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evangelio de san lucas

7. EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS

 

1. Autor, lugar y fecha de composición

a) Autor

El tercer evangelio, como los otros, no recoge en el texto el nombre de su autor. Sin embargo, la tradición desde el inicio dijo que su autor fue Lucas, compañero de San Pablo. De hecho, ya un testimonio textual muy antiguo, como es el papiro Bodmer XIV (P73), datado entre los años 175-225, trae como título , indicando con esto al autor literario. En el siglo II son muy abundantes los testimonios patrísticos de la autoría de Lucas: San Ireneo en su Adversus haereses 3, 1, el Prólogo griego antimarcionita, Tertuliano, Orígenes, etc. Valga como ejemplo éste del fragmento de Muratori, un documento cristiano datado entre los años 170-180, que dice: “El tercer libro del Evangelio es según Lucas. Este Lucas era médico. Pablo lo tomó como segundo a causa de sus conocimientos de derecho, y escribió con su asentimiento lo que juzgó bueno. Sin embargo, no vio al Señor en carne mortal. En consecuencia, según lo que se había podido informar, comenzó a hablar desde el nacimiento de Juan”.

San Jerónimo, en torno al año 400, recoge estas opiniones y las expresa así en De viris illustribus: “Lucas, médico antioqueno, conocedor de la lengua griega, como demuestran sus escritos, seguidor del Apóstol Pablo y compañero de sus viajes, escribió un Evangelio”.

Pero, ¿quién es este Lucas, discípulo de Pablo? Si acudimos al Nuevo Testamento, veremos que este nombre aparece en tres ocasiones: Col 4, 14; Flm 24; 2 Tm 4, 11. En estos casos, Lucas es uno de los colaboradores de San Pablo. El texto de Colosenses nos dice además que era médico y que se contaba entre los discípulos que no venían de la circuncisión, es decir, que era de origen gentil.

Con todos estos datos aportados por la tradición que hemos señalado arriba, coinciden muchos indicios que podemos sacar del mismo evangelio y del libro de los Hechos: el autor no fue testigo ocular del ministerio de Jesús (Lc 1, 2), no es de origen palestino, es una persona culta, como se ve sobre todo por textos como el prólogo del evangelio (aunque respetuosa con la sencillez de las fuentes más antiguas a las que recurre), su lenguaje y su doctrina son afines a los del corpus paulinum, conoce bien la comunidad cristiana de Antioquía.

De estas características, quizás la más visible para el lector sea su desconocimiento de Palestina. Así, no es preciso en lo referente a la geografía de Palestina, a la que confunde muchas veces con Judea, no conoce que los muertos en Palestina no se enterraban con ataúd (como se muestra en el pasaje de la resurrección de la viuda de Naim: Lc 7,14), no sabe que es únicamente en la higuera, y no en los demás árboles, donde se lee el comienzo de la primavera (Lc 21,29), etc. 

En resumen, el autor del tercer evangelio sería un cristiano de la segunda generación, de origen pagano, probablemente de Antioquía de Siria, culto, que tiene un interés muy especial por la historia, y que fue discípulo y compañero de San Pablo.

 

 

 

b) Lugar y fecha de composición

Según la Tradición cristiana el evangelio de Lucas fue escrito después de los de Mateo y Marcos, hecho que se ve corroborado por las palabras del prólogo (Ya que muchos han intentado poner el orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros), seguramente en Corinto (Acaya, Grecia), uno de los primeros centros de expansión cristiana.

El evangelio está dirigido a un cristiano, de nombre Teófilo. No sabemos si éste es un nombre genérico, “el amado por Dios”, significaría etimológicamente[1], o un personaje concreto. Que Lucas le llame “distinguido Teófilo”, el mismo título que usa San Pablo para dirigirse a Festo (Hch 26,25) lleva a pensar en un personaje distinguido. Además, dice Séneca (De tranquilitate animae 9,4) que en aquel tiempo, los hombres distinguidos se señalaban por tener en sus casas baños y bibliotecas privadas.

