Reflexión #11 de Cuaresma

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A menudo en nuestras oraciones, nos encontramos con el silencio de Dios, probamos casi una sensación de abandono, nos parece que Dios no escuche y no responda. Pero este silencio de Dios, como pasó con Jesús, no marca su ausencia. El cristiano sabe bien que el Señor está presente y escucha, incluso en la oscuridad del dolor, del rechazo, y de la soledad. Jesús tranquiliza a los discípulos y a cada uno de nosotros de que Dios conoce bien nuestras necesidades en cualquier momento de nuestras vidas. Él enseña a sus discípulos: “Cuando recéis, no habléis mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagáis como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que os hace falta, antes de que lo pidáis”. (Mt 6, 7-8). 

Un corazón atento, silencioso, abierto, es más importante que muchas palabras. Dios nos conoce por dentro, más que nosotros mismos, y nos ama: saber esto debería ser suficiente. 

En la Biblia la experiencia Job es particularmente significativa al respecto. Este hombre, en poco tiempo, pierde todo: familiares, bienes, amigos, salud; pare que la conducta de Dios hacia él sea el abandono, el silencio total. Y sin embargo, Job, en su relación con Dios, habla con Dios, clama hacia Dios en su oración. A pesar de todo, conserva intacta su fe y al final descubre el valor de su experiencia y del silencio de Dios.

Benedicto XVI, Extracto de audiecia general de Marzo 7 de 2012
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