Reflexión #35 de Cuaresma

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Muchos quieren huir las tentaciones, y caen en ellas más gravemente.
No se pueden vencer con sólo huir; mas con paciencia y verdadera humildad somos hechos más fuertes que todos los enemigos. El que solamente desvía lo de fuera, y no arranca la raíz, poco aprovechar´a; antes tornarán a él más presto las tentaciones, y hallarse ha peor. Poco a poco con paciencia y larga esperanza, con el favor divino, vencerás mejor que no con tu propia importunidad y fatiga. Toma muchas veces consejo en la tentación, y no seas tú desabrido con el que es tentado; mas procura de consolarlo, como tú querrías ser consolado.
El principio de toda mala tentación es no ser constante en el bien comenzado, y no confiar en Dios, porque como la nave sin gobernalle por acá y por allá la baten las ondas; así el hombre
descuidado, y que deja su propósito, es tentado de diversas maneras.

El fuego prueba al hierro, y la tentación al justo. Muchas veces no sabemos lo que podemos; mas la tentación descubre lo que somos. Debemos empero velar principalmente al principio de la tentación; porque entonces más fácilmente es vencido el enemigo, cuando no lo dejamos pasar de la puerta del ánima. Por lo cual dijo uno: resiste a los principios: tarde viene el remedio cuando la llaga es muy vieja.

Lo primero que ocurre al ánima es sólo el pensamiento, luego la importuna imaginación, después la delectación y el feo movimiento, y el consentimiento, y así se apodera poco a poco el enemigo del todo, por no resistirle al principio. Y cuanto uno fuere más perezoso en resistir, tanto cada día se hace más flaco, y el enemigo contra él más fuerte. Algunos padecen graves tentaciones al principio de su conversión, otros al fin, otros casi toda su vida padecen. 

Algunos son tentados blandamente, según la sabiduría y juicio de la divina ordenación, que mide el estado y los méritos de todos, y todo lo tiene ordenado para salud de los escogidos. Por eso no hemos de desesperar cuando somos tentados, mas antes rogar a Dios con mayor fervor, que tenga por bien de nos ayudar en toda tribulación. El cual sin duda, según el dicho de San Pablo, nos pondrá tal remedio, que la podamos sufrir, y salgamos de ella con provecho.

Tomas de Kempis, La imitación de Cristo, capítulo XIII


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