En todo caso, fuera de estos detalles que pueden ser más o menos anecdóticos, parece claro que Lucas, como los demás evangelistas, piensa en un destinatario más general: los cristianos que quieren conocer con certeza el fundamento de las cosas que se les han enseñado. Y es claro que estos destinatarios son cristianos de ambiente helenista que no conocen Palestina. Esto se denota en algunos detalles significativos de su relato, sobre todo si lo comparamos con los otros sinópticos. Por ejemplo:

San Lucas traspone del ambiente cultural palestino al helenístico algunas expresiones. Por ejemplo, el dicho del Señor: “ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa” (Mt 5,15), en Lucas es: “Nadie que ha encendido una lámpara la pone en un sitio oculto ni debajo de un celemín, sino sobre un candelero, para que los que entren vean la luz” (Lc 11,33). Parece claro que San Lucas está pensando en una casa griega, donde es imposible iluminar toda la casa con una lamparilla. Esa misma actualización se da por ejemplo a propósito del paralítico descolgado en Cafarnaún. En Marcos, para hacerlo, los hombres “levantaron la techumbre” (Mc 2,4) de paja y barro, sin más. Lucas, en cambio, tiene presente una casa griega y dice que el paralítico fue descolgado desde el terrado, “por entre las tejas” (Lc 5,17). Cosas semejantes se podría decir a propósito de otros lugares (cfr. Lc 6, 46-49).

Fecha de composición

Para determinar la fecha de redacción del escrito, hay que acudir al libro de los Hechos, escrito por el mismo autor (cfr. Hch 1, 1-2). Este libro finaliza su relato en el momento en que San Pablo está preso en Roma, en su primera cautividad, a principios de los años 60. Ya que San Pablo fue liberado posteriormente y Lucas no nos dice nada de esta liberación, el libro debió de escribirse mientras estaba San Pablo preso, es decir, hacia el año 63 como muy tarde. Sin embargo, no es necesario unir el final de Hch a la fecha de su composición. Que Hch acabe donde acaba tiene su sentido desde un punto de vista teológico, ya que en ese momento se han cumplido las palabras del Señor que abren el libro: “seréis mis testigos hasta los confines de la tierra” . Si se acepta esta hipótesis, se busca una fecha acorde con el propósito del libro: a alguien (Teófilo) que no tiene acceso a lo que enseñaron quienes fueron “testigos oculares y ministros de la palabra”, es decir, a los apóstoles y a los varones apostólicos, Lucas, que sí los ha conocido, se lo escribe con orden y exactitud. Eso nos situaría en la segunda generación cristiana, hacia los años 70-80.

 

2. Características literarias y teológicas

a) Estilo literario

Cuando uno comienza a leer el tercer evangelio, no puede menos que quedar deslumbrado por el prólogo:

 Ya que muchos han intentado poner el orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido (Lc 1, 1-4).

La traducción castellana refleja bastante bien el original griego. Periodo sintáctico largo, vocabulario culto, uso preciso de las palabras, etc. Es claro, que su autor tiene el griego como lengua materna, y que ha sido un buen lector. Como dice San Jerónimo (Epístola 19), Lucas es “graeci sermonis eruditissimus”.

Sin embargo, aunque el estilo de estas frases nos muestra quién es Lucas, lo más importante es el propósito que desvela en esas líneas: siguen el modelo griego de un prólogo, indicando, brevemente, argumento, fuentes, método y fin del escrito. El argumento son las “cosas que se han cumplido entre nosotros”, o sea, todo lo referente a Jesús y al origen y la expansión de la primera Iglesia (hay que tener en cuenta que Lc se completa con Hch); las fuentes son testigos oculares y ministros de la palabra, es decir, una tradición bien fundada, y otros libros ya escritos (presumiblemente Mt y Mc); su método es histórico y literario, ya que se informa detalladamente de los hechos, pero los expone a su manera; su fin es hacer conocer la indudable certeza de los hechos y enseñanzas que fundamentan la fe de los cristianos.

En el prólogo quedan también de relieve muchos datos implícitos que ayudan a comprender mejor la composición del evangelio. Lucas hace una “narración”, palabra que incluye su escrito dentro del género histórico. El autor del tercer evangelio es, en efecto, un historiador, y esto se ve corroborado también por sus referencias a la historia profana y a los datos cronológicos (Lc 1, 5; 2, 1; 3, 1-2.23). Lucas escribe con orden (Lc 1, 3: καθεξης), ya que juzga que antes otros lo han hecho sin él. Además, habla de cosas que se han cumplido, que han sucedido realmente, de las que ha habido unos testigos (αυτοπται και υπηρεται), y que se han transmitido. Por tanto, Lc refleja la fe de la tradición anterior, que está basada en unos hechos reales. En Lucas hay una sensibilidad muy grande por la fidelidad a las fuentes. Del mismo modo, Lucas ha viajado y conocido personalmente personas y lugares, de modo que ha podido dar más exactitud a su escrito.

