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evangelio de san marcos

6. Evangelio según San Marcos

 

Autor, Lugar y Fecha de composición

 

Los tres conceptos van unidos, al menos en el caso de Marcos.

1. Autor

La tradición es unánime al afirmar que el autor del segundo evangelio es Marcos, «discípulo e intérprete» de Pedro[1]. Algunos documentos antiguos, como el canon de Muratori, apuntan que Marcos no conoció o no siguió a Jesús en su vida terrena, pero todos insisten en afirmar que reproduce con fidelidad la predicación de Pedro. El testimonio más antiguo que tenemos, el de Papías de Hierápolis (años 60-130), dice así: «Marcos, que fue intérprete de Pedro, puso cuidadosamente por escrito, aunque sin orden, lo que recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Porque él no había oído al Señor ni lo había seguido, sino, como dije, a Pedro más tarde, el cual impartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas tal como las recordaba»[2]. Afirmaciones semejantes pueden encontrarse en San Ireneo[3], Clemente de Alejandría[4], etc.

¿Quién es este Marcos?. En la tradición se le identifica con alguien conocido en la primera comunidad, aquél a quien 1 P 5,13 denomina «mi hijo». También aparece en tres cartas paulinas un Marcos (Flm 24; 2 Tm 4,11; Col 4,10). En esta última se dice que es «primo de Bernabé» y, por tanto, se le identifica con Marcos, a quien Bernabé lleva consigo en la misión apostólica, con Pablo (Hch 12,25), o sin él (Hch 15-36-39). En este último lugar, Lucas dice que se llamaba Juan Marcos, y en otro lugar (Hch 12,12) se dice que Juan Marcos era hijo de María, aquella que recibió en su casa a Pedro cuando fue liberado de la cárcel por un ángel.

De todas estas notas es fácil concluir que el Marcos al que se refiere Papías es el mismo que viene tantas veces mencionado en el Nuevo Testamento. Algunos autores modernos han querido señalar ciertos pasajes en los que el evangelio de Marcos parece impreciso en la descripción de la geografía y costumbres palestinas, y de ahí, concluir que no haya que identificar a los dos, al discípulo de Pedro y al que viene mencionado en Hechos. Sin embargo, el parecer de la mayoría de los investigadores es que las pruebas que aporta esta hipótesis no son tan consistentes como las pruebas, internas y externas al evangelio, que aporta la hipótesis tradicional.

2. Lugar y fecha de composición

Respecto del lugar de composición y los destinatarios inmediatos del escrito, la Tradición, como se ha visto, indica siempre Roma como lugar de composición del evangelio. Esta hipótesis se confirma en cierta manera con indicios presentes en el mismo texto. Así, por ejemplo, el narrador explica costumbres judías:

La más extensa es Mc 7,3-4 («Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen si no se lavan las manos muchas veces, observando la tradición de los mayores; y cuando llegan de la plaza no comen, si no se purifican; y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificaciones de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre y de los lechos»). Pero hay también breves interrupciones explicativas (Mc 14,12: «El primer día de los Ácimos, cuando sacrificaban el cordero pascual»; Mc 15,42: «la Parasceve, que es el día anterior al sábado»).

En cambio, da por supuestos términos técnicos romanos: «Lo condujeron dentro del patio, que es el Pretorio» (Mc 15,16), «echó dos leptas, que es un cuadrante», una moneda romana (Mc 12,42), y traduce las expresiones arameas utilizadas por Jesús. Por ejemplo: «Boanerges, es decir, hijos del trueno» (Mc 3,17), «Talitha qum que significa: niña, a ti te digo, levántate» (Mc 5,41). Otros ejemplos en Mc 7,11; 14,36; 15,22; 15,34.

Todo esto hace suponer que sus destinatarios no conocen la lengua y las costumbres palestinas y sí los modos romanos. Además se usan muchos latinismos, y diversos giros que se entienden mejor si sus destinatarios son romanos. Es posible que las palabras latinas de Marcos —speculator, denario, centurión, etc.— fueran de uso común en todo el imperio, pero diversas notas de evangelio apuntan también modos romanos: por ejemplo, Marcos sigue la manera romana de dividir las horas de la noche (Mc 6,48; 13,35); dice también que Simón Cireneo (Mc 15,21) era el padre de Alejandro y de Rufo, personajes conocidos de los cristianos de Roma (cfr Rm 16,13); etc.

Parece pues bastante claro que Marcos escribió su evangelio par los cristianos de Roma. Esta apreciación no ha cambiado mucho en la investigación moderna. Los cambios que se sugieren van más bien por el estudio interno del Evangelio. Algunos autores (W. Marxen y H.C. Kee), fundados sobre todo el capítulo 13, el discurso escatológico junto al Templo, y en el uso de la palabra Galilea, piensan que el segundo evangelio se compuso en el norte de Palestina o al sur de Siria. En su hipótesis proponen que el evangelio está dirigido a una comunidad que vive en un ambiente pagano, que sufre persecución y que ha sufrido desfallecimientos de algunos en la fe. A la vez, aquellos cristianos esperan el fin, al abominación de la desolación, inminente. Y todo esto se podría situar hacia el año 67 en el norte de Palestina donde las tropas romanas habían comenzado ya la conquista que el 70 culminó con la destrucción de Jerusalén. Los latinismos de Marcos se explicarían porque, como atestigua Flavio Josefo, también existían cuarteles romanos por la zona.

