo de la narración. A lo largo de esta lección hemos subrayado sobre todo este aspecto. Se ha visto cómo a lo largo del evangelio, el cristiano que lee el evangelio puede encontrar respuestas a las preguntas a su situación en la Iglesia: cómo debe rezar, cómo ayunar, cómo comportarse con sus hermanos, cómo realizar la misión apostólica, cómo le vinculan los mandamientos de la Ley, etc. También encuentra respuestas a los porqués: por qué se pueden perdonar los pecados en la tierra, por qué muchos judíos, a los que se dirigía primeramente el mensaje de Cristo, no respondieron a la invitación de Dios en Jesucristo, por qué ocupa Pedro un lugar principal en la Iglesia, etc.

[4] Mt 12,17; 13,35; 26,54.56; 27,9; etc.

[5] Mt 21,43.

[6] Mt 16,18; 18,17: dos

 

 

A este propósito se podrían invocar otros muchos ejemplos, porque San Mateo, responde a ellos. Tan es así que un conocido investigador, convertido después al catolicismo, titulaba su comentario de Mateo así: «El verdadero Israel». Y esto se percibe desde la primera línea del texto hasta la última. La primera: si el pueblo de Israel era la descendencia, la genealogía, de Jacob, el primer Israel, la Iglesia no es sino la descendencia de Jesús, fundada desde su obra. La última: el mandamiento misional, incluye, como en la praxis del tiempo, hacer discípulos. Con el mandato de Jesús dirigido a que llegue a todos los pueblos se cumple el destino de Dios para Israel: ser instrumento de salvación para todo el mundo. Pero ese destino lo cumple la Iglesia, «el verdadero Israel».

veces.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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