En Lc se da una relación muy estrecha entre el orden del relato y la perspectiva que quiere dar al mensaje. Lucas es historiador y teólogo: cuando narra, selecciona datos y los compone según un mensaje que quiere transmitir. Por eso, también en los detalles de estilo se pueden percibir algunas características de su mensaje. Nos fijaremos en dos que tienen que ver con la fidelidad a las fuentes, y con el discípulo de Cristo.

a.1) Fidelidad a las fuentes

Ya se ha dicho que el evangelio de Lucas se distingue por un griego especialmente cuidado respecto al de los demás evangelios: tiene mayor perfección gramatical, procura traducir los términos hebreos, arameos y latinos al griego, transcribe con mayor corrección los modismos vulgares. Sin embargo, cuando se transcriben palabras de Jesús, conserva también semitismos, incluso en la sintaxis, lo que en el fondo indica fidelidad a las fuentes. De esa manera, el lector encuentra en su texto una fuente segura de su fe.

a.2) El discípulo de Cristo

Por otra parte, en san Lucas se ve muchas veces, el hombre griego culto, preocupado, por la , la buena opinión, o por el decoro de lo que narra. Así por ejemplo, si lo comparamos con los otros sinópticos, no nos dice nada del vestido y la comida de Juan Bautista: “Juan llevaba un vestido de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura y comía langostas y miel silvestre” (Mt 3,4; Mc 1,6). También, la descripción del endemoniado de Gerasa que en Marcos viene relatada así: “Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras” (Mc 5,2-5), en Lucas queda reducida a: “desde hacía mucho tiempo no llevaba ropa, ni habitaba en casas sino en los sepulcros (...) y aunque le sujetaban con cadenas y le ponían grillos para custodiarle, rotas las ataduras, era impulsado por el demonio al desierto” (Lc 8,26.29). Se ve con claridad que San Lucas silencia detalles demasiado crudos o que pueden ser molestos para algunas personas, etc.

Este decoro para escribir se corresponde con un aprecio a la opinión. San Lucas recuerda parábolas como la del invitado que eligió el mejor puesto y que avergonzado tiene que pasar al último lugar (Lc 14,7-11), en cambio, el que elige el peor lugar y después es ascendido queda “muy honrado ante todos” (Lc 14,10). De manera semejante, recuerda las palabras de Jesús afirmando la necesidad de dejarlo todo para seguirle, no sea caso de que le ocurra lo que a aquel que empezó a construir una torre y no terminó. Hay que estar atentos a perseverar, no sea caso que al “no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él” (Lc 14,29).

Sin embargo, también se apresura a recoger en la última frase de las bienaventuranzas: “Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros” (Lc 6,26). Esto debe unirse a que San Lucas es de entre los evangelistas el que más afrentas cuenta que le hicieron a Cristo: es el único que narra el ir y venir de Cristo atado entre Pilato y Herodes, o el que describe a lo vivo las afrentas al Señor. El tercer anuncio de la Pasión dice así: “será entregado a los gentiles y se burlarán de él, será insultado y escupido, y, después de azotarlo, lo matarán” (Lc 18,32-33), donde sólo Lucas habla de los insultos.

Aquí no hay que pensar en paradojas. Lucas es amante del orden, del espíritu abierto, de la claridad, pero sabe también que el modelo del cristiano es Cristo. Y Jesucristo sufrió los insultos y los salivazos y todo tipo de afrentas.

Esta enseñanza de Lucas se encuentra también en otros detalles, que se tratarán más adelante. Vamos ahora a fijarnos en otros aspectos, formales y conceptuales a la vez.

b) Características teológicas

b.1) La Historia y la Historia de la Salvación

La historia que escribe Lucas tiene un fin muy particular: enseñar la Historia de la Salvación, contemplada desde la Encarnación de Cristo hasta la difusión del Evangelio entre los gentiles. Tanto en Lc como en Hch se nos narra la realización de la acción salvífica de Dios en la historia. Que el tema de la salvación es fundamental en Lc se ve por la terminología que usa (cfr. Lc 1, 47.69.71.77; Lc 2, 11.30; 3, 6; 19, 9). Esta salvación, en la perspectiva lucana, no se encuentra sólo en la muerte y resurrección de Cristo, sino también en los acontecimientos posteriores: en la Ascensión de Cristo a los cielos y en la evangelización (cfr. Hch 13, 47; 28, 28). En efecto, en Hch se ve como esa salvación se completa con la venida del Espíritu Santo, cuyo impulso hace que se difunda el evangelio por el mundo.