El general, en la literatura crítica se suele afirmar que las razones que aducen estos autores no son suficientes para cambiar la hipótesis de la tradición por una mejor. Entre otras cosas, porque estas características, presentes sin duda en el segundo evangelio, tienen también una buena explicación si el evangelio se compuso en Roma, poco antes del año 70.

En lo que sí están de acuerdo la mayor parte de los investigadores es en la relación entre el segundo evangelio y Pedro. Algún autor, más bien muy pocos, ha aventurado la relación en un sentido contrario al tradicional, al constatar que la relación de Marcos con Pedro y con el grupo de los doce es más bien crítica, pues el evangelista recuerda muchas veces la incomprensión de los discípulos. Esta apreciación era notada por la crítica usual, pero la interpretaba como signo de la humildad de Pedro. Y, en el conjunto de la primera comunidad, bajo el influjo del grupo apostólico, así es como, sin duda, debe interpretarse.

Probablemente, el vínculo con Pedro es la razón por la que el Evangelio de Marcos ―cuyo contenido está casi todo recogido en los otros dos sinópticos, del que se nos conservan muchos menos manuscritos antiguos que de los otros, que apenas es comentado en la catequesis, etc.― se nos ha conservado en todas las listas canónicas.

Características literarias y teológicas

La crítica suele resumir el estilo de San Marcos diciendo que es un escritor de estilo imperfecto, pero un hábil narrador. Estilo literario. Una simple lectura de su obra delata enseguida que el griego no es su lengua materna. Tampoco es un escritor consumado, y a veces se embrolla. Su vocabulario no es excesivamente amplio, y la sintaxis es sencilla: predomina la simple coordinación de las frases —parataxis­— unidas por la conjunción «y», por la preposición «pues», o por el adverbio «enseguida». A veces hay un salto, inesperado para nuestro gusto, de unos tiempos a otros, dentro del mismo relato.

Estilo narrativo. Sin embargo, en su sencillez, su escritura tiene una gran vivacidad. Marcos tiene el don de dar vida a lo que cuenta. Con mucha frecuencia el evangelista acude al discurso directo en medio de su relato. Salta enseguida a la vista el uso constante del presente histórico —«viene», «dice», «salen»..., empleado más de 150 veces—, y la descripción pormenorizada de detalles y circunstancias que Mateo y Lucas narran más sobriamente[5]. Además, utiliza muy a menudo la tercera persona del plural —para referirse a Jesús y a los discípulos— donde los otros evangelios utilizan la primera[6]. La narración se hace tan viva que parece oírse la voz de un testigo ocular que cuenta una y otra vez: «entonces llegamos, vinimos, fuimos, etc.».

Seguramente todos esos pormenores no hacen sino reflejar el modo vivo de los relatos de San Pedro. Pero, en el conjunto del relato, estas características literarias están en relación con el mensaje del Evangelio. Con su relato vivo y apasionado, Marcos nos ayuda a trasladarnos a las pequeñas ciudades de la ribera del lago de Genesaret, a sentir el bullicio de las gentes que siguen a Jesús, a contemplar los gestos de Cristo; en una palabra, asistir a la historia evangélica como si participáramos en los episodios. El Evangelio se hace presente en el lector, que es invitado así a comprometerse, a tomar partido ante las acciones de Jesús, como lo hicieron los discípulos. El relato de Marcos es como el Evangelio en acción, tal vez por eso es el que tiene mayor densidad de milagros en el texto. En cambio, a diferencia de los otros evangelios, faltan en San Marcos largos discursos. San Marcos repite muchas veces, más que los otros evangelios, que Jesús «enseñaba»; pero nos ha dejado pocos testimonios de la enseñanza de Jesús, al menos en discursos largos[7].

Todos estos rasgos tienen su correspondencia con algunas características del mensaje evangélico que están más presentes en el relato de Marcos que en cualquiera de los otros dos sinópticos. A mi juicio estos rasgos distintivos son: a) el Evangelio, b) el descubrimiento de la identidad de Jesús (a veces se denomina también el misterio de Jesús, o el secreto mesiánico), y c) la universalidad de la misión.

El Evangelio

                   Marcos es el evangelista que más a menudo —hasta ocho veces— utiliza la palabra «evangelio» en sentido absoluto. Además, con la primera frase de su relato ―«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios»― parece indicar que ése es el tema que va a tratar. ¿Qué significa esto? Para entenderlo, hay que recordar algunos datos.

Donde los otros evangelistas se sirven de expresiones como «Evangelio del reino», San Marcos dice simplemente «Evangelio». En esto coincide con San Pablo que también usa muchas veces, más de 50, esta palabra en sentido absoluto. En los dos casos, en San Pablo y en San Marcos, el sentido parece claro: La palabra Evangelio es una manera de resumir la persona y la obra de Jesucristo.

