Reflexión #9 de Cuaresma

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Leemos en la vida de San Juan de Dios que un día se encontró con un pobre totalmente cubierto de llagas, y se hizo cargo de él para conducirlo al hospital que el Santo había fundado para albergar a los pobres. Una vez llegado allí, al lavarle los pies para colocarlo después en su lecho, vio que los pies del pobre estaban agujereados. Se admiró el Santo, y alzando los ojos, reconoció al mismo Jesucristo, que se había transformado en la figura de un pobre para excitar su compasión. Y entonces el Señor le dijo: “Juan, estoy muy contento al ver el cuidado que te tomas por los míos y por los pobres”. En otra ocasión, halló a un niño muy miserable… lo cargó sobre sus hombros, y, al pasar cerca de una fuente, suplicó el niño que lo bajase, pues estaba sediento y quería beber agua. Vio también que era el mismo Jesucristo, el cual le dijo: “Juan, lo que haces con mis pobres es cual si a Mí me lo hicieses”. 

Leemos en la vida de San Francisco Javier que, yendo a predicar en un país de gentiles, halló en su camino a un pobre totalmente cubierto de lepra, y le dio limosna. Cuando hubo andado algunos pasos, se arrepintió de no haberlo abrazado para manifestarle cuán de veras sentía sus penas. Se volvió para mirarlo, y no vio a nadie: era un ángel que había tomado la forma de un pobre. ¡Ciertamente, qué pesar espera en el día del Juicio a aquellos que hayan abandonado y despreciado a los pobres, cuando Jesucristo les muestre cómo fue a Él mismo a quien hicieron la injuria! Mas también, ¡cuál será la alegría de aquellos que verán que todo el bien que hicieron a los pobres, fue al mismo Jesucristo a quien se lo hicieron! “Sí, les dirá Jesucristo, era a Mí a quien fueron a visitar en la persona de ese pobre… era a Mí a quien prestaron tal servicio… aquella limosna que repartieron en la puerta de vuestra casa, era a Mí a quien la disteis”. 

Es tan cierto todo esto, que se refiere en la historia de San Gregorio Magno, que todos los días sentaba a su mesa a doce pobres, en honor de los doce apóstoles. Viendo que un día había trece, preguntó al que estaba encargado de introducirlos por qué razón había trece, y no doce como le había encomendado. “Santo Padre, le dijo su administrador, yo no veo más que doce”. Mas él veía siempre trece. Preguntó entonces a sus comensales si veían doce o trece, y le contestaron que sólo veían doce. Después de la comida, tomó de la mano al que hacía trece: lo había distinguido, porque notó que de tiempo en tiempo cambiaba de color… lo condujo a sus habitaciones, y le preguntó quién era. Aquel hombre le respondió que era un ángel que había tomado la figura de pobre… le dijo también que ya había recibido de él una limosna cuando era religioso, y que Dios, en vista de su caridad, le había encargado que le guardase durante toda su vida, y le hiciese conocer cuánto debía practicar para portarse rectamente y procurar en todo el bien de su alma y la salvación de su prójimo. 

Ya ven hasta qué punto recompensa Dios la caridad. ¿No nos autoriza todo esto para afirmar que nuestra salvación está íntimamente ligada con la limosna? 

San Juan María Vianney, sobre la limosna
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