b.2) El lugar de Jerusalén

El Lc el lugar de Jerusalén adquiere un papel central: la infancia de Jesús empieza y acaba en el Templo de Jerusalén; las tentaciones en el desierto acaban en Jerusalén; Jesús, ya desde el inicio de su vida pública, empieza a caminar hacia Jerusalén, donde culminarán los acontecimientos salvadores (Lc 9, 51-53: Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. Pero no lo recibieron, porque su intención era ir a Jerusalén); las apariciones de Jesús resucitado que se describen no son las de Galilea, sino las de Jerusalén; el evangelio se cierra con una escena situada en el Templo de Jerusalén (Lc 24, 53: Y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios).

Jerusalén es el lugar donde se culmina la salvación no sólo porque es allí donde murió el Señor, sino sobre todo porque es el lugar de su Ascensión, que es el estado final hacia el que camina Jesús. La Ascensión es el final de su vida terrestre (Lc 24, 51-53), el paso del Resucitado a la gloria (Hch 1, 6-11), desde donde envía al Espíritu Santo.

b. 3) Conclusión

Esta conjunción de tiempos y lugares es la que, al final, traduce los motivos que guían la obra de San Lucas y que se podrían resumir en la frase de Jesús que está precisamente en el centro del Evangelio: “La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde entonces se evangeliza el Reino de Dios y cada uno se esfuerza por él” (Lc 16,16). Dicho de otra forma, si Dios preparó un pueblo fue para enviar a su Hijo y con su obra hacer que la salvación llegara a todos los hombres.

 

3. Estructura del Evangelio

Como ya hemos visto al hablar del prólogo, el orden del evangelio según San Lucas está muy orientado a su mensaje: desde este punto de vista tiene un plan más preciso y articulado que Mc.

Lc cuenta con tres partes principales del ministerio de Jesús (Galilea, subida a Jerusalén, Jerusalén), más o menos iguales en cuanto a extensión, que coinciden con las de los demás Sinópticos (con la particularidad de que la segunda parte, la del viaje a Jerusalén, es mucho más larga que en Mt y Mc), pero también con un prólogo y unos primeros capítulos ―que tienen una función muy singular en Lc― en los que se habla de los orígenes de Jesús, de su infancia y de su preparación para la vida pública. En la subida a Jerusalén (10 capítulos en Lc, por sólo 2-3 en Mt y Mc) se subraya de un modo especial que Jesús dirige su llamada salvífica a todos los hombres.

Presentación (1, 1 - 4, 13)

El evangelio se abre con el prólogo (1, 1-4), que presenta la intención de la obra y que tiene las características que ya hemos mencionado.

El primer gran episodio de Lc lo constituye Lc 1, 5 - 2, 52, donde se habla de la infancia de Jesús. Su función es diferente a la de los capítulos paralelos en Mt. En Mateo, los episodios de la infancia son un resumen conceptual del evangelio: dicen quien es Jesús prácticamente desde todos los puntos de vista. En Lc estos ciento once versículos son como un último capítulo del AT que, a su vez, es un primer capítulo del NT. Aquí se describe quién es Jesús: el Salvador prometido, el Mesías, el Salvador. Junto a Jesús niño está su madre, que tiene también un papel central en el plan salvador.

Junto a la infancia de Jesús, Lc narra la preparación del ministerio público de Jesús (3, 1 - 4, 13). Aquí de pone de relieve el alcance de la salvación obrada por Cristo, y esto se hace en torno a tres motivos: la figura del Bautista, las tentaciones de Jesús y su genealogía.

Primera Parte: Ministerio de Jesús en Galilea (4, 14 - 9, 50)

En esta parte se condensa el programa de la misión de Jesús (Lc 4, 16-30) y se describen los inicios de su ministerio: la predicación y la elección, formación y envío de los discípulos y los apóstoles a la misión. Lc habla de los comienzos del ministerio de Jesús (4, 14 - 6, 11). Después pasa a relatar los milagros y la actividad de Jesús en Galilea (6, 12 - 8, 56). Por último, se centra en el viaje de Jesús con sus apóstoles (9, 1-50). En el centro de su predicación se sitúan el Sermón del llano (6, 17-49) y las parábolas del Reino (8, 4-18). En estos capítulos se pone también de relieve la eficacia y la singularidad de las palabras de Jesús.