                   Es sabido que evangelio significa buena nueva, buena noticia. Para entender por qué Jesús utiliza esa expresión, y por qué San Marcos se sirve de ella para denominar así el contenido de su escrito, es bueno recordar los usos que tenía en la literatura anterior. En Homero y en Plutarco la palabra, en plural, designa la recompensa que se daba al portador de buenas augurios o al sacrificio de acción de gracias que por ellos se ofrecía a los dioses. En el Antiguo Testamento, evangelio se utiliza en el sentido banal, cotidiano, referido por ejemplo a la noticia de una victoria sobre los enemigos. Pero se usa también el verbo o evangelizar en dos lugares del profeta Isaías para expresar la buena nueva de los tiempos mesiánicos en los que Dios salvará a su pueblo: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, del mensajero de la buena nueva que anuncia la salvación, del que anuncia a Sión: ¡Reina tu Dios!» (Is 52,1-7); «El Espíritu de Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para llevar la buena nueva a los pobres» (Is 61,1-2). Junto a estos usos, hay un uso profano que interesa recordar. Se ha encontrado una inscripción en Priene (Asia Menor), dedicada a Augusto y datada el 9 a.C., que dice: «El día del nacimiento del dios ha señalado el comienzo de las buenas nuevas para el mundo».

                   Con estos datos se puede justificar muy bien el uso de la palabra por parte de Jesús y la aplicación de San Marcos. Ciertamente, el significado de la palabra en el Nuevo Testamento no se puede derivar del uso profano anterior. Jesús, al evangelizar, anuncia de esa manera que con sus acciones se cumplen las promesas de salvación anunciadas por Dios. Pero para San Marcos, hay que pensar ya en una radicalización del significado: el Evangelio, la buena nueva que ha llegado a los hombres, no es el nacimiento de Augusto, sino Jesús que con su obra nos ha conseguido la salvación. ¿En qué consiste el Evangelio?, ¿cuál es, con más precisión, su contenido y su destino? Lo mejor es examinar los textos en los que aparece la palabra:

1.      «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1)

2.      «Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,14-15)

3.      «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará» (Mc 8,35).

4.      «No hay nadie que haya dejado casa, hermanos o hermanas, madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba…» (Mc 10,29)

5.      «Pero es necesario que antes sea predicado el Evangelio a todos los pueblos» (Mc 13,10).

6.      «En verdad os digo: dondequiera que se predique el Evangelio, en todo el mundo, también lo que ella ha hecho se contará en memoria suya» (Mc 14,9)

7.      «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

 

                   Como indica el texto n. 2, el Evangelio es, en primer lugar, la obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Por eso, la causa del Evangelio, como indican los textos 3 y 4, es la misma causa de Jesús: dar la vida por el Evangelio es lo mismo que darla por Jesús. Y este Evangelio, que es la obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero como se indica en los textos 5 y 7. En las palabras de Jesús al ser ungido por la mujer de Betania  recogidas en el texto n. 6 se condensan todas estas ideas. Forma parte también del Evangelio darse cuenta de quién es verdaderamente Jesús, reaccionar frente a Jesús.

                   Ahora se puede percibir mejor qué hace San Marcos. El evangelista con su escrito no hace sino cumplir el mandato de Jesucristo, predicar el Evangelio. Y lo hace con su relato vivo, apasionado, de modo que, al narrar de manera tan despierta las acciones de Cristo, y las reacciones de los demás, el lector se encuentre implicado en el relato y reaccione.

                   Así se entienden en su dimensión cabal, la mayor parte de los rasgos estilísticos que se han apuntado antes: el presente histórico, la rapidez del relato ―casi todo ocurre «enseguida»― la valoración afectiva de los personajes, etc. Leemos a San Marcos, «como si hubiéramos estado allí», y esto porque el evangelista quiere ponernos delante el Evangelio, Jesús que obra en el mundo y, después, a tomar postura.

                   Este rasgo está muy emparentado con otro que abordamos ahora, y que versa sobre el descubrimiento del misterio de Jesús por parte de los hombres.

El misterio de Jesús y su descubrimiento por parte de los hombres

Hay una serie de lugares en el evangelio de San Marcos que resultan sorprendentes a primera vista y quizás difíciles de interpretar. Sustancialmente son:

1. La continua prohibición de Jesús de revelar su identidad, o de hacer público un milagro. Se lo prohibe a los demonios, a los hombres, a los discípulos, etc.

2. La idea de que las parábolas, y otros dichos del Señor, son un lenguaje oscuro, que necesita interpretación. Por eso, muchas veces el evangelio recoge una enseñanza privilegiada del Señor a sus discípulos, a solas.

3. Pero, a pesar de esta instrucción particular, los discípulos parece que no entienden a Jesús. Si la idea de divulgar la identidad de Jesús parece un estribillo del evangelio, la ininteligencia de los discípulos parece el segundo dístico del estribillo.

