Reflexión #21 de Cuaresma

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No entiendo tampoco por alma tibia la que quisiera pertenecer al mundo sin empero dejar de ser de Dios: la que ahora veréis postrarse delante de Dios, su Salvador y Maestro, y más tarde la veréis postrarse ante el mundo, su ídolo. ¡Pobre ciego, el que tiende una mano a Dios y otra al mundo, llamando a los dos en su auxilio, prometiendo a ambos su corazón! Ama a Dios, o a lo menos quiere amarle; pero también quisiera Sagrada al mundo. Cansado de esforzarse en ser de ambos, acaba por entregarse exclusivamente al mundo. Vida extraordinaria la suya, la cual nos ofrece tan singular espectáculo, que uno no llega a convencerse de que se trate de la vida de una misma persona. Voy a mostraros ese espectáculo de una manera tan clara, que tal vez muchos de vosotros os tendréis por ofendidos; mas ella poco importa, yo os diré siempre lo que debo.

Digo que aquel que quiere ser del mundo sin dejar de pertenecer a Dios lleva una vida tan extraordinaria, que las diferentes circunstancias que la rodean son difíciles de conciliar. Decidme: ¿os atreveríais a creer lo que esa joven que veis en esas partidas de placer, en esas reuniones mundanas, en las que siempre triunfa el mal en daño del bien, entregándose a todo cuanto puede desear un corazón maleado y pervertido, es la misma que, no hace aún quince días o un mes, visteis postrada ante el tribunal de la Penitencia, confesando sus culpas, haciendo ante Dios protestas de estar dispuesta a morir antes que recaer en pecado? ¿No es aquella misma que visteis acercarse a la Sagrada Mesa con los ojos bajos y la plegaria en los labios? ¡Dios mío!, ¡qué horror! ¿Podremos pensar en ello sin morir de compasión? 

¿Creeréis que aquella madre que, hará unas tres semanas, enviaba a su hija a confesarse y, muy razonablemente, le recomendaba que considerase seriamente lo que iba a hacer, y al mismo tiempo le entregaba un rosario o un libro; hoy la instiga a ir a un baile? Decidme: ¿ no es esa persona que esta mañana estaba en el templo cantando las alabanzas del Señor, la misma que ahora emplea aquella misma lengua en cantar canciones infames y sostener las más torpes conversaciones? ¿No es éste aquel dueño o padre de familia que no ha mucho estaba oyendo la Santa Misa con gran reverencia, cual si quisiese emplear muy santamente el domingo, el mismo que ahora está trabajando y haciendo trabajar a toda su dependencia?

Dios mío!, ¡qué horror! ¿Cómo pondrá Dios todo esto en orden el día del juicio? ¡Ay!, cuántos cristianos condenados! Y digo más: aquel que quiere agradar al mundo y a Dios, lleva una vida de las más desdichadas. Ahora vais a ver cómo. Ved aquí una persona que frecuenta los placeres, o que ha contraído algún mal hábito; lo cuál no ha de ser su temor mientras cumple sus deberes religiosos, es decir, mientras ora, se confiesa o comulga? No quisiera ser vista de aquellos con quienes danzó, en cuya compañía pasó las noches en la taberna, y con los cuales se entregó a toda suerte de desórdenes. Ha llegado hasta a engañar a su confesor, ocultándole lo peor de sus culpas, y de esta manera ha obtenido permiso para comulgar, o mejor, para cometer un horrendo sacrilegio; su gusto sería comulgar antes o después de la Santa Misa, o sea cuando en la iglesia no hay nadie. Aunque también le complace ser vista de las personas buenas, que ignoran su mala vida, y a las cuales espera hacer concebir ventajosa opinión de sí misma. Con las personas piadosas habla de religión, mas con la gente irreligiosa sólo se ocupa de placeres mundanos. Se avergonzaría de cumplir sus prácticas religiosas delante de los compañeros o compañeras de sus desórdenes. Es esto tan cierto, que un día alguien llegó a pedirme que le diese la sagrada comunión en la sacristía, para que no le viese nadie. ¡Qué horror! ¿Podremos considerar sin estremecernos tal manera de proceder?

San Juan María Vianney, extracto de Homilía sobre la tibieza


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