Segunda Parte: Ministerio en la Subida a Jerusalén (9, 51 - 19, 27)

Esta parte es la narración de la larga subida de Jesús a Jerusalén, en la que se recopilan muchas de las enseñanzas de Jesús que son propias a Lc y que no aparecen ni en Mt ni en Mc. Entre ellas están las parábolas del buen samaritano (Lc 10, 25-37), de la misericordia (Lc 15, 1-32), del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14), etc. No hay un claro criterio unificador, pero en estos capítulos aparecen los rasgos característicos de Lc: la oración, la misericordia, la universalidad de la salvación, la riqueza y la pobreza, etc.

Tercera Parte: Ministerio en Jerusalén (19, 28 - 24, 53)

Esta parte, muy semejante a la paralela de Mt y de Mc, comprende la entrada en Jerusalén y la purificación del Templo (19, 28-48), las controversias de Jesús con las autoridades judías (20, 1-47), el discurso escatológico (21, 5-36), la pasión (22, 1 - 23, 56) y la resurrección (24, 1-53). Durante estos hechos, Jesús es presentado como modelo de conducta para el cristiano, por su misericordia, su grandeza de ánimo, su recurso a la oración. La narración termina con los mismos acontecimientos con los que empieza el libro de los Hechos: el mandato del Señor a los Apóstoles de que permanezcan en Jerusalén hasta la venida del Espíritu Santo y la Ascensión.

 

4. Contenidos principales del Evangelio

1. Jesús, Profeta y Salvador y Señor, modelo del discípulo

Como en los demás evangelios, lo más importante es la doctrina sobre Jesucristo. Lc lo presenta de un modo particular: como Profeta, Salvador y Señor. Estos aspectos de Jesús no son, sin embargo, los únicos que enfatiza Lc. Para el evangelista, Jesús es el “hombre nuevo”, el inicio de una nueva generación, la de los discípulos. Por eso, es cabeza y modelo para los cristianos. Veamos estos dos aspectos y sus implicaciones por separado.

a) Profeta, Salvador y Señor

A Jesucristo se le llama Profeta en varios lugares (Lc 7,16; 9,19; 13,33; 24,19). Por ser Dios y Hombre verdadero, es el Profeta por excelencia: nadie como Él puede hablar en nombre de Dios (Lc 4,18.43; 9,45; 19,21). Ya en el Antiguo Testamento los Profetas eran movidos por el Espíritu de Dios. San Lucas subraya la unión profunda y misteriosa del Espíritu Santo con el ministerio profético de Nuestro Señor: así, en el Bautismo de Jesús, que marca el comienzo de su ministerio público, el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre Él; después, el Espíritu le conduce al desierto donde es tentado, a Galilea, etc. (Lc 3,22; 4.11.14) El mismo Jesús se apropia esa vocación profética cuando en la sinagoga de Nazaret lee el texto de Isaías —«El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido; me ha enviado para evangelizar a los pobres...»— afirmando que se cumple en Él (Cfr Lc 4,16‑30).

A lo largo del Evangelio de San Lucas está presente la enseñanza de que Jesucristo es el Salvador de los hombres. En el Evangelio de la infancia sobresale el cumplimiento en Cristo de las antiguas promesas de Salvación, hechas por Dios a los Patriarcas y Profetas del pueblo elegido: el Niño que ha nacido es el Salvador por tantos siglos esperado. Así la Santísima Virgen María exulta de gozo en Dios su Salvador (Lc 1,47); los ángeles, en el Nacimiento, anuncian que «hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor» (Lc 2,11); Dios ha suscitado ese poder salvador (Lc 1,69) «para salvarnos de nuestros enemigos» (Lc 1,71); la salvación es anunciada por el Bautista para que el pueblo conozca que consiste en el perdón de los pecados (Lc 1,77); la ven los ojos de Simeón cuando conoce al Niño Jesús (Lc 2,30); la verán todos los hombres, según había profetizado Isaías (Lc 3,6); le llega a la mujer pecadora (Lc 7,50) al leproso samaritano que vuelve a dar gracias a Jesús (Lc 17,17), la alcanza Zaqueo con la visita del maestro (Lc 19,9), etc. Pero la salvación se manifiesta también en la curación de las enfermedades, en el perdón de los pecados y en la reconciliación. De hecho, en muchas ocasiones San Lucas utiliza el verbo salvar, para significar la curación: en la hemorroísa (Lc 8,43‑48); en el ciego de Jericó (Lc 18,35‑42); en la resurrección de la hija de Jairo (Lc 8,50); en la liberación de la posesión diabólica, como la del geraseno (Lc 8,26‑39); etc.

