Reflexión #27 de Cuaresma


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Ha de ser tu oración la del Hijo de Dios; no la de los hipócritas, que han de escuchar de Jesús aquellas palabras: ‘no todo el que dice ¡Señor!, ¡Señor!, entrará en el Reino de los Cielos’.

Tu oración, tu clamar ‘¡Señor!, ¡Señor!’ ha de ir unido, de mil formas diversas en la jornada, al deseo y al esfuerzo eficaz de cumplir la Voluntad de Dios.

A lo largo de los años, he procurado apoyarme sin desmayos en esta gozosa realidad. Mi oración, ante cualquier circunstancia, ha sido la misma, con tonos diferentes. Le he dicho: Señor, Tú me has puesto aquí; Tú me has confiado eso o aquello, y yo confío en Ti. Sé que eres mi Padre, y he visto siempre que los pequeños están absolutamente seguros de sus padres. Mi experiencia sacerdotal me ha confirmado que este abandono en las manos de Dios empuja a las almas a adquirir una fuerte, honda y serena piedad, que impulsa a trabajar constantemente con rectitud de intención. 

San José María Escrivá (Amigos de Dios, n. 143)

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