Estos rasgos fueron interpretados por W. Wrede, un exegeta alemán de principios del siglo XX, como formando parte de lo que denominó «el secreto mesiánico». Según la teoría de Wrede, San Marcos no fue un mero cronista ingenuo de la vida de Cristo, como se creía hasta entonces, sino un escritor consumado. En realidad, según Wrede, Jesús no realizó nunca las obras mesiánicas que se le atribuyen en el evangelio. Cuando murió, sus discípulos, y Marcos es un maestro en este arte de la intriga, enseñaron que Jesús realizó esas obras, pero que al mismo tiempo que las realizó, prohibió su divulgación. De esta manera los apóstoles justificaban su predicación de Jesús como Mesías al tiempo que explicaban por qué las obras de Cristo no fueron conocidas en su tiempo.

Esta hipótesis es hoy en día rechazada con muchas razones. Porque sí es posible mostrar que Jesús se proclamó Mesías ―y murió por ello―, que realizó milagros, etc. Sin embargo, aún así, permanecen los hechos desconcertantes que se han apuntado más arriba, especialmente, el mandato de silencio. Para examinarlos, hay que atender a dos cosas distintas: a la actitud de Jesús y a la manera con que se relata en el evangelio de Marcos…

a) La actitud de Jesús. El mandato de silencio por parte de Jesús ―que muchas veces no es seguido por aquellos a quienes se les ordena― es común a todos los evangelios, aunque en Juan está expresado de otra forma. Los investigadores están de acuerdo en afirmar que con el mandato de silencio a los hombres Jesús quiso «redefinir» el concepto de mesianismo del que participaban las gentes de su tiempo, y expresarlo en los términos más parecidos a los del Siervo del Señor descrito en el libro de Isaías, etc. Obviamente, esta conclusión, como otras muchas del evangelio, se deriva de otros elementos presentes en los textos evangélicos ―el uso de Hijo del hombre, etc.―, pero el mandato de silencio se corresponde con ella.

b) El uso de Marcos. Hay que distinguir en San Marcos dos mandatos de silencio: a los demonios y a los hombres.

A los demonios, que le reconocen (1,24-25.34; 3,12), Jesús les pide silencio, probablemente, porque no quiere su testimonio.

2. A los hombres. Tras algunos milagros les pide silencio a los que se han beneficiado de él: un leproso (Mc 1,44), un muerto resucitado (Mc 5,43), un sordo (Mc 7,36) y un ciego (Mc 8,26). Dos cosas hay que notar aquí. Primera, que, después de este último pasaje, San Pedro confiesa a Jesús como Mesías. Segunda, que estos cuatro milagros: coinciden prácticamente con los signos mesiánicos  con los que Jesús muestra a los discípulos del Bautista que Él es el Mesías: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11,2-5; cfr Lc 7,18-23). Es fácil pensar que Pedro realiza el mismo razonamiento que el Bautista y tras esos signos confiesa a Jesús como Mesías.

3. Ahora bien, Jesús reconoce el título de Mesías que le da Pedro, pero enseguida les ordena a sus discípulos que no lo divulguen (Mc 8,30), y poco después, tras la Transfiguración, se repite la misma prohibición de no divulgar el hecho hasta después de la resurrección, aunque en este caso el hecho es que Jesús ha sido declarado Hijo por el Padre (Mc 9,9). Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios, y Pedro lo sabe.

Por eso la conclusión es relativamente fácil. En su exposición de la obra de Jesús, San Marcos señala cómo son las acciones y las palabras de Cristo las que conducen a quienes a quienes lo ven a confesar que Él es el Mesías. Pero Jesús no quiere que los hombres saquen conclusiones precipitadas. Su misión como Mesías no debe entenderse de manera independiente al misterio de la cruz. A la luz de la cruz se entiende también la confesión completa: Jesús, como afirma el centurión que le ve morir, no sólo es el Cristo sino que es también el Hijo de Dios. Éste es el misterio de Jesús que conocemos los hombres.

Lo más significativo del Evangelio de San Marcos es que, como  ya se ha visto, narra las cosas desde el punto de vista de los discípulos, con muchas apreciaciones personales. De esta manera, señala cómo, guiados por Jesús, los hombres recorren ese camino de ver las obras de Jesús y confesarle como lo que es. Lo recorrieron los discípulos y lo puede recorrer quien lea ahora su evangelio.

Ser Mesías e Hijo de Dios, pero sufriente, es  sólo una dimensión del misterio de Jesús. Por eso, el examen del mandato de silencio se debe completar con el estudio de los otros fenómenos apuntados antes, especialmente con la ininteligencia de las doctrinas o las obras del Señor. Las faltas de inteligencia de los discípulos, o sus incomprensiones, vienen motivadas también por el mismo motivo, porque el misterio del ser de Jesús hay que entenderlo entero, no se pueden sacar conclusiones apresuradas. En este contexto hay que entender las frases de Mc 4,10-12, que muchas veces ha sido un lugar de interpretación difícil:

«Y cuando se quedó solo, los que le acompañaban junto con los doce le preguntaron por el significado de las parábolas. Y les decía: A vosotros se os ha concedido el misterio del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera todo se les anuncia con parábolas, de modo que los que miran miren y no vean, y los que oyen oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone»

Estas palabras de Isaías (6,9-10) que pronuncia aquí el Señor, aparecen en seis lugares del Nuevo Testamento y en el contexto de la primera evangelización explican porqué muchos judíos contemporáneos de Cristo no le reconocieron como el Mesáis que tenía que venir. En el contexto del evangelio de San Marcos, explican el misterio del reino de Dios que Cristo da a conocer. Pero el misterio de Cristo se entiende desde dentro, desde fuera parece que todo sea como una parábola. Esto no quiere decir que la enseñanza de Cristo sea esotérica, pues como se ha visto, la doctrina de Cristo está llamada a expandirse por el mundo entero. Por eso se la explica a los discípulos. Pero hay que entender a Cristo desde dentro, queriendo comprenderle.

