Reflexión #26 de Cuaresma

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Es deber nuestro continuar esos mismos sentimientos de Jesús hacia su Padre [amor] y hacia el pecado[odio] y proseguir su lucha contra el mal. Porque así como estamos obligados a amar a Dios soberanamente y con todas nuestras fuerzas, así debemos odiar el pecado con todas nuestras potencias. 
Para ello debes considerar el pecado no con mirada humana y con ojos carnales y ciegos, sino con la mirada de Dios, con ojos iluminados por su luz divina, en una palabra, con los ojos de la fe.

Con esa luz y esos ojos descubrirás que el pecado es infinitamente opuesto a Dios y a sus perfecciones y privación del bien infinito. Por eso lleva en sí, en cierta manera, una malicia, locura, maldad y horror tan grandes como es Dios infinito en bondad, sabiduría, hermosura y santidad. Por lo mismo debemos odiarlo y perseguirlo con el mismo ahínco con que buscamos y amamos a Dios. Con esa luz verás que el pecado es algo tan horrible que sólo puede borrarlo la sangre de un Dios; tan abominable que sólo puede aniquilarlo el anonadamiento del Hijo único de Dios, tan execrable a los ojos divinos por la ofensa infinita que le irroga, que sólo pueden repararlo los trabajos, sufrimientos, agonía, muerte y méritos infinitos de un Dios. Verás que el pecado es un cruel y horrendo homicida y deicida.

Porque es la causa única de la muerte del cuerpo y del alma del hombre y porque pecado y pecador han hecho morir a Jesucristo en la cruz y lo siguen crucificando todos los días. Finalmente destruye la naturaleza, la gracia, la gloria y todas las cosas por haber destruido, en lo que de él dependía, al autor de todas ellas. Es tan detestable el pecado a los ojos de Dios que cuando el ángel, que es la primera y más noble de sus criaturas, cometió un solo pecado instantáneo de pensamiento, fue precipitado desde lo más alto del cielo a los más profundos infiernos, sin oportunidad de penitencia, pues era indigno y hasta incapaz de ella. Y cuando Dios encuentra a un hombre, en la hora de la muerte, en pecado mortal, a pesar de que es todo bondad y amor y que desea ardientemente salvarlos a todos, hasta derramar su sangre y entregar su vida con ese fin, se ve obligado, por su justicia, a proferir una sentencia de condenación. 

Y lo que es más sorprendente todavía, el Padre eterno, al ver a su Hijo único y santísimo cargado con pecados ajenos, no lo perdonó sino que /o entregó por nosotros a la cruz y a la muerte demostrando así cuán execrable y abominable es el pecado a sus ojos. El pecado está tan lleno de malicia que cambia a los siervos de Dios en esclavos del demonio, a los hijos de Dios en hijos del diablo, a los miembros de Cristo en miembros de Satanás, y a los que son dioses por gracia y participación, en demonios por gracia e imitación, como lo indica la Verdad misma cuando refiriéndose a un pecador dice: uno de vosotros es un diablo.

(San Juan Eudes, Vida y Reino de Jesús en los cristianos. Segunda parte, IV.)


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