Reflexión #17 de Cuaresma

La imagen puede contener: 1 persona

Reflexión #17 de Cuaresma

Los ángeles, en cuanto se apartaron del amor divino y se abrazaron con el amor propio, cayeron en seguida como muertos y quedaron sepultados en los infiernos, de suerte que lo que la muerte hace en los hombres, privándoles para siempre de la vida mortal, la caída lo hace en los ángeles, privándoles para siempre de la vida eterna. Pero nosotros, los seres humanos siempre que ofendemos a Dios, morimos de verdad, pero no
de muerte tan completa que no nos quede un poco de movimiento, aunque éste es tan flojo que no podemos desprender nuestros corazones del pecado, ni emprender de nuevo el vuelo del santo amor, el cual, infelices como somos, hemos pérfida y voluntariamente dejado.

Y, a la verdad, que bien mereceríamos permanecer abandonados de Dios, cuando con tanta deslealtad le hemos abandonado; pero, con frecuencia, su eterna caridad no permite que su justicia eche mano de este castigo; al contrario, movido a compasión, se siente impelido a sacarnos de nuestra desdicha, lo cual hace enviando el viento favorable de la santa inspiración, la cual, dando con suave violencia contra nuestros corazones, se apodera de ellos y los mueve, elevando nuestros pensamientos y haciendo volar nuestros afectos por los aires del amor divino.
Este primer arranque o sacudida que Dios comunica a nuestros corazones, para incitarlos a su propio bien, se produce ciertamente en nosotros, mas no por medio de nosotros; pues llega de improviso, sin que nosotros hayamos pensado ni hayamos podido pensar en ello, porque no somos suficientes por nosotros mismos para concebir algún buen pensamiento, como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia viene de Dios, el
cual no sólo nos amó antes de que fuésemos, sino que nos amó para que fuésemos y para que fuésemos santos, después de lo cual nos aprevenido con las bendiciones de su dulzura paternal, y ha movido nuestros espíritus al arrepentimiento y a la conversión. 

Mira, Teótimo, al pobre príncipe de los Apóstoles, aturdido en su pecado, durante la triste noche de la Pasión de su Maestro; no pensaba en arrepentirse de su pecado, como si jamás hubiese conocido a su divino Salvador, y no se hubiera levantado, si el gallo, como instrumento de la divina Providencia, no hubiese herido con el canto sus orejas, y
si, al mismo tiempo, el dulce Redentor, dirigiéndole una mirada saludable, como un dardo amoroso, no hubiese traspasado su corazón de piedra, el cual, después, tanta agua derramó, como la piedra herida por Moisés en el desierto. La inspiración desciende del cielo, como un ángel, la cual, tocando el corazón del hombre pecador, le mueve a levantarse de su iniquidad.

San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, Libro II, IX


Comments