Jesús es también, el Señor. Señor es la denominación que se daba a Dios para evitar pronunciar su nombre propio, el tetragrama. También era un tratamiento de respeto hacia una persona. San Lucas es, con mucho, el evangelista que hace más uso de este título en sus escritos: 103 veces en el evangelio, 107 en Hechos de los Apóstoles. Jesús es el Señor en su sentido más profundo desde su nacimiento, y se manifiesta como tal en la resurrección. Por eso a Él le esta reservada la gloria que manifestará especialmente en su segunda venida. En este sentido, Jesús es también el Señor de la historia.

b) Jesús, el “hombre nuevo”, modelo del discípulo.

Más arriba se ha dicho que Lucas presenta su obra como una historia de la salvación que encuentra su culmen en Jesucristo. También se ha visto que en esta historia de la salvación el evangelio de la infancia es como el último capítulo del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo: del Israel fiel a Dios, del pueblo elegido, surge la salvación para todas las naciones. Pero San Lucas proyecta el plan divino todavía más allá, y en la genealogía de Jesús, se remonta hasta Adán, que dice Lucas “viene de Dios” (Lc 3,38). El paralelismo, que se apunta también en otros lugares del evangelio, es fácil de establecer: Dios creó a Adán del barro de la tierra insuflado por el Espíritu, y crea al hombre nuevo, Jesucristo, con el descenso del Espíritu sobre Santa María, modelo de los hombres que son fieles a Dios.

A esta nota conceptual, San Lucas le añade otra: el comportamiento de Jesús es modelo para el de los cristianos. Esto se hace notar en las exhortaciones de Jesucristo en el evangelio pero también en los Hechos de los Apóstoles, donde se percibe cómo los primeros cristianos imitaron el comportamiento de su maestro.

Aquí es donde se unen las dos notas que se han presentado en el título de este apartado: Jesús, hombre nuevo, modelo del discípulo. Por eso, en el resumen de este apartado se harán notar diversas características que están presentes en Jesús y que deben ser imitadas por sus discípulos.

1. El discípulo de Jesús, como él, debe estar desprendido de todo, dispuesto a estar allá donde le conduzca la misión (Lc 9,52-66): Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (Lc 6, 20); Oyendo esto Jesús, le dijo: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme” (Lc 18, 22); Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron (Lc 5, 11).

2. Este desprendimiento es la raíz de la libertad interior en la alegría. El vocabulario de la alegría está compuesto de muchos verbos en Lucas: alegría, regocijo, alabanza, etc. Será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento (1, 14); Y entrando, le dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (1, 28); Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo (6, 23); Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueva justos que no tengan necesidad de conversión (15, 7).

3. El hombre nuevo es un hombre en continua oración, sobre todo ante la prueba: del mismo modo que Jesús reza en el Bautismo, antes de la elección de los Apóstoles, en la Transfiguración, en Getsemaní y en la cruz.

4. El discípulo entra a formar parte de una comunidad nueva, a la que Jesús guía y transmite su poder salvífico, como se ve sobre todo en Hechos. Asistido por este poder, y si uno es dócil al Espíritu Santo, dará frutos, incluso cuando humanamente no son esperados.

5. Característica del discípulo es también la misericordia. La misericordia ocupa un puesto central en la vida cristiana. La misericordia se predica de Dios, porque tiene entrañas de misericordia (Lc 2, 72). Esta cualidad de Dios Padre se manifiesta en su capacidad de acogida y perdón (cfr. Lc 15). Es, además, la misma que manifiesta Cristo cuando se conmueve ante las necesidades de los demás (Lc 11, 13; 15,2) y la que pide a todos los hombres (10, 39). Por eso no es extraño que la frase central del Sermón de la Montaña en Mateo (“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”), en Lucas sea: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso (6, 36). El cristiano debe imitar a Dios y el modelo es Jesucristo.