Este destino universal del evangelio es también un tema importante del segundo evangelio en el que están mezclados los rasgos literarios con la enseñanza contenida en él.

La universalidad de la misión del Señor

Todos los evangelios tratan de explicar de una u otra manera que, aunque la misión terrena de Jesucristo se desarrolló entre judíos, su horizonte era ya universal. El Evangelio de San Juan (Jn 12,20-36) lo muestra en el episodio en el que unos griegos quieren conocer a Jesús y el Señor enseña que es necesaria antes la glorificación del Hijo del Hombre, y cada uno de los evangelios sinópticos lo subraya de una manera propia.

San Marcos, además de los tres textos anotados más arriba en los que Jesús declara que el Evangelio debe ser predicado en todo el mundo, a todas las gentes, señala esta universalidad de la misión a través de los gestos de Jesús y las sugerencias que el evangelista extrae de ellos.

Rasgo muy significativo de San Marcos es el uso continuo de la palabra Galilea en la narración. Galilea es la región que cruza continuamente Jesús, el lago de Genesaret es denominado muchas veces  el mar de Galilea, de Galilea va el Señor a las regiones vecinas, etc., y Galilea es sobre todo el lugar donde Jesús comenzó y realizó la mayor parte de su ministerio público, y también es el lugar para el que se anuncia el nuevo comienzo tras la resurrección (Mc 14,28; 16,7). Pero, desde el punto de vista social, Galilea es también la encrucijada de culturas y de gentes, podría decirse que es la Roma de Palestina. Con su misión en esa región, Jesús señala, y San Marcos lo subraya, que aunque su ministerio terreno sólo lo realizó en Israel, tiene como destinatarios a todos los hombres. Pero a Jesús, que obra en Galilea, se le acerca gente de todas las regiones vecinas. Apenas comenzado el capítulo tres, se dice:

«Jesús se alejó con sus discípulos hacia el mar. Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea y de Judea; también de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán y de los alrededores de Tiro y de Sidón» (Mc 3,7-8)

Parece como que se hubieran abolido las fronteras para encontrar a Jesús. Pero no sólo eso, también Jesús vive su misión cruzando la tierra de Palestina, de un lugar a otro. Precisamente, porque Galilea está en la encrucijada con las tierras de paganos, Jesús actúa también en esas tierras. El episodio del endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-20) es muy significativo. Que es tierra de paganos lo demuestra la piara de cerdos allí presente. Pero al hombre que ha sido curado Jesús no le deja que le siga, sino que le envía con los suyos, para que les anuncie (se usa el mismo verbo que al final del evangelio, en la misión apostólica de Jesús a los discípulos) que la misericordia de Dios les alcanza también a ellos. Y el curado lo anuncia en toda la Decápolis.

Sin embargo, el lugar más significativo se encuentra en la construcción que va entre las dos multiplicaciones de los panes, y que, por eso, se suele denominar, «la sección de los panes» (6,30-8,10). Toda la sección merecería un análisis detallado para mostrar con los gestos de Jesús la universalidad de su misión. Nos limitaremos a los contenidos principales. En la primera multiplicación de los panes Jesús, se muestra como el Mesías rey que en el desierto convoca al pueblo, le alimenta con la palabra de la enseñanza y le ofrece el banquete mesiánico. Es claramente una figura de la Iglesia, pueblo de Dios. En la segunda multiplicación de los panes, en cambio, se dice que los la gente venía de «lejos», nota frecuente en el Nuevo Testamento para designar a los gentiles (Hch 2,39; 22,21; Ef 2,13.17), que Jesús se sirvió de siete panes y sobraron siete espuertas frente a los doce cestos de la multiplicación anterior (cfr 6,43), etc. Pero entre las dos multiplicaciones está el viaje de Jesús a las tierras paganas de Tiro y Sidón, y en ellas el diálogo del Señor con la mujer sirofenicia (cfr 7,24-30). Vale la pena recordar el pasaje:

«Se fue de allí y se marchó hacia la región de Tiro y de Sidón. Y habiendo entrado en una casa deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer inadvertido. Es más, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu impuro, entró y se postró a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Y le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.  Ella respondió diciendo: Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos. Y le dijo: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija»

De manera simbólica el pasaje muestra que la misión de Jesús se dirige primero a Israel, a los hijos, y después a todos los hombres. Este es el sentido de todos estos pasajes enmarcados entre las dos multiplicaciones de los panes: la salvación, dirigida en primer lugar a Israel, tiene como destinatarios a todos los pueblos.

