Reflexión #32 de Cuaresma

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Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? Ver­daderamente que es grande la manifestación del poder divino, y grande también esta lección de virtud. El proyecto de traición se está llevando a cabo, y la paciencia sigue sin acabarse. Señor, Tú te entregaste al que te traicionaba, mientras pones de mani­fiesto su secreto. También te entregaste al que te traicionaba, cuando le hablaste del Hijo del hombre, ya que lo que se apresaba allí, no era la divinidad, sino la carne. Lo cual resulta una gran confusión para el mayor ingrato que haya existido, puesto que entregó a Aquel que, siendo Hijo de Dios, quiso hacerse por nosotros Hijo del hombre; parece decirle: ¡Por ti, ingrato, he tomado esto que tu ahora entregas! ¡Qué hipocresía! Yo entiendo que hay que leerlo como una pregunta, tal vez, para que se vea cómo corrige al traidor mostrándole un gran sentimiento de amor. Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? En otras palabras: ¿Me entregas al sufrimiento a causa de mi entrega amorosa? ¿Vas a hacer que se derrame mi sangre como pago de mi caridad servicial, y me vas a entregar a la muerte precisamente con el símbolo de la paz? Tú, que eres un siervo, entregas a tu Señor; siendo su discípulo, traicionas a tu Maestro, y tú, que eres un elegido, entregas a tu Creador? Aquí se cumple aquello de: Las heridas de un amigo son de más valor que los besos interesados de un enemigo (Prov 26,6). Esto es lo que se dice del traidor. Y ¿qué es lo que está escrito del hombre leal? Helo aquí: Que él me bese con los ósculos de su boca (Cant 1,1).

Y le besó; y no se hace una justificación en este pasaje del disimulo, sino que se nos quiere hacer ver que no huía de la traición y que seguía amando al traidor a quien no había negado esa manifestación de amor; de ahí que esté escrito: Era pacífico con los que odiaban la paz (Ps 119,6).

“Y al signo convenido —sigue diciendo— los que habían venido con los palos le apresaron”. Sin embargo, no son las armas las que son capaces de someter al que es Señor de todo, sino los misterios. Y por eso, cuando El habló, cayeron hacia atrás. ¿Qué necesidad tengo yo de legiones de ángeles y de ejércitos celes­tiales? La sola voz del Señor les produce un terror más fuerte. Eso fue lo que escogió, como indicio evidente de la majestad di­vina, aquel que había reposado sobre el pecho de Cristo (2). Y la turba entonces se dispone a maniatar a Aquel que lo estaba deseando, y así lo cargan de cadenas. ¡Oh insensatos y pérfidos! No es de esa manera como uno se adueña de la Sabiduría, ni es con cadenas como se apresa a la Justicia.

San Ambrosio de Milán, La agonía en el Huerto


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