Pero también puede examinarse este modelo de vida desde el punto del vista del discípulo. ¿Quién puede ser discípulo de Cristo? Quien se convierte, quien vuelve a Dios, quien es verdaderamente hombre y sigue a Cristo. Veámoslo con un ejemplo. En la parábola del sembrador, se habla de las distintas maneras de recibir la palabra. Hay quienes no resisten a la tentación, otros que la ahogan con las “preocupaciones, riquezas y placeres de la vida”, y finalmente, están aquellos que “oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la perseverancia” (Lc 8,15). Las palabras griegas que hemos traducido por “bueno y generoso” son . Un conocedor de la cultura griega sabe que designan el ideal del hombre griego, el caballero, el hombre de virtudes, el que es como debe ser (Platón, Teeteto). El hombre virtuoso, recibirá con gusto la semilla del evangelio y dará fruto. Curiosamente, justo después de este pasaje, San Lucas recoge el episodio en el que Jesús dice: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Con esto —no hay que olvidar que los otros dos evangelios sinópticos dicen “el que hace la voluntad de Dios”, sin referirse a la palabra— San Lucas indica con bastante claridad que el modelo primero de seguimiento de Cristo es su madre. Pero, sobre esto volveremos más tarde.

En este contexto se puede hablar de “seguimiento” de Cristo y, por tanto, de la exhortación a la vida cristiana, cuyas características más importantes se han evocado antes: la misericordia, el desprendimiento, la oración, etc. Pero en el evangelio de San Lucas se señala que esas virtudes y actitudes hay que vivirlas, hoy, ahora. La vida del cristiano es un camino, como el que recorre Jesús en la larga subida a Jerusalén (Lc 9, 51: Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén), y que culmina en la cruz y en la glorificación de Jesús. Por eso cargar con la cruz cada día es lo primero que debe hacer el que quiera imitar al Maestro: Decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame (9, 23).

 

2. La universalidad de la salvación

A lo largo de los dos libros de San Lucas se muestra que los bienes anunciados por los profetas tienen su cumplimiento en Cristo y en su Iglesia, donde Él pervive, y alcanzan no sólo a los judíos sino a todos los pueblos del mundo.

La universalidad de la salvación realizada por Jesucristo está ampliamente contemplada por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pero ya en el Evangelio la encontramos incoada, y expresa, en muchos lugares. Así, en el Cántico de Simeón, se proclama que la salvación se ha preparado «ante la faz de todos los pueblos» y que Jesús es «luz que ilumina a los gentiles» (Lc 2,29-32); también San Lucas, como los otros sinópticos aplica a la misión de Juan el Bautista el texto de Isaías 40, pero Lucas prolonga la cita con un versículo más, precisamente el que dice «y todo hombre verá la salvación de Dios» (Is 40,5; Lc 3,6). Por parte de Jesús, en la sinagoga de Nazaret anuncia la futura predicación a los no judíos; y más tarde explica a sus discípulos que estaba profetizado que Él debía padecer y resucitar, y que se iba a predicar en su nombre la conversión y el perdón de los pecados a todas las gentes (Lc 24,47). Entre todos los textos, sobresale quizás el trato de acogida y de ausencia de rechazo que da Jesús a los samaritanos, un pueblo enemistado con los judíos en la época del Señor. Así, San Lucas no recoge el texto de Mt 10,5 acerca de los samaritanos: «No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos», que parecía limitar la misión de los discípulos a tierra de judíos. Además, increpa a sus discípulos que piden un castigo para los samaritanos (Lc 9,55); pone como ejemplo de verdadero prójimo al buen samaritano (Lc 10,25-37); y de los diez leprosos que ha curado Jesús, el que vuelve a darle gracias es precisamente un samaritano (Lc 17,16).

 

3. Santa María Virgen

El tercer Evangelio nos presenta a la Madre de Cristo con una luz peculiar, desvelando con exquisita delicadeza rasgos de la grandeza y hermosura del alma de Santa María. Ningún personaje de la historia evangélica —fuera naturalmente de Jesús— es descrito con tanto amor y admiración como Santa María. Probablemente por estas circunstancias se consideró a San Lucas como pintor de la Virgen. Al margen, la adscripción de esta cualidad es tardía: en el siglo VI, Teodoro el lector (cfr. Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 2,43) dijo que Lucas era pintor, y, más tarde, en el siglo X, Simeón el Metafrasto hizo de él el retratista de la Virgen.