Se podrían adjuntar más explicaciones, tanto de esta sección como del resto del relato, pero me parece que en estos temas ―la presentación de Jesús como Evangelio, su descubrimiento por parte de los hombres y su destino universal― están condensados los rasgos más importantes de Marcos.

Estructura del Evangelio

Cuando se aborda la estructura de un evangelio, su diseño, se trata de esbozar unos rasgos que permitan situar cada pasaje, en este caso cada episodio, en el conjunto de la obra. Para describirla no nos servimos de la división en capítulos y versículos, que representan unidades demasiado elementales, sino que se buscan algunos trazos que el autor ha dejado en el texto para guiar al lector.

 

Primera parte: Ministerio de Jesús en Galilea (1,14-8,30)

a.       Jesús se dirige a todo el pueblo, y manifiesta con obras y palabras su condición

b.      Las gentes se preguntan sobre la condición de Jesús (¿Quién es éste?: cfrMc  1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16.40; 8,27-28), sin descubrirlo, hasta que Pedro le confiesa como Mesías (Mc 8,29)

Segunda Parte: Ministerio Camino de Jerusalén y en Jerusalén (8,31-16,20)

a.       Jesús se dirige sobre todo a sus discípulos con enseñanzas sobre su condición de Siervo del Señor que da la vida por los hombres. Concluye el relato con la confesión del centurión como Hijo de Dios (Mc 15,39) y con la resurrección de Jesús.

b.      El viaje de Jesús con sus discípulos a Jerusalén (Mc 8,31-10,52) contiene muchas enseñanzas sobre la cruz del Señor y sobre la instrucciones sobre las virtudes y actitudes que deben presidir la vida de sus discípulos en la Iglesia: la oración, la humildad, la pobreza (10,17-31), etc.

 

Como ya se ha visto antes, el primer versículo condensa el evangelio. Allí Marcos afirma que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Pero esta descripción tiene en el relato dos dimensiones: la manifestación de Jesús como tal y el descubrimiento de esa realidad por parte de sus discípulos.

Desde esta perspectiva, el evangelio tiene dos partes claramente diferenciadas por la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo (Mc 8,29). Hasta entonces Jesús con sus palabras ―dirigidas al pueblo, muchas veces a las muchedumbres―, y con sus obras,  manifiesta su condición, pero ni los discípulos ni las gentes aciertan a descubrir su identidad (Cfr Mc 1,27; 2,7.12; 3,32; 4,41; 6,2.14-16, etc.). En Cesarea de Filipo, Pedro le confiesa como Mesías, e, inmediatamente después, Jesús comienza a impartir una enseñanza particular ―dirigida sobre todo a los discípulos― en la que les instruye en qué sentido deben entenderle como Mesías: no como liberador político, sino como Hijo del hombre que debe sufrir las afrentas del Siervo del Señor, hasta morir, y después resucitar. Casi al final del Evangelio, al pie de la cruz, un gentil, el centurión romano, proclama que Jesús es Hijo de Dios. Se cumple así el reconocimiento por parte de los hombres de lodos títulos que el evangelista había anunciado al comienzo de su escrito.

Hay otros aspectos en el relato que subrayan la relación entre la verdad sobre Jesús y lo que descubren los hombres. Por ejemplo, en el curso de la narración se deja notar que, después de una confesión de los hombres, hay una manifestación desde el cielo que la confirma y la perfecciona: así a la declaración de Juan Bautista le sigue la voz que viene desde el cielo en el Bautismo de Jesús, a la confesión de Pedro le sigue la voz de la Transfiguración, y a las palabras del centurión al pie de la cruz le siguen las del joven que anuncia la resurrección (Cfr Mc 1,7 con Mc 1,11; Mc 8,29 con Mc 9,7; Mc 15,39 con Mc 16,5-6).

Finalmente, como en los otros dos sinópticos, en lo que sigue a la confesión de Pedro, se pueden distinguir dos partes: el camino hacia Jerusalén y los sucesos en Jerusalén. En el camino a Jerusalén destacan los tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,33-34) y las enseñanzas sobre las virtudes y actitudes que deben presidir la vida de sus discípulos: la oración (9,14-29), la humildad (9,33-50), la pobreza (10,17-31), etc.

Contenidos principales

Leído con atención, en cada uno de los evangelios, puede verse reflejado explícita o implícitamente todo el mensaje cristiano. Es evidente que en San Marcos encontramos base para la doctrina sobre los sacramentos, sobre la gracia, sobre la piedad, las normas de conducta, etc. Al hablar de los contenidos principales, nos referimos sobre todo a aquellos rasgos que destacan por su reiteración a lo largo del relato o porque han quedado reflejados con más matices que en otros evangelios. Pienso que en San Marcos, estos rasgos se configuran en torno a dos motivos:

1. Jesucristo

2. Los discípulos

Jesucristo

Jesucristo se describe en el evangelio en su condición divina y humana. Jesús, ya se ha dicho, es el Hijo de Dios como varias veces se afirma ―sobre todo, lo afirma la voz del Padre, pero también lo afirma Jesús mismo ante Caifás y eso le vale la condena a muerte― en el relato. Es también el Mesías, pero, como se ha visto, es un Mesías Hijo de Dios que manifiesta su condición a través de su misión de Siervo del Señor que entrega su vida en la cruz como cumplimiento de las Escrituras. Como tal, como Mesías e Hijo de Dios, Jesús tiene poder, potestad (exousia). Esta palabra, junto con la palabra evangelio, también forma parte del estribillo del relato de San Marcos. Jesús tiene poder y lo manifiesta: tiene poder sobre los demonios, tiene poder sobre el sábado, tiene poder para perdonar los pecados, para resucitar a los muertos, etc.

