Reflexión #6 de Cuaresma

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De nada nos servirá una renuncia solamente corporal y local:
significaría tanto como salir de Egipto sólo exteriormente. Es preciso asociar la renuncia del corazón, que es la más elevada de las dos y la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol:
"Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo: si no tengo amor, de nada me sirve". El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que muchos, después de haber distribuido a los pobres todos sus bienes, serían impotentes para escalar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón sin purificar los vicios y costumbres inmortificadas contraídas en su vida primera. Eso constituye un obstáculo que les impide arribar al amor que permanece para siempre.

La aridez interior puede nacer de varias causas. Unas veces podrá ser consecuencia inevitable de nuestra negligencia; otras, una tentación del demonio; y, en fin, puede ser una prueba a que el Señor nos somete. Él lo hace por dos motivos. 

En primer lugar conviene que nos sintamos abandonados por Él durante algún tiempo, para tener ocasión de experimentar nuestra natural flaqueza; entonces, concibiendo sentimientos de humildad, no nos sentimos engreídos por la pureza de corazón con la que habíamos sido agraciados en la visita del Señor. En este estado de aislamiento en que el Señor nos deja, comprobamos que ni los gemidos ni nuestra habilidad pueden hacernos recobrar aquella primera situación de optimismo y pureza. Comprendemos, además, que nuestro fervor no era fruto de nuestro esfuerzo, sino don gratuito de la dignación divina. Por lo mismo, nos es necesario implorar todavía, al presente, su gracia y su luz. 

En segundo lugar desea probar por ese medio nuestra perseverancia. Hemos de darle una prueba del afán y entereza con que debemos pedir en la oración la visita del Espíritu Santo, cuando nos ha abandonado. En fin, quiere que reconozcamos por experiencia cuán difícil es reconquistar, una vez perdido, el gozo espiritual y la alegría de un corazón puro. De ahí la solicitud con que debemos conservarla, cuando la hayamos vuelto a encontrar. 

(De las Colaciones de Juan Casiano)
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