Si leemos el evangelio de seguido vemos que ninguna criatura humana ha recibido gracias tan altas y singulares como María: es la «llena de gracia»; el Señor está con ella; ha hallado gracia ante Dios; concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, siendo Madre de Jesús, sin dejar de ser Virgen; íntimamente unida al misterio redentor de la Cruz, será bendecida por todas las generaciones, pues el Todopoderoso hizo en Ella grandes cosas. Con razón una mujer del pueblo alabó entusiasmada y de forma muy expresiva a la Madre de Jesús.

A tan altos dones divinos Nuestra Señora correspondió con la más generosa fidelidad: Santa Isabel la llama bienaventurada porque ha creído; la Virgen recibe con humildad el anuncio del Arcángel acerca de su dignidad de Madre de Dios; pregunta con sencillez cómo comportarse para agradar en todo a Dios; se entrega rendidamente a los planes divinos; sabe agradecer gozosamente los dones recibidos; observa con fidelidad las leyes de Dios y las costumbres piadosas de su pueblo. Se apena por la pérdida del Niño y se queja a Él, pero acepta serenamente lo que en aquel momento no alcanza a entender. Santa María supo tener esa admiración contemplativa ante los misterios divinos, que conservó y meditó en su corazón.

Estas consideraciones son meramente descriptivas de lo que se lee en el tercer evangelio. Si se examinan de manera reflexiva, a la luz de las consideraciones que se han ido haciendo en las páginas anteriores, veremos enseguida que el autor inspirado del tercer evangelio ha dejado muchas señales en su escrito por las que quiere que entendamos que la perfecta correspondencia humana por parte de los hombres al plan de Dios se personaliza en Santa María. Dos notas pueden resumir su figura: su fidelidad a Dios siendo hija de Israel, y su fidelidad a Jesús siendo modelo del discípulo de Cristo.

a. Ya se ha hablado de la historia de la salvación, de lo importante que es que la genealogía de Jesús llegue hasta Adán, de entender que el Evangelio de la Infancia de San Lucas es último capítulo del Antiguo Testamento y primero del Nuevo, etc. Ahora bien, las personajes del Evangelio de la infancia, pero sobre todo Santa María —basta con recordar su oración a Dios, el Magnificat— vienen descritos como los hombres fieles a Dios, los pobres del Señor. Según esto, si el primer hombre fue hecho del polvo de la tierra, con el soplo del Espíritu de Dios, la renovación de la humanidad en Cristo se forma de la humanidad fiel a Dios, cuyo prototipo es Santa María, sobre la que desciende el Espíritu Santo (Lc 1,35). En este sentido Santa María es como el resumen de los hombres justos del Antiguo Testamento que con fidelidad esperaron la salvación de Dios.

b. También se ha dicho que el discípulo es aquel que, con corazón bueno y generoso, escucha la palabra del Señor y la guarda, y que, como para coronar ese pasaje de las parábolas, San Lucas recoge el pasaje en el que proclama a María como la que escucha la palabra de Dios y la guarda. Del mismo tenor son los dos sumarios en los que se dice que “María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2,19, cfr 2,51). María aparece así como el modelo perfecto del discípulo de Cristo. Pero, además, a esta nota del discípulo se le podrían añadir otras, como la de la imitación del camino de Cristo señalada, por ejemplo, en la profecía de Simeón.

Añado una para acabar referida a las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas en la redacción del San Mateo parece que van dirigidas a todos los hombres: Bienaventurado será aquel que se haga pobre, manso, etc. En cambio, en San Lucas parece que van dirigidas a los cristianos: Bienaventurados vosotros que ahora sois pobres, que sufrís, etc. Lo curioso es que la mayor parte de las otras veces en las que se utiliza esta fórmula de bendición en San Lucas o se refieren a Santa María explícitamente (Lc 1, 45.48; 11,27.28) o pueden también referirse a ella. Parece pues claro que San Lucas se esfuerza para que comprendamos que María es el primero y el modelo de los discípulos de Cristo; por eso, cuando el Espíritu Santo descienda sobre el grupo apostólico para iniciar la andadura de la Iglesia, los discípulos están reunidos en torno a la Madre de Jesús (Hch 1,14).



[1] Desde el punto de vista gramatical, también se podría traducir como “el que ama a Dios”, aunque, propiamente, el que ama a Dios se denominaría Filoteo.

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