Reflexión #28 de Cuaresma

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Conocí clarísimamente que de mi nada tengo sino el pecado. Si algo soy, si algo tengo, todo lo he recibido de Dios. El ser físico no es mío, es de Dios; Él es mi Creador, es mi Conservador, es mi motor por el concurso físico. A la manera que un molino, que por más bien que esté montado, si no tiene agua, no puede andar, así he conocido que soy yo en el ser físico y natural.

Lo mismo digo, y mucho más, en lo espiritual y sobrenatural. Conozco que no puedo invocar el nombre de Jesús ni tener un solo pensamiento bueno sin el auxilio de Dios, que sin Dios nada absolutamente puedo. ¡Cuántas distracciones a pesar mío!

Conozco que en el orden de la gracia soy como un hombre que se puede echar en un profundo pozo, pero que por sí solo no puede salir. Así soy yo. Puedo pecar, pero no puedo salir del pecado sino por los auxilios de Dios y méritos de Jesucristo. Puedo condenarme, pero no puedo salvarse sino por la bondad y misericordia de Dios. Conocí que en esto consiste la virtud de la humildad, esto es, en conocer que soy nada, que nada puedo sino que estoy pendiente de Dios en todo: ser, conservación, movimiento, gracia; y estoy contentísimo de esta dependencia de Dios y prefiero estar en Dios que en mí mismo. No me suceda lo que a Luzbel, que conocía muy bien que todo su ser natural y sobrenatural estaba totalmente dependiente de Dios, y fue soberbio, porque como el conocimiento era meramente especulativo, la voluntad estaba descontenta, y deseó llegar a la semejanza de Dios no por gracia, sino de su propia virtud.

Ya desde un principio conocí que el conocimiento es práctico cuando siento que de nada me he de gloriar ni envanecer, porque de mi nada soy, nada tengo, nada valgo, nada puedo. Soy como una sierra en manos del aserrador.

..A fin de no dejarme llevar de la vanidad, procuraba tener presentes los doce grados de la virtud de la humildad que dice San Benito y sigue y prueba Santo Tomás y son los siguientes: el primero es manifestar humildad en lo interior y en lo exterior, que es en el corazón y en el cuerpo, llevando los ojos sobre la tierra; por eso se llama humi-litas ("humi" de "humus", tierra). El segundo es hablar pocas palabras, y éstas conforme a la razón y en voz baja. El tercero es no tener facilidad ni prontitud para la risa. El cuarto es callar hasta ser preguntado. El quinto es no apartarse en sus obras regulares de lo que hacen los demás. El sexto es tenerse y reputarse por el más vil de todos y sinceramente decirlo así. El séptimo es considerarse indigno e inútil para todo. El octavo es conocer sus propios defectos y confesarlos ingenuamente. El nono es tener pronta obediencia en las cosas duras y mucha paciencia en las ásperas. El décimo es obedecer y sujetarse a los superiores, El undécimo es el no hacer cosa alguna por su propia voluntad. El duodécimo es temer a Dios y tener siempre en la memoria su santa Ley.

Además de la doctrina que han en estos doce grados, procuraba imitar a Jesús, que a mí y a todos nos dice: "Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas". Y así contemplaba continuamente a Jesús en el pesebre, en el taller, en el Calvario. Meditaba sus palabras, sus sermones, sus acciones, su manera de comer, de vestir y andar de una a otra población... Con ese ejemplo me animaba y siempre me decía: "Cómo se portaba Jesús en casos como éste?" Y procuraba imitarle y así lo hacía con mucho gusto y alegría, pensando que imitaba a mi Padre, a mi Maestro, a mi Señor, y que con esto le daba gusto.

¡Oh Dios mío, qué bueno sois! Estas inspiraciones santas me dabais para que os imitara y fuera humilde. ¡Bendito seáis, Dios mío! ¡Oh, si a otro le hubierais dado las gracias y auxilios que a mí, qué otro sería de lo que soy yo!

San Antonio María Claret, extracto sobre la humildad


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