Pero quizás es más característico de San Marcos señalar la verdadera humanidad de Jesús. Contra cualquier forma de docetismo, San Marcos muestra la verdadera humanidad del Señor. Jesús se duerme en el cabezal de la barca (Mc 4,36) que se entristece con la falta de fe de sus paisanos de Nazaret (Mc 6,6) que se estremece (Mc 7,38; 8,12), que se compadece (Mc 1,41) que se enfada con sus discípulos (Mc 10,3), que en la oración en el huerto se aflige y siente angustia (Mc 14,36), etc.

En este aspecto, es instructivo fijarse, por ejemplo, en cómo Marcos recoge un verdadero registro de la mirada del Señor:

«Entonces, mirando con ira a los que estaban a su alrededor, entristecido por la ceguera de sus corazones, le dice al hombre» (Mc 3,5)

«Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor» (Mc 3,34)

«Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto» (Mc 5,32)

«Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo» (Mc 8,33)

«Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él» (Mc 10,21)

«Mirando a su alrededor, les dijo a sus discípulos» (Mc 10,23)

«Con la mirada fija en ellos, les dijo: Para los hombres es imposible, pero para Dios no» (Mc 10,27)

«Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho» (Mc 13,41)

San Marcos ha recogido la mirada dura y triste al mismo tiempo con la que percibe la estrechez de corazón de los escribas, la mirada que se pasea por los circundantes, la mirada afectuosa hacia el joven rico, la mirada fija y pausada hacia el gazofilacio del Templo, etc. Algo de esto han percibido las almas delicadas (Camino 829; Surco 95) cuando se han imaginado más de una vez cómo sería la mirada del Señor.

Para acabar este apartado, no me resisto a convocar el episodio de Jesús con los niños recogido en el capítulo 10:

«Le presentaban unos niños para que los tomara en sus brazos; pero los discípulos les reñían. Al verlo Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía imponiéndoles las manos» (Mc 10,13-16).

Como los otros evangelistas, Marcos recuerda la doctrina de Jesús sobre la infancia espiritual para acoger el Reino de Dios. Pero el episodio, tiene la de espontaneidad y viveza de Marcos cuando refleja la verdadera humanidad del Señor. Al evangelista parece que le faltan palabras para describir el aprecio del Señor a esos niños. De ahí que recoja también el enfado de Jesús hacia los discípulos que no le han comprendido. Y con esto se introduce otro tema muy recurrente en el segundo evangelio: qué y quiénes son los discípulos de Jesús.

Los discípulos

Ya se ha dicho que forma parte del Evangelio registrar las actitudes ante Jesús: de las gentes, de las autoridades, de las mujeres, de los discípulos, etc. Hay un pasaje de San Marcos que es casi como el compendio del evangelio. Es el de la condena a Jesús y las negaciones de Pedro. Como es largo, copio sólo algunos párrafos:

«Condujeron a Jesús al Sumo Sacerdote; y se reunieron todos los príncipes de los sacerdotes, los ancianos y los escribas. Pedro le siguió desde lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y se sentó con los sirvientes para calentarse junto a la lumbre. Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban contra Jesús un testimonio para darle muerte, y no lo encontraban

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Pero él permanecía en silencio y nada respondió. De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntaba y le decía: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Yo soy —respondió Jesús—, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo. El Sumo Sacerdote, rasgándose las vestiduras, dijo: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Todos ellos sentenciaron que era reo de muerte

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Cuando Pedro se encontraba abajo en el atrio, llegó una de las criadas del Sumo Sacerdote  y, al ver a Pedro que se estaba calentando, le miró y le dijo: Tú también estabas con Jesús, ese Nazareno.  Pero él lo negó: Ni lo conozco, ni sé de qué me hablas

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Y al momento cantó un gallo por segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”. Y rompió a llorar» (Mc 14, 53-72)

El evangelista, en los dos primeros versículos presenta a Jesús y a Pedro. A la imaginación del lector se le ofrece como un escenario con dos aciones distintas para que las examine como en contraste: Jesús es acusado con falsedades, pero confiesa la verdad y por ello es condenado a muerte por el Sumo Sacerdote y escarnecido por los criados; a Pedro se le imputa un hecho verdadero pero niega a Jesús con la mentira y sale indemne del juicio de la criada. Pero, al final, llora. Se hace pues evidente que la grandeza de Pedro no le viene de su fortaleza sino de su contrición.

El pasaje muestra perfectamente la actitud de saña de las autoridades frente a Jesús, pero ilustra también las relaciones del Señor con sus discípulos. Para no hacer el tema excesivamente premioso, bastará con recordar las características principales:

1. En Marcos, Jesús está siempre con sus discípulos. El primer acto de la vida pública del Señor, es llamar a sus discípulos para que le sigan. Después, llama a Mateo y, enseguida, en el capítulo tercero esta ya constituido el grupo de los doce. De ellos, dice Marcos:

«Llamó a los que él quiso, y fueron donde él estaba. Y constituyó a doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar  con potestad de expulsar demonios» (Mc 3,13-15).

Lo que en estos versículos se afirma de manera declarativa, en el evangelio se desarrolla paso por paso. Aquí se dice de los doce, pero a lo largo del segundo evangelio se usa esta expresión casi de manera sinónima a la de los discípulos. Desde que son llamados por el Señor, siempre están con Él, de hecho nunca se ve al Señor en su ministerio solo. Los discípulos son denominados mathêtês, es decir, alumnos, porque aprenden de Él, y se dice también continuamente que siguen (akoloutheô) al Jesús. Y seguir se entiende en el doble sentido: físico, porque le siguen a todas partes, y espiritual, porque siguen su régimen de vida. Pero el Señor los ha elegido para ser enviados, es decir, para ser apóstoles. Por eso les comunica su potestad. En definitiva, lo que se subraya aquí el evangelio es la continuidad de la misión de los apóstoles en relación con la misión de Jesús. Así se explica que sean receptores privilegiados de la enseñanza de Jesús (4, 10-34; 7,1-23; 8,27-10,45; 13,1-37), testigos únicos de sus actos de poder (4,35-41; 5,37-43), de la Transfiguración (9,2-13), que le acompañen en la Última cena, que le ayuden en la multiplicación de los panes, etc.

2. Pero, al mismo tiempo, participan del ambiente de falta de comprensión de Jesús que se refleja en muchos personajes del evangelio. La incomprensión afecta a la enseñanza y también a algunas acciones de Jesús. Evocarlos sería larguísimo, prácticamente no hay una página del evangelio en la que no aparezca. Pero no es sólo la incomprensión, sino que también le abandonan, le niegan, y, Judas, el que le entregó, es uno de los doce.

Algunos autores señalan que esta doble dimensión de los discípulos está subrayada en Marcos, porque su evangelio, escrito en Roma tras la persecución de Nerón, quiere alentar a los cristianos débiles que han caído ―y que no han comprendido que seguir a Cristo es tropezarse con la cruz― a recomenzar una vez más y a no callar ante las dificultades, como callaron las mujeres, asustadas, tras el anuncio del ángel de Jesús resucitado. En todo caso, lo que señala para todos es que aun en las debilidades, el Señor resucitado nos ha llamado a nosotros, sus discípulos, a continuar su misión.

Conclusión

Y aquí acabo. Quizá se podrían haber tratado más motivos, o se podrían haber desarrollado más los que se han tratado. Pienso que éstos son los más importantes en Marcos y que nos pueden ayudar, como nos aconsejaba San Josemaría, a leer el evangelio de Marcos, estando presentes en las escenas «como un personaje más».




[1] «Discípulo» de Pedro se le llama en Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 2,15,1; «intérprete», en  Ibidem, 3,39,14-15; «discípulo e intérprete», en Ibidem 5,8,3.

[2] Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 3,39,14-15.

[3] «Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió también por escrito lo que había sido predicado por Pedro» S. Ireneo, Adversus haereses, 3,1,1.

[4] «El evangelio según Marcos se empezó a escribir de la siguiente manera: en tiempos en los que Pedro publicaba la palabra en Roma y exponía el evangelio bajo la acción del Espíritu, aquellos que en gran número estaban presentes en aquella ocasión le pidieron a Marcos que, puesto que llevaba mucho tiempo acompañando a Pedro y se acordaba de las cosas que él había dicho, pusiera por escrito sus palabras; así lo hizo y les dio el evangelio a los que se lo habían pedido; cuando se enteró de ello Pedro, no dijo nada ni para impedirlo ni para promoverlo» Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 6,14,5-7.

[5] Cfr la curación del paralítico, Mc 2,1-12, en comparación con Mt 9,18 y Lc 5,17-26; la del poseso de Gerasa, Mc 5,1-20, en comparación con Mt 8,28-34 y Lc 8,26-39; etc. Además, algunos pequeños datos sólo nos los refiere San Marcos: es el único en decir que, durante la tempestad en el lago, Jesús estaba durmiendo sobre un cabezal en la popa de la barca (Mc 4,38); o que a los hijos de Zebedeo el Señor les llamó «hijos del trueno» (Mc 3,17); o que el ciego de Jericó se llamaba Bartimeo (Mc 10,46); etc.

[6] Mc 1,21.29; 3,20; 5,1.38; 6,53-54; 8,22; 9,14.30.33; 10,32.46; 11,1.12.15.20.27; 14,18.22.26.32.

[7] Propiamente hablando, sólo recoge dos grandes discursos de Jesús: el de las parábolas (Mc 4,1-34) y el escatológico (Mc